DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

El Periódico para todos. 22/1/1881, n.º 22, p.1.

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Marcos Ramírez
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VEGACERVERA

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El anillo de la muerta

 

Todo el que haya recorrido la montaña de León en sus más agrestes ramificaciones y sitios más solitarios y pedregosos recordará, por la pintura que voy a hacer, el lugar de que se trata, y la tradición que voy a narrar vive en la memoria de aquellas buenas gentes, que os la refieren como si hubieran sido testigos oculares, aun cuando van ya dos siglos pasados, desde que tuvo lugar.

Se trata de un hecho que pertenece todo entero a la escuela romántica, historia sencilla a la par que interesante.

Empiezo pues.

Hay un lugarejo, más que caserío y menos que aldea, enclavado en el interior de la montaña; tiene un nombre poético y encantador que concretaré en su primera letra, que es A...

Al salir del pueblo por la parte norte, se desciende de colina en colina hasta una tortuosa cañada, que es la entrada de un frondoso valle de castaños y hermosa yerba de pasto.

Antes de entrar en el valle, la garganta se interrumpe de repente por dos rocas que, formando cada una un medio arco, vienen en su unión constituir un círculo perfecto, de unos cinco metros de espesor por veinte de altura y diez de luz; en la parte superior.

Se ven aún restos de construcción, y algunas piedras ennegrecidas, cuyo corte indica que pertenecieron a una vivienda.

Dicen que allí hubo una atalaya, que costó mucha sangre a los árabes y a los cristianos, cosa muy creíble, porque es un buen punto estratégico para la defensa del valle, y de los pueblos que hay enclavados en él.

Aquél sitio forma efectivamente un colosal anillo, y se conoce en el país con el lúgubre y casi siniestro nombre del anillo de la muerta

El origen de tan extraña denominación, es el siguiente:

Cuando licenciaron los célebres tercios de Flandes, que tanta gloria dieron a España en los tiempos de Felipe II, volvió al país Marcos Ramírez, y volvió con la doble aureola de la gloria y de la juventud.

Según él, que siempre estaba haciendo su propia biografía, casi todas las glorias adquiridas por el terrible duque de Alba y otros célebres capitanes, se le debían de hecho y de derecho; sus heroicidades habían resuelto a favor de España el éxito de muchas batallas dudosas, y sólo por una injusticia notoria no hablan ceñido a su pecho la banda de general.

En todos tiempos ha habido intrigas.

Una de las personas que le escuchaban con más contento y atención, era María, una muchacha rubia y pálida como una alborada de invierno, hija del molinero de A... Este, que era hombre práctico, y sabía que el contentamiento que producía un joven soldado en una muchacha suele convertirse en amor, la estaba repitiendo continuamente:

—No hagas caso de ese embustero.

Pero María de quien efectivamente no hacía caso era de su padre, porque las mozas de todos tiempos, entre un bien y un mal suelen elegir el último.

Marcos Ramírez, que era muchacho listo, se apercibió bien pronto de lo que pasaba, sabiendo que si declaraba a la doncella su atrevido pensamiento, ésta no había de decirle que no.

Así sucedió en efecto: el molinero no tardó en estar en autos, y una tarde que se encontró al ex-soldado en el camino de su casa, le dijo:

 —Oye, Marcos; a pesar de todas tus valentías y heroicidades, juro que la primera vez que te encuentre de noche hablando con mi hija por la ventana, te rompo un brazo; la segunda, una pierna, y la tercera te tomo la medida del corazón con mi cuchillo.

Esta advertencia era digna de tomarse en cuenta, y Marcos, para no exponerse a tales percances, se gobernó de modo que, en vez de hablar con María desde la calle, ésta le recibió en su aposento, lo cual no era contravenir las órdenes del molinero, puesto que éste sólo le había impedido hablar por la ventana.

Así pasaron las cosas por espacio de dos meses al cabo de los cuales Marcos empezó a faltar a sus citas, y María a llorar y el molinero a fruncir el ceño.

A los cuatro meses, María no lloraba ya, pero se la veía más pálida cada vez y las viejas de la aldea decían que engordaba; en cuanto al molinero, de incomodado se tornó en triste y de triste en sombrío.

Marcos seguía sin novedad particular en su salud y había dejado el idilio del molinero por los encantos de Marcela, con quien decía que se casaba.

Al amanecer de un hermoso día de mayo, un labriego de un pueblo inmediato, que llevaba su carga de trigo al molino, pasando por las rocas que formaban el célebre anillo, vio... una cosa espantosa; una joven que yacía al pie, en medio del camino, horriblemente magullada y sin vida.

Aquella joven era la hija del molinero, que se había precipitado de tan considerable altura la noche antes: aquel fue un doble crimen, porque del reconocimiento resultó que estaba encinta.

Todos en el pueblo señalaron a Marcos como el causante de aquella muerte; pero el soldado se encogía de hombros, diciendo que la culpa de ser tontas es de las mujeres.

Por lo demás, no cesó ni por un momento de hacer la corte a Marcela, con quien efectivamente estaba concertada la boda.

Respecto al pobre molinero, apareció ahorcado al propio tiempo en su propia habitación, dejando escrito un testamento sumamente original. Solo tenía dos cláusulas.

Por la primera mandaba distribuir la mitad de su fortuna entre los pobres, y la segunda disponía que la otra mitad se aplicase en misas por el alma de Marcos Ramírez, cuyo fallecimiento anunciaba para una fecha muy próxima.

Marcos se miró al espejo, y al verse gordo y colorado, lanzó una estrepitosa carcajada, exclamando:

— ¡Pardiez!... ¡pues no tengo traza de morirme!

Y lejos de pensar en el fúnebre vaticinio del molinero, se dedicó a apresurar su boda con la hermosa Marcela.

Una mañana muy tempranito, con la fresca, partió hacia la ciudad, con ánimo de comprar las galas que debía regalar a la desposada.

Marcos se divirtió en grande aquel día con algunos de sus compañeros que habían servido con él en Flandes: era un muchacho alegre y aficionado al placer, que lo mismo pensaba en los vaticinios de los molineros que en la digestión del gran Turco, comió en grande y bebió como la tierra después de una gran sequía; hizo sus compras, y a la tardecita se puso en marcha hacía su pueblo, sintiendo que aquel día no hubiera tenido tras veinticuatro horas más.

Sucedió que como salió tarde de la ciudad se le hizo completamente de noche en el camino.

Pero era una noche tranquila, clara y serena; la luna hacía de las suyas, brillaban las estrellas en el azulado espacio, y las flores del otoño embalsamaban el ambiente.

Marcos, a pesar de no ser muy dado a la poesía, iba un tanto conmovido.

De pronto se detuvo, y dándose una palmada en la frente exclamó:

—¡Pardiez! ¡He olvidado lo principal!... el anillo que debo dar a Marcela en la iglesia.

Estaba ya muy lejos de la ciudad para volver atrás; a la sazón pasaba por debajo de las rocas del anillo.

Creyendo oír ruido de pasos, volvió la cabeza, y vio una sombra que bajaba saltando por los picos de las rocas, camino impracticable aún para las cabras.

¿Quién podía arriesgarse de aquel modo?

Su vista no le engañaba; la luz de la luna hería de lleno una forma blanca, que continuaba descendiendo hasta llegar al camino; en seguida se dirigió hacia él.

Marcos sintió que se le erizaba el cabello, y que un frio sudor inundaba su frente; quiso gritar, y no pudo; quiso correr y no acertó a moverse.

Aquella sombra, que se acercaba sin hacer ruido y sin interrumpir su paso, era...

Era María, su antigua amada, la hija del molinero, la que pocos meses antes se había despeñado del mismo sitio.

La sombra llegó hasta colocarse a su lado; Marcos sintió en su frente un  —345 — aliento tibio que le enloquecía, después su mano tocó un objeto frío, tan frio, que casi le quemaba la piel, como los hielos del polo.      

No pudo resistir más, y cayó en tierra.

Por la mañana le recocieron algunos labriegos de la aldea, que tomaron aquel sopor por el sueño de la embriaguez.

Marcos llegó a sospechar también algo de esto, pero... Pero de pronto se estremeció.

En uno de sus de dedos había un anillo de oro, que él había regalado a María.

¡No había soñado!

Entonces sintió algo desagradable en el corazón, y se acordó del vaticinio del molinero

Cuando llegó a la aldea, su primer cuidado fue avisar al señor cura, con quien se confesó.

Al morir la luz de la tarde, expiraba. Aquel día cumplía el plazo que le marcara el molinero.

Hoy, cuando pasan por debajo del anillo de la muerta, todas las muchachas se santiguan devotamente, y rezan un Pater noster por el alma de María.

 

FUENTE

Escamilla, Pedro. “El anillo de la muerta” Cuento. El Periódico para todos. 22/1/1881, n.º 22, 1.

Edición: Pilar Vega Rodríguez