DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

No me olvides: recuerdo de amistad para el año 1826, Londres: Ackermann.

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VALERA VILLALBA, Lorena, “Recursos y estrategias para el encomio en tres leyendas conquenses”. Oceánide . 2014, Issue 6, p1-12.

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CUENCA

Valoración Media: / 5

El abogado de Cuenca.

 

Durante el reinado del adusto y feroz Felipe II, el carácter nacional de los españoles experimentó una completa transformación. En medio de las prácticas supersticiosas, y del espíritu de intolerancia que el clero había procurado inspirarles en los reinados anteriores, conservaban la franqueza y la galantería que habían adquirido en su larga lucha con los africanos. Amaban la gloria y la poesía, y su reverente afición al bello sexo suavizaba la aspereza que dan los hábitos militares. Su devoción, aunque mezclada con prácticas más semejantes a la idolatría que al espíritu del evangelio, era tierna y afectuosa; solía presentar imágenes risueñas y poéticas, y a veces se exprimía en el lenguaje de la más ardiente pasión.

Felipe apareció en el trono como uno de aquellos meteoros, que anuncian desolación y muerte. Sus miradas terribles, la torva majestad de sus modales, su profundo disimulo, sus planes de intolerancia y exterminio, disfrazados bajo la máscara de la religión, de la probidad y de la justicia, llegaron a ser el modelo de las costumbres públicas en su corte, y después en la nación entera. Cuantos sobresalían entre la muchedumbre por su nobleza, por sus talentos o por sus haberes; cuantos ejercían algún influjo en los negocios, tomaban con empeño adoptar la austeridad, el aspecto misterioso y reservado, y el tono tiránico y prepotente del Nerón de los siglos modernos. Sobre todo, se esmeraban en ocultar a los ojos del público sus flaquezas, y las inclinaciones de su corazón. Cubrían con el velo de una impenetrable hipocresía los excesos de sus pasiones, y las extravagancias de sus caprichos. La impiedad y el libertinaje, no osando presentarse al público, ni aun con la máscara de la mora y la urbanidad, se desfiguraban con la del fanatismo, y la de la superstición.

Así fue como, emponzoñado por un veneno sutil, el carácter español perdió su antiguo vigor y generosidad, y presentó el odioso espectáculo de la disolución más perversa, desfigurada con todo el aparato de a honradez y del espíritu religioso.

Por aquel tiempo vivía en Cuenca un abogado, cuyo carácter e historia ofrecían circunstancias tan extraordinarias, que el vulgo lo consideraba como un ser diferente de los demás de su especie, y ligado por vínculos invisibles con el mundo de las criaturas sobrenaturales.

Era de majestuosa estatura, y poseía fuerza atlética y valor indomable. Sus facciones eran bellas y grandiosas, pero la expresión de su rostro era amenazadora y dura. Jamás se notó en sus grandes y negros ojos la menor señal de ternura y compasión. Jamás había agitado su sangre, ni suavizado su aquella amable disposición del corazón humano que nos hace participes de los males de otros hombres. Sus superiores no podían resistir aquellas miradas fijas y formidables, que con muda elocuencia, representaban los más negros designios; sus inferiores temblaban al oír su voz. Llamábase D. Baltazar.

Con cualidades tan poco favorables para la confianza y la amistad, D. Baltazar tenía por clientes a los hombres más distinguidos y acomodados de la provincia. Reunía a un conocimiento profundo de los negocios contenciosos, una elocuencia enérgica como su alma, vehemente como su odio, irresistible como sus pasiones. Cuando tomaba la palabra en los tribunales, parecía un gigante que se alzaba majestuosamente, dispuesto a desbaratar cuantos obstáculos se le opondrían. Sus discursos eran lacónicos; sin preámbulos; sin digresiones; sin adornos superfluos. No tomaba tanto empeño en defender a su cliente, como en combatir a su adversario; atacaba lo con los más agrios sarcasmos, con las más picantes invectivas, y de tal modo seducía el ánimo de los jueces con el fuego de sus imágenes, y la vehemencia de sus peroraciones, que raras veces perdía la causa de cuya defensa se encargaba. Sus numerosos triunfos en los tribunales; la irresistible autoridad que ejercía por sus consejos, y por el tono imperioso con que los daba, y el cumplimiento que tenían siempre sus predicciones, atribuido por el vulgo a una facultad extraordinaria, y que era tan solo efecto del hábito de observar los hombres y los negocios, le habían adquirido una gran preponderancia en la opinión pública, y el respeto que todo el mundo le tributaba, a pesar del miedo que inspiraba bajo otros aspectos, y los extraños rumores a que daba lugar su conducta.

Don Baltazar, aunque inaccesible a los afectos tiernos, se había dado a conocer por sus galanteos, cuyos resultados solo se echaban de ver en las ruinas de sus víctimas. Después de haber pasado el día en los trabajos de su profesión, se embozaba al anochecer una capa de paño pardo, se cubría la cabeza con una montera de terciopelo negro, y tomando debajo del brazo la toledana, salía de casa, y no volvía a ella hasta el amanecer. Nadie osaba seguirlo en sus excursiones nocturnas; antes bien, todos procuraban evitar su encuentro por no exponerse a ser juguete de su enojo: pero en los lances y riñas que ocasionaba la galantería tenebrosa de aquellos tiempos, D. Baltazar era el primero que acudía, y el que decidía a estocadas el conflicto.

Si dos rivales se encontraban bajo las ventanas de su querida, allí estaba él como si lo hubieran citado de antemano, para esgrimir su acero contra ambos, y ponerlos en fuga. Si un amante había formado el proyecto de arrebatar a su dama del hogar paterno, D. Baltazar se encontraba a la hora señalada en el sitio en que debía verificarse el robo, y lo evitaba, acuchillando implacablemente al galán. Más de una vez había buscado, perseguido y escarmentado a un bandido famoso, que era el terror de aquellas cercanías; más de una vez, se había frustrado una tentativa criminal por miedo de su presencia. No solo gustaba de aventuras, sino que tenía afición a los peligros, y cuando algunos espadachines del pueblo se habían reunido para cerrarle el paso, él se burlaba de sus intentos, acometiéndolos con temerario arrojo, y haciéndolos arrepentir de su designio.

Estas arriesgadas correrías no tenían solo por objeto el deseo de ejercer el valor: por lo común D. Baltazar tenia siempre a la vista alguna conquista amorosa, y de noche era cuando ponía en práctica las artes de seducción y engaño, con que procuraba arrui8nar la virtud y el crédito de la infeliz que había atraído su mirada en la iglesia o en el paseo. Su amor no era más que orgullo; pero no sufría obstáculos ni resistencia. Pocas mujeres había en el pueblo que se negasen a concederle media hora de conversación al través de una celosía: y a esta condescendencia seguía la ruina de la imprudente que había caído en sus lazos. Cuando alguna doncella faltaba de su casa, cuando se alteraba la paz de una familia, todo el pueblo fijaba los ojos en D. Baltazar, como autor de aquellos desaguisados. Los maridos lo miraban con horror: las madres se santiguaban al oír su nombre.

Este, sin embargo, a quien todo el mundo temía, y cuyo corazón parecía incapaz de abrigar el menor síntoma de miedo, solía temblar, como la hoja en el árbol, cuando le sobrevenía algún accidente trivial, en que se figuraba ver una amenaza de la cólera celeste. Muchas veces, al pasar junto al castillo morisco que ocupa el centro de la ciudad, el silbido de un ave nocturna, helaba la sangre en sus venas y lo cubría de un sudor frio. Parábase de pronto, sacaba el acero, y estaba largo rato aguardando al enemigo invisible que aquel ominoso sonido le anunciaba. En vano procuraba echar mano del raciocinio para disipar aquellas ideas supersticiosas con que se había impregnado en su infancia. Más fácil es dudar de las verdades fundamentales de la religión, que sacudir el yugo de los temores fantásticos que los objetos externos inspiran, y que una devoción pueril ha entremezclado con las creencias del catolicismo. D. Baltazar, que hollaba desaforadamente las leyes divinas y humanas, no podía pasar de noche junto a un cementerio (sic.), sin volver cien veces la cabeza atrás, como si aguardase que el alma de alguna de sus víctimas saliese a perseguirlo, y a citarlo ante el tribunal de Dios.

Una noche volvía a su casa, después de haber rodado largo tiempo en torno de la morada de una de las doncellas más virtuosas de Cuenca, y buscando en todas las esquinas algún valentón que quisiese cruzar con él la espada, cuando al atravesar un arrabal, en que residían todos los gitanos y vagabundos del pueblo, oyó de pronto un ruido extraordinario, que parecía salir de un convento situado extra muros, y en frente de la calle en que a la sazón se hallaba. Volvió la cara, y vio en efecto que la iglesia del convento estaba iluminada. No era ilusión: el resplandor de las luces hirió sus ojos, y sus oídos percibieron distintamente el canto de los frailes, acompañados por el sonido majestuoso del órgano.

D. Baltazar quedo petrificado de terror. Sabía que en las iglesias católicas la única solemnidad que se celebraba en aquellas horas era la misa de Navidad, y que fuera de esta ocasión, ningún motivo por poderoso que fuera induciría a los frailes a dejar el reposo del lecho por las fatigas del coro, y a turbar el orden de su liturgia, y la tranquilidad de los fieles. Su curiosidad sin embargo no era menor que su espanto; pero el recuerdo de sus extravíos encadenaba sus pasos, induciéndolo a creer que aquella inexplicable ocurrencia era un milagro dirigido contra él por la cólera del Cielo. Hizo grandes esfuerzos para recobrar su acostumbrado brío; se avergonzó de su miedo, y se halló transformado en otro hombre. Al fin, tomando nuevo impulso, como si se arrojase a un peligro indudable, se puso camino hacia la iglesia, volviendo a cada paso la cabeza atrás, y luchando penosamente con toda especie de sobresaltos.

Al llegar a las puertas del templo las fuerzas empezaron a abandonarlo. No le era posible dudar de la realidad de los objetos que se presentaban a sus sentidos. La puerta estaba abierta; el perfume del incienso, el estado de los frailes, los ecos prolongados del órgano… todo era cierto y real. “Veamos el fin de todo esto,” se dijo a sí mismo. Entra, y ve el aparato de una ceremonia fúnebre. En medio de la iglesia se alzaba un sarcófago de terciopelo negro, rodeado de cirios encendidos. Delante estaba un féretro, cubierto con un paño de tumba. Los frailes, puestos en dos filas, entonaban el oficio de difuntos. D. Baltazar se paró algunos minutos. La idea de la muerte se le ofreció entonces por primera vez a su fantasía, con todos sus horrores, y con el terrible aspecto que le da el miedo de la eternidad.

Recogió todo el vigor de su espíritu, y todos los raciocinios que pudo hacer solo sirvieron para confundirlo más y más. No sabía que hubiese muerto en el pueblo ninguna persona de nota, y además no podía explicar el motivo de aquellos ritos en hora tan desusada. No pudiendo permanecer más tiempo en tan penosa incertidumbre, se acercó a uno de los frailes, y le preguntó quién era el sujeto a quien consagraban aquellos sufragios. “¿Y quién sois vos?”, le dijo el fraile, “para venir e interrumpirnos en nuestras santas ocupaciones?” D. Baltazar no pudo replicar: cuanto estaba viendo y oyendo era superior a su inteligencia. Retiróse a un rincón de la iglesia, donde estaban arrodillados algunos criados del convento. Aproximase con timidez a uno de ellos, y le repitió la misma pregunta. “El muerto,” respondió con la mayor naturalidad el criado, “es D. Baltazar… ese abogado que ha hecho tanto ruido en Cuenca.” Al oír estas palabras, el infeliz perdió las pocas fuerzas que le quedaban. Sale maquinalmente de la iglesia; echa a andar sin objeto por aquellos campos, hasta que incapaz de sostenerse en pie, cae al pie de un árbol, y permanece allí una hora, envuelto en los más negros presentimientos.

Entretanto se cargaron los horizontes, y empezó a llover con tanta fuerza, que el frio y la humedad sacaron al infeliz abogado de su distracción. Devorado por una sed extraordinaria, recogió algunas gotas, de las que caían del cielo, en la palma de la mano, se refresco los labios, y volvió a ponerse en camino hacia el convento, con la firme resolución de poner un término a sus dudas, y de habérselas con aquel genio maligno que se complacía en atormentarlo. De camino, los temores religiosos que le había inspirado la educación, volvieron a despertarse con nueva energía en su alma. Trajo a la memoria un sin número de historias prodigiosas que había oído contar a su madre, de apariciones, avisos invisibles, y otras maravillas, con que la providencia había querido amenazar a los grandes pecadores, para atraerlos al sendero de la virtud. Pero su indómito orgullo imponía silencio a estos terrores, y le hacía considerar como fabulas ridículas todo lo que salía del orden natural de las cosas.

Ya estaba junto los muros del convento, y lo vio sepultado en el silencio y la oscuridad. Llamó a la puerta y nadie le respondía. Al fin, después de muchos golpes, asomó el portero de malísimo humor, por una ventanilla, y le preguntó con sendos reniegos y gruñidos que era lo que se le ofrecía a una hora tan intempestiva, y en una noche tan endiablada. “Vengo a saber,” dijo el abogado, “que es lo que ha ocurrido esta noche en el convento; por qué se ha tocado el órgano, y por qué han estado cantando los religiosos.” “Andad hermano”, contestó el portero, “y si habéis bebido una copa de más en la cena, id a dormir la mona, o quedaos ahí, y veréis como se os refresca el meollo.” Con estas palabras, cerró de golpe la ventanilla, y se retiró continuando la cáfila de improperios que el curioso importuno había interrumpido.

Difícil es pintar el estado en que se halló el pobre D. Baltazar después de haber presenciado tan extraordinarios acaecimientos. Volvió a su casa, pálido como la muerte, calado hasta el pellejo, y figurándose que resonaban todavía en sus oídos los terribles acentos: Domine, ne in furore tuo arguas me. [1] Echóse en la cama, y una fiebre ardiente lo sepultó en un profundo letargo, durante el cual se ofrecieron a su fantasía las más espantosas visiones.

El lector no sabe todavía que D. Baltazar había dado la mano de esposo en su juventud a una joven de Cuenca, que a lo ilustre del nacimiento, y a las gracias de la persona, unía la suavidad del carácter, y una piedad sincera y angélica, cimentada en el cultivo del entendimiento, y en una esmerada educación. Beatriz, con tan recomendables prendas, no era la mujer que convenía al desbocado e impetuoso marido con quien la habían unido sus padres, Así que, después de muchos años de disgustos, y sufrimientos, y después de haberse convencido de los que la aguardaban, y de la inutilidad de cuantos esfuerzos haría para evitarlos, tomo el partido de retirarse a un convento de monjas, donde se consagró a las prácticas de piedad. Mas esta no era inactiva; Beatriz se creyó obligada a no abandonar al compañero de su suerte en medio de los precipicios que lo rodeaban. Pasaba los días y las noches al pie de los altares, implorando de la sabiduría divina un rayo que la iluminase en la difícil empresa que había tomado a su cargo. Al fin después de considerar muchos años un asunto que tanto la interesaba, determinó consultarlo con el prior de uno de los conventos de Cuenca, hombre de gran sabiduría y piedad, y que con su influjo y elocuencia había hecho célebres conversiones en la provincia. El prior conferenció largo tiempo con Beatriz, y se informó menudamente de todas las circunstancias de la vida de Baltazar; y en vista de los pormenores que adquirió, y del conocimiento que tenia de los hombres de su siglo, sometidos siempre al influjo de la superstición, por más adelantados que estuviesen en la carrera del crimen, fraguó el piadoso artificio que acabamos de referir, como el único medio de ablandar un corazón endurecido por el vicio y el orgullo. El poder absoluto que el prior ejercía en su comunidad le aseguró la cooperación y el secreto de sus súbditos, los cuales, prestándose a sus instintos, creyeron hacer una gran obra de caridad, cual era la de estorbar que se perdiese un alma.

El prior aguardó los resultados de su bien imaginada ficción. D. Baltazar estuvo muchos días realmente enfermo, y la debilidad física, junta con las serias reflexiones que su aventura le había inspirado, lo determinó a dar algún paso con el designio de aclarar un misterio que le parecía inexplicable. Cuando se halló en estado de salir, se dirigió al convento, y (sic.) [2](2) hizo visita a uno de los frailes que lo habitaban, y que había sido compañero de estudios de la universidad de Salamanca. El buen religioso oyó con extrañeza cuanto su antiguo amigo le refirió sobre los acaecimientos que tanta impresión habían hecho en su ánimo. Sus respuestas fueron lacónicas, y no hicieron más que aumentar las dudas del abogado. “Me es imposible,”, le dijo, “satisfacer vuestros deseos. Esos misterios no están a mi alcance: el prior solo podrá explicároslos. Id a verlo: es un santo varón, y podéis tener entera confianza en lo que os diga.”

D. Baltazar se decidió a tomar este partido. El prior lo recibió con la mayor dulzura. Después de oír la relación de todo lo ocurrido, “Sr. D. Baltazar,” le respondió, “por el santo hábito que visto, os juro que no hemos enterrado de noche a ningún cadáver; pero os aconsejo al mismo tiempo que no procuréis penetrar en los arcanos de la sabiduría Divina.[3]  Meted la mano en la conciencia, y ved si podéis sacar algún fruto de un aviso tan extraordinario, y que ningún mortal podrá explicar de una manera satisfactoria.”

D. Baltazar, antes de salir del convento, pasó a la iglesia, cuyo aspecto le recordó las terribles impresiones que en ella había recibido algunas noches antes. Entró en su casa; meditó sobre sus extravíos, y una carta que recibió a la sazón de su olvidada Beatriz, completó la gran obra de su conversión.

En los últimos años de su vida, y cuando la edad y la costumbre lo habían fortificado en la práctica de la virtud, se le descubrió el fraude de que se había hecho uso para traerlo al cumplimiento de su deber, y no pudo menos de dar sinceras gracias a los que lo habían arrancado al abismo en que iba a precipitarse.

 

FUENTE

Mora, José Joaquín, “El abogado de Cuenca”, No me olvides: recuerdo de amistad para el año 1826, Londres: Ackermann.

 

NOTAS

 

 

 

 

 

[1] Domine, ne in furore tuo arguas me. Señor, no me juzgues colérico. Se trata de un fragmento del Salmo 6, uno de los salmos penitenciales.

[2] y (sic.): debería decirse “e hizo”.

[3] Se trata de una extraña versión de la famosa leyenda sevillana de D. Miguel  de Maraña, ambientada en Cuenca.