DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Recuerdos de un viaje por España, 1849, tomo II, n.8 pág. 32-33. cap.IV

Acontecimientos
Personajes
Berenguer de Azlor, Doña Aldonza
Enlaces

Garcés de Cariñena, Pedro; Ubieto Artur, María Isabel, Nobiliario de Aragón, Textos medievales (Anubar ediciones), 1983

García de Diego, Vicente. Antología de leyendas de la literatura universal, Volumen 1, Leyendas de Aragón,p.378

Ubieto Arteta, Agustín, Leyendas para una historia paralela del Aragón medieval, Institución Fernando el Católico, 1998, pp.206-207

LOCALIZACIÓN

MONTALBÁN

Valoración Media: / 5

Montalván.—Leyenda de doña Aldonza.

Está situada esta villa en la confluencia de los ríos Martin y Adovas, y tiene un buen puente sobre el primero, que riega una reducida, pero agradable huerta. Esta villa es de gran antigüedad, fue conocida en otros tiempos con el nombre de Libana, y serbia por, esta parte de lindero a la Celtiberia. Dominada por los árabes vio por algún tiempo en su territorio al célebre campeón Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, el cual desterrado por su ingrato rey Alfonso el VI, se acogió en 1092 con autorización de AbuMerwan, rey de Albarracín, a quien pertenecía esta parte de Aragón, a la antigua fortaleza goda de Pinna-Castel, hoy Peña del Cid, a tres cuartos de legua de Montalván.

Desde allí partió con su hueste árabe-castellana para apoderarse de Valencia en 1094. Permaneció Montalván bajo el poder de los moros hasta 1210, en que fue conquistada por Fernando González de Marañón, octavo gran maestra de laórden de Santiago, quedando entre los ricos dominios de esta por concesión de Pedro II, y formando desde entonces una de sus más importantes encomiendas.

En 1347 Pedro IV el Ceremonioso la concedió voto en cortes, y varios privilegios y franquicias. Cuando empezó la última guerra civil, se pronunció esta población por la causa de la reina, y fortificó su antiguo castillo y su grandiosa iglesia. Los carlistas por vengarse saquearon y entregaron a las llamas el pueblo por dos veces, y dirigieron todos sus esfuerzos para apoderarse del fuerte, aunque siempre en vano, pues siempre se resistieron denodadamente los valientes nacionales de Montalván.

El 6 de marzo de 1837 sitiaron este fuerte estrecha y vigorosamente, y el 19 de abril del mismo año lograron hacerse dueños del pueblo, mas no de aquél, aunque le dirigieron el más vivo fuego y numerosos asaltos. Las tropas de la reina hicieron retirarse a los carlistas, y en una nueva acción dada el 23 de mayo perdieron unos y otros más de cuatrocientos hombres muertos, y muchísimos heridos.

El 26 volvieron los facciosos a ponerle sitio repitiendo los asaltos, las minas y todos los medios posibles de destrucción, más el 10 de junio lo levantaron después de hostilizados por el general Ayerve, el cual hizo desamparar el fuerte, que puede decirse no era ya más que un montón de escombros, y condujo a sus valientes defensores a Zaragoza. El gobierno de la reina premió los sacrificios del pueblo de Montalván con dispensarle del pago de contribuciones por algunos años, y concediendo a aquellos de sus vecinos que más se señalaron por su valor la distinguida cruz de caballeros de San Fernando.

Después de tanta desolación, esta villa, que era una de las mejores del bajo Aragón, ve muy reducido su caserío y vecindario, que no pasa de novecientas treinta y seis almas.

La iglesia parroquial titulada Santiago debe estar servida por un cura párroco y siete racioneros. Es un suntuoso edificio de arquitectura gótica, que después de la guerra quedó casi arruinado, pero en el día está restaurado todo lo posible.

Del antiguo castillo que ocupaban los caballeros de Santiago, apenas se descubren hoy los cimientos después de los sitios referidos. Había tres ermitas, de las que una fue también derruida, así como un convento de religiosos situado extramuros. Subsiste, aunque muy decaído, un hospital. Celebra esta villa tres ferias al año, y la principal producción de su término es el vino, dando lugar al proverbio vulgar en Aragón:

Si vas a Montaban
Llévate pan, que vino
Allí te lo darán.

En Montalván tienen su residencia desde largos tiempos las muy antiguas familias infanzonas de La Torre y Dolz. También está aquí establecido el juzgado de primera instancia de Segura por hallarse esta población arruinada.

En Montalván recogimos la historia siguiente:

Vivía en Zaragoza un noble aragonés ya entrado en días, en el reinado del célebre Alfonso V, llamado mosén Jaime de Bolea, y tenía en su palacio como pupila a doña Aldonza de Entenza, bellísima huérfana, heredera de un ilustre nombre, y de inmensa fortuna.

Era su caballero Berenguer de Azlor, gallardo y bizarro paladín, que se señalara por su valor en el ejército de Aragón, y que solo aguardaba terminar la guerra de Nápoles, en que a la sazón se hallaba, para solicitar de mosén Jaime la mano de Aldonza.

Más ésta había encendido una pasión ardiente en el pecho de su tutor, el que como —pág.33— conocía la imposibilidad de ser correspondido, quiso al menos que el objeto de su amor no fuese poseído por hombre alguno. Así es, que cuando Berenguer fue á pedirle la mano de Aldonza de Entenza, le dijo que un obstáculo terrible, insuperable, los separaba uno de otro para siempre.

Pidióle explicaciones el impaciente joven, y mosén Jaime le llenó de asombro al decirle que estaba enamorado de su propia hermana, embuste que le acreditó con ciertas escrituras apócrifas que convencieron enteramente de su desgracia al de Azlor. Grande fue en los primeros momentos su desesperación, y aun tuvo impulsos de arrojarse sobre la espada, pero dando lugar a más cristianos sentimientos, entró de caballero profeso en la orden de Santiago, con voto de castidad, y obtuvo la encomienda de Montalván, en donde murió al poco tiempo de melancolía.

Aldonza fue aún más desdichada, pues perdió enteramente la razón: huyó de la casa de su pérfido tutor, y vino a recorrer los alrededores de Montalván, donde sabía que había muerto su fiel amante, pasando lo mas del tiempo en la peña del Cid, desde donde divisaba el encumbrado castillo de la encomienda.

Su alimento eran las yerbas, y su lecho una dura peña. Cuando algún hombre se le acercaba, huía con la velocidad de una cierva, gritando: ¡Era mi hermano!.... ¡Era mi hermano!

Prolongó muchos años tan triste existencia, y cierto día, ir los sirvientes de la iglesia a cerrar las puertas, se encontraron una mujer cubierta de harapos, y que se conocía había sido muy bella, muerta al pie del sepulcro de Berenguer.

Dieron parte inmediatamente al nuevo comendador, su sucesor, y éste, que sabía bien la triste historia de sus amores, dispuso que Aldonza fuese sepultada en aquel mismo panteón, en el que colocó una inscripción latina que expresaba este pensamiento:

Justo es reposen juntos en la muerte
Los que tanto se amaron en la vida.

En cuanto a mosén Jaime, arrepentido aunque tarde de su pérfida traza, dio sus grandes haciendas a los pobres, tomó el hábito de religioso en el convento de San Francisco de Zaragoza, y allí hizo una vida penitente y ejemplar. Mas deseando predicar el Evangelio entre los bárbaros, naufragó y perdió la vida al tocar las costas de Marruecos. El sepulcro de Berenguer y Aldonza subsistió hasta la última guerra, en que fue destruido por los soldados que guarnecían la iglesia de Montalván, convertida entonces en fuerte (1).

 

FUENTE

Mellado, Francisco. Recuerdos de un viaje por España, 1849, tomo II, n.8 pág. 32-33.

NOTA DEL AUTOR

(1) Yo lo he visto aun íntegro, y leí la inscripción. Estaba situado debajo del coro.