DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Obras de D. José Zorrilla, Paris, Baudry, 1847.

Acontecimientos
Personajes
Rey Don Pedro, I el cruel. Blas, zapatero.
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LOCALIZACIÓN

SEVILLA

Valoración Media: / 5

Justicias del rey Don Pedro

I

 

 

       Cuando su luz y su sombra

   
 

mezclan la noche y la tarde,

   
 

y los objetos se sumen

   
 

en la sombra impenetrable,

   
 

en un postigo excusado

   
 

que a una callejuela sale,

   
 

de una casa cuya puerta

   
 

principal da a la otra calle,

   
 

dos hombres que se despiden

   
 

se ven, aunque no se sabe

   
 

ni cuál de los dos se queda,

   
 

ni cuál de los dos se parte.

   
 

Ambos mirándose atentos,

   
 

ambos un pie hacia adelante,

   
 

parados en el dintel

   
 

están, y entrambos iguales.

   
 

Por fin, el más viejo de ellos,

   
 

hundiendo el mustio semblante

   
 

entre el sombrero y la capa

   
 

en ademán de marcharse,

   
 

torció la cabeza a un lado,

   
 

pronunciando un no tan grave,

   
 

que bien se vio que era el fin

   
 

de las pláticas de enantes.

   
 

Sin duda el otro, entendido,

   
 

no encontró qué replicarle,

   
 

pues bajando la cabeza,

   
 

callóse por un instante.

   
 

«Buenas noches», dijo el viejo;

   
 

tartamudeó un «Dios le guarde»

   
 

el otro, mas decidiéndose,

   
 

hizo hacia el viejo un avance:

   
 

-Mírelo bien, y cuidado

   
 

no se arrepienta, compadre.

   
 

-Nunca eché más que una cuenta.

   
 

-Piénselo bien, y no pase

   
 

sin contar lo que va de él

   
 

a don Juan de Colmenares.

   
 

-Señor, replicó el anciano,

   
 

en tiempos tan deplorables,

   
 

ya sé que lo pueden todo

   
 

los ricos y los audaces.

   
 

-Pues mire lo que le importa,

   
 

que rico y audaz, señales

   
 

son con que marca la fama

   
 

a los que en mi casa nacen.

   
 

Callaron por un momento,

   
 

y continuando mirándose,

   
 

dijo el viejo tristemente,

   
 

aunque en tono irrevocable:

   
 

-Nunca lo esperé de vos,

   
 

mas tampoco vos ni nadie

   
 

puede esperar más de mí.

   
 

-Pues entonces, adelante;

   
 

idos, buen viejo, con Dios,

   
 

que estoy de prisa y es tarde.-

   
 

Cerró la puerta de golpe,

   
 

a escuchar sin esperarse

   
 

una respuesta que el viejo

   
 

tuvo tentación de darle;

   
 

y acaso por su fortuna

   
 

quedó a tal punto en la calle,

   
 

para dársela a la puerta,

   
 

donde la deshizo el aire.

   
 

Volvió el anciano la espalda,

   
 

y en dos golpes desiguales,

   
 

sus pasos descompasados

   
 

pueden de lejos contarse;

   
 

porque sus pies, impedidos,

   
 

deben a su edad y achaques

   
 

una muleta que marcha

   
 

un pie que los suyos antes.

   
 

La esquina a espacio transpuso,

   
 

y a poco, otro hombre más ágil,

   
 

saliendo por el postigo,

   
 

siguió en silencio su alcance;

   
 

túvose al volver la esquina,

   
 

tendió los ojos sagaces

   
 

y enderezó los oídos

   
 

atento por todas partes;

   
 

mas no oyendo ni escuchando

   
 

de qué poder recelarse,

   
 

tomando el rastro del viejo,

   
 

echó por la misma calle.

   

 

II

 

   En un aposento ambiguo,

   
 

medio portal, medio tienda,

   
 

que hace asimismo las veces

   
 

de cocina y de despensa,

   
 

pues da su entrada a la calle,

   
 

y en confuso ajuar ostenta

   
 

camas, hormas y un caldero

   
 

colgado en la chimenea,

   
 

hay seis personas distintas,

   
 

que hacen al pie de la letra

   
 

(salvo el padre, que está ausente)

   
 

una raza verdadera.

   
 

Un mozo de veinte abriles,

   
 

una muchacha risueña

   
 

de diez y seis, tres muchachos

   
 

y una anciana de sesenta.

   
 

Y aunque a las veces nos turban

   
 

engañosas apariencias,

   
 

zapateros son de oficio,

   
 

si a espacio se considera,

   
 

que está la estancia aromada

   
 

con vapores de pez negra,

   
 

que ribetea la moza,

   
 

y que el mozo maja suela.

   
 

-Mucho tarda, dijo el último,

   
 

padre esta noche, Teresa.

   
 

-Ya ha tiempo que ha anochecido.

   
 

-Muchacho, atiza esa vela

   
 

y deja quieto ese bote.

   
 

Y esto diciendo en voz recia

   
 

el mozo, siguió en silencio

   
 

cada cual en su tarea:

   
 

el chico sitiando al bote,

   
 

ribeteando la doncella,

   
 

majando el mozo a compás,

   
 

y dormitando la vieja.

   
 

Con monótonos murmullos

   
 

arrullaban esta escena,

   
 

el son de la escasa lluvia

   
 

de un aguacero que empieza,

   
 

el no interrumpido son

   
 

con que hierve la caldera,

   
 

y el tumultuoso chasquido

   
 

con que la luz chisporrea.

   
 

-¿Las nueve son? dijo el mozo.

   
 

-Eso las ánimas suenan

   
 

con sus campanas, repuso

   
 

santiguándose Teresa.

   
 

-¡Las ánimas, y aun no viene!

   
 

Y echando atrás la silleta,

   
 

se puso el mancebo en pie

   
 

y encaminóse a la puerta.

   
 

Al ruido que hizo en el cuarto,

   
 

despertándose la vieja,

   
 

dijo: -¿Rezáis a las ánimas?

   
 

-Sí, señora; estése queda

   
 

Asió el mancebo la aldaba,

   
 

mas la había alzado apenas,

   
 

cuando un espantoso golpe

   
 

venció la puerta por fuera.

   
 

-¡Muerto soy! dijo una voz;

   
 

cayó un embozado en tierra,

   
 

y vióse un hombre que huía

   
 

al fin de la callejuela.

   
 

En derredor del caído

   
 

se agolparon, que aun conserva

   
 

algún resto de la vida

   
 

que le arrancan a la fuerza;

   
 

mas no bien le desenvuelven

   
 

por ver, piadosos, si alienta,

   
 

un grito descompasado

   
 

lanzóla familia entera.

   
 

Blasfemó el mozo con ira,

   
 

desmayóse la doncella,

   
 

y la anciana y los muchachos

   
 

en llanto a la par revientan.

   
 

-Padre, ¿quién fue? preguntaba,

   
 

sosteniendo la cabeza

   
 

del anciano moribundo,

   
 

el hijo, que llora y tiembla.

   
 

Echóla triste mirada

   
 

su padre, como quien lega

   
 

su razón y su justicia

   
 

en quien se fija cori ella.

   
 

-Juan.....

   
 

-¿Qué Juan?

   
 

-De Colmenares,

   
 

balbuceó con torpe lengua;

   
 

y sobre el brazo del hijo

   
 

dobló la faz macilenta,

   
 

   Reinó un silencio solemne

   
 

por un instante en la escena,

   
 

y a reunirse empezaron

   
 

vecinos de ambas aceras.

   
 

Llegó la justicia al punto,

   
 

y mientras justicia ella,

   
 

partió por la turba el mozo

   
 

en faz de intención siniestra.

   
 

-¿Dónde va? dijo un corchete.

   
 

-Siendo yo su sangre mesma,

   
 

¿adónde, sino al culpable?

   
 

-Soy con vos.

   
 

-Enhorabuena.

   
 

-(Por si acaso, va seguro),

   
 

dijo para sí el de presa,

   
 

mientras el mozo, resuelto,

   
 

ganó a una esquina la vuelta.

   

 

III

 

   Son treinta días después,

   
 

y el mismo lugar y hora,

   
 

la misma vieja y los chicos,

   
 

con mesa, mancebo y moza.

   
 

Cada cual en su tarea

   
 

sigue en paz, aunque se nota

   
 

que todos tienen los ojos

   
 

del mancebo en la faz torva.

   
 

Él, sin embargo, en silencio

   
 

prosigue atento su obra

   
 

sin levantar la cabeza,

   
 

que sobre el pecho se apoya.

   
 

Tan doblada la mantiene,

   
 

que apenas la llama roja

   
 

que da la luz, alumbrarle

   
 

las cejas fruncidas logra;

   
 

y alguna vez que el reflejo

   
 

las negras pupilas toca,

   
 

tan viva luz reverberan,

   
 

que chispas parece brotan.

   
 

La verdad es que, una lágrima

   
 

que a sus párpados asoma,

   
 

viene anunciando un torrente

   
 

en que el corazón se ahoga.

   
 

Y el mozo, por no aumentar

   
 

de los suyos la congoja,

   
 

a duras penas le tiene

   
 

dentro el pecho y le sofoca.

   
 

Largo rato así estuvieron

   
 

en atención afanosa,

   
 

todos mirando al mancebo,

   
 

y éste mirando a sus hormas;

   
 

hasta que, al cabo, Teresa,

   
 

más sentida o más curiosa,

   
 

lo dijo: -¿Estás malo, Blas?

   
 

Y a su voz limpia y sonora,

   
 

siguió otro largo intervalo

   
 

de larga atención dudosa.

   
 

Nada el hermano responde,

   
 

mas ella su afán redobla,

   
 

que no hay temor que la tenga

   
 

la valla de una vez rota.

   
 

-¡Como estás tan cabizbajo!.-

   
 

Y aquí Blas interrumpióla:

   
 

-Y ¿qué tengo que decir

   
 

a quien sin padre y sin honra

   
 

debe vivir para siempre?-

   
 

Y aquí la familia toda

   
 

rompió en ahogados sollozos

   
 

a tan infausta memoria.

   
 

Sosegóse, y siguió Blas

   
 

en voz lamentable y honda:

   
 

-Él rico y nosotros pobres,

   
 

débil la justicia y poca,

   
 

y el Rey en caza y en guerra,

   
 

¿qué puede alcanzar quien llora?

   
 

-Qué, ¿por libre se atrevieron.....

   
 

-Poco menos, pues sus doblas

   
 

pudieron más con los jueces

   
 

que las leyes.

   
 

-¡Las ignoran!

   
 

dijo indignada Teresa.

   
 

-No, hermana: ¡las acogotan!

   
 

contestó Blas, sacudiendo

   
 

su mazo con ciega cólera.

   
 

   Siguió en silencio otro espacio,

   
 

y otra vez Teresa torna.

   
 

-Mas la sentencia, ¿cuál fue?

   
 

dijo, y calló vergonzosa.

   
 

-¿La sentencia? gritó Blas,

   
 

revolviendo por las órbitas

   
 

los negros y ardiente, ojos.

   
 

¿La sentencia pides? Oyela.-

   
 

Todos se echaron de golpe

   
 

sobre la mesilla coja,

   
 

que vaciló al recibirles

   
 

a oír lo que tanto importa.

   
 

-Sabéis que el de Colmenares

   
 

hoy pingüe prebenda goza

   
 

en la iglesia, y que, a Dios gracias

   
 

y a mi diligencia propia,

   
 

se le probó que dió muerte

   
 

a padre (que en paz reposa).

   
 

Pues bien; no sé por qué diablos

   
 

de maldita jerigonza,

   
 

de conspiración que dicen

   
 

que con su muerte malogra,

   
 

dieron por bien muerto a padre,

   
 

y al clérigo.....

   
 

-¿Le perdonan?

   
 

-No, ¡vive Dios! le condenan;

   
 

mas ¡vez qué dogal le ahoga!

   
 

Condénanle a que en un año

   
 

no asista a coro, mas cobra

   
 

su renta; es decir, le mandan

   
 

que no trabaje y que coma.

   
 

   Tornó a su silencio Blas

   
 

y a sus sollozos la moza;

   
 

ella cosiendo sus cintas,

   
 

y él machacando sus hormas.

   

 

IV

 

   Está la mañana limpia,

   
 

azul, transparente, clara,

   
 

y el sol, de entre nubes rojas,

   
 

espléndida luz derrama.

   
 

Toda es tumulto Sevilla,

   
 

músicas, vivas y danzas;

   
 

todo movimiento el suelo,

   
 

todo murmullos el aura.

   
 

Cruzan literas y pajes,

   
 

monjes, caballeros, guardias,

   
 

vendedores, alguaciles,

   
 

penachos, pendones, mangas.

   
 

Flota el damasco y las plumas

   
 

en balcones y ventanas,

   
 

y atraviesan besamanos

   
 

donde no caben palabras.

   
 

Descórrense celosías,

   
 

tapices visten las tapias,

   
 

los abanicos ondulan

   
 

y los velos se levantan.

   
 

Cuantas hermosas encierra

   
 

Sevilla, a su gloria saca;

   
 

cuantos bueno! caballeros

   
 

en sus fortalezas guarda;

   
 

ellos porque son galanes,

   
 

y ellas porque son bizarras;

   
 

las unas porque la adornen,

   
 

los otros para admirarlas.

   
 

óyense al lejos clarines,

   
 

y chirimías y cajas,

   
 

y a lengua suelta repican

   
 

esquilones y campanas.

   
 

Mas no vienen los hidalgos

   
 

armados hasta las barbas,

   
 

ni el pálido rostro asoman

   
 

las bellas amedrentadas;

   
 

que no doblan los tambores

   
 

en son agudo de alarma,

   
 

ni las campanas repican

   
 

a rebato arrebatadas;

   
 

que es la procesión del Corpus

   
 

que ya transpone las gradas

   
 

del atrio, y el rey don Pedro

   
 

acompañándola baja.

   
 

Padillas y Coroneles

   
 

y Alburquerques se adelantan

   
 

con Osorios y Guzmanes,

   
 

pompa ostentando sobrada.

   
 

Y bajo un palio don Pedro,

   
 

de ocho punzones de plata,

   
 

descubierta la cabeza

   
 

y armado hasta el cuello, marcha.

   
 

En torno suyo el Cabildo,

   
 

diez individuos encarga

   
 

que de escuderos le sirvan

   
 

en comisión poco santa;

   
 

mas tiempos son tan ambiguos

   
 

los que estos monjes alcanzan,

   
 

que tanto arrastran ropones

   
 

como broqueles embrazan.

   
 

Entre ellos se ve a don Juan

   
 

de Colmenares y Vargas,

   
 

que deja por vez primera

   
 

la reclusión de su casa;

   
 

no porque el año ha cumplido,

   
 

sino porque el año paga,

   
 

y doblas redimen culpas

   
 

si se confiesan doradas.

   
 

Rosas deshojan sobre ellos

   
 

las hermosísimas damas,

   
 

y toda es flores la calle

   
 

por donde la Corte pasa.

   
 

Envidia de las más bellas,

   
 

salió a un balcón del alcázar

   
 

la hermosísima Padilla,

   
 

origen de culpas tantas.

   
 

Hízola venia don Pedro,

   
 

y al responderle la dama,

   
 

soltó sin querer un guante,

   
 

y ¡ojalá no le soltara!

   
 

Lanzóse a tomar la prenda

   
 

muchedumbre cortesana;

   
 

muchos llegaron a un tiempo,

   
 

mas nadie tomarla osaba,

   
 

que fuera acción peligrosa,

   
 

aparte de lo profana.

   
 

Partiendo la diferencia,

   
 

salió de la fila santa

   
 

el bizarro Colmenares

   
 

con intención de tomarla.

   
 

Mas no bien dejó su mano

   
 

del palio el punzón de plata,

   
 

y puso desde él al Rey

   
 

cuatro pasos de distancia,

   
 

cuando un mancebo iracundo,

   
 

con irresistible audacia,

   
 

se echó sobre él, y en el pecho

   
 

le asestó dos puñaladas.

   
 

Cayó don Juan; quedó el mozo

   
 

sereno, en pie entre los guardias

   
 

que le asieron, y don Pedro

   
 

se halló con él cara a cara.

   
 

La procesión se deshizo;

   
 

volvió gigante la fama

   
 

el caso de boca en boca,

   
 

y ya prodigios contaban.

   
 

Juntáronse los soldados

   
 

recelando una asonada;

   
 

cercaron al Rey algunos,

   
 

y llenó al punto la plaza

   
 

la multitud, codiciosa

   
 

de ver la lucha empezada

   
 

entre el sacrílego mozo

   
 

y el sanguinario Monarca.

   
 

Duró un instante el silencio,

   
 

mientras el Rey devoraba

   
 

con sus ojos de serpiente

   
 

los ojos del que le ultraja.

   
 

   -¿Quién eres? dijo por fin,

   
 

dando en tierra una patada.

   
 

-Blas Pérez, contestó el mozo

   
 

con voz decidida y clara.

   
 

Pálido el Rey de coraje,

   
 

asióle por la garganta,

   
 

y así en voz ronca le dijo,

   
 

que la cólera le ahogaba:

   
 

-Y yendo tu Rey aquí,

   
 

¡voto a Dios! ¿por qué no hablaste,

   
 

si con ocasión te hallaste

   
 

para obrar con él así?-

   
 

   Soltóse Blas de la mano

   
 

con que el Rey le sujetaba,

   
 

y, señalando al difunto,

   
 

repuso tras breve pausa:

   
 

-Mató a mi padre, señor,

   
 

y el tribunal, por su oro,

   
 

privóle un año del coro,

   
 

que en vez de pena es favor.

   
 

-Y si vende el tribunal

   
 

la justicia encomendada,

   
 

¿no es mi justicia abonada

   
 

para quien justicia mal?

   
 

-Cuando el miedo o la malicia,

   
 

dijo Blas, tuercen la ley,

   
 

nadie se fía en el Rey,

   
 

medido por su justicia.

   
 

   Calló Blas, y calló el Rey

   
 

a respuesta tan osada,

   
 

y los ojos de don Pedro

   
 

bajo las cejas chispeaban.

   
 

Tendiólos por todas partes,

   
 

y al fuego de sus miradas,

   
 

de aquellos en quien las puso

   
 

palidecieron las caras.

   
 

Temblaron los más audaces,

   
 

y el pueblo ansioso esperaba

   
 

una explosión en don Pedro,

   
 

más recia que sus palabras.

   
 

Rompió el silencio por fin,

   
 

y en voz amistosa y blanda,

   
 

el interrumpido diálogo

   
 

así con el mozo entabla:

   
 

-¿Qué es tu oficio?

   
 

   -Zapatero.

   
 

-No han de decir ¡vive Dios!

   
 

que a ninguno de los dos

   
 

en mi sentencia prefiero.-

   
 

   Y encarándose don Pedro

   
 

con los jueces que allí estaban,.

   
 

dando un bolsillo a Blas Pérez,

   
 

dijo en voz resuelta y alta:

   
 

-Pesando ambos desacatos,

   
 

si con no rezar cumple él

   
 

en un año, cumples fiel

   
 

no haciendo en otro zapatos.

   
 

   Tornóse don Pedro al punto,

   
 

y brotó la turba osada

   
 

murmullos de la nobleza

   
 

y aplausos de la canalla.

   
 

Mas viendo el Rey que la fiesta

   
 

mucho en ordenarse tarda,

   
 

echando mano al estoque,

   
 

dijo así, ronco de rabia:

   
 

-La procesión adelante,

   
 

o meto cuarenta lanzas

   
 

y acaban ¡voto a los cielos!

   
 

los salmos a cuchilladas.

   
 

   Y como consta a la iglesia

   
 

que es hombre el Rey de palabra,

   
 

siguieron calle adelante

   
 

palio, pendones y mangas.