DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

La perla del barrio bajo: leyenda histórica del siglo XVIII, Lérida : [s.n.], 1889, Imprenta Mariana.

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LOCALIZACIÓN

COMUNIDAD DE MADRID

Valoración Media: / 5

LA PERLA DEL BARRIO BAJO

LEYENDA HISTÓRICA DEL SIGLO XVIII

 

D. Javier Fuentes y Ponte.

 

En la calle.

 

DESDE que murió llorado

el rey don Carlos Tercero,

cambia Madrid sus costumbres

como sus barrios de aspecto,

visten a la currutaca[1]

señoras y caballeros,

los suizos y los walones[2]

ya no parecen tan serios;

dejaron de trabajar

sus mejores arquitectos,

Rodríguez y Villanueva

glorias del arte moderno;

hasta las gentes piadosas

al ser tibias en su celo

suelen ir a los cafés (1)

y no van a los conventos.

Caza el rey D. Carlos Cuarto,

se gobierna mal su reino,

sin cuidarse del terror

que infunde a todos los pedios[3]

la revolución de Francia,

de Inglaterra el armamento:

Moratín forja comedias,

 

(1) Entre los pocos que entonces había en Madrid, era uno de ellos el de Levante, primero de todos. (nota del autor)

 

 

 

no hay sainete[4] sin bolero[5]

pues don Ramón de la Cruz

que es quien escribe los buenos

obligado ya se ve

a poner bailes en ellos.

Córrense toros los lunes,

diversión que va en aumento,

gozando de preeminencias

por todas partes los diestros

Pepe Hillo, Costillares,

López y Pedro Romero,

quienes viven con sus chulos[6],

honra y prez[7] del barrio nuevo,

a la derecha bajando

por la calle de Toledo.

Allí las majas[8] de viso[9]

lucen su sal y gracejo,

se pedrean los muchachos

con los de barrios diversos,

habitan los matachines[10],

toman albergue los ciegos

que cantan romances[11], trovos[12],

la cachucha[13] y el salterio[14]:

allí privan los manolos[15],

allí rumban los toreros.

A la peor de sus calles,

la más derecha por cierto

titulan de La Paloma

desde primitivo tiempo;

sus casas a la malicia

tienen carácter siniestro

por sus negruzcas fachadas

casi faltas del alero:

en uno de sus corrales

puso Bayo el extremeño

las pocilgas y calderas

para matanza de cerdos.

El corral es finca propia

del caído monasterio

de religiosas que hubo

en aquel barrio, y no lejos (2)

quedando tras de las tapias

materiales en desecho,

despojos de su derribo

cascote, piedras y cercos.

Mil setecientos noventa

es el año del suceso

bien digno de consignarse,

que describirle debemos.

Cierta mañana temprano

solícito el ganadero,

de limpiar aquel corral

 

(2) El convento de monjas de Santa Juana. (nota del autor)

 

sus maderas revolviendo,

ve destruida, muy rota

una pintura en un lienzo

pringosa, borrada, sucia,

y en tan preciso momento

los muchachos que a la escuela

pasan, y llegan a verlo

para jugar se lo piden.

Ya suyo, de gozo llenos

al tomarlo, se le llevan

arrastrando por el suelo,

en algazara[16] infantil

con chillidos de contento.

La calle de La Solana

es la del frente derecho,

mas al llegar a su esquina

topan en brusco tropiezo

con una mujer humilde,

toda vestida de negro,

cubierta con su rebozo[17],

y en su mano sosteniendo

rosario de cuentas gordas

de los que llaman fraileros

la cual parándoles dice:

«¿A dónde corréis con eso,

También aquí mi sobrino,

mi Juan Antonio Salcedo?»

«Sí tía» responde un chico,

«En el corral nos lo dieron

y lo llevamos al Rastro,

a ver si el mercante[18] viejo

nos le cambia por alcorza[19]

confituras o buñuelos.»

Mira el cuadro la mujer,

y al limpiarle por el centro

aparece la pintura

con un colorido fresco,

añadiéndoles de pronto:

«Cuatro cuartos aquí tengo

si conviene, toma y daca[20],

en más no podéis venderlo.»

Hacia un lado se retiran,

hablan todos en secreto

acordando se les dé

quedando así el trato hecho:

cogen las cuatro monedas,

van a buscar al bollero

mientras ella conmovida

casi llorosa y gimiendo,

en el portal inmediato

donde tiene su aposento,

entra con su nueva compra

a quien da frecuentes besos.

 

En el patio.

 

ISABEL-JEROMA-ISIDRA-EL TÍO ANTONIO, EL CIEGO.

(Jeroma e Isidra asomadas a sus ventanas).

 

ISIDRA .—Jeroma… ¿Quién es esa

que se ha mudado

a las habitaciones

del piso bajo?

En el testero[21]

del portal, hace poco

clavaba un lienzo.

JEROMA. —¿Y tú me lo preguntas?

Estás en Babia[22]

es Isabel Tintero

es, La Beata;

fue mi vecina

poco tiempo en el barrio

de las Vistillas.

Con zapatos de raso,

medias de seda,

farfalá[23] con madroños[24],

peine de teja[25]

mantilla blanca;

era la mejor chula[26]

de rompe y rasga[27].

Pero todos los tiempos

no son iguales,

después de mal casada

quedó sin padres

y desde entonces,

el que la conociera

no la conoce.

Apenas amanece,

al dar las cinco,

nunca falta en la misa

de San Francisco;

y en acabando

visita los enfermos

que hay en el barrio.

Vive de sus faenas,

hace primores[28],

de puntillas, encajes,

randas[29], festones[30];

y no ahorra nada

entre los pobres deja

cuanto ella gana.

ISIDRA. — Pocas habrá mejores

en estos tiempos

para entrar en su casa

llámame luego.

JEROMA. — Ya verás, chica,

es un ángel sin alas

una bendita.

ISABEL. — (Apareciendo de pronto en la

puerta del patio.)

¡Eh, muchachas, vecinos

abajo vengan

gracias a Dios tenemos

una portera

manchada y rota,

cuidará nuestra casa,

nuestras personas.

Buscad entre los líos

de vuestros cofres,

alamares[31] y franjas[32]

lazos y flores:

bien combinado

ya veréis como pronto

se le hace marco.

La obligación de todos

es alumbrarla;

una jícara nueva

tiene por lámpara

y sin pedirle

daréis algún aceite

de los candiles.

Al pintor Aparicio

la llevaremos

a fin de que retoque

su desperfecto:

sin haber duda

que no ha de interesarnos

la compostura.

Ya que se lo merece

honrarla es justo,

rezando su rosario,

dándola culto:

pues de más hace

al venir a guardarnos

fiel y de balde[33].

Hará muchos milagros

que al mundo asombren

tendrá ruidosa fama

por villa y corte

y acaso puede,

que a su altar, a rezarla,

vengan los reyes.

(Enterado por su lazarillo[34],

de que hay un

cuadro de la Virgen en

el portal, entra en el

patio y canta lo siguiente.

E L TÍO ANTONIO EL CIEGO. — A la Virgen que han puesto

en esta casa,

Yo me ofrezco a tenerla

por abogada,

guardiana.

Y al compás del rasgueo,

de mi guitarra,

cantarla,

una Salve[35] los viernes,

antes del alba.

 

En Real servicio.

 

¿Es cierto lo que dicen

por salas y plazuelas,

que al cuadro de una imagen

hoy debe su existencia,

el Conde de las Torres,

Caballerizo de la reina?

Un sábado en Atocha,

sirviendo su carrera

muy próximo al estribo[36]

del coche de su alteza (3)

faltole su caballo,

que resbaló sobre las piedras

Tan grande, tal caída

ningún jinete diera

le cogen los lacayos,

los frailes le rodean

bañado todo en sangre

y con fractura de una pierna.

Velándole una noche

 

(3) El Príncipe de Asturias, a cuyo coche se acercó para dar un recado de S. M. (nota del autor)

 

 

junto a su cabecera

un servidor antiguo

llamado Luis de Mena

le dice con afecto

y respetuosa pertinencia.

«Señor, yo soy devoto

de «La Soledad» nueva,

patrona de los barrios

que forman la Arganzuela,

pues muerto diome vida.

Encomendaos bien a ella.

Seis días han pasado

sus médicos lo encuentran

de pronto sin peligro;

produce su extrañeza,

curiosos le preguntan

y conmovido les contesta.

«Bien haya los auxilios

de médicos y médica,

la milagrosa Virgen

que al escuchar la queja,

oyendo mi plegaria

sanó benigna mi dolencia.»

El Proto-medicato

unánime celebra

las glorias de María

en la curación hecha,

llamándola prodigio

de los mayores que se cuentan.

Mejora el noble conde,

mas, cuando sin muletas

andar puede, ya firme,

para corresponderla,

ver quiere a su abogada

con el criado Luis de Mena.

En el portal oscuro

con devoción penetra,

se duele de aquel cuadro,

de cómo le contempla,

y puesto de rodillas,

ante la Virgen llora y reza.

El tan indigno sitio

muy pobre y sucio encuentra,

de mejorarlo todo

formula su promesa

llamando a La Beata

que sin demora se presenta.

Reconocido el Conde

a la Beata ordena,

se alquile un piso bajo

con practicable reja,

y ponga el santo lienzo

en un altar de forma nueva.

Previene que se hagan

los gastos a su cuenta,

que luzca el alumbrado

a costa de sus rentas,

y juntos los vecinos

en confusión le vitorean.

Por tanto, por ser cierto

publican y comentan

los títulos y grandes,

las gentes más plebeyas,

que al cuadro de la Virgen

hoy debe su existencia

el Conde de las Torres

Caballerizo de la reina.

 

En palacio.

 

«Alcázar de Madrid, a dos de enero,

mil setecientos y noventa y cuatro.

 

Mis muy queridos padres:

Como ahora

ya se tiene la posta[37] de ordinario

una vez por semana, con destino

al rincón en que viven desterrados,

recibiremos cada siete días

correspondencia, no habiendo retraso.

Nada ocurre hoy que digno sea

de loa, en el gobierno del Estado:

Francia mal, y nosotros en su guerra

consumiendo recursos ha dos años.

Respecto a la salud yo sigo buena

mas hube de temer algún quebranto[38]

al trasnochar sin tregua ni relevos

con el motivo tan extraordinario

que voy a referir, por el que todos

muchas gracias a Dios, gozosos damos.

Tras de larga jornada con la corte,

y grandes cacerías en El Pardo,

a Madrid regresó mas vino enfermo

el príncipe de Asturias Don Fernando.

Tan súbita, gravísima dolencia

causó a los reyes mucho sobresalto,

los médicos mayores procuraban

atajar de las fiebres el estrago[39]

y al ser la camarista[40] más antigua

húbeme de quedar en el Real Cuarto

pues no quiso la Reina mi Señora,

me apartase del sitio del cuidado.

En la Saleta[41] se pusieron listas

las cuales prontamente se llenaron;

en la Plaza de Oriente por los corros

buscaban las noticias azorados,

los ricos y los pobres, los de venta,

los chisperos[42], las chulas y los majos[43]:

las campanas tañían, y se puso

manifiesto[44] al Señor Sacramentado

en las iglesias, y en la Real Capilla,

con orden de velar los eclesiásticos.

Su Majestad la Reina, estaba triste,

tapábase la cara con las manos

y entre los que con ella en tales horas

diligentes, solícitos estábamos,

tras de su silla, el Conde de las Torres

que su caballerizo fue de campo

la insinuó que debíale la vida

al tan vetusto[45] cuan severo cuadro

de Soledad, que llaman «La Paloma»

sus admirables curas relatando.

La contristada[46] Reina levantándose

como si despertara de un letargo,

hizo que los canutos de linterna

los faroles vacantes de Palacio (4)

y de caballerizas, los llevaran

al oratorio, reducido cuarto

de aquella Virgen, y que de hora en hora

de día y noche, sin tener descanso

cinco frailes franciscanos ya profesos

turnaran en las preces[47] del rosario.

La Virgen acudió con su remedio:

el Príncipe de pronto quedó sano.

 

(4) Dos de ellos se conservan aún en el Santuario de La Paloma. (nota del autor)

 

 

En la cámara real y la Saleta

como en las galerías y en el patio,

en la Plaza de armas, y en las calles,

en las Vistillas, Avapiés, y el Rastro,

solo una voz de pláceme[48] se oía

«Milagro» repitiéndose, «Milagro».

Sus Majestades y la Real familia

en gratitud por ello rebosando,

dar gracias a la Virgen decidieron

con la mayor ostentación y fausto.

La villa de Madrid por sus alcaldes

mandó colgar tapices en el tránsito[49],

desde San Salvador (5) a La Solana (6)

hicieron con pinochas[50] grandes arcos

para mejor desfile del cortejo

que no se viera igual en muchos años.

Los trenes[51] de Malpica y de Alburquerque

los de Medinaceli, el Infantado

Uceda, Santa Cruz y Castromonte

Erias, Oñate, Béjar y Cerralbo,

entre los otros que delante iban,

a la moda llevaban los penachos[52].

Los coches de Su Alteza y los Infantes,

 

(5) Parroquia demolida frente a la hoy Plaza de la Villa. (nota del autor)

(6) Explanada ante el portillo de su nombre, luego de "Gil y Mon”. (nota del autor)

 

 

 

y el de sus Majestades, admiraron,

por las galas, plumeros[53] y libreas[54]

de sus tronquistas[55] y de sus lacayos[56].

El pueblo parecía como loco,

los Reyes y Su Alteza no tocaron

con sus pies en el suelo, hasta el instante

de poder lograr verse arrodillados

a los pies de la Virgen, y entre lágrimas

con fervor muy piadoso Don Fernando

allí dejó para feliz memoria

el traje con el cual cayera malo.

Tomar los coches y volver sin riesgo

costó en verdad muchísimo trabajo,

las gentes al dar vivas, no dejaban

carril para moverse los caballos.

Desde tal día, dicen que se aumentan

el celo y la piedad en aquel barrio,

y si logro la estampa de la Imagen

se la remitiré puesta en un marco,

a fin de que prolongue su existencia

como todos a un tiempo deseamos

y en especial su hija que los quiere

 

LUCINDA PIMENTEL Y TORRE-CARPIO.

 

 

EPÍLOGO.

 

Con haber ido la corte

y los reyes en persona

al oratorio, y dejar

 

 

de Don Fernando la ropa (7)

todo Madrid se despuebla

ocupando a cualquier hora

el aposento mezquino

de la Virgen portentosa.

No hay dolencia que no cure

no hay torero, si la nombra

que no salve del peligro,

por eso para Patrona

una copiada fielmente

pintó Don Francisco Goya

la cual en la enfermería

tienen, alumbran y adornan,

y terminada su brega[57]

la dan gracias fervorosas,

los diestros más celebrados

de fama justa y notoria.

Isabel Tintero (8) tiene

una regular limosna

recogida, y más la guardan

muchas notables personas.

 

 

(7) Aún se conserva en la Rectoría del santuario de la Paloma, el calzón corto y la chaquetilla de S. A. el entonces Príncipe de Asturias. Tienen la medida correspondiente a un niño de 8 a 9 años, son de raso color de rosa, bordadas ambas prendas en sus solapas y boquillas con lentejuelas y pedrería. (nota del autor)

(8) En 8 y 9 de octubre de 1796, quedando Isabel Tintero de Administradora y Rectora por Decreto del Real Consejo de Castilla fecha 25 de mayo de 1799, había pedido licencia para construir la capilla que le fue concedida por el Real Consejo, en auto de 20 de julio de 1792, que le fue comunicado al Alcalde de Corte Marqués de Casa-Gracia, en 23 de julio del mismo año. La construcción no recibió debido impulso hasta 1795. (nota del autor)

 

 

Ver consigue al Arzobispo

de Toledo, y este logra

del Consejo de Castilla

superior licencia, pronta

para edificar iglesia

más digna, más espaciosa.

El cercado en que la Imagen

estuvo entre fango y broza[58]

como solar de vecinos

Isabel por sí la compra.

Sánchez, (8) joven arquitecto,

generoso y noble, toma

el cargo de proyectar

y de dirigir la obra

erigiendo al breve tiempo

iglesia, capaz, hermosa,

con un altar y un retablo

de proporcionadas formas.

En él procesionalmente[59]

con grandes fiestas colocan

el cuadro, y en las paredes

cuelga la gente piadosa,

no solamente mortajas[60]

y exvotos[61] para memoria

 

(8) D. Francisco Sánchez, además de su trabajo gratuito, dio gran limosna en majales[62] y metálico. Era discípulo del célebre D. Ventura Rodríguez. (nota del autor)

 

 

 

de los milagros, también

deja riquísimas joyas,

que no pueden los franceses

arrebatar, pues no logran

siquiera verlas, cegados

por la luz esplendorosa

de los millares de cirios

que los fieles amontonan.

Madrid ya sin extranjeros

canta las grandes victorias

de Bailen, de Talavera,

de Cádiz, de Zaragoza

y cuando el «Rey Deseado»

pasa la nueva y vistosa

Puerta de Toledo, (9) y da

entre vítores y pompa,

las gracias al santo lienzo

de su Virgen protectora,

sabe al fin que la Beata

del descanso eterno goza (10)

le rinden cetro[63] y corona

muchas veces, y contritos[64]

en el destierro la invocan.

Villa y corte de Madrid,

esta página gloriosa

puedes mostrar con orgullo

 

(9) Fernando VII entró en Madrid el 13 de mayo de 1814.

(10) La Beata, Isabel Tintero, murió en Madrid el 30 de octubre de 1813, y con gran pompa fúnebre se enterró su cadáver en el cementerio de San Isidro, patio de los cipreses, nicho 387. (nota del autor)

 

en el libro de la historia.

La oculta en lodo algún día

hoy en el altar se adora,

la Perla del barrio bajo,

La Virgen de La Paloma.

 

 

[1] Muy afectado en el uso riguroso de las modas.

[2] Valones, naturales del territorio belga que ocupa aproximadamente la parte meridional de este país de Europa.

[3] Perteneciente o relativo al pie.

[4] Obra teatral en uno o más actos, frecuentemente cómica, de ambiente y personajes populares, que se representa como función independiente, o bien se intercalaba entre los actos de una primera función.

[5] Aire musical popular español, cantable y bailable en compás ternario y de movimiento majestuoso.

[6] Hombre que en las fiestas de toros asiste a los lidiadores y les da garrochones, banderillas, etc.

[7] Fama (buena opinión de la gente sobre alguien).

[8] En los siglos XVIII y XIX, persona de las clases populares de Madrid que en su porte, acciones y vestidos afectaba libertad y guapeza.

[9] Dicho de una persona: conspicua (ilustre, visible, sobresaliente).

[10] Antiguamente, hombre disfrazado ridículamente, con carátula y vestido de varios colores ajustado al cuerpo desde la cabeza a los pies.

[11] Composición poética escrita en romance.

[12] Composición métrica popular, generalmente de asunto amoroso.

[13] Baile popular de Andalucía, en compás ternario y con castañuelas

[14] Instrumento musical de cuerda.

[15]  A partir del siglo XVIII y principios del XIX, persona de las clases populares de Madrid que se distinguía por su traje y desenfado.

[16] Ruido, gritería de una o de muchas personas juntas, que por lo común nace de alegría.

[17] Modo de llevar la capa o manto cuando con él se cubre casi todo el rostro.

[18] Mercader (persona que trata o comercia con géneros vendibles).

[19] Pasta muy blanca de azúcar y almidón, con la cual se suelen cubrir varios géneros de dulces y se hacen diversas piezas o figuras.

[20] Trueque simultáneo de cosas o servicios.

[21] Frente o principal fachada de algo.

[22] Estar distraído o ausente.

[23] Faralá: Volante de una tira de tafetán u otra tela y que, plegado y cosido por la parte superior y suelto o al aire por la inferior, rodea las faldas, vestidos y enaguas femeninos, especialmente en algunos trajes regionales

[24] Borla pequeña de forma semejante al fruto del madroño.

[25] Peineta (peine convexo que usan las mujeres por adorno o para asegurar el peinado) que por su forma y dimensiones recuerda una teja.

[26] Persona de las clases populares de Madrid, que afecta guapeza en el traje y en el modo de conducirse.

[27] Se aplica a la persona que se hace notar por su carácter y su ánimo fuerte, valiente y resuelto, y que hace lo que se propone con decisión y sin miramientos ni miedo a los prejuicios y las conveniencias sociales.

[28] Arte, belleza y hermosura de la obra ejecutada con primor.

[29] Encaje de bolillos.

[30] Bordado, dibujo o recorte en forma de ondas o puntas, que adorna la orilla o borde de algo.

[31] Presilla y botón, u ojal sobrepuesto, que se cose, por lo común, a la orilla del vestido o capa, y sirve para abotonarse o meramente para gala y adorno, o para ambos fines.

[32] Tira alargada y estrecha de tejido u otro material que sirve para adornar.

[33] Sin motivo, sin causa.

[34] Muchacho que guía y dirige a un ciego.

[35] Oración con que se saluda y ruega a la Virgen María.

[36] Especie de escalón que sirve para subir a los carruajes o bajar de ellos.

[37] Conjunto de caballerías que se apostaban en los caminos cada dos o tres leguas, para que los tiros, los correos, etc., pudiesen ser relevados.

[38] Descaecimiento, desaliento, falta de fuerza.

[39] Ruina, daño, asolamiento.

[40] Criada distinguida de la reina, princesa o infantas.

[41] Habitación anterior a la antecámara del rey o de las personas reales.

[42] A finales del siglo XVIII y principios del XIX, vecino del barrio de Maravillas de Madrid.

[43] En los siglos XVIII y XIX, persona de las clases populares de Madrid que en su porte, acciones y vestidos afectaba libertad y guapeza.

[44] Exposición del Santísimo Sacramento a la adoración de los fieles.

[45] Extremadamente viejo, anticuado.

[46] Que manifiesta tristeza o aflicción.

[47] Ruegos, súplicas.

[48] Felicitación.

[49] Lugar determinado para hacer alto y descanso en alguna jornada o marcha.

[50] Hoja o rama del pino.

[51] Aparato y prevención de las cosas necesarias para un viaje o expedición.

[52] Adorno de plumas que sobresale en algunos cascos, morriones, tocados y cabezas de las caballerías engalanadas.

[53] Penacho de plumas.

[54] Traje que los príncipes, señores y algunas otras personas o entidades dan a sus criados; por lo común, uniforme y con distintivos.

[55] Cochero que gobierna los caballos o mulas de tronco.

[56] Criado de librea cuya principal ocupación era acompañar a su amo en sus desplazamientos.

[57] Trabajo, faena.

[58] Conjunto de hojas, ramas, cortezas y otros despojos de las plantas.

[59] Ir ordenadamente de un lugar a otro muchas personas con algún fin público y solemne, frecuentemente religioso.

[60] Vestidura, sábana u otra cosa en que se envuelve el cadáver para el sepulcro.

[61] En la religión católica, don u ofrenda, como una muleta, una mortaja, una figura de cera, cabellos, tablillas, cuadros, etc., que los fieles dedican a Dios, a la Virgen o a los santos en señal y recuerdo de un beneficio recibido, y que se cuelgan en los muros o en la techumbre de los templos.

[62] Banco de peces.

[63] Vara de oro u otra materia preciosa, labrada con primor, que usaban solamente emperadores y reyes por insignia de su dignidad.

[64]  En el catolicismo, los que sienten dolor de haber ofendido a Dios, por el amor que se le tiene.