DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

La Ilustración de Madrid, Año I nº 14, 27 de julio de 1870.

Acontecimientos
Personajes
Avaro
Enlaces

Zambrano González, Joaquín, “Animas benditas del Purgatorio. Culto,   cofradías y manifestaciones artísticas en la  provincia de Granada “El mundo de los difuntos: culto, cofradías y tradiciones, San Lorenzo del Escorial 2014, pp. 1071-1088.

LOCALIZACIÓN

GALICIA

Valoración Media: / 5

TRADICIONES GALLEGAS

LA COMPAÑA

 

          Al recorrer los pintorescos valles del antiguo reino de Galicia, que cual soberbio coloso separa por el Este con uno de sus brazos a León y Asturias, con el otro al Sur el reino de Portugal, y no contento hunde hacia el Norte uno de sus pies en el impetuoso mar cantábrico, y profundiza el otro en las cristalinas olas del atlántico, reposa el espíritu, fatigado con la incesante actividad intelectual de las grandes capitales, en la sociedad patriarcal de aquellas apartadas aldeas, donde se comprende toda la verdad de los versos de Tirso de Molina:

                    .....Esta es Galicia;
          No vive en estas tierras la malicia
          De envidias y traiciones,
          De lisonjas, engaños y ambiciones.

          Verdad es que, sostenidas por la ignorancia, consérvanse entre aquellos sencillos labriegos o montañeses, creencias y tradiciones, que no resisten al más ligero soplo de la crítica; pero también es cierto que el día en que arranque la ciencia por completo esas creencias, esas leyendas, esas tradiciones, desaparecerá el encanto peculiar de los antiguos pueblos, quitando al animado cuadro de lo pasado la poética veladura del recuerdo.

          Afortunadamente en los apartados valles de Galicia guárdanse todavía muchas de esas misteriosas narraciones, que rara vez dejan de encerrar un gran fin moral, y que arrojadas de más elevadas esferas, se han refugiado en la soñadora imaginación de los sencillos habitantes de la aldea, adonde acude a buscarlas el hombre de las ciudades como tranquilo solaz para su fatigado espíritu; que esas tradiciones y esas creencias son el perfume de otra vida más pura y más feliz que aspiramos, confundido con el vivificador ambiente de los valles y de las montañas.

          Allí donde los zarzales y espinos sirven de oscura alfombra a las venerables ruinas de un castillo; allí donde para el viajero no hay más que desolación y muerte, para el pueblo hay una sombría historia de amores. La tímida pastora jamás verá aquellos torreones sin persignarse estremecida, porque en cada piedra lee una página del triste romance que mil veces ha oído contar al amor de la lumbre, cuando el viento silba desencadenado y la leña chisporrotea de un modo fatídico. El laborioso jornalero, cuando dado el toque de ánimas se retira lentamente a su casa, si llega a pasar por cerca de un solitario monasterio, evocará el recuerdo de aquellos cenobitas, que pasaban los años sumidos en celestial éxtasis, y alucinado por el sitio, por la hora, por el viento que se desliza entre los claustros, entrará en su casa repitiendo y jurando que ha oído las armonías del órgano y el coro de la comunidad cantando Vísperas.

Y si la noche le sorprende en lo alto de una montaña, y allá en la hondonada hay materias en descomposición que producen exhalaciones (sic.)fosfóricas, el buen campesino tiembla y se desconcierta, llega asustado a su choza y cuenta tartamudeando que ha visto la COMPAÑA, que le ha salido al encuentro la hueste de espíritus malignos, y presagia que en la aldea debe dejarse sentir pronto la Justicia divina, porque la hostadea, hostadeíña (hostis Dei, hostis divina), no hay que dudarlo, viene en busca de un muerto.

       ¿Queréis oír relatar una de esas nocturnas apariciones que cuentan los crédulos aldeanos? Pues prestad atención un instante.

I.

 

       Pronto será media noche.

       La trémula luz de la luna esparce por intervalos su tibia claridad, iluminando con un tinte sombrío el fondo del valle.

         Una casa rodeada de cipreses se destaca lúgubremente sobre la parda vegetación del terreno, cual los horrendos fantasmas de las leyendas, que vagan en torno de los ruinosos escombros de un castillo.

        La deforme silueta de aquella pobre mansión y de los funerarios arbustos, ora se encoje, ora se prolonga, ora desaparece del todo, según el caprichoso giro de las sombrías nubes que la atmósfera cruzan.

       Nada hay que embellezca la lobreguez del cielo o el aterrador silencio del paisaje.

     La naturaleza adormecida sólo parece despertar, no para herir el oído con la música armoniosa del torrente, sino con el sordo murmullo del agua al deslizarse de peña en peña; no con el regalado cauto del ruiseñor, sino con el estridente aleteo de la cigarra; con ese sonido desapacible, que tantas veces recordamos al oír rechinar la leña verde en el fuego.

          Lanzan los perros tristes y prolongados aullidos; y si el viento agita las flores, es para producir silbidos más imponentes que los de los monstruosos reptiles de América.

          ¿Qué genio maléfico reposa en una morada de tan sombríos alrededores?

 

II.

          Entrad en la vivienda de los cipreses.

          ¿Qué os asusta?      

          ¡Ah! Es el pobre Alí; el fiel mastín que se empeña en ladrar obstinadamente.

       No temáis; abrid la puerta, y os colmará de caricias.

       Dadle un pedazo de pan. ¡Hace tanto tiempo que no ha comido!

          Pero ¿qué os detiene? Subid sin demora. ¿No sentís sollozar?

          Esos gemidos son de mujer: no hagáis ruido; escuchadla. 

  —¡Dios mío! ¡Dios mío! No le llevéis aún. ¡No es tiempo todavía! —exclama una anciana arrodillada a los pies de un mezquino lecho, apretando con violencia contra su corazón un tosco Crucifijo de madera.

—¡Aparta! ¡Aparta! -responde el enfermo, sacudiendo convulsivamente con un pie el hombro de la llorosa vieja.

— ¡Acuérdate de Dios! ¡Nicolás, acuérdate del mal que has hecho en este mundo! —insiste lanzando desgarradores gemidos.

—¡Déjame! No me muero, no... Quiero ver a mi hijo, a mi Manuel... para darle la llave.

Al decir esto Nicolás, pugnando por incorporarse en el lecho, mostraba con innoble y repugnante sonrisa una llave que sus dedos descarnados apretaban con violencia.

 —No has pensado más que en el oro durante tu vida: olvidaste tus obligaciones, la educación de tu hijo, el socorro de los desvalidos y la observancia de los deberes religiosos. Ahora se acercan los postreros instantes de tu existencia; y, sordo a la voz de tu alma, sólo en mal adquiridos caudales tienes puesta la mira.

 —¿Quieres matarme?-interrogó el enfermo con voz ronca sofocada, extendiendo los puños con un gesto de cólera.

 La pobre esposa dejó deslizar sus lágrimas silenciosamente, y besó con fervor la imagen del Crucificado.

 Nicolás tendría como unos 60 años: sobre su cráneo pelado y desigual flotaban apenas crespas y mugrientas guedejas blancas; los ojos, hundidos y brillantes, estaban rodeados de una curva morada, y sus pómulos salientes y huesosos se destacaban al lado de una nariz delgada y aguileña, cuya punta avanzaba sobre labios temblones e incoloros. Surcaban su cara hondas arrugas, y sus cejas arqueadas, y unidas por las contiguas extremidades, daban a aquella frente comprimida y echada hacia atrás, a aquella fisonomía amarillenta, el tinte sombrío de la más sórdida avaricia. La cama en que yacía eran tres tablas, sostenidas por dos malos caballetes, y sobre ellas un mezquino jergón cubierto con dos sucias sabanas y una manta, que la aguja se había empeñado en hacer triunfase de las injurias del tiempo.

   Cerca de la cabecera del enfermo había una alhacena abierta y clavada en la pared. Frente al lecho, una puerta comunicaba con otras habitaciones de la casa.

 

III.

 

Detrás de ella había un gabinete con una ventana.

 En esta ventana, sólo un cristal establecía relación entre lo exterior y lo interior.

 Inmóvil, y con los labios tocando casi al helado vidrio, estaba un joven, que a lo más contaría diez y siete primaveras.

Si, aprovechando el fugaz rayo de la luna que a veces iluminaba su semblante, quisiéramos examinarlo, nada llamaría la atención en aquella cara gorda, redonda y morena, a no ser el blanco esmalte de los dientes, que parecían de bruñido marfil.

Este muchacho era hijo del avariento Nicolás: era el Manuel que tanto anhelaba ver su padre, que desde su escondido mirador parecía preocupado con lo que descubría, y hablaba alto, abría los ojos, temblaba a veces, revelando siempre agitación y sorpresa.

 —Ya se acercan, decía, ya llegan a nuestro corral; una, dos, tres... son siete. ¡Virgen María, protegedme!

Y el atemorizado joven, siguiendo tal monólogo, empañaba con su entrecortada respiración la pálida superficie del cristal.

Mas en vano era que su aliento humedeciese el trasparente vidrio, porque su presurosa mano le limpiaba con el pañuelo; y el campesino, estático, suspenso, encadenado en su puesto, seguía con azorados ojos satisfaciendo la anhelante curiosidad que le devoraba.

He aquí lo que creía ver y oír:

El viento rugía impetuoso, trayendo de espacio en espacio las agudas vibraciones de una campana doblando a muerto.

 Una nube de pájaros negros y enormes se agitaba con terrorífico vuelo en torno de los cipreses del patio, lanzando a veces dolientes y agudos graznidos, que resonaban en los oídos de Manuel con la mística entonación de un De profundis.

En el corral acababan de entrar siete fantasmas de ropajes flotantes y blancos como el ampo[1] de la nieve, llevando en la mano rutilantes cirios que una pálida llama consumía.

 Manuel temblaba como un azogado: la tétrica danza que ante sus espantados ojos comenzaron los aparecidos le llenó de estupor, embotó las facultades de su alma, y concentró la savia toda de su vida en la vista y el oído.

No cabía duda: ante sus ojos se presentaba la compaña, esa sociedad de duendes nocturnos, que casi todos los campesinos gallegos han creído ver alguna vez en su vida, al pasar un monte, bordear un río, salir de casa, atravesar un bosque o saludar el cementerio.

Y tal como en largas noches de invierno Manuel había oído describir la aparición de la campaña, del mismo modo se agolpaban y revolvían ante su vista los siniestros visitadores, cuyas luces lívidas y oscilantes le aterraban.

La compaña formó un círculo, en cuyo centro brillaba una luz más viva que las otras: aquella rueda giraba como una guirnalda de estrellas, e iba estrechándose de un modo fantástico y misterioso, hasta suprimir casi la distancia entre el centro y la circunferencia.

Una bandada de lechuzas, mochuelos, murciélagos y búhos revoloteaba junto a la ventana en que estaba Manuel.

La luz de la luna iba amortiguándose: parecía próxima a extinguirse.

Los pájaros de la noche se apiñaban delante de la ventana con tal tenacidad, que sólo por intervalos permitían al joven vislumbrar la danza de los fantasmas.

De súbito una lechuza pasó rozando con las alas el cristal de la ventana, y lanzó un prolongado graznido que hizo retroceder de espanto a Manuel.

Abrióse la puerta que daba a la habitación del enfermo y dibujóse en el dintel la figura de la anciana.

 Manuel clavó en ella una mirada incierta, casi estúpida.

—¡Ruega a Dios por tu padre! exclamó la vieja con acento solemne, señalando con su dedo a lo alto.

—¡Ha muerto! preguntó fuera de sí el muchacho, precipitándose hacia la ventana, como desatentado y fuera de sí.

En el patio no había nada; pájaros y luces habían desaparecido: tan sólo a lo lejos podía oírse el tañido de una campana.

Manuel recorrió con presteza el fondo del paisaje, y al fin creyó distinguir entre brumas y oscuridad seis luces cuyo brillo mortecino iba disipándose en lontananza.

—¡Es verdad! ¡Es verdad! Repetía el joven golpeándose la frente; ¡vinieron siete y sólo se ven seis! ¡Le mataron o le pusieron luz negra! ¡Ay, madre mía! ¡Velemos por padre; las puertas del cielo se han cerrado para él por toda una eternidad!

 Madre e hijo cayeron de rodillas.

 

IV.

 

La casa de los cipreses, en donde ni el pobre encontraba limosna, ni la viuda amparo, ni el sediento agua, ni el desnudo abrigo, fue desde la muerte de Nicolás refugio de desvalidos, asilo de desgraciados, consuelo de infortunios y calamidades.

Díjose por la aldea que la compaña había venido a buscar el alma del difunto; pero su hijo y su viuda, en fuerza de limosnas y buenas obras, hicieron desaparecer la odiosidad que sobre aquella casa había atraído la ambiciosa conducta del prestamista.

       J. DE DIOS DE LA RADA Y DELGADO

FUENTE

“Tradiciones gallegas. La compaña”, La Ilustración de Madrid, Año I nº 14, 27 de julio de 1870.

Edición: Mª José Alonso Seoane

NOTAS