DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Cartas Españolas 1832 ed. J.M. Carnerero, tomo IV, cuaderno 37, jueves, 2 de febrero,  pp. 142-145.

Acontecimientos
Sortilegio
Personajes
Soldado encantado
Enlaces
Calderón, Serafín Estébanez. Vida y obra de D. Serafín Estébanez Calderón," El Solitario.". Vol. 78. Ediciones Atlas, 1955.
de Cirre, M. Manzanares. "El Arabismo Romántico de Estébanez Calderón," El Solitario"." Publications of the Modern Language Association of America (1962): 414-418.
Galera Mendoza, Esther. "Noticias sobre algunas de las primeras reformas urbanas de la ciudad de Granada tras la Conquista (1497-1513)." Cuadernos de Arte de la Universidad de Granada 31 (2000): 9-21.
Orihuela, Antonio. "Restos de la Granada islámica ocultos por las bóvedas del río Darro." Al-Qantara 14.2 (1993): 293.

LOCALIZACIÓN

GRANADA PUERTA DE LA JUSTICIA

Valoración Media: / 5

Los tesoros de la Alhambra

 

La carrera del Darro es la que arrancando de la Plaza nueva va a dar en  la rambla del Chapizo, subida del Sacro monte de Granada. Por el siniestro lado se levantan edificios de magnífica traza, cortados por los fauces[1] de las calles que bajan de lo más alto del Albaicín, y a la derecha mano por su álveo[2] profundo, copioso en invierno, nunca exhausto en el estío y siempre sonante y claro, viene el Darro ensortijándose por los anillos que le ofrecen los puentes pintorescos que lo coronan.

De ellos el principal es el de Santa Ana[3], en cuyo ámbito, y de la misma mampostería del puente, hay  asientos o sitiales siempre llenos de curiosos, que en las noches calurosas de junio y julio se empapan allí del ambiente perfumado y voluptuoso que en pos de sí lleva la corriente.

 Eran las vacaciones, y mi amigo y compañero don Carlos, cerradas ya nuestras tertulias, nos citábamos en tal sitio a cierta hora para ir juntos, y después de girar y vagar otros momentos al rayo de la luna, retirarnos a nuestra posada, y repasar los estudios que tanto nos afanaban y que después tan poco nos valieron.

Una noche, ya muy cercana su partida para pasar el verano con sus padres, dieron las doce sin haber acudido al sitio acostumbrado. Ya principiaba yo a tomar cuidado por su tardanza cuando lo vi llegar más alegre y estruendosamente que nunca, y apoderándose de mi mano con el afecto más cordial se me excusó de su descuido y, como siempre, enderezamos hacia nuestra posada. Aquella noche fueme imposible hacerle entablar discurso alguno de interés, y mucho menos de nuestras tareas académicas:

"Estudiemos por placer y no por obligación, me decía, ¿piensas que se apreciarán nuestros desvelos, aunque descollemos en la universidad y logremos todos los lauros de Minerva? Si tal sucediera ¿cómo quedarían los necios? y ya está decidido que ellos han de campear siempre por el mundo”.

“Así-diciendo proseguía- de hoy en adelante discurramos, por pláticas más sabrosas y no de tanto enfado, y ya que no podemos atraer el sueño ahora olvidemos las pandectas[4] y los códigos''- Diciendo esto comenzó a presentarme sus proyectos, que no fueran mayores ni más espléndidos si hubiera a mano un millón de pesos, y por sus adquisiciones futuras y por las haciendas que me había de regalar, y por los viajes que inseparablemente habíamos de emprender, lo dejé por loco o como hombre que se entretenía en fantasear las horas del sueño y del descanso.

 Al día siguiente bien de mañana estaba ya en su bufete sumando y figurando cantidades de un valor inmenso, y sin embargo de tener a mano el dinero que su familia le envió para el viaje, me rogó que le prestase tres monedas que fuesen  -pág. 143- de una a otra mayores en otro tanto. Respondile que las monedas pocas que poseía, no guardaban tal proporción, pero que para gastarlas nada importaba, aquella para mí circunstancia muy extraña. Se levantó sin replicarme ni un eco, y fuese por la casa en demanda de monedas tan peregrinas, y a poco volvió diciendo: "Es mucho que nadie ha podido cumplirme el gusto sino la persona que menos hubiera querido, pero fuerza ha sido contentarse con su buena obra. La vieja Carja me ha dado tres monedas con el requisito que yo pedía: son tres doblas, la primera de dos pesos, la segunda de cuatro y la tercera de ocho, y esta última preciso es que la tenga guardada muchos lustros ha, puesto que es de oro macuquino o cortado[5], y esto hablando me enseñó la dobla, que por el reverso tenía los nombres de Fernando y de Isabel”.

La vieja Carja (prosiguió mi camarada), por muy dulzaina que se muestre para conmigo, siempre me es de mal agüero desde que el otro día, diciéndome la buenaventura cierta gitanilla que conoces, me vaticinó que mis gustos se me habían de aguar por manos viejas, pero en el asunto que ahora trato no sé qué mal pueda inducirme”.

Nos separamos sobre el anochecer y quedamos como siempre citados en el puente de Santa Ana. Llegada la hora, y aun no había dado el cuarto para las doce, cuando con paso vacilante y con el aire más melancólico se me acercó, y tomándome por la mano, fría como el granizo, tiró de mi para la posada, yendo yo tan confuso como espantado. Sus suspiros me lastimaban sobremanera, y al tocar los umbrales de la puerta me dijo:

“¡Qué maravillas vas a saber de mí!" Retirados a nuestro aposento, y yo más curioso que nunca y temiendo el espíritu arriscado[6] y de aventuras de mi amigo, me senté sobre el borde de la cama y esperé a que comenzase, como comenzó así su razonamiento.

“Ayer al asomar la noche, recogía el fresco por el puente último que lleva al Avellano[7], y donde viene también a dar la senda que conduce a las espaldas de la Alhambra. Solitario el sitio, y la hora a propósito, me dejaba ir en alas de mis devaneos, cuando una voz cercana a mí en extremo me sacó de mis ensueños, diciéndome: "¿Eres valiente? Quieres hacer fortuna ?....»

 “Volví los ojos y me encontré a dos pasos con un soldado de  más que alta estatura, con morrión de cresta[8], con gola[9] y vestes azules, con el rostro no desagradable pero pálido y ceniciento, y con la voz si bien honda y tristísima nada desapacible. Llevaba terciada la espada del hombro, y en la mano apoyaba la pica oscura, pero de hierro muy luciente. Considerándolo un breve espacio, y porque no dudase de mi valor, le dije que estaba resuelto a lodo, y ordenándome que lo siguiese fuime en pos de él, ya casi perdido todo recelo por haberme largado la pica en que se apoyaba para que yo la condujese. El astil[10] era tan pesado, que casi la llevaba arrastrando, y sin falta me prestaba la cualidad de invisible, puesto que encontrándome con varios conocidos y amigos que volvían de su paseo ninguno hizo reparo en mi persona. Ya cercano al bosque me dijo el soldado:

—Cuando lleguemos a las ruinas de los torreones (y cuenta con no equivocarle) haz lo contrario de lo que yo le mande.

“Prometilo así y emparejamos con el baluarte de la puerta de hierro, por donde se dice que Boabdil[11] salió huyendo de la furia de los caballeros Abencerrajes por la muerte de sus parientes. Allí me dijo el misterioso guía que tocase con la lanza, lo que me guardé mucho de ejecutar, pero cuando llegamos a la torre aislada de las almenas y me ordenó que no llamase, entonces la levanté y di con ella un gentil bote contra la muralla, la cual maravillosamente se abrió de par en par, no dudando yo de seguir al soldado por aquellas oscuridades”.

“En la estancia donde nos paramos no encontré más adornos que enormes tinajas enclavadas en la tierra, y sentándose y haciéndome sentar el soldado sobre las tapas de hierro que las cubrían, me relató el encanto y el prodigio más estupendo que puede forjar la imaginación más maravillosa”.

“Me dijo que desde la conquista de Granada estaba preso en aquella torre, custodiando los crecidos tesoros que los moros habían recatado y escondido de los cristianos, cuyo empleo enojoso  lo defendía enfadosamente. Que le estaba permitido el salir de tres en tres años para procurar su libertad, y que en distintos trances se había dejado ver de algunos, para que le facilitasen su rescate, pero que nunca logró el cabo y fin deseado, pues de ellos a unos les faltó el valor, otros desmayaron en la mitad del camino y muchos no llenaron los requisitos y condiciones que se les hablan impuesto, perdiendo así el premio de su trabajo: y al decir esto levantó la tapa y sacó de la tinaja más cercana, como por muestra, el puño lleno de la arena más fina de oro, que era lo que reposaba en aquellos vasos”.

—Yo entonces, prosiguió mi amigo, le aseguré al soldado mi buen deseo y le ofrecí la fineza y esmero más extremado, y que pudiera disponer de mí a su buen albedrío, sin que los peligros pudieran arredrarme. El soldado me respondió que no sería necesario arriesgar mi persona, y que para dar comienzo a la obra volviese a verle a la noche siguiente (por hoy) con tres monedas pedidas, pensadas y dobladas.

“Pedile la clave de este enigma, y me dijo que las tres monedas hablan de ser rogadas y tomadas de un amigo que ignorando el fin misterioso de su destino pensaba que eran para el uso mío, y que últimamente fueran el doble la una de la otra. Bien encomendadas a mi memoria todas estas circunstancias me despedí del soldado, quien, para llamarlo cuando la ocasión llegase,  me dio la seña de tres

palmadas, con tres palabras que habrá una hora que recité y ya las he olvidado con mayor espanto mío”.

“Separado de él anoche, tenía ante mis ojos la opulencia más rica, y en mi mano el hacerte feliz y poderoso, y ya reparaste la loca alegría que me dominaba. No perdiendo tiempo me procuré las monedas misteriosas, que al ver mío, llenaban los puntos acondicionados, y esta misma noche volé al torreón arruinado, y dando las tres palmadas, y pronunciando las tres palabras que ya olvidé, se abrió al punto la muralla, dejándoseme ver el soldado, con el rostro más triste y lastimado”.

—Todo lo hemos perdido, me dijo, sé que has hecho cuanto tu buen deseo te sugirió y cuanto estuvo en tu mano, pero si bien las monedas son dobladas, la mayor tiene el mal de pertenecer a los Reyes conquistadores de este suelo, Fernando e Isabel, y para los usos que debieron servir no perdonan los genios que aquí mandan, ni el nombre ni la efigie de entrambos héroes. Mira en prueba, me dijo, a que se redujo  - pág. 145- cuanto estos vasos contenían, y destapándolos sucesivamente no me mostró sino ceniza, y estas urnas, prosiguió, llenas de piedras preciosas, que por fineza mía y adeala[12] debida a tu buena voluntad te destinaba, todas se han vuelto de carbón, y era así como él decía, siendo las urnas como aquellos jarrones de porcelana que se conservan en los Adarves, y fueron hallados en el aposento de las ninfas llenos de ametistas, topacios y esmeraldas.

 “El soldado se despidió tristemente de mí, diciéndonos que aún pudiera tener esperanza dentro de los tres años, plazo necesario para que su visión pudiera repetirse, sin temer yo nada por la seguridad de los tesoros, pues estaban a  salvo enteramente en tanto que estuviesen en su custodia”.

“Salí de la muralla, y volviendo los ojos no vi sino el lienzo liso y sin lesión alguna, yendo a buscarte con el desconsuelo que puedes imaginar, pudiendo decir solo que nada en el mundo podrá aliviarme el pesar de haber perdido la mayor dicha y opulencia que puede esperar el hombre  habiéndolas tenido a tiro de la mano”.

Por mucho que me parecieran disparatadas las razones de mi amigo, todavía lo vi tan cordialmente afligido y con abatimiento tal, que tuve a mejor partido el consolarle con otros discursos no de más compás que suyos, y procuré que durmiendo recogiese con el sosiego algún poco más de seso. Las horas de la noche las pasó sin descanso alguno y como en delirio, que llegó al frenesí más subido cuando a la siguiente mañana nos dijeron que la vieja Carja babia desaparecido dejando muy mal olor de sus acciones, que quien las calificaba de hechiceras, quien las presentaba por de un espíritu malo. Con esta aventura mi amigo no hacía sino repetir el vaticinio de la gitana, y nada podía, no ya distraerle, pero ni aun picarle la curiosidad, ni despertarle el gusto.

En fin, partió para su país (cantón inmediato de las Alpujarras), donde le vi ir con gozo mío, por padecerme que allí dejaría el peso de sus cavilaciones confesando la irritación de su  fantasía.

 Las cartas que me escribió casi me lo daban ya por restablecido, cuando un veredero[13] que llegó una tarde a mas andar, me trajo de la parte de mi desgraciado amigo el encargo encarecido de que fuese a darle el último adiós, si es que quería verle antes de morir.

Por mucha diligencia que puse en mi viaje por aquellas montañas, no llegué al lecho del moribundo sino a la segunda larde, cuando ya mi pobre y delirante compañero tocaba en la agonía.

Al verme me tendió la mano y con las lágrimas en los ojos me dijo:

—Querido amigo, no he podido ser superior a  mi desgracia. El que tuvo ante la vista, y destinadas para él, tantas riquezas y tal poder y se le escaparon de la mano no debe sobrevivir.

No te olvides que la dicha tuya, hubiera acompañado a la felicidad. Tu amigo. Adiós Adiós.

Desde entonces no volvió a abrir los ojos y a pocos momentos expiró siempre repitiendo: ¡¡Los tesoros de la Alhambra....!! ¡¡Los tesoros de la Alhambra…!!

El Solitario.

 

FUENTE

Estébanez Calderón, Serafín (El Solitario), “Los tesoros de la Alhambra”, Cartas Españolas 1832 ed. J.M. Carnerero, tomo IV, cuaderno 37, jueves, 2 de febrero,  págs. 142-145

Edición: Pilar Vega Rodríguez

NOTAS

[1] Fauces:  figuradamente, imagen de boca  y garganta humana.

[2] Álveo: cauce natural de un río o arroyo (DRAE)

[3] El puente de Santa Ana fue  construido en 1880 sobre el antiguo puente Qantarat al-Hagimin o puente de los Barberos, que es al que se refiere Serafín Estébanez Calderón.

[4] Pandectas y códigos:  cuerpo de leyes para estudio y consulta (DRAE)

[5] Macuquino: Dicho de una moneda: Cortada, de oro o plata, que circuló hasta mediados del siglo XIX. (DRAE)

[6] Arriscado: arriesgado, valiente.

[7]  Fuente del Avellano.

[8] Morrión de cresta: armadura en forma de casco, que cubría la parte superior de la cabeza y que en lo alto solía tener un plumaje o adorno. (DRAE)

[9] Gola: pieza de la armadura antigua que protegía la garganta.(DRAE)

[10] Astil: Mango, ordinariamente de madera, que tienen las hachas, azadas, picos y otros instrumentos semejantes (DRAE)

[11] Puerta de la Justicia—

[12] Adeala: por Adehala, término mozárabe, “Aquello que se agrega de gajes o emolumentos al sueldo de algún empleo o comisión” (DRAE)

[13] Veredero: Enviado que lleva despachos u otros documentos para notificarlos, publicarlos o distribuirlos en uno o varios lugares. (DRAE)