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Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Recuerdos de un viaje por España, Madrid, Mellado, 1849,(vol 1-2) pp.31-34.

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Enrique III
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El Papamoscas

Ya íbamos a retirarnos por la puerta de la fachada inferior del templo, cuando observamos media docena de personas del pueblo paradas detrás del coro, y mirando con suma atención al reloj, que está en uno de los costados a mas que mediana altura.

—¿Qué miran esas gentes? preguntó con curiosidad Mauricio.

—El Papa-moscas, dijo con indiferencia una de las mujeres que nos acompañaban.

— ¿No has oído tú hablar nunca, añadí, del Papa-moscas de Burgos?

—Sí por cierto; pero creí que era una de tantas vulgaridades como corren en boca del pueblo.

—Esas vulgaridades tienen todas por lo común un origen y casi un fundamento,-le contesté, y por lo que hace al Papa-moscas, mira y te convencerás de que existe de bulto, ya que no de carne y hueso; por cierto que a su existencia va unida una tradición, que no pienso dejar de contarte, pero como preliminar de mi historia, será bueno que sepas que hasta hace muy poco tiempo, ese muñeco que ahora ves inmóvil asomado a una ventana junto al reloj, ha tenido movimiento y se puede decir que voz.

          Las puertas de la ventana, permanecían cerradas hasta cinco minutos antes de dar las horas; lo mismo era hacer el reloj la señal, las hojas se abrían, y al empezará sonar la campana, el muñeco se asomaba tantas veces y daba tantos gritos, haciendo un gesto extraño, cuantas campanadas tocaba el reloj.

Esto producía una afluencia constante de gentes y no pocas irreverencias, por cuyo motivo la autoridad creyó conveniente condenar al Papa-moscas a perpetua quietud, resolución acertadísima bajo el punto de vista religioso, pero que ha privado a la catedral de Burgos de uno de sus principales atractivos, y a los forasteros de un espectáculo singular, pues no recuerdo haber visto en mis muchos viajes, ni aun siquiera haber leído, que exista cosa parecida en ninguna otra parte.

 —¿Y se sabe quién hizo ese autómata? preguntó Mauricio.

—Es obra del diablo, contestó una de las mujeres con singular aplomo y como quien no duda un ápice de lo que dice.

— ¡Del diablo! exclamé yo.

–Sí señor, replicó la mujer. Ese muñeco lo hizo Satanás, según cuentan las gentes, para divertir a la concubina de un gran señor que tenía hecho pacto con él; pero San Isidoro, arzobispo de Sevilla, enterado de las maniobras del diablo, se las arregló de modo, que logró que el alma del caballero, que se la había vendido, fuese al cielo y el Papa-moscas viniese aquí. -32-

—Eso que cuentas, Benita, dijo la otra mujer que nos había acompañado, es una verdadera conseja. Yo le he oído asegurar a mi madre muchas veces, con referencia a un canónigo con quien se confesaba, que el Papa-moscas fue antes una criatura humana, de carne y hueso como nosotros, a quien Dios castigó porque venía a la iglesia, no a cumplir con los deberes de cristiano, sino a hacer gestos desde ese confesonario a una reina que hubo que se llamó doña Blanca.

—Todo puede ser, añadí yo, porque para la voluntad de Dios no hay nada imposible; pero ambas cosas me parecen inverosímiles; allá va mi cuento a propósito del Papa-moscas; apréndanlo vds. bien y tendrán ese más que referir a los viajeros, advirtiendo que por mi parte no salgo garante de la verdad.

 «Enrique III, ese rey caballeresco que vendió en una ocasión su gabán para comer, y cuya breve vida fue una verdadera e interesante novela, reparó un día en una linda joven que de continuo venía a la catedral y pasaba horas enteras contemplando las reliquias del Cid y el sepulcro de Fernan-Gonzalez.

Desde este día, el rey no faltaba tampoco de incógnito en los mismos sitios y a las mismas horas que lo hacia la joven, y esto se repitió por mucho tiempo, sin que entre ambos mediase más que el lenguaje de los ojos, ese lenguaje elocuente, que penetra en el corazón y es el verdadero del amor. El rey miraba a la joven, la joven miraba al rey, se ponía colorada, bajaba la vista al suelo y salía de la iglesia silenciosa y pausadamente; el rey la seguía hasta la puerta de igual modo, y a la mañana siguiente ambos se encontraban de nuevo en el acostumbrado sitio, y la escena pasaba ni más ni menos como la víspera.

Una vez la joven al retirarse, dejó caer, por casualidad o de intento, un pañuelo que llevaba en la mano; cogiólo el rey, guardólo en el pecho y dio a la doncella el que él llevaba para su uso, de finísima batista, acompañando la dádiva con palabras tales cual pudiera pronunciarlas el mas amante caballero.

Sonrojóse la joven y partió de la iglesia, ocultando al parecer las lágrimas que corrían por sus mejillas; pero desde este día Enrique no la vio mas.

Un año era trascurrido, cuando el rey cazando se extravió en un bosque, y solo, sin acompañamiento, vióse acometido por seis hambrientos lobos, de los cuales tres sucumbieron a su daga; pero hubiera sido víctima de los restantes por faltarle ya fuerzas para defenderse, si un disparo de arcabuz, acompañado de un grito extraño que sonó a su espalda, no hubiese puesto en fuga a las fieras.

Volvióse Enrique para dar gracias a su -33- libertadora, y se halló sorprendido por una figura particular que inmóvil y sin poder articular una palabra, le miraba con los ojos fijos. Sus músculos estaban horriblemente contraídos y de tiempo en tiempo, un lamento agudo se escapaba de su pecho. El rey quedó absorto a la vista de tan singular aparición; sin embargo, un sentimiento indefinible le hacía latir el corazón, pareciéndole reconocer en aquellas desfiguradas facciones, una persona amada de quien nunca se había olvidado...

Era en efecto la joven de la iglesia.

Fuera de sí de alegría Enrique, se lanza hacia su libertadora; pero ¡ah! al verlo llegar la doncella le tendió los brazos, le sonrió como los ángeles sonríen a los bienaventurados, y cayó sin fuerzas pronunciando estas palabras: “Amé la memoria del Cid y de Fernán-González, porque mi corazón ama todo lo que es noble y generoso; por eso te amé a ti también; pero mi  deber me impedía consagrarte este amor que hubiera sido la felicidad de mi vida. Acepta el sacrificio que….”.

«Y enseguida expiró sin acabar la frase teniendo en la mano izquierda el pañuelo que la dio el rey.

«Un año después el Papa-moscas ocupaba el sitio en que se lo ve ahora; Enrique lo mandó construir en memoria de la que amó toda su vida, y por eso hacía un gesto y daba un grito el autómata al sonar la hora, para asemejarse al que el rey había oído a la joven cuando ahuyentó los lobos. Enrique hubiera querido oír repetir también  al Papa-moscas las palabras de amor quo le dijo la doncella antes de morir; pero el artista moro que lo construyó, no pudo conseguir hacérselas pronunciar, no obstante que para ello empleó todo su ingenio.

¿Ves, Benita, como fue un moro y no el diablo, quien hizo el Papa-moscas? dijo una de las mujeres a su compañera.

Moro o diablo ¿qué más da? Al cabo los moros no son cristianos, contestó la otra.

Había anochecido del todo y fue preciso retirarnos de la catedral, lo cual hicimos después de dar la correspondiente propina a nuestras guías, que ellas aceptaron sin el -34- menor escrúpulo, no obstante que recuerdo haber leído en un viajero francés la especie de que en la catedral de Burgos no quieren los encargados de enseñarla recibir gratificaciones, por miedo que aparezca la sombra del Cid a reconvenirlos; especie peregrina, que a ser cierta fuera la única verdad que el libro del tal viajero contuviese.

 

FUENTE

Mellado, Francisco de Paula: Recuerdos de un viaje por España, 1849, pp.31-34.