DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Leyendas salmantinas. Salamanca: Imprenta de Francisco Núñez Izquierdo, 1890,pp. 5—13.

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Leyenda fantástica, mora encantada
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Valoración Media: / 5

El copo de oro

I

 

Se apagaban en el cielo los últimos resplandores del crepúsculo de la tarde del día 24 de junio de 1777 y ya las sombras de la noche iban envolviendo lentamente las calles y plazuelas de la ciudad de Salamanca.

La campana de la queda ya había dado al aire un tañido agudo y penetrante; pero aquel día no era obedecida como en otros, pues cuanto más cerraba la noche, más crecían el bullicio y la algazara.[1] — 6—

Cuadrillas de muchachos y de mozuelas y mozalbetes desembocaban con locas risotadas y alegres cánticos por las avenidas de las plazas, llevando afanosos en sus manos viejos cestos, capachos[2] desfondados, trozos de tablas, paja y hierbas secas que depositaban aquí y allá en desordenados montones.

Era el material de las hogueras que alegran las calles la noche de San Juan y que alumbran la alegría del pueblo, que se desborda, al resplandor de las rojizas llamas, en risas, en bailes, en inocentes recreos.

Fiesta popular la de la verbena de San Juan, que ni el tiempo debilita, ni con los siglos muda, ni con las modernas costumbres desaparece, con tal fuerza arraigó en el espíritu de nuestro pueblo, que tantas veces olvida, en el tumulto y en la agitación de esos regocijos tradicionales, los punzadores tormentos de la miseria o de la irreparable y congojosa desgracia.

 

II

 

En casa del marqués de Ussel[3] se reunían con sus hijos, la noche de San Juan varios jóvenes de la nobleza salmantina: los Cárdenas, los Saravias y Juan Íñigo, a quien apellidaban sus camaradas, por su carácter resuelto y denodado Juan sin miedo.

La viva imaginación de Íñigo, sus gracias y —7— donaires, su excelente fondo, su destreza en el manejo de las armas y su robustez y fuerza, le hacían sumamente apreciado entre la juventud de su tiempo, sobre la cual ejercía una autoridad indisputable.

El licor corrió aquella noche de verbena en abundancia por las cinceladas copas, desatando la lengua y dilatando el corazón de los nobles mozos, que se transmitieron mutuamente, en el abandono de la amistad y de la confianza, del esparcimiento y de la alegría, sus secretos, ilusiones y proyectos.

La conversación giró largo tiempo sobre el tema del amor, con ese fuego que prestan siempre a semejante asunto corazones llenos de vida y fantasías fáciles en tejer, con hilos de risueñas esperanzas, los más locos y seductores sueños, y recayó, por fin, sobre las preocupaciones y los temores.

 Señores—dijo el primogénito de Ussel— lo confieso con verdad, pero hace días, al regresar a Salamanca de una cacería en Azaba[4], creí ver en un barranco una sombra gigante, que venía hacia mí, y piqué espuelas a mi brioso Zegrí[5], que al sentirse injustamente castigado, salió por aquellas tierras como alma que lleva el diablo.

—¡Parece mentira!— exclamó Íñigo.

— La oscuridad, la imaginación… — replicó el mayor de los Saravias.

— No es nada extraño.

—¿Pues si lo ha de ser? Volvió a interrumpir Juan Íñigo— El hombre debe siempre sustraerse a —8— esos miedos infundados. ¿Para qué es la razón? ¡Qué fantasmas ni qué zarandajas[6]!

—Poco a poco, amigo Íñigo— dijo uno de los Cárdenas— ahí tienes a mi padre, que raya hasta en temerario, y que es, como todos sabéis, muy despreocupado, y me ha contado mil veces que al volver hace seis años de sus villas en los Villares[7] , en la noche de San Juan, al dar las doce el reloj, vio claramente, al llegar a la ermita del Cristo de Jerusalén[8], una mujer hermosísima en la ventana de la torre de la puerta de Villamayor[9], hilando un copo de oro.

Íñigo se echó a reír.

—No te rías, la han visto muchos, y aquella misma noche mi criado Pedro, que acompañaba a mi padre.

—Vamos, entonces tu padre y Pedro habrían cenado fuerte.

— En noche de verbena es cosa muy natural.

El menor de los hijos de Ussel, que había permanecido mudo desde que la conversación tomó el raro giro de aparecidos y fantasmas, dirigiéndose a Juan Íñigo le dijo:

— Pues será cuento, amigo Juan; pero en Salamanca, hay muchos que vieron a la mora en el torreón, y tanta gente es imposible que se ofusque y alucine.

—Pues se alucinan, no te quepa duda; porque no hay tal mora encantada, ni tal rueca, ni tal copo. Cuentos, cuentos no más —seguía diciendo Íñigo— cuentos de viejas. El torreón está tan oscuro y solitario la noche de San Juan como las restantes del año. — 9—

 ¡Pues vaya la última ronda!— exclamó el primogénito de Ussel, destapando una botella que rebrillaba como una enorme brasa a la viva luz de las bujías.

—¡Ese es más viejo que nosotros! ¡Treinta años encantado; quiero decir, encantarado en las bodegas de Toro!

Y los animosos jóvenes apuraban el contenido de los vasos, en que había vertido el generoso anfitrión el añoso y chispeante zumo.

Media hora después, el espacio comedor de los Ussel estaba silencioso. Sólo a breves intervalos se escuchaba el rumor de los pasos de los criados, que retiraban la vajilla y ponían en orden los esparcidos muebles.

III

Juan Íñigo al entrar en su casa se ahogaba; sentía la necesidad de respirar el aire libre y disipar aquella nube de vapores que, oprimiendo su frente y pesando sobre sus arterias, punzaban en sus sienes con dolorosa insistencia. Se echó a la calle de nuevo y bajó instintivamente la Cuesta del Carmen.

Al llegar frente a la puerta de Villamayor, Íñigo se detuvo.

La esbelta torre morisca, alumbrada por la melancólica luz de la luna, ostentaba la gallarda proporción de sus líneas, y los escaques[10] —10— de las ventanas, vestidos de costrosos líquenes y de colgantes jaramagos[11], producían extraños cambiantes, que, combinados con las recortadas sombras proyectadas por los pilares, capiteles y truncados botareles, llevaban a la exaltada imaginación de Juan Íñigo y a sus turbados ojos mil singulares visiones.

Juan dio unos pasos más, se reclinó sobre un ángulo oscuro del torreón y aspiró con ansia la regeneradora brisa de la noche.

Iban a sonar las doce en el reloj de la Catedral.

Juan Íñigo, con la imaginación excitada por el vino y recordando el cuento de la mora encantada y sus mismas impresiones del momento, se acercó más y más a la puerta de la misteriosa atalaya[12].

Las hogueras de la plazuela de Mamarón[13] se habían apagado, las puertas de todas las casas se cerraban con estridentes golpes, mezclados y seguidos del monótono rumor de cerrojos y aldabas, y las ráfagas de aire traían hasta el carcomido muro los últimos cantares y risas de las muchachas, los apagados gritos de los chicuelos, las notas agudas de las dulzainas[14] y el sordo ruido de los tamboriles.

Unos instantes después el silencio era sepulcral.

Los guardianes de la plaza Mayor dormían profundamente al soplo de la nocturna brisa percibiéndose, con clairdad, el ronquido de su sueño.

— Llegó el momento— dijo Íñigo al escuchar — 11— la primera campanada de las doce— y empujando suavemente la puerta del torreón, subió a tientas y en silencio dos largos tramos de estrellas escaleras, y se halló a poco en la estancia superior de la vieja atalaya.

La vistosa y calada ventana de la fortaleza dejaba penetrar un plateado rayo de luna, y el aire traía hasta aquel solitario recinto el suave y apagado rumor del Tormes, al deslizarse en su lecho de arena, rumor que algunos instantes atenuaba el atolondrado aleteo de los búhos, que, al sentir ruido cerca de sus agujeros, se revolvían inquietos. De pronto la estancia se encendió con un clarísimo resplandor, que remedaba la luz viva de un deslumbrador relámpago, y al cesar, dejó ante la atónita vista de Juan Iñígo la figura de una hermosísima mujer, de dulce sonrisa, de sedosas pestañas y de fulgurantes ojos, cuyas pupilas mudaban a cada momento de color, como prismas heridos por el sol.

Íñigo se restregó los ojos, como si presintiese que era víctima de una alucinación extraña e incomprensible, y volvió a mirar aquella mágica aparición, debajo de cuyo cutis de transparente alabastro, parecía circular una corriente de luz crepuscular y sonrosada.

Al pie de la rasgada ventana de la torre, sentada muellemente sobre rico almohadón de grana, lucía aquella misteriosa mujer, al lado de la larga trenza de pelo que caía sobre su pecho de blanca espuma, una rueca de nácar a cuyo extremo sujetaba un copo de oro dos anillas salpicadas de rubíes y esmeraldas entre cuyas — 12— facetas jugueteaba la fosforescente luz de la luna en átomos de verde y fuego.

Dos primorosas manos, semejantes a dos manojos de jazmines, arrancaban de aquel copo hebras amarillentas que el huso, en su rápido movimiento, iba retorciendo y arrollando en flexible y reluciente hilo.

No era Íñigo medroso ni pusilánime; pero un sudor frío bañó su cuerpo, echó una mirada a su alrededor, y se adelantó tambaleando hacia aquella encantadora aparición.

Antes de llegar a la deslumbradora dama un nuevo resplandor de aquellos vivísimos ojos cegó los del buen Íñigo, alargó la temblorosa mano hacia la preciosa rueca, y al oprimir entre sus dedos el rico copo de oro, sintió un frío helador que hacía rechinar sus huesos y estremecer sus carnes.

Íñigo oyó un grito penetrante y sobrehumano, que vibró fuertemente en sus oídos hasta ensordecerlos, y se vio envuelto de repente en oscura noche.

Se precipitó a tientas hacia la puerta de ingreso, quiso bajar la escalera, pero desfallecido por la impresión que acababa de experimentar y mareado y débil por los vapores de aquella noche de orgía, le faltaron los pies y rodó por los desgastados escalones de la atalaya.— 13—

 

IV

Cuando al siguiente día, ya my entrada la mañana, los perezosos guardianes de la puerta de Villamayor repararon en que la del torreón estaba abierta y penetraron en el estrecho hueco de la escalera, hallaron al noble Íñigo tendido y casi exánime sobre la última piedra de la escalinata, con una profunda herida en la cabeza y en medio de un charco de sangre.

Muchos días estuvo Juan Íñigo más muerto que vivo, y sólo los solícitos cuidados de su madre y de sus hermanos y los esfuerzos de un sabio médico, lograron arrancarled e las garras de la muerte.

Durante su gravísimo mal y en sus largos y frecuentes delirios, solía esclamar, después de nerviosas carcajadas, alzando sus brazos trémulos y convulsos: ¡Es cierto, es cierto! ¡Yo la ví, yo la ví!

 La pobre madre de Juan Íñigo, de rodillas y mirando suplicante con los ojos llenos de lágrimas, a una efigie de la Santa Virgen colgada en una de las paredes de la alcoba decía con trémula voz, apagada por los sollozos: ¡Pobre Juan mío! ¡Está loco!

 

FUENTE

Antonio Gª Maceira, “El copo de oro”, Leyendas salmantinas. Salamanca: Imprenta de Francisco Núñez Izquierdo, 1890 5—13.

 

NOTAS

 

[1] Algazara: bullicio, alegría ruidosa.

[2] Capacho: cestos de fondo ancho y con asas.

[3] En 1774 era el marqués de Ussel don Salvador de Ussel y Guivarda de la Rosa, corregidor y Justicia Mayor de Salamanca

[4] La comarca de la ribera del río Azaba.

[5] Zegrí: miembro de una familia del reino musulmán de Granada, rival de la de los abencerrajes; quiere decir aquí, caballo árabe.

[6] Zarandaja: cosas estrafalarias.

[7] En La Armuña, Llorente Maldonado, Antonio (1976). Centro de Estudios Salmantinos, ed. Las comarcas históricas y actuales de la provincia de Salamanca

[8] Ermita del Cristo de Jerusalén (actual hospital de la Santísima Trinidad)

[9] Torre de la puerta de Villamayor (actual Plaza de la Fuente)

[10] Escaques: cada una de las casillas cuadradas e iguales, blancas y negras alternadamente, y a veces de otros colores, en que se divide el tablero de ajedrez y el del juego de damas (DRAE). Aquí se utiliza por división cuadrada.

[11] Jaramago: plantas silvestres que crecen entre las piedras.

[12] Atalaya: torre hecha comúnmente en lugar alto, para registrar desde ella el campo o el mar y dar aviso de lo que se descubre (DRAE)

[13] Plazuela de la Fuente o del antiguo caño Mamarón.

[14] Dulzaina: instrumento musical de viento, parecido a la chirimía, pero más corto y de tonos más altos. (DRAE)