DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Leyendas salmantinas. Salamanca : Imprenta de Francisco Núñez Izquierdo, 1890, pp. 41-44.

Acontecimientos
Huellas milagrosas
Personajes
Roldán, Bernardo del Carpio.
Enlaces
Pedrosa, José Manuel. "Roldán en las leyendas ibéricas y occidentales." Garoza: revista de la Sociedad Española de Estudios Literarios de Cultura Popular 1 (2001): 165-190.
Puerto, José Luis. "Tradiciones orales en la provincia de Salamanca." Boletín de Literatura Oral (2017): 489-506.

LOCALIZACIÓN

TAMAMES

Valoración Media: / 5

La fuente de Roldán

Era una tarde sofocante del mes de julio, y  el sol brillaba en el cielo con vivísimo resplandor, encendiendo campos y montes.

—Es insufrible, Miguel—dije  al mozo que me acompañaba por el camino de Carrascalejos a Tamames, estrecho sendero abierto entre tomillos, carquesas y chaguarzos[1].—Llevo además mucha sed.

—Y yo—contestó el charro[2], que, forrado en su cinto de cuero y oculto bajo el ancho sombrero y la larga capa de paño pardo, parecía insensible a aquella altísima temperatura.—Señorito— añadió—lo que quita el frío quita el —42— calor. Si tuviera V. una capa como ésta, estoy seguro que no llevaría tanta sofocación; pero está cerca la sombra y la fuente. ¿No ve V. aquella laderita vestida de carrascos, y aquella peña?

Pues debajo de ella nace una fuente.

No hay agua mejor en todo este contorno; sólo que es muy mala para los pobres, porque abre mucho el apetito, y los años, como ve, son malos, y las cosechas de remate, y las contribuciones subidas.

—¡Siempre llorando!

—¡Ah señorito! Lloramos, porque padecemos. Es una vida arrastrada y mísera, la vida del labrador de esta tierra.

Y así, quejándose Miguel de contratiempos y escaseces, y yo contestando con monosílabos a sus preguntas, a veces llenas de reflexión y no desprovistas de malicia, llegamos al pie de una alta peña, colocada a la entrada de un ameno valle.

Una caudalosa y cristalina fuente manaba de un hoyo, y después de arremansarse más

abajo, corría por el prado, entre un lecho de menudas, blancas y redondeadas guijas[3].

Atamos nuestras cabalgaduras a los carrascos[4] y a la sombra, y nosotros buscamos al pie de la fuente asientos naturales y cómodos.

Yo estaba sofocado; pero Miguel, después de desprenderse de su capa, parecía haber arrojado de sí todo el rigor de la canícula[5].

—¿Y cómo se llama esta fuente?—pregunté al bueno de Miguel,—que se entretenía en meter un palo de fresno en la arena del remanso.

—La fuente de Roldan. ¡Oh! es una historia que oí a mi padre muchas veces.

—¿Qué historia?—repliqué yo.

—La historia de esta fuente.

—Pues a ver: cuéntemela usted.

Y el charro, después de quitarse el sombrero, de escupir y de rascarse el cerquillo de pelo que caía sobre su frente, dijo, poco más o menos, lo siguiente:

—Bernardo del Carpio, valiente capitán de las tropas castellanas, cuentan que en ese descampado de Carrascalejos esperó a los franceses, al mando del famosísimo Roldan, hace ya muchos, muchos años. La batalla fue ruda, terrible, y las tropas de Roldan, acuchilladas y sofocadas, huyeron a la desbandada por esos campos.

Tanta fue la matanza, que los arroyos corrieron encarnados durante largos días.

Roldan, ya lo sabrá V., estaba encantado y no podía ser herido sino en el pie, que llevaba muy resguardado.

Al escapar sus parciales, fue cercado, y mil golpes cayeron sobre su cabeza y sobre su ancho pecho.

El guerrero encabritó su caballo, saltó por encima de sus enemigos y salió a escape por estos campos. Al llegar a este sitio, abrasado por el ardor de la pelea y la precipitación de la fuga, caballo y caballero se sintieron rendidos.

—¡Agua, agua!—gritó Roldan, con mucha más angustia que nosotros, no hace muchos momentos,—o soy perdido; pues mis enemigos —44—  me darán alcance si interrumpo mi precipitada carrera.

Y ¡zas! dicho y hecho: aquel hombre extraordinario hincó su lanza al pie de esta peña, saltaron hierbas y peñas y manó esta fuente.

Al mirarla, el sediento caballo de Roldan se arrodilló sobre la roca y bebió con ansia.

El guerrero hizo lo propio, y caballero y cabalgadura recobraron la fuerza y el vigor para proseguir su acelerada marcha.

—¿Veis—añadió Miguel—los dos agujeros de esa piedra? Pues son las huellas de las rodillas del caballo de Roldan.

Y, en efecto, en la peña donde yo estaba sentado se veían dos rebajos[6] circulares bastante anchos, que delataban en el célebre caballo un desarrollo verdaderamente fenomenal.

Y Miguel calló después de este relato, cogió  nuestros caballos, y volvimos, después de beber, a proseguir nuestra marcha, entrando a pocos minutos en la villa de Tamames, habiendo, por mi parte, recogido una tradición de las muchas que nuestro pueblo, en su simpática credulidad, perpetúa, y con su sencillez infantil relata en las largas veladas del invierno, al amor de los soterrados hogares de las aldeas.

 

FUENTE

Antonio Gª Maceira, Leyendas salmantinas. Salamanca : Imprenta de Francisco Núñez Izquierdo, 1890, pp. 41-44,

 

Edición: Pilar Vega Rodríguez

NOTAS

[1] Chaguarzos: jaguarzo (un tipo de arbusto)

[2] Charro: aldeano de Salamanca, y especialmente de la región que comprende Alba, Vitigudino, Ciudad Rodrigo y Ledesma (DRAE)

[3] Guijas: piedras

[4] Carrascos: carrascas, encinas.

[5] Canícula: período del año en que es más fuerte el calor.(DRAE)

[6] Rebajo: parte del canto de un madero u otra cosa, donde se ha disminuido el espesor por medio de un corte a modo de ranura (Diccionario de la Lengua Española, RAE)