DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Leyendas salmantinas. Salamanca: Imprenta de Francisco Núñez Izquierdo, 1890, pp.21-23.

Acontecimientos
Jardín
Personajes
Kinza
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LOCALIZACIÓN

SAN JULIÁN DE VALMUZA

Valoración Media: / 5

La flor del pájaro

I

El valle de la Valmuza, a dos leguas de Salamanca, fue asiento de una población morisca, emprendedora y activa, que a la par que cultivaba la tierra, desenvolvía con afán la industria.

  No hace aún muchos años que la casualidad descubría en aquellos sitios una obra de arte: un mosaico, lujoso pavimento de una tarbea[1], hecho con artificiosos alicatados y recortes. Encariñados los moros con la naturaleza, amantes de las flores y de los árboles, vistieron el valle de la Valmuza de una lujosa vegetación, que celosamente guiaban y acrecentaban. La vida corrió hacia aquellos campos, y las márgenes del río se cubrieron de huertos y jardines, que coronaba la primavera de flotantes guirnaldas de flores y el estío de dorados frutos.

  En uno de los pueblos del valle de la Valmuza vi, hace años , una piedra con calados y arabescos, sirviendo de jamba en la estrecha puerta de un horno, en el cual, se leía el nombre árabe "Kinza”-

  En vano pregunté a los campesinos, inútilmente interrogué a los dueños de la vivienda, sin éxito busqué en los archivos datos y noticias.

 Solo un pastor, a quien fatigué a preguntas, corrió hacia un barranco y me trajo una flor, la flor del pájaro, amariposada corola de una planta exótica.

  Una mañana, ya habrían pasado cuatro años desde mi visita al valle de la Valmuza, recordé aquella expedición y aquellas impresiones; pero ya no las percibí separadas e incomprensibles.

  En mi memoria había una historia, la triste historia de Kinza, que, sin duda, había forjado en sueños.

  Cogí un papel y la escribí con afán, temeroso de perderla.

  He aquí mi apunte, fielmente reproducido.

I I

 

 Entre todos los jardines y huertos de la Valmuza ninguno tan hermoso como el de la joven Kinza, consagrada al estudio de las flores y al cultivo de las más delicadas plantas.

 En medio de bosquetes de mirtos, de laureles y de arrayanes, la gentil doncella había aclimatado las flores más extrañas, las más lujosas, las más lindas y de más suave fragancia.

  La poda, el injerto, todos los recursos de la jardinería a los sabía y practicaba Kinza.

 El alba sorprendía a la diestra jardinera arrancando las malas hierbas o sosteniendo con hilos y caña los flexibles tallos de las enredaderas y jazmines, y los últimos rayos del sol poniente alumbraban el bullicioso circular del agua del curvo estanque por regueras y recuadros.

 Algunas plantas resguardábalas la mora bajo techado para libertarlas de la inclemencia de la noche, y anchos sombrajos de paja y mimbre preservaban otras de los ardientes rayos del sol canicular.

 Las semillas recogíala Kinza con diligencia y, reunidas en separados paquetes, reservábala en el fondo del invernadero para resembrar, en la estación oportuna, los círculos y bosquetes de su amenísimo huerto.

 El jardín de la Valmuza, breve compendio de aquellas quintas de los reyes moros, donde —22— diestramente se enlazaban las galas de la vegetación oriental y el gusto por las artes, era el centro de reunión de las jóvenes del contorno.  Allí resonaban frecuentemente danzas y cantares, allí se recitaban poesías, y allí mil agraciadas mujeres de párpados ennegrecidos por el antimonio y de artificiales lunares daban rienda suelta a su alegría, corriendo y jugueteando entre la espesura con sus vistosas sayas de colores, que remedaban flores movibles.

 Un día, día aciago en el valle de la Val Muza, resonó un terrible estrépito de clarines y un estruendoso galopar de corceles: eran los soldados cristianos que llegaban a vengar antiguas asechanzas y sangrientas hecatombes de los sectarios de Islam.[2]

 El choque fue rudo, sin que bastasen a desarmar la furia de los cristianos, ni la inocencia, ni la orfandad, ni la hermosura.

 El valle de la Valmuza quedó regado con la sangre de los moros, y a los gemidos de los ancianos, mujeres y niños, sucedió una inmensa llamarada que envolvía casas, talleres, telares y huertos.

 Kinza, oculta y desapercibida entre una espesura de laureles, al mirar con espantados ojos aquel inmenso incendio, que iba a reducirla a cenizas con sus queridas flores, entró desolada en el invernadero, buscó precipitada y con trémula mano un paquetito de semillas, lo guardó en su pecho y corrió por el valle loca de terror y ahogada y ciega por el espeso humo del incendio. —23 —

  Un arquero cristiano traspasaba con una flecha el corazón de la jardinera de la Valmuza, que en los estremecimientos y convulsiones de la agonía, caía en el fondo de un estrecho barranco.

  Un soldado corrió hacia aquella víctima, la despojó de sus vestidos ricamente bordados, de sus brazaletes y anillos, y al mirar sobre el en  sangrentado y desgarrado pecho de Kinza un paquetito envuelto en una cinta, lo abrió con presteza en la esperanza de encontrar algún objeto de subido mérito.

  Al mirar unos diminutos granos, mezclados de tallitos secos y de agostados cálices, los arrojó de sí con ira, confiando al viento el trabajo de esparcirlos por el prado. Los pastores de la Valmuza encuentran algunas primaveras entre las florecillas del verde valle una, cuya pintada corola representa propiamente un pajarito con las alas extendidas que lleva en su delgado pico una abeja, y la enseñan y presentan admirados al viajero, como un rico y preciado tesoro de sus campos.

 Es la flor más caprichosa del jardín de Kinza, la que más amaba, la flor del pájaro, que asilvestrada ya y sin aroma, parece que pregona, a través de los siglos, el sentimiento por la muerte de la diestra jardinera que logró aclimatarla en el lujoso[3] valle salmantino.

FUENTE

Antonio Gª Maceira, Leyendas salmantinas. Salamanca: Imprenta de Francisco Núñez Izquierdo, 1890, pp.21-23.

NOTAS

 

 

[1] Sala grande

[2] Una de las más importantes batallas vencidas por Fernando II fue precisamente la del valle de Valmuza, en 1162.

[3] Lujoso: en este contexto quiere decir rico y lleno de esplendor.