DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

El Museo Universal, I, 21 [15/10/1857], 175.

Acontecimientos
Aparición
Personajes
Sacerdote y alma en pena
Enlaces
Rada y Delgado, J. de D. (1863): Cristóbal Colón." Madrid: José Rodríguez.
Rada y Delgado, J. de D.  (1868)  Mujeres célebres de España y Portugal.
Rada y Delgado, J. de D.(1869)Crónica de la Provincia de Granada Editores Rubio, Grilo y Vitturi. Madrid,
Rada y Delgado, J. de D.(1875): Antigüedades del Cerro de los Santos." Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia. Madrid.
Rada y Delgado, J. de D.(1885) "Necrópolis de Carmona."
 
Rodes, Concha Papí. "Juan de Dios de la Rada y Delgado." Zona arqueológica 3 (2004): 253-260.

LOCALIZACIÓN

S/N

Valoración Media: / 5

EL CUARTO DEL APARECIDO

TRADICIÓN GRANADINA

 

          A la parte este de Granada, y fuera de su antigua muralla, en una colina cuyas floridas márgenes besa blandamente el apacible Dauro, entre frondosas alamedas y antiguos y fértiles olivares, descubre su extensa fábrica la célebre colegiata del Sacro-monte.

          Buscando tesoros escondidos por los moros, costumbre muy común todavía en aquella ciudad, unos pobres jornaleros hicieron excavaciones en el mismo cerro que ocupa hoy la iglesia, a principios del año 1593. En su afán codicioso hallaron un subterráneo y en él varias láminas de plomo con letras grabadas, las cuales presentaron al arzobispo que a la sazón era don Pedro de Castro, y examinadas de su orden por los PP. jesuitas Rodríguez y García, resultaron ser alusivas a la memoria de un santo que en aquel sitio había padecido martirio. Con cristiano celo por parte del arzobispo y de todos los vecinos de Granada, continuáronse las excavaciones, y nuevos monumentos, calificados por teólogos y anticuarios, de España y Roma, como auténticos, vinieron a demostrar que en aquel sitio habían padecido martirio por la santa fe, san Cecilio y varios de sus discípulos. La ardiente devoción que animaba a nuestros abuelos, bien pronto pobló el cerro y sus avenidas de cruces y monumentos de piedad, de los que aún hoy se ven algunos; y el arzobispo, para conservar los venerables restos, erigió una iglesia colegial, no sin haber tenido que sostener porfiada lucha con las comunidades religiosas que querían establecer un convento. A la vez que, mostrándose tan ilustrado como piadoso, erigió un colegio con el título de san Dionisio Areopagita. Terminada la fábrica en que tuvo intervención el célebre arquitecto Alonso Rico[1], y, ricamente dotada la fundación por el arzobispo y multitud de personas particulares, ha venido siendo la colegiata y colegio del Sacro-monte uno de los focos de ilustración, que más varones ilustres han dado a nuestra patria.

          Extraño parecerá que donde con tal fruto se cultivan las ciencias, se conserven ciertas tradiciones cuya historia fantástica tan mal se une con los conocimientos y los adelantos de la ilustración. Quizá consista esto en que elevado el espíritu por la meditación y el estudio, separado del mundo material, se halla más dispuesto a creer en lo que nada tiene de común con la materia, y mucho con la fantasía.

          Pero no nos incumbe entrometernos hoy en investigaciones psicológicas. Escuchamos una tradición en esa colegiata retiro a propósito para la meditación y el estudio, y vamos a referirla.

          En uno de los años últimos del siglo anterior (que la tradición no determina) y a la caída de una tarde de otoño, subía montado en una mula, modestamente enjaezada, por las siete cuestas que conducen al Sacro-monte y que son conocidas con el nombre de los Siete pecados capitales, un anciano sacerdote de apacible semblante y de mirada dulce y consoladora.

          El viento del norte empezaba a arrancar de los árboles su rica vestidura y, como lágrimas de la naturaleza en su triste muerte, caían las pálidas hojas cubriendo el suelo de crujiente alfombra. Solo, y, sin haber hallado a persona alguna, hacía largo rato caminaba el sacerdote mirando caer las hojas de los árboles y escuchando el ruido monótono y triste de los pasos de su cabalgadura, al convertir en polvo el que hacía poco era riquísimo follaje.

          Al volver cada una de las cuestas en cuyo extremo la piedad había elevado cruces de piedra, paraba la mula, y, después de recitar en voz baja una oración, proseguía su camino.

          Pero, cosa extraña: sin hacer crujir la seca alfombra de hojas, como si fuera la sombra que proyectara el sacerdote a la indecisa claridad del crepúsculo, hubiérase creído ver que detrás de la mula caminaba otro hombre enteramente vestido de negro, que desaparecía por un corto espacio al llegar cerca de las cruces, quedando largo rato arrodillado delante de ellas, y volviendo a aparecer sin embargo detrás del sacerdote en breve tiempo.

          En vano hubiera sido tratar de distinguir sus facciones; todo su ser, o mejor dicho todos sus contornos eran tan indeterminados, que parecía iba envuelto entre nubes o que ellas lo formaban. Tal vez fuera creación de la fantasía en esas horas misteriosas en que el crepúsculo parece que puebla de seres invisibles los bosques y los lagos. Tal vez el piadoso eclesiástico, que venía en aquellos momentos de prodigar los últimos consuelos de la religión a un desgraciado, crearía la incomprensible aparición, exaltado su espíritu con el espectáculo de la muerte y la esperanza en la eternidad.

          Como si nada hubiera notado, prosiguió su camino y, al llegar a la espaciosa plazuela que delante del colegio se extiende, respiró con fuerza como aquel que se libra de un sueño tenaz y aterrador.

          Dentro de la extensa portería aguardábale un mozo que, apenas entró, cogió la mula y ayudándole a desmontar le dijo:

          —Buenas noches, señor.

       —Buenas noches, Blas: ¿ha ocurrido algo durante mi ausencia?

       —Nada: todos los compañeros de vuesa[2] merced, los señores canónigos, han ido llegando a sus respectivos cuartos, por lo que me tenía inquieto vuestra tardanza.

       —Gracias, buen Blas, por tu cuidado. Mi pobre amigo el doctor Pérez estaba tan enfermo que he tenido que permanecer a su lado, ayudándole en el triste trance de la vida humana, en la muerte del cuerpo, preparándole para el nuevo vuelo del alma.

       —Siempre tan bueno para con todos.

       —No, Blas: siempre procurando cumplir mi difícil ministerio.

       —Pero vos hacéis más que los mejores; y no en vano os tienen en tan alta estima desde el señor arzobispo basta el último menestral[3].

          —Vamos, vamos, Blas, deja tus alabanzas que agradezco a tu cariño, pero que no puedo escuchar porque no las merezco; y guía a la habitación, que ya es demasiado de noche en estas galerías.

          Y así, amo y criado, llegaron a uno de los últimos cuartos que dan sobre la planta en la galería principal, donde habiendo entrado y encendido una modesta bujía[4], sentóse el sacerdote a rezar sus oraciones, mientras el solicito criado le preparaba en la pieza contigua la modesta cena.

          Poco hacia que el anciano estaba entregado a sus oraciones, cuando se le presentó el criado, y con rostro satisfecho le dijo:

          —Cuando queráis, la cena está dispuesta.

          —Bien, déjame.     

          Y continuó entregado a su cristiana meditación.

          El silencio que reinaba era solemne: solo se oía el monótono compás de un reloj de pared, midiendo inflexible el paso del tiempo, y el chascarrar de la vela de cera que encima de la mesa ardía.

          El sacerdote cerró su libro de oraciones; santiguóse, y, alzándose del asiento, se disponía a pasar al comedor. Pero antes de que hubiera podido separarse del sillón de baqueta, cayó en él anonadado, trémulo, la frente bañada de sudor frio, y sin poder articular un solo acento.

          Al otro lado de la mesa, en el sitio que correspondía exactamente con el suyo, acababa de ver sentado un hombre enteramente vestido de negro, como negra era también la espesa barba que cubría sus mejillas, de ese color indefinible de los cadáveres desenterrados.

          El sacerdote contemplaba de hito en hito a su compañero, sin poder dominar la profunda emoción que le embargaba.

          El hombre vestido de negro seguíale mirando con profunda tenacidad.

          Al fin el sacerdote rompió el silencio, y dominándose cuanto pudo, le dijo:

       —¿Quién sois? ¿Qué me queréis?

       —No soy, contestó el interpelado: fui. —Quiero cumplir con la conciencia para dormir en paz.

       —Extraño modo de presentaros habéis tenido; y extraña es, a la verdad, vuestra respuesta; pero si juzgáis con apariencias sobrenaturales causarme espanto, retiraos y dejad tranquilo a un humilde siervo de Dios.

       —Él me envía.        

       —¡Atrevido! ¿Quién sois para abusar de ese modo de su santo nombre? Ya lo comprendo todo. ¿Pensáis que no he observado que seguíais mis pasos desde las cuestas del monte y que, sin duda a favor de la oscuridad, os habéis introducido tras de mi criado? Idos, y no turbéis la paz de esta santa casa: si buscáis oro, aquí no le habréis de encontrar, porque yo no lo tengo: mis pobres monedas pertenecen a mi prójimo desgraciado. Separaos del camino por donde parece marcháis, y retiraos.

       Y acabadas estas palabras, extendió el brazo señalándole la puerta.

       El enlutado nada contestó: bajó la cabeza, y salió de la estancia.

       —¿Blas? gritó el sacerdote : acompaña al señor hasta la misma puerta.

       Y después de haber visto salir a su criado detrás de aquel hombre extraño, se sentó en el comedor.

       A poco, volvió Blas.         

       —¿Se marchó?

       —Sí, señor.

       —¿Le dejaste fuera de la casa?

       —Sí, señor: yo mismo he cerrado la puerta.

       —Bien: acuéstate. 

       —¿No cenáis?

       —No, no tengo gana.

       —¿Estáis malo?

       —No: pero la muerte de mi amigo me trae apesadumbrado; puedes retirarte.

       El criado, después de besar la mano de su señor, salió de la estancia, y este quedó solo, pálido, meditabundo, sin poderse explicar la extraña aparición.

       ¡Es cosa rara! pensaba mientras medía la habitación a lentos pasos. Ese hombre no me deja.... ¿Por qué le habré despedido sin oírle? He hecho mal, quizá sea un desgraciado... pero un desgraciado no sigue los pasos como un criminal, y entra en el cuarto de otro hombre como él lo ha hecho: ¡ah! de seguro debe de ser algún malvado, y Dios sin duda me libró de un peligro inminente, haciendo que mis palabras le impusieran de tal modo que abandonase su criminal proyecto. ¡Bendito seáis, Dios mío, que me habéis favorecido con vuestro amparo!

       Y más tranquilo, como hombre justo que no tiene recuerdos enemigos en su conciencia, retiróse a su alcoba, donde se acostó en una modesta cama, junto a cuya cabecera había una silla.

          Poco tiempo hacia que gozaba de las dulzuras del sueño cuando, sin saber por qué, despertó sobresaltado. Miró en torno de sí y, rápido como el pensamiento, obedeciendo a un impulso de su cerebro herido violentamente por una extraña sensación, saltó de la cama, sin fuerzas para llamar a su socorro.

       En la silla de la cabecera, impasible, mudo, sombrío como la noche, estaba sentado el nombre enlutado, fijando su extraña mirada con implacable tenacidad en el contraído rostro del aterrado sacerdote.

       —¿Quién sois? ¿Qué me queréis? volvió a preguntarle balbuciente.

       —No me habéis querido oír y os obedecí, retirándome. Pero hay una fuerza superior a mi voluntad que aquí me trae. La justicia de Dios.

       —Hablad, hablad.

       —Poco tiempo robaré a vuestro reposo. Vos sois un digno ministro del Crucificado y gozáis en la ciudad un merecido nombre. Pues bien: Dios os escoge para que hagáis resplandecer su justicia. Hay una familia, que por los actos de la malicia y del engaño, mañana va a ser desposeída de su fortuna y de su honra en el tribunal de la Chancillería. Son inocentes y, sin embargo, van a aparecer culpados: deben tener los bienes que les van a ser arrebatarlos, y, sin embargo, la justicia humana, engañada por falsas apariencias, va a fallar en contra suya. Un hombre solo podía hacer que brillase su inocencia; pero ese hombre era un malvado, y murió llevando consigo su secreto, obedeciendo la voz de la venganza. Sin embargo, ese hombre no puede dormir en paz el sueño de la muerte. Los papeles que os entrego contienen las pruebas irrefragables[5] de la inocencia de esa familia desgraciada. Tomadlos: hablad al presidente de la Chancillería; presentádselos, y haced que no yerre la justicia humana, auxiliándola con la justicia de Dios. El sacerdote recibió de manos del hombre extraño un legajo[6] atado con una cinta negra. El enlutado se levantó y se dirigió a la puerta.

       —Pero ¿quién sois? volvió a repetir el sacerdote.

       ¡El enlutado se alejaba, y solo repitió desapareciendo en seguida.

       —No soy: fui.

       El sacerdote cayó anonadado en el lecho: una mariposa nocturna revoloteando alrededor de la lamparilla, la apagó abrasándose las alas, y todo quedó sumido en el silencio y en la oscuridad.

       Amanecía el nuevo sol del siguiente día, cuando el bueno del sacerdote levantándose para ir a la iglesia, dijo a Blas después de terminar su ligero desayuno.

       —Qué sueño tan pesado he tenido.

       —Si no temiera ser indiscreto, me atrevería a preguntaros...

       Y accediendo a las preguntas de su criado, con esa expansión tan propia de quien ha pasado una noche de pesadilla, refirió cuanto ya saben nuestros lectores.

          —En verdad que el sueño es pesado, le dijo Blas cuando hubo concluido. Bien podéis iros antes de bajar al coro a que os dé un rato el viento fresco de la mañana, que debéis tener la cabeza cargada.

          —Sí, me duele bastante, y voy a seguir tu consejo. El sacerdote se dirigió a la puerta y a tiempo que ponía la mano en el pestillo, oyó que Blas gritaba:

       —Señor, señor: os habéis dejado envueltos entre los pliegues de la cubierta de la cama unos papeles.

       El sacerdote tembló de pies a cabeza.

       —¡Conque era cierto! ¡Gracias Dios mío por haberme hecho el ministro de vuestra justicia!  —

Y, tomando los papeles, se dirigió a la Chancillería.

       Al otro día solo se hablaba en la ciudad de la extraña manera conque Dios había velado por la inocencia, haciendo que la justicia brillase en todo su divino resplandor.

       El cuarto desde entonces, se conoce por «Cuarto del aparecido.»

       La tradición, sin embargo, incompleta siempre, ha callado el nombre del digno sacerdote; y nosotros, fieles narradores de ella, no hemos querido añadir tal vez una falsedad a su narración.

La tradición es cierta: sobre la veracidad del hecho, terminaremos estas líneas con una frase que los árabes dejaron grabada en los encajes de su Alhambra: ¡Dios es grande!

 

 

Editado por María José Alonso Seoane

FUENTE

J. De Dios De La Rada y Delgado. “El cuarto del aparecido (Tradición granadina)”.El Museo Universal, I, 21 [15/10/1857], 175.

 

NOTAS

 

[1] Alonso Rico de Rueda Cabrera y Poblaciones.

[2] RAE: vueso, sa. 1. adj. poses. 2.ª pers. desus. vuestro.

[3] RAE: menestral, la. 1. m. y f. Persona que tiene un oficio mecánico.

[4] RAE: bujía. 1. f. vela (? pieza de cera para alumbrar).

[5] RAE. Irrefragable. 1. adj. cult. Que no se puede contradecir o refutar.

[6] RAE. Legajo. 1. m. Atado de papeles, o conjunto de los que están reunidos por tratar de una misma materia.