DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Museo Universal (1868)nº 17, 25 de abril .pp. 132-134

Acontecimientos
Aparición. Milagro.
Personajes
Santa Trahamunda. Viajero
Enlaces

Cerviño Lago, J. Dos monasterios pontevedreses: Poio y Armenteira. 1999.

Freire Camaniel, J. El monacato gallego en la Alta Edad Media , 1998, vol.1. p. 194.

LOCALIZACIÓN

SAN JUAN DEL POYO PONTEVEDRA

Valoración Media: / 5

Santa Trahamunda

 

Hay cerca de Pontevedra, maga escondida entre montes como el Tauro y el Líbano, en una planicie fértil y abundosa vegetación, un hermoso lugar que domina a un magnífico panorama topográfico e hidrográfico, en cuyo recinto se ostentan casi todo el año mosaicos de verdura, y las brisas perfumadas por las lozanas flores de las frescas márgenes de sus arroyuelos reaniman la existencia y disponen el espíritu a dulce meditación

 

San Juan de Poyo, en donde se celebra la romería de más concurrencia de esta Hespérica galaica, es un girón del paraíso, la perla más rica de la nación española.  Mujeres de urgente seno y alabastrino cuello, rosadas mejillas y cabellera de oro, seductor acento y tierna mirada, embellecen la vida de aquellos pacíficos habitantes, sencillos labradores que cultivan el campo entonando endechas de amor, desde que el sol asoma con sus fulgores de esmeralda por el cielo diáfano de Bueu, hasta que pálido y melancólico se oculta detrás del gigantesco Castrove, el Polion de la bella Helenes, y

 
Ciudad de flores,
De barcas, de zagalas y festines,
De mágicos colores,
De plácidos amores,
De puentes y de playas y jardines.

 

En la iglesia del ex-convento de Poyo, se halla una tumba de piedra de granito ordinario, toscamente labrada de seis pies de largo y tres de ancho, poco más o menos, muy semejante a esos féretros humildes en que son conducidos a la última morada, sin música, ni cantos, ni acompañamiento de amigos, los pobres que mueren en oscuro y miserable rincón, faltos de todo auxilio corporal, y quizás espiritual, por hallarse solos en sus últimos instantes.

El viajero que por primera vez visita esta suntuosa iglesia, ve desde luego al lado derecho de la entrada, cerca del altar consagrado a San Benito, casi en la arte media del templo, una tumba de piedra, la tapa descubierta, como a tres pies del suelo, sobre un tosco pedestal de la misma materia, y en la pared también, al melancólico brillo de dicha lámpara, se distingue un lienzo casi carcomido ya, con el retrato de la que se dice fue depositada en aquella tumba, en traje de carmelita, con una palma en la mano derecha, ya casi imperceptible.

Más abajo, en un cuatro también carcomido, y escrito con caracteres de letra antigua española, se lee el siguiente soneto, no muy bueno por cierto pero apreciable abajo el punto de vista histórico.

 
Del reino dueño y como infiel tirano
de un horrendo bárbaro cautiva
puso a Trahamunda en la prisión esquiva
víspera del Bautista soberano.
Estorbo quiso ser, aunque en vano
de quien briosamente no reciba
el placer de la fiesta sucesiva
a quien ofrece cultos el pagano.
Libróla Dios, y al pórtico del templo
que a su gran precursor le esta erigido,
condujo el mismo día a Trahamunda
clavó el báculo en tierra, y a su ejemplo
estéril siendo, se mostró florida
¿qué mucho si esta Virgen lo fecunda?
1792

 

He procurado averiguar el origen de esta tradición y sólo he podido saber que Santa Trahamunda según se dice —133— fue conventual del Carmen en Toledo,  que en una persecución que hubo contra las religiosas sufrió la muerte, y que siendo natural de San Juan del Poyo, se apareció un día en el  atrio de la iglesia del convento, con una palma en la mano, símbolo de su martirio, pero hermosa como si aún tuviese vida, por cuya razón los monjes benedictinos del Poyo la depositaron en la tumba, plantando la palma en el cementerio de su convento,—134—que hoy lo es de la parroquia.

 Llevando más adelante mis pesquisas, se me ocurrió ir a la mansión funeraria, dando pábulo a mi curiosidad el haber visto a una viuda de regular edad, coger del túmulo de la santa un puñado de tierra y dirigirse tétrica y silenciosa al cementerio.

Era en el 19 de mayo, de 1858.

Doliente y triste, encaminaba mis pasos a San Juan de Poyo, con la esperanza de ver en la naturaleza gentil de este privilegiado recinto, objetos que alegrasen mi corazón.

La mujer se arrodilló al pie de una enhiesta palmera que hay en el primer ángulo del campo santo, y dejando caer la tierra sobre una tosca lápida de cortas dimensiones, rompió a llorar con entrecortados suspiros.

Su pena me hizo preguntarla, no sin sorpresa suya.

—¿Por qué llora usted? ¿Qué significación tiene la tierra que ha puesto usted sobre esa lápida?

A lo cual respondió:

—Esta tierra es del sepulcro de Santa Trahamunda: esta lápida es de mi hija.

—¡Santa Trahamunda! exclamé maravillado. ¿Sabe usted quién fue esa santa?

—¡Cómo! ¿pues no lo he de saber?.

Y entonces me refirió lo que ya llevo escrito, añadiendo:

Que la palmera era la misma con que la santa se apareciera en el convento, y que la tierra de su tumba tenía la virtud de borrar los pecados de las criaturas; por lo que ella venía muchas veces al pie de la palmera, donde había enterrado a su querida hija, muerta a los quince años a consecuencia del disgusto que le causó él haber visto ir a su padre a presidio, por una calumnia de un mal vecino, consuelo que a ella se le había concedido por un favor especial, en atención a la sensible pérdida que había experimentado en su única y hermosa hija, próxima a casarse con un cadista[1] rico y honrado.

Quise después aclarar mas esta tradición, y habiéndome admirado de que los restos de la santa no estuviesen en la caja de piedra, se me contestó que estaban debajo, adonde los habían colocado hace tiempo, para que estuviesen más seguros.

¿Cómo es que la tumba tiene tierra en vez de huesos, y esta tierra nunca se concluye? Creo que la ponen allí de otros sitios, con la ilusión de que la proximidad de los restos de la santa le da virtud.

Este sitio, ameno como el más espléndido del pensil[2] de Granada, convida a la meditación y al estudio, por lo que no habrán de arrepentirse los que se dirijan a él, con objeto de visitar el sepulcro de Santa Trahamunda.

FUENTE

Dr. López DE LA VEGA. “Tradiciones religiosas de Galicia “Santa Trahamunda”, Museo Universal (1868)nº 17, 25 de abril .pp. 132-134.

 

NOTAS

[1] Cadista. Natural de Cádiz, es una creación léxica que no se contempla en el diccionario.

[2] Pensil: jardín.