DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Semanario Pintoresco Español, 1856, 3 [20/01/1856], pp. 20-21.

 

Acontecimientos
Castigo divino
Personajes
Hidalgo, doncella burlada, santo testador
Enlaces

LOCALIZACIÓN

CALLE GENERAL SAN MARTIN

Valoración Media: / 5

BALADA EN PROSA

EL HIDALGO DE ARJONILLA

 

          En la villa de Arjonilla vive un hidalgo mozo y alegre, rico y gustador, amigo de sus gustos y libertad, poco temeroso de Dios y gran burlador de mujeres.

          El dinero facilita amigos y aplauso, y la lisonja hace al pródigo más duro y perverso. ¡Ay de la infeliz en quien clave sus ojos el seductor de Arjonilla!

          Camino del olivar vecino, día de San Roque, salen a pasear las recatadas doncellas. Allá va también el venturoso hidalgo. Cebando en ellas la mirada, como el milano ladrón de las blancas palomas, resuelve hacer presa en la más hermosa.

          Mucho le cuesta rendirla: billetes, dádivas, festejos, todo lo ha despreciado ella; ronda su calle, soborna a sus criadas, hace que su caballo se arrodille a su puerta, cántale de noche endechas de pasión extremada, lidia y mata gallardamente bajo sus balcones los toros más bravos de la tierra; todo es en vano.

          Un año entero la obsequia inútilmente; nunca conoció resistencia tal el hidalgo de Arjonilla; nunca se le conoció igual constancia.

          Pero la mujer que desespera al constante corona al voluble: la que es duro mármol al agasajo, suele ser blanda cera al desprecio: la que no es débil es vanidosa.

          Un año había pasado: día de San Roque era: camino del olivar vuelven a encontrarse la bella desdeñosa y el galán despreciado. El galán pasa de largo: no clava ya en ella sus negros ojos apasionados.

          —No soy yo la preferida, piensa en su corazón la doncella: se acabaron para mí los festejos, las músicas nocturnas, los públicos triunfos. Y palidece, y por primera vez suspira.

          La mujer es misteriosa campana, que suena cuando nadie la toca. La doncella antes tan recatada, admite ya las dádivas del corruptor. Los públicos obsequios, ya bien recibidos, hacen murmurar a toda la villa.

          —Pues se perdió la opinión, piensa entre sí la mal aconsejada, no se pierda todo. Tuya seré, dice al hidalgo seductor, si me das palabra de casarte conmigo.

          ¡Pobre doncella! Mal viento corre, el diablo es el que sopla.

          El hortelano no espera fruto cuando el huracán arrebata la flor.

          Juró el hidalgo, día era de San Juan[1]… Moros y cristianos lo festejan con zambras y cañas y carreras. Las iglesias de la villa echan sus campanas a vuelo: hierve en las calles el gentío: todos se entregan al público alborozo.

          También se alboroza gozando de su conquista el inicuo burlador de casadas y doncellas. Día era de San Juan: el santo oyó su juramento; ¡pero él se propuso no cumplirlo!

          El bebedor vicioso muda a menudo de copas: hoy prefiere la de vidrio esmaltado; mañana la de cincelada plata; otro día la de tersa porcelana; otro la de fresco búcaro. Siempre se le figura que la última le hace mejor el vino, y luego la arroja para tomar otra.

          Así era el hidalgo con las mujeres. En vano la burlada doncella le exigió el cumplimiento de su promesa: fuela  entreteniendo algunos meses con nuevas palabras. Por fin la infeliz desesperada le puso demanda ante el juez de la villa.

          Acudió el burlador a la querella. Muchos vecinos depusieron de oídas a favor de la agraviada; pero su dicho no hacia prueba. —No prometí cosa alguna, contestó impávido el mal caballero. Y la malhadada mujer se mesaba los cabellos.

          —Presentad testigos del juramente, le decían a una el juez y el hidalgo perjuro.

—No los tengo, respondió ella, y sollozaba cada vez más amargamente.

          —Sí, uno tengo que vale por muchos, añadió recobrando su serenidad repentinamente. Testigo mío es San Juan, que escuchó su juramento.

          Este dicho hizo sonreír al juez y a los curiales; no se sonrió el depravado hidalgo de Arjonilla.

—Juro que no es cierto, exclamó, con fingida entereza; ¡y permita Dios, si miento, que me vea arrastrado la primera vez que monte a caballo!

          Con este nuevo perjurio y con la incompleta prueba de la pobre burlada, le dieron por libre de la demanda. Pero Dios tomó a su cargo la venganza, y el santo testigo citado por la mujer, la confirmación de su dicho.

          Salió el hidalgo a caballo algunos días; loco estaba de contento: Dios no le tomaba razón de la sentencia que él mismo contra sí había proferido.

          Llegó el día de San Juan: moros y cristianos lo festejan. El desventurado caballero, olvidado de su juramento, hacía sus preparativos para lucir en la fiesta. Solo lo tenían presente su anciana y afligida madre, y una contristada novicia del convento de Santa Rosa[2].

          Manda el hidalgo a un criado que le ensille el caballo. Era el caballo noble y manso: estrenaba aquel día jaeces nuevos y una cómoda silla nueva para montar su dueño a la gineta. La madre del caballero fue a verlo vestir llorando.

          Présago[3] su corazón, dábale voces siniestras dentro del pecho; su boca se negaba a darles salida por no conturbar a su hijo.

          —Madre, ¿qué tenéis que así lloráis? le preguntó el hidalgo de Arjonilla.

          —No montes hoy a caballo, hijo mío, ella responde. Si quieres festejar a San Juan, ve a oír misa; otro día irá a la carrera.

          —¡Qué dirían los demás jóvenes de la villa! Vaya, vaya con Dios, la buena madre: déjenos divertir y no sea agorera. Y vuelve el hidalgo la espalda a su madre y sigue vistiéndose para la fiesta, y ella vuelve a su aposento sollozando.

          Jubón[4] de terciopelo carmesí acuchillado con puntales de oro, gregüesco[5] y bota flamenca, sombrero de plumas rojas, valona[6] de encaje y talabarte[7] bayo[8] recamado de oro y verde, herreruelo[9] blanco, son el traje nuevo del hidalgo. ¡Qué bien iba a parecer con él a las mujeres de la villa!

          Al llegar al zaguán advierte que le faltan las espuelas. Nuevas también y de oro las tenía, que las había comprado la víspera. —Ve por ellas, dice a un criado, que las he dejado en mi aposento.

          Vuelve el criado, y por traerle las espuelas le trae un escapulario que inadvertidamente se había quitado al mudarse. Sonríe el hidalgo haciendo donaire del disparate y le dice:

—Te pido unas espuelas que están colgadas en la cabecera de mi cama.

          Vuelve el criado, y por traerle las espuelas le trae un crucifijo que estaba en el mismo clavo que ellas. Burlase de él el hidalgo, y dícele por tercera vez:

——Las espuelas te pido: ve y tráeme las espuelas.

          Vuelve el criado, y le trae en vez de las espuelas una vela de cera. Enfadado el caballero la arroja con brío contra las piedras del zaguán, y dando una voz a otro criado le pide sus espuelas.

          Traídas las espuelas se las calzó, y montó a caballo ufano. Su desventurada madre y los criados salieron a los balcones a verle. Picó el caballo y partió como el rayo.

          Allá va el infeliz hidalgo como arrebatado por una legión de espíritus. Síguenle los suyos con sus miradas afanosas: lejos va, y no camino de San Juan, sino camino del olivar.

          Los descompuestos saltos del caballo denotan que no es su amo el que le domina. Otros más diestros acicates[10] le impulsan en aquella dirección sin poder ser detenido.

          Día de San Juan, camino del olivar, va disparado como una saeta el descreído. Los mozos y las doncellas de la villa van por otro camino. Por donde él va nadie le divisa; solo una contristada novicia le mira desde una alta galería del convento de Santa Rosa.

          Entrase por el olivar el desbocado caballo, y métese con el desgraciado hidalgo por debajo de una rama, tan baja y tiesa, que el arzón[11] delantero se le entra por los pechos y le sale a las espaldas.

          Llevóle el caballo arrastrando de un estribo por el camino del olivar y por toda la villa, hasta que vino a parar por sí mismo a la puerta del tribunal donde el malhadado hidalgo había proferido su perjurio.

          Honrado testigo es San Juan. Al día siguiente doblaban las campanas por la desgraciada muerte del hidalgo de Arjonilla. Llegó el día de San Roque, y doblaron también las de Santa Rosa por la profesión de una hermosa convertida.

 

Editado por María José Alonso Seoane

FUENTE

Madrazo, Pedro. “El hidalgo de Arjonilla”, Semanario Pintoresco Español, 1856, 3 [20/01/1856], pp. 20-21.

NOTAS

[1] La Natividad de San Juan Bautista se celebra el 24 de junio; el martirio de San Juan Bautista se celebra el 29 de agosto. El 24 de junio es el día en que se celebra con mayor solemnidad y es la fecha a que se refiere el texto.

[2] Convento franciscano de Santa Rosa de Viterbo en Arjonilla, fundado a finales del siglo XVII.

[3] RAE: présago, a 1. adj. p. us. Que anuncia, adivina o presiente algo.

[4] RAE: jubón 1. m. Vestidura que cubría desde los hombros hasta la cintura, ceñida y ajustada al cuerpo.

[5] RAE: gregüesco 1. m. Calzón muy ancho que se usaba en los siglos XVI y XVII. U. m. en pl. con el mismo significado que en sing.

[6] RAE: valona 6. f. Cuello grande y vuelto sobre la espalda, hombros y pecho, que se usó especialmente en los siglos XVI y XVII.

[7] RAE: talabarte 1. m. Pretina o cinturón, ordinariamente de cuero, que lleva pendientes los tiros de que cuelga la espada o el sable.

[8] RAE: bayo 1. adj. Dicho especialmente de un caballo y de su pelo: De color blanco amarillento. U. t. c. s.

[9] RAE: herreruelo2 1. m. Capa corta con cuello y sin capilla.

[10] RAE: acicate 1. m. Espuela para picar al caballo provista de una punta aguda con un tope para que no penetre demasiado.

[11] RAE: arzón 1. m. Parte delantera o trasera que une los dos brazos longitudinales del fuste de una silla de montar.