DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Cuentos y tradiciones murcianas, Murcia, El Diario, 1880, pp.4-32.

Acontecimientos
Imagen animada
Personajes
Salzillo, su esposa Juana Vallejo, vecinos
Enlaces
Canalís, Enrique Pardo. Francisco Salzillo. Vol. 42. Editorial CSIC-CSIC Press, 1983.
Crespo, Antonio Pérez. "Dos leyendas en la vida y obra de Salzillo." La Dolorosa y la Cofradía de Jesús: en el 250 aniversario de la Dolorosa, San Juan y la Verónica. Real Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, 2006.
Moreno, José Sánchez. Vida y obra de Francisco Salzillo. Vol. 3. Editora Regional de Murcia, 1983.
Pérez Amaro, Rosalía. "Francisco Salzillo y su obra maestra: Los pasos." (2016).
Zapata, Ignacio José García. "Francisco Salzillo en la Prensa Periódica del siglo XIX." Iberian 8 (2013): 5-17.
 

LOCALIZACIÓN

MURCIA C/ JESÚS QUESADA 1

Valoración Media: / 5

La Dolorosa de Salzillo

 El año 1760, el día primero del mes de marzo, estaba la plaza de Vinader atestada de gente.

 Componía aquel concurso, una multitud apiñada de todas las clases sociales, pero en la cual predominaban los caballeros ilustres de la nobleza murciana.

 Todos esperaban algo, y todos tenían su mirada fija en la casa que es hoy carpintería, y que era entonces el taller del insigne escultor murciano D. Francisco Salzillo y Alcaraz.

 En uno de los corros, en que se encontraban D. Francisco Vinader, el Sr. Cura de Santa Catalina, D. Antonio Riquelme y el tío Roque, se hablaba del asunto que a todos tenía allí detenidos, que no era otro sino que en aquella tarde iban a conducir, desde el taller del artista hasta la ermita de Jesús[1], los pasos de la pasión de Cristo, obra de aquel inmortal genio.

 La puerta de la casa estaba cerrada, pues había sido tal la aglomeración de gente, para admirar los pasos, que no dejaban ponerlos en las andas, ni nadie podía moverse.

 El tío Roque era vecino de Salzillo y le profesaba tan gran amistad, que casi rayaba en adoración, y en los momentos en que se lo han encontrado los lectores estaba dando cuenta detallada, a los que le escuchaban, de las admirables esculturas que todos los presentes ansiaban ver.

 — ¡Qué hombre éste!— decía el tío Roque— ¡si ha hecho unos pasos que parecen de carne y hueso! Si el Señor parece que está hablando. En el paso de la Cena, donde están todos los apóstoles en la mesa, mirando con pena a Jesús, porque éste les ha dicho que uno de ellos le ha de entregar, parece el Divino Cordero. San Juan está recostado en su pecho y el traidor de Judas, bizco y rojo por más señas, está guiñando un ojo, como diciendo: me han conocido.

— ¿Pues donde se deja V. el Prendimiento?— El Señor se deja besar por el traidor con una —5—mansedumbre que solo podía caber en el corazón de un Dios, porque lo que es yo, al saber, como él sabía, que le engañaba, lo hubiera confundido. ¡Pues no digo nada del San Pedro de este paso! Tiene levantado el brazo, en el que se ven los fuertes músculos del pescador, que después fue el príncipe[2] de los apóstoles, y empuñado el sable para cortarle la cabeza a aquel picarón de Malco, aunque al cabo tuvo la suerte de que se le cantease[3] el sable un poco y no le hiciera más que un corte de oreja ¡así le hubiera abierto la cabeza en canal!

 — Tío, Roque— dijo el Sr. Cura de Santa Catalina, — los juicios de Dios son incomprensibles, y, cuando así sucedió, es que así convenía que sucediera.

 — Yo no paso por eso, Sr. Cura; a los judíos y  gente así quitarlos del medio

— Siga V., tío Roque describiendo los pasos y tenga caridad...

 — Pues óiganme: la Oración del Huerto es lo más grande que se ha visto en el mundo. El Señor está caído en tierra, como desmayado, vertiendo un sudor copioso de sangre por su hermosa frente, mientras un ángel tan hermoso como serán los del cielo, le sostiene y le muestra el Cáliz de Amargura que tiene que — 6— beber para salvar al género humano.

 ¡Qué ángel aquel! Cuando Vds. lo vean se van a quedar extáticos, se van a arrodillar, porque si algo se ha hecho en la tierra que dé una idea de lo que es la gente del cielo, es ese querubín, rubio, de brazos torneados y rosados, de espaldas más hermosas que las de todas las Venus, porque en este cuerpo ha mezclado y fundido Francisco Salzillo, con el arte prodigioso de su cincel, todas las bellezas suaves de la forma de la mujer con las varoniles del hombre.

¡Este ángel! será una de las cosas grandes que habrá que ver en Murcia mientras Murcia exista... ¡Ahí tienen Vds.! Lo mismo digo ahora de los apóstoles buenos (que he dicho antes del malo) ¿por qué se durmieron aquellos desabridos que acompañaron al Señor al huerto de las Olivas? ¿Por qué no pudieron vigilar una hora con Aquél que tenía el alma triste basta la muerte? Al Señor lo abandonó todo el mundo, y los que no le abandonaron se durmieron... ¡Apóstoles dormijosos[4]! si supierais que mientras vosotros dormís se cumplen cerca de vosotros los inefables misterios de la religión, de seguro que estaríais más espabilados... ¡Lástima que el Señor os lavara —7—vuestras pezuñas[5] de pescadores, para que en los momentos más críticos os entrara la soñarra[6]...!

 — Pero, tío Roque, V. no respeta a nadie dijo el caballero—déjese V. de poner comentarios a la Pasión, que tal vez, si hubiera V. estado con San Pedro y San Juan, hubiera V. dado un sueñecito…

 —¿Yo?— Poco me conoce Don Francisco—

—¿Pero es que los Apóstoles de la Oración del Huerto los ha puesto Salzillo durmiendo?— pregunto el señor Cura de Santa Catalina.

 — Sí, señor.

— Pues así es la verdad, que bien claro lo dice el texto sagrado.

—Sí, sí. A D. Francisco Salzillo le pueden venir con lo que dice el texto; pues si él, antes de empezar una obra religiosa, lee, y medita, y hasta ora sobre lo que dicen los Evangelios del asunto.

 — Pero, señores, dijo D. Antonio Riquelme, dejemos al tío Roque que siga su descripción. Tío Roque, siga V.

 — Pues voy a concluir: el paso de la Caída, señores, será el pasmo de las gentes. Figura al Señor en la calle de la Amargura, caído en tierra, bajo el peso —8— de la Cruz: los sayones ¡bárbaros! uno le tira de los cordeles y otro le tiene cogido un mechón de su hermosa cabellera y descarga golpes mortales sobre su hermosísima cabeza. No es posible ver los ojos de aquel Jesús, levantados al cielo, y cuya vista parece que traspasa las nubes, y llega hasta Dios, para decirle: ”Mira, Dios mío, lo que sufro por el hombre”, sin que se agolpen los ojos las lágrimas y sienta uno remordimientos de conciencia por ser malo y no hacer algo por quien tanto sufrió por nosotros.

—Eso está bien, tío Roque, dijo el Sr. Cura de Santa Catalina

—Pasemos de la Caída, continuó el tío Roque, pues me estaría hablando de ella todo el día. En la Verónica ha hecho D. Francisco una desconsolada mujer que siente instintivamente los misterios que nadie le ha revelado, y presiente en su corazón que aquel rostro que lleva estampado en las tocas de su cabeza será el consuelo de los que padecen en el mundo y que a aquella imagen sangrienta volverán sus ojos todos los que sufren, todos los que lloren, todos los que recorran en la vida la —9— misma calle de la Amargura que recorrió Jesús.

— ¡Tío Roque! habla V. como un padre predicador, dijo el Sr. Riquelme.

 — Ya sabe V. Dr. D. Antonio, que yo he tenido algunos principios, que fui a la Compañía[7], y allí aprendí la gramática latina, por cierto, que este chirlo[8] que ve V. que tengo en la nariz me lo hizo el Padre Toribio, el maestro de primer año, que me tiró un bonetazo[9] porque me atranqué en el«quis vel quid», que me caí al suelo sin sentido.

 — Aquellos Padres lo entendían bien; según la máxima positiva de que la letra con sangre entra[10],— dijo el Sr. Cura.

 — No sucede ahora lo mismo— continuó el Sr. de Vinader— pues en la Purísima lo más que se permiten con los estudiantes es arrancarles alguna oreja.

 — Cosa conque yo no estoy— dijo el tío Roque que mejor método el que sigue el Padre Calixto, de San Fulgencio, con sus estudiantes; cuando un colegial no sabe una lección, le hace escribirla en una torta, por encima de la cara da la gracia de Dios, después le hace que se la coma toda, y de este modo les mete el latín dentro del cuerpo y les hace digerir las conjugaciones...—10—

¡Buen método, tío Roque! Pero siga V. con los pasos de Salzillo... aunque muy pronto los vamos a ver, porque ya parecen que intentar abrir la puerta para sacarlos.

 — Estaba V. en la Verónica...

—Sí, es cierto; yo puedo dar tantos detalles porque puede decirse que he asistido al engendramiento de estas esculturas… Como vivo aquí tan cerca de D. Francisco, en cumpliendo con mi obligación de campanero de Santa Catalina, y en dándole cuerda al reló de dicha Iglesia, que es el reló oficial de la ciudad... ya estoy despachado...y entonces me vengo aquí, casa de D. Francisco a verle trabajar, me siento enfrente de él y estoy de hito en hito mirándole como me dice D. Francisco: «Tío Roque ponga V. cara de admirado”—“Tío Roque, ponga V. cara de traidor”. —“Tío Roque, míreme como si le diera lástima ver me…”

—Eso es que busca la verdad en la naturaleza, dijo el Sr. de Vinader.

—El otro día me dijo “tío Roque, lo voy a poner en cueros de medio cuerpo arriba, de rodillas, y dándose golpes en el pecho con una piedra…”— 11—

 — Es que le han encargado un San Jerónimo para el convento de San Pedro de la Ñora.

 — Pues yo creí que iba a servir de modelo para una Magdalena arrepentida...

 — ¡Buena hubiera estado! dijo Vinader.

 — Pero continúe V., tío Roque, dijo el Sr. Cura.

 — Pues decía que, como yo soy un asistente diario y útil al taller de don Francisco, estoy perfectamente enterado de todo; miren Vds.: el San Juan Evangelista que ha hecho, no va a gustar a algunos, porque como la gente está acostumbrada a que los San Juanes sean bonicos, con las caras redondas, rosados, en fin, que parezcan mujeres; este que ahora ha hecho D. Francisco para la ermita de Jesús, tiene cara y cuerpo de hombre; no tiene la belleza de la mujer, pero tiene la del hombre de los veinte años; le apunta el bozo, nácele la barba, en fin, se está viendo que es un hombre joven y no una mujer. Estas son las efigies que tiene hechas D Francisco Salzillo y las que van a sacar ahora mismo… —12—

 — Pero ¿y la Dolorosa?— preguntó el Sr. Cura de Santa Catalina.

 — Yo le diré a V. la Dolorosa está sin concluir; la ha empezado varias veces, y, yo no sé qué es lo que le pasa que apenas ha dado dos o tres golpes de gubia a lo que ha de ser la cara de la Virgen, se queda pensativo, mirando los rasgos incipientes y sin duda, no le gustarán cuando enseguida deja su obra en un rincón y tira la herramienta con cierto mal humor. Ayer presencié yo esa escena; por cierto que al dejar la escultura me dijo: «No es esto, tío Roque»— ¿Qué?— le dije yo; a lo que me contestó nuevamente: «Que no es esto.»

 A este punto del diálogo llegaban nuestros interlocutores, cuando se abrió la puerta grande del taller de Salzillo, y apareció el magnífico paso de la Cena, todos los que estaban en la placeta y los que llenaban los balcones vecinos se descubrieron, manifestando en sus semblantes el asombro que les producía la vista de aquella sagrada mesa, en la que con tanto m movimiento y vida se copia el banquete divino, en que Jesús se despidió de sus apóstoles, dejando su sangre y su cuerpo para que fuera la verdadera bebida y el verdadero pan de la vida.—13—

 Después de la Cena salieron las demás efigies, por el orden en que el tío Roque las ha descrito, y cada una iba produciendo en el concurso la misma admiración, hasta el punto de oírse gritos, vitoreando al insigne escultor m murciano.

 Salzillo salió de su casa detrás de la última efigie. Y, al aparecer en su portal el Tío Roque se abalanzó a él, le abrazó y lo levantó en alto, entre los gritos de entusiasmo del pueblo.

 Todos se pusieron en marcha detrás de las efigies, que por la calle de Vinader, salieron a la de Riquelme, y de esta a la del Junco y a la de San Nicolás, para la plaza de San Agustín. Salzillo iba presidiendo aquella procesión, en la que el pueblo iba haciendo su apoteosis.

Era Salzillo de regular estatura, robusto, de continente respetable. Tenía la cara casi ovalada, llena; su color sano; sus ojos pardos, su mirar tranquilo. Ancha y levantada la frente. La nariz aguileña. Vestía de negro y lucía en su pecho el distintivo de familiar de la Inquisición[11].

  Tenía Salzillo, al presentar sus efigies al pueblo de Murcia, algo de revelador; parecía que había abierto los cielos y presentado a la religión de Jesús hermosa — 14— dulce, consoladora, como era ella ciertamente. El pueblo estaba acostumbrado a adorar al Salvador en efigies feas, mortecinas, absurdas, llenas de sangre y de horrores, y lo veía ahora embellecido por el arte, en armonía con la piedad. El Jesús realizado por Salzillo, era el Divino Nazareno, era el Buen Pastor, era el Samaritano que cura las heridas con el bálsamo del amor, era el Cristo que daba de beber a la mujer de Samaritana los torrentes de agua purísima que extinguía la sed eternamente, era el Dios bueno, el Padre celestial; no el Dios del miedo, el que sacude el rayo y pone en la diestra del ángel exterminador la espada de la venganza.

 ¡Bendito sea Salzillo!

 Más influencia ha tenido el inmortal escultor con sus efigies en la educación religiosa de este pueblo, que todos aquellos frailes no siempre ilustrados, que sermoneaban horrores, en latín y en otras lenguas, al pueblo piadoso.

 Así lo entendió el pueblo de Murcia al ver por primera vez las efigies de Jesús. Todo el tránsito, desde la casa del escultor basta la ermita de San Agustín fue una carrera de inmortal gloria… —13—

 Las mujeres salían a los balcones y se arrodillaban delante de tanto prodigio, diciendo a sus hijos: «Mira al Señor, mira, ¡qué hermoso! »— Los niños, habiendo visto a Jesús en un paso, lo reconocieron en los demás, y a su vez decían a sus madres: «Madre, el Señor»— Y cuando pasaba, finalmente, el artista, todos lo señalaban con el dedo.

 Cuando llegó la comitiva a la plaza de San Agustín, estaba ésta llena. Los frailes agustinos ocupaban los balcones de la fachada de la iglesia, y todos los demás balcones y ventanas de la plaza estaban llenos. Las campanas del convento las de Jesús y las de San Andrés, repicaban locamente.

 Al principio se creyó que el paso de la Cena no podía entrar por la puerta de la ermita, y casi era cierto, porque, lo mismo entonces que ahora, es una operación comprometida, la de sacar y entrar el dicho paso; y se dice, aunque no sabemos de cierto, que a un nazareno le costó la vida el haberse descuidado en la maniobra que tan hábilmente dirigió el tío Bartolo, dirige ahora su hijo v dirigirán indefinidamente los hijos de sus hijos.

 El Padre Guardián[12] de San Agustín, que, por cierto era un reverendo de muy—16— mal genio, daba gusto de oírlo hacer el elogio de las esculturas que veía pasar.

 Al ver la Cena dijo; ¡Bonorum!

 Al ver el Prendimiento: ¡Bonorum! ¡Bonorum!

 Y al ver la Caída y la Oración del Huerto, estuvo un buen rato diciendo; ¡Bonorum! ¡Bonorum! ¡Bonorum! ¡Booonoooruuum!

 Sin embargo, no saludó a Salzillo, por ciertos piques que el convento tenía con el Bailío[13], que había edificado la ermita de Jesús, y de quien el escultor era gran amigo.

 El Bailío estaba dentro de la ermita, y aunque él ya tenía vistas y muy vistosas efigies, no podía contener su admiración al verlas ya dentro de la capilla que había construido para que sirviera de enterramiento a él y a su familia y así es que esperaba a Salzillo en medio del templo para abrazarlo allí delante de todo el mundo. Y así fue en efecto. El célebre Bailío estrechó entre sus brazos al escultor, y ambos derramaron ternísimas lágrimas.

Aquel día fue el más feliz de la vida de Salzillo. Él, que no había querido ir a Madrid a trabajar en el Real Palacio, ni admitir plaza en la Academia[14], ni destino alguno retribuido —17—con que le brindaban la munificencia real y los que conocían el mérito del escultor dio por bien tenido su cariño a esta ciudad, que le ofrecía tan gratas y espontáneas muestras de estimación y aprecio.

 En este momento de gloria para el escultor murciano, debemos recordar algunos datos de su vida. Pocos son indudablemente los murcianos que no conocen en todos sus detalles la biografía del insigne artista; pero, con todo, no está demás popularizar hasta donde sea posible cuanto la tradición nos ha legado.

D. Francisco Salzillo y Alcaraz nació en Murcia el día 12 de mayo de 1707.

 Fueron sus padres D. Nicolás y Dña. Isabel, su padre nació en Italia, en Capua, de donde vino a España, avecindándose en Murcia en el último tercio del siglo XVlI, y su madre, hija de esta ciudad.

 Como todos los grandes talentos, en general, dio Salzillo desde sus primeros años inequívocas muestras de su disposición para el arte de su padre, y éste, que quería cimentar convenientemente su educación artística, además de enseñarle cuanto él sabía, que era bien poco, pues el arte de esa época era una rutina vulgar, empírica, recetaria, que nada —18— dejaba ni buscaba en la inspiración, confió a su hijo, para que le enseñara, el dibujo, al presbítero D. Manuel Sánchez[15], afamado pintor murciano.

 D. Manuel Sánchez es uno de los pintores murcianos sobre quien pesa más tupido el polvo del olvido. Solamente por haber sido maestro de Salzillo, tiene derecho a nuestro respeto, y  a que su memoria no sea olvidada. Muchas fueron, según los autores, que de estas cosas se ocupan, las obras del respetable sacerdote D. Manuel Sánchez; las más de ellas se han perdido, o al menos no se sabe su paradero. Hoy solo podemos admirar el «San José» del camarín de la capilla de este santo en la plaza de Santa Eulalia, propio del gremio de carpinteros, y un gran cuadro que representa “El Calvario”, que está escondido en San Nicolás en la capilla llamada de Pajarilla.

 Este dichoso maestro no solo educó a Salzillo en los principios del dibujo, sino que infundió en su alma la acendrada fe religiosa que irradian todas sus esculturas.

 Cuando más holgadamente se entregaba Salzillo al estudio, una desgracia irreparable, la muerte de su padre, vino a cortar el curso de su carrera, y a — 19— obligarle a trabajar afanosamente para ganar el pan de su huérfana familia. A los veinte años perdió Salzillo a su padre, quedando constituido en amparo y sostén de su madre y hermanos. Con lágrimas en los ojos empezó a trabajar nuestro artista, poniendo sus manos en un tronco que su padre dejó apenas desbastado, y que fue después la bellísima imagen de Santa Inés, que se conserva en la iglesia de Santo Domingo. En esta su primera obra, ya manifestó el hijo cuanto excedía en mérito a su difunto padre.

 Para perfeccionarse en el arte, deseó Salzillo pasar a Roma; pero las obligaciones sagradas que desde tan temprano pesaron sobre él, no le permitieron satisfacer tan justo anhelo, teniendo que resignarse a tener, por único modelo, el de la naturaleza, y por guía la luz de su genio.

 En pocos años crece su fama con el mérito de sus obras.

 Su casa se convierte en un taller, y bajo su acertada dirección, de aquellos infortunados huérfanos, nace una familia de artistas, cuyas virtudes y cuyos talentos parece que bendice Dios.

 D. José Salzillo trabajaba la madera de primera mano, y aún acabó algunas esculturas— 20— de piedra, como son los dos grandes medallones de la fachada de San Nicolás.

 D. Patricio Salzillo estofaba las efigies con singular arte y las daba esa encarnación propia e imborrable que todavía no se ha podido sobrepujar ni imitar siquiera.

 Cuando estos hermanos estaban más satisfechos y habían salvado con su tía bajo los apuros de la orfandad, murió su madre; y al poco su hijo José, que a la sazón tenía treinta y dos años.

 Nos parece que entonces se dispersó aquella familia. Inés contrajo matrimonio; Patricio se hizo sacerdote y fue nombrado capellán del Ayuntamiento en cuya capilla decía misa a los señores regidores antes de comenzar las sesiones.

Salzillo contrajo matrimonio con doña Juana Vallejo y Taibilla, hermosa y gentil mujer de distinguida familia.

 Trabajaba con increíble constancia, de tal modo que parece imposible que un hombre solo pudiera concluir el número de esculturas que hizo.

 Y no solo esto, sino que estableció en su casa una academia, escuela, enseñanza —21— de dibujo, o como quiera llamársele, primer centro de instrucción de la bellas artes de que hay memoria en esta ciudad, y en el cual eran profesores Salzillo, y los pintores notables sus contemporáneos, y al que asistían, entre otros, D. José López y D. Roque López[16], escultores, que habían de continuar, si no la gloria, al menos la escuela de Salzillo.

 No terminaremos este trabajo sin dar a conocer a nuestros lectores cuantas noticias nos sean conocidas de la vida y obras de Salzillo; pero por el momento tenemos que volverá nuestra narración.

 Tenemos al insigne escultor en la gestación de su gran obra, cuando la madera se le resistía a realizar la gran figura que él veía en su imaginación con los magníficos rasgos de la Madre Dolorida de Jesús.

 Cuando el pueblo le aclamaba y le victoreaba (sic.) como gran artista, él se sentía todavía empequeñecido, acobardado; y había cifrado su verdadero triunfo en realizar la escultura de la Dolorosa.

 Lo dejamos en la iglesia de Jesús, y allí lo encontraron nuestros amigos don Antonio Riquelme, D. Francisco Vinader y el tío Roque, los cuales, como amigos —22— y vecinos, le acompañaron hasta su casa casi silencioso, porque el artista iba en esa extraña distracción que produce el tormento o la preocupación de una idea fija.

 El tío Roque iba detrás de los tres señores, que en aquel tiempo se guardaban respetuosamente las distancias, y por nada del mundo, se hubiera permitido al campanero de Santa Catalina alternar en la calle con caballeros principales.

 Juana, la mujer de Salzillo, salió a la puerta a recibir a su marido, y se notaba en su rostro que habían rodado por él las lágrimas de la satisfacción. Efectivamente, Juana estaba enamorada de su marido, y en aquel día, el orgullo de haber dedicado su amor, su vida y su suerte, a un hombre, a quien rodeaba tan esplendorosa aureola de gloria, había conturbado tan dulcemente su corazón que estaba como enajenada.

 Los caballeros Riquelme y Vinader se despidieron en la puerta del escultor y solamente, y como última palabra, el de Vinader le preguntó:

 ¿Estará la Dolorosa concluida para Semana Santa?

 — Sí; contestó secamente Salzillo.

Cada uno se fue a su morada, incluso el tío Roque, que vivía en el callejón sin salida que hay a la espalda de la casa.

 Salzillo entró en su taller: hasta allí entró con él su mujer, la que mirándolo fijamente y con una expresión de ternura amantísima, consiguió que Salzillo la abrazara cariñosamente.

 En aquel abrazo nació la imagen de la Dolorosa.

 El artista bebió en los rasgos del rostro hermoso de su mujer la inspiración divina, y comprendió que haciendo aparecer en él, siquiera fuese por un momento, las señales de una gran pena, tenía hecha su difícil escultura.

 Con esta idea, que cruzó por su mente con la celeridad y el brillo de un relámpago, rechazó los brazos de su mujer con un movimiento brusco, inesperado, y le volvió la espalda.

 La mujer se quedó absorta, sin saber lo que era aquello, con temores, con celos, con miedo, con todas esas nubes que se levantan en el corazón y presagian una gran desgracia.

 Súbitamente siguió a su marido, que había salido del taller, y no pudiendo sufrir ya la duda le preguntó:

 — ¿Qué tienes?

— No sé lo que tengo, le contestó él....

 — ¿Te has puesto malo?....

 — Malo del alma estoy, Juana....

  —Tú, que tienes la satisfacción de que Murcia entera alabe tu nombre, que los grandes tienen a honor el visitar tu taller, que hasta los niños te bendicen, que hoy has conseguido la inmortalidad, que me has proporcionado a mí la más grande de las satisfacciones que puede tener el corazón de una mujer... tú ¿estás malo del alma?

 — Sí: tú, Juana, no me amas...

 — ¡Que no te amo!

 — No: lo he sabido; eres perjura, traidora, indigna, miserable.... ¡Necio de mí! Yo te había creído pura.... yo te guardaba en mi corazón un tesoro de amor jamás exhausto, yo te dedicaba todos mis pensamientos soñaba en ti.... y tú eras mi dicha… mi alegría.... por ti ambicionaba la gloria— por ti tener nombre,... y ser respetado y admirado por los demás; y tú, en cambio, Juana, me desprecias, no me amas ¡ay!...

 Salzillo se exacerbaba; levantaba las manos amenazantes, y sus ojos despedían llamaradas, como de celos.

 Su esposa de pie delante de él, con los brazos abiertos, con la mirada puesta en el cielo, con la boca entreabierta para dar fácil salida a los suspiros de su pecho, pálida, inclinada su cabeza por el peso de su inmensa desgracia, estaba hermosa, como la imagen del dolor.

 Salzillo en aquel momento abarcó de una mirada aquella imagen, cogió y grabó en su mente los rasgos dominantes de aquel hechicero rostro, y cuando esto hubo hecho, se arrojó amoroso sobre su esposa, y con las más dulcísimas caricias, estrechándola contra su pecho, le dijo:

 — Perdóname; he querido probar tu amor, porque sin él, no puedo ser feliz.

 Tú sabes que eres mi cariño, mi felicidad, el espejo en que me miro.

 —¡Lo qué be sufrido en un momento! dijo Juana, dejándose caer sobre una silla.

 —Juana, alégrate: voy a hacerte una revelación, que indudablemente disipará el rencor que pudieras guardarme por las palabras que te he dicho.

 — Habla.

 — Mira: del dolor que te he hecho experimentar un momento, han brotado los rasgos desconocidos que necesitaba para hacer la imagen de la Madre de Jesús y de los Dolores; mañana cuando el pueblo de Murcia adore a esa imagen, tal vez ignore, que el pobre artista que la hizo, no encontrando modelos en su imaginación, tuvo que poner en tortura el corazón de su amante esposa, para hallar en su rostro algo, siquiera fuese humano, que diese un trasunto de lo divino. Tu dolor, pues, de un instante, esposa mía, vivirá eternamente, confundido y amalgamado por mí en el dolor de la Virgen de Nazareth.

 La mujer de Salzillo quedó anonadada y sintiendo en su pecho levantarse el mismo sentimiento de grandeza que sintió María, cuando en la visita de su prima pronunció aquella magnífica inspiración que empieza: «Me hizo a mí grande El  que es poderoso.»

 Juana besó humildemente la mano de su esposo, y adoró al artista.

 En esto se oyeron voces en la puerta. Era el tío Roque, que venía, con su presencia, a poner término a aquella encantadora escena.

 —D. Francisco, vengo dispuesto a poner cara de Dolorosa, si V. quiere.

—Hombre, si no tuviera V. ese chirlo en la nariz, ni esas pintas de viruelas —111— esas arrugas, ni le faltaran a V. tantos dientes, ni tuviera V. el pelo tan blanco, el cuello tan largo, ni la nariz tan saliente, ni las cejas tan cerdosas, ni las orejas tan grandes... puede que me sirviera V.

 — Pero entonces, ¿es que se va a quedar la Virgen sin hacer?

 — La virgen está aquí ya— dijo Salzillo poniendo su mano sobre su frente— y entró en su taller, donde se puso a trabajar con el sublime ardor de la inspiración. Con cada golpe que daba en el tosco leño, brotaba un rasgo, se esbozaba una línea, se fijaba un detalle; parecía como se animaba la madera.

El tío Roque, de pie, enfrente del escultor, seguía con ojos atónitos el movimiento de la gubia[17]. Para Salzillo no existía entonces mas que el ideal grabado en su fantasía y la madera donde se iba reproduciendo.

 La esposa amante aproximóse, sin ser oída, al taller, y sin que su embebecido esposo lo advirtiera, admiró un momento la naciente escultura, y se salió.

 El tío Roque, no queriendo servir de distracción, y precisamente porque el artista tampoco lo miraba, abandonó el taller lentamente.

A los tres días de esta escena, hallábanse reunidos en el taller de Salzillo los cuatro personajes que nos son conocidos: D. Francisco Vinader, D. Antonio Riquelme, el Sr. Cura de Santa Catalina y el tío Roque.

 Sabían que Salzillo había concluido su Dolorosa, y querían admirarla.

 El tío Roque, que había visto terminar en aquel taller cuantas esculturas habían salido de él, no había asistido a la  terminación de aquella obra magna y sentía cierta desazón, cierto prurito de envidia, por no poder referir detalles a los señores.

—Tenemos entendido que es una obra magna, Sr. D. Francisco,— dijo el señor Cura.

 —¡Que deja atrás a todas las demás— añadió el de Vinader.

 — Yo le ofrezco a esa imagen la primera ropa que se ponga— dijo Riquelme.

— Y la primera salve, cuando esté bendita,— concluyó el tío Roque.

La primera ropa ya no puede ser, contestó Salzillo, porque la primera que lleva esta imagen, que ya está vestida es de mi esposa….

 — Pero enséñenosla V., D. Francisco.

 La escultura de la Virgen estaba allí cubierta con un gran paño, a través del —29— cual se conocía únicamente que tenía sus brazos abiertos.

 Salzillo llamó a su mujer, porque quería hacer la presentación de su imagen predilecta a aquellos amigos con cierta solemnidad.

 Rodearon todos la imagen, y el escultor la descubrió a los ojos de todos, que quedaron atónitos ante aquella maravilla, descubriendo respetuosamente sus cabezas.

 El tío Roque estuvo cinco minutos con la boca abierta.

 El Sr. Cura abrió desmesuradamente los ojos, al mismo tiempo que aspiraba un delicioso polvo de rapé.

 Pasada la impresión primera, todos se deshicieron en nuevos y repetidos elogios del escultor, y en alabanzas de su flamante imagen.

 Hemos dicho que todos se deshicieron en elogios de Salzillo, y no es cierto; el tío Roque estaba callado, fijando alternativamente sus ojos ya en la cara de la Dolorosa, ya en la esposa del escultor.

El pobre campanero encontraba una relación, cierta semejanza, entre los dos rostros, que no sabía explicarse.

 Últimamente, después de muchas dudas y vacilaciones, se atrevió a decir — 30—

— D. Francisco me parece a mí, que quien ha puesto cara de Dolorosa para hacer esta imagen ha sido su esposa.

 Juana bajó pudorosamente sus ojos.

 

 NOTAS.

Hasta mil setecientas noventa y dos efigies  se han  contado de este incansable maestro, repartidas en todas las iglesias del obispado, en las de Alicante, Almería y Albacete. Merecen particular mención las siguientes:

En Murcia, las de la ermita de Jesús, para la cual hizo su obra maestra los «Pasos de la Pasión».

Según Ceán Bermúdez la obra maestra de Salzillo es el «San Jerónimo» que hizo para el convento de dicho santo cerca de la Ñora.

Cuéntase por tradición que Salzillo se prendó de esta efigie y cuando iba terminándola se negó anticipadamente a que saliera de su casa, poniendo los frailes de dicho convento un guardia a la efigie para que no pudiera sustraérsela, obligándole además por justicia y otros medios a que la terminase.

 Existen además en esta  ciudad, en la iglesia de Santo Domingo: Santa Inés, su obra primera, empezada por su padre; Santo Tomás de — 31 — Aquino, San Vicente Ferrer, Santa Catalina de Rizzis, San Pío V,  San Francisco de Asís,  Santo Domingo, San Pedro Mártir y San Gonzalo de Amaranto, magnífica escultura profanada por manos inicuas.

En iglesia de San Pedro: el titular y la bellísima Santa Bárbara.

En San Esteban: seis arcángeles del retablo de la Iglesia destruida de San Miguel; dos ángeles del retablo de San Nicolás de dicha iglesia; San Francisco, una Concepción. °

 En San Bartolomé: la imagen del santo  apóstol titular, la Virgen de las Angustias con  Jesús muerto en sus brazos, precioso grupo de una sentida ejecución, San Eloy y otros.

 En Santa Clara: San José, la Concepción,  dos ángeles en el primer cuerpo del altar mayor de la  santa titular.

 En la Purísima: la graciosa de Nuestra Señora,  sobre las nubes y adornado de ángeles el trono.

Varias efigies en las iglesias de  Santa Ana, Agustinas, Madre de Dios, Santa  Isabel, Santa Teresa, San  Juan de Dios, la Merced, Santa Eulalia y Santa Catalina. Son las estatuas de la fachada principal de  Catedral, y de sus manos también salió un crucifijo que  presidía las deliberaciones del  Santo Oficio que ocupa hoy mejor lugar dentro del coro de la iglesia Catedral.

En Cartagena: en  Santa María, una Dolorosa San Juan Nepomuceno, La Samaritana, La oración en el Huerto. En la iglesia de Francisco de dicha ciudad hizo: San José  con el Niño Jesús, San Pedro de Alcántara. En la Caridad: Cristo en la Agonía. En la de San Mateo: La Virgen de las Angustias. Iglesia de Santiago: la Divina -32- Pastora. Iglesia de Santo Domingo,  la Aurora y  la Virgen de Belén. Para los Padres Mercenarios, San Pedro Nolasco, San Fulgencio y San Jerónimo.

 En Almería: San Indalecio, sobre un trono de nubes con ángeles y serafines, y una Virgen de las Angustias.

 En Orihuela: Parroquia de Santiago: una Virgen, San José, San Vicente Ferrer, San Luis Bertrán; en el Carmen, la Virgen en trono de nubes con ángeles; y en las Capuchinas, la da San Fidel.

 En Alicante: una Virgen de las Angustias, y San Juan de Dios.

 En Alcantarilla: la Virgen de la Aurora,  San José, y Jesús Nazareno.

 Además hay esculturas de Salzillo en Baza, Chinchilla, Villena, Albacete, Yecla, Alhama, Monteagudo, Alberca, Aljezares, Ega  Alta, Albudeite, Mula, Totana, Peñas de San Pedro, Fuente-álamo, Mazarrón, y en los  Santuarios de la Luz y Santa Catalina del monte.

 Casi todas las iglesias de estas provincias  limítrofes y todas las de Murcia, conservan el  nombre de Salzillo. Bien haya el artista que  ha sabido satisfacer el sentimiento religioso de  esta región, imprimiendo a sus obras el sello de la fe y la dulzura inefable de la religión  cristiana. Lástima que el honor que tributamos a su memoria no podamos ofrecerlo sobre  sus mismos restos. contentémonos con poder  decir al entrar en la iglesia de las Capuchinas; «aquí están los huesos del gran escultor  murciano que fue en vida D. Francisco Salzillo y Alcaraz.»

 

 

Edición: Pilar Vega Rodríguez

 

FUENTE

 

Martínez Tornel, José. “La Dolorosa de Salzillo”, Cuentos y tradiciones murcianas, Murcia, El Diario, 1880, pp.4-32.

 

 

 

 

NOTAS

 

 

[1] El lugar donde se guardan los pasos de la Semana Santa.

[2] Príncipe, en el sentido de principal o primero.

[3] Cantear: dar de canto, de lado.

[4] Dormijosos: creación léxica para indicar “dormilones”.

[5] Pezuñas: en sentido burlesco, pies de los animales, así es como se moteja a los apóstoles.

[6] Soñarra: creación léxica por “soñarrera”, sonnolencia.

[7] La Compañía de Jesús.

[8] Chirlo: señal o cicatriz.

[9] Bonetazo: golpe dado con el bonete, o sombrero que solían llevar los clérigos; evidentemente no podía hacer gran daño.

[10] La letra con sangre entra: un dicho usual entonces. Aprender cuesta esfuerzo, y a veces castigos.

[11] La función del “familiar” era la de informar.

[12] Superior de los religiosos.

[13] Bailío: caballero profeso de la Orden de San Juan.(Diccionario de la lengua española, RAE)

[14] Academia de Bellas Artes.

[15] Manuel Sánchez Molina:

[16] Padre e hijo.

[17] Gubia: instrumento utilizado por los carpinteros y otros artífices para labrar superficies curvas. (Diccionario de la lengua española RAE)