DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Historias y leyendas 1889. [s.l.] [s.n.] Madrid Imp. de la Viuda de M. Minuesa de los Ríos .

Acontecimientos
Cuento de hadas.
Personajes
Dona d´aigua
Enlaces
La torre de los Encantados
Balaguer, V. (1857). Guía de Barcelona á Arenys de Mar por el ferro-carril. Imprenta Nueva de Jaime Jepús y Ramón Villegas.
Balaguer, Víctor (1896) Historias y tradiciones: libro de excursiones y recuerdos.p.61
García de Diego, V. (1958) Antología de Leyendas de la literatura universal, Labor. I, 385
Manent, X. R. (2001). “Les llegendes de la Dona d'Aigua”. Monografies del Montseny, (16), 173-184.

LOCALIZACIÓN

CALDETAS

Valoración Media: / 5

 

La torre de los encantados.

Se eleva sobre un cerro que tiene todas las cualidades de monte, junto a la hermosa villa de Caldas de Estrach, llamada vulgarmente Caldetas, es decir, Caldas pequeña.

Es Caldas de Estrach o Caldetas una villa risueña y alegre, de blancas y graciosas casas,  a orillas del mar, en nuestra costa catalana de Levante, a poca distancia de la ciudad de Mataré, y unida hoy a Barcelona por el ferrocarril que desde la capital de Cataluña se dirige a Francia.

Cuando estuve yo por primera vez en Caldetas no existía aún vía férrea, y el viaje, en que hoy se emplea algo menos de dos horas, ocupaba entonces casi todo el día, siendo ciertamente viaje muy fatigoso y en muchas ocasiones de gran riesgo. La carretera, que no era muy buena, carecía de puentes en algunos puntos, y el coche cruzaba el río Besos y las varias rieras[1] que encontraba al paso, aventurándose —374—por inciertos vados, lo cual solía ser muy arriscado y por demás peligroso cuando las aguas venían de crecida.

Así, y con estos riesgos, iba yo todos los años, siendo mozo imberbe, acompañando a mi buena madre, que solía tomar los baños y aguas salutíferas de Caldetas.

El pueblo estaba, y está, dividido en dos, ofreciendo entrambos pintoresca perspectiva.

El uno, el de abajo, se halla en la misma playa, al pie de un monte que parece pronto a desplomarse sobre él, mientras que el otro tiene sus casas al terminar una ladera y en actitud de escalar el monte. Se llama el uno Caldetas de Mar, y el otro Caldetas de Dalt o de arriba. El primero es el pueblo de los marinos; el segundo, el de los montañeses y labradores.

La carretera de Barcelona a Francia dividía en dos mitades el pueblecito de Caldetas de Mar, y en otras dos mitades lo dividía también la riera llamada de Caldetas, formando así una cruz, que tenía por leño el camino y por brazos la riera.

Hoy, esa Caldetas de Mar, que en mi época era sólo una especie de barrio de pescadores, es una villa peregrina, llena de encantos en verano, de animación y de vida. Punto de reunión y cita de distinguidas familias que acuden a buscar la salud en sus famosas —375— aguas termales, tiene cómodos hoteles, preciosas casitas, villas y chalets peregrinos, salas de baile y de concierto, y, a más de su limpia playa, todo lo que agrada y atrae á esas colonias veraniegas que salen de las ciudades en busca de salud para el cuerpo, de solaz para el pensamiento y de vida para el alma.

Puesto que estos artículos, que hoy me ocupo en escribir, están destinados principalmente a recoger tradiciones y costumbres populares que se van, y a consignar datos y noticias folklóricas que ya casi se han ido, debo decir algo muy curioso sobre el nombre de este pueblo.

Suponen algunos que el nombre de Estrach, que este pueblo lleva, lo tenían también algunos otros pueblos vecinos, como, por ejemplo, San Andrés y San Vicente de Llevañeras, que se denominaban Llevaneras de Estrach.

 

Los que asientan esto, afirman que el vascuence fue el primer lenguaje que se habló en Cataluña, y que, en vascuence, la palabra strac, estrac o restrac significa frutal silvestre. De ahí el nombre de Caldas de Estrach.

Los que así piensan explican de este modo la etimología de los nombres que llevan las poblaciones de nuestra costa levantina. Así, por ejemplo: Lloret, dicen, es una voz vascuence compuesta de lor, que significa flor, y —376— de ela, que supone abundancia o frecuencia de alguna cosa, y de consiguiente, Loret, actualmente Lloret, es lo mismo que floresta o lugar abundante de flores. lluro, dicen (nombre antiguo de Mataró), es una palabra compuesta de ilia, que en vascuence equivale a población, y de ur, que en el mismo idioma quiere decir agua, significando, por consiguiente, población de agua o cercana al agua. Mata, añaden, es palabra derivada de la vascuence matza, que corresponde a viña, cepa, uva, vino. Borriac o Buriac se compone de la palabra burúa, en vascongado cabeza, y de orriach, que es áspero o estéril.

De estos y otros ejemplos por el estilo deducen que la primera lengua hablada en España, y también naturalmente en Cataluña, fue el vascuence. Puedo no participar de la opinión, pero la consigno.

Dije ya que el monte que se alza junto a Caldetas se halla coronado por la llamada Torre de los encantados.

He ido a Caldetas muchísimas veces, pero sólo una visité la torre, hace ya muchísimos años. La cuesta es pina y el acceso difícil.

Cuando estuve en ella parecióme de construcción morisca. Debió de ser vigía o atalaya de los moros en tiempos de su dominación por esta costa, o más bien, quizá, de nuestros abuelos los reconquistadores cuando querían —377— poner a cubierto de invasiones piráticas los pueblos de la playa.

Estaba bastante bien conservada, y aunque un agujero, remedando una puerta, abría paso al interior, bien a las claras demostraban las piedras allí hacinadas que aquella abertura era reciente. La entrada a la torre sería por medio de una escalera de madera o de cuerda, colgante de la ventana del primer piso.

De tres constaba esta torre, sin escalera ninguna que a ellos condujera ni vestigios de que la hubiese tenido nunca. En el suelo de cada estancia aparecía una abertura cuadrada, y por ella pasaría la escala de cuerdas que facilitaba el ascenso y descenso interior.

Se alzaba la torre en el centro de un patio de armas circular bastante capaz, cerrado por una gruesa muralla almenada que tenía abierta brecha por dos puntos diferentes.

Sirvió de telégrafo militar en las guerras civiles y disturbios de este siglo, y acerca de ella corren en boca del vulgo tradiciones y leyendas.

Pretenden algunos que todos los años, el día de San Juan, es decir, el día de las leyendas, como el cielo sea claro y el sol brillante, la sombra de la Torre de los encantados se refleja a medio día en la plazuela que hay en Mataré delante de la posada de Montserrat. Allí —378—  aparece por breves momentos a dicha hora el contorno de la torre. Es de advertir que Mataró  dista dos buenas leguas de Caldetas.

Dice también otra tradición que antiguamente había un camino subterráneo que desde ella conducía a un punto distante de la playa.

Pudo ser esto, pues la cosa era frecuente en castillos aislados, cuyos defensores hallaban así manera de abastecerse o fugarse al ser sitiados o combatidos.

Por lo que toca a su nombre de Torre de los encantados, se refieren ciertas fábulas, alguna de las cuales pudo tener origen en determinado suceso.

Suponen unos que en tiempos antiguos, a altas horas de la noche, se veían salir torrentes de luz por las ventanas y se oían gritos, cantos, risas y estruendos, acompañado todo unas veces de choque de vasos y botellas, y otras de ruidos extraños y misteriosos, algazara que se achacaba a los demonios o encantados que habían tomado posesión de la torre, convirtiéndola en su morada.

Con esta tradición se acompaña, naturalmente, la que va siempre unida a consejas de esta clase, y es la de suponer que una vez ciertos mozos del pueblo, echándola de valientes, quisieron sorprender los misterios de aquel lugar; pero al llegar al pie del muro salieron en tropel los demonios y los sujetaron, —379— llevándoselos a los profundos infiernos, sin que nada más volviera a saberse de ellos. Desde entonces infundió terror tal el sitio, que nadie se acercaba allí ni subía a la montaña, sobre todo de noche.

Otra versión oí; pero ya ésta me pareció más plácida y peregrina, y más propia sobre todo de encantos y hechicerías.

Había una vez en el pueblo una muchacha que era muy pobre y vivía con sus padres en la mayor miseria. Era, en cambio, muy agraciada y de hermosura singular y extraordinaria.

Un día, sin saberse cómo, desapareció de la casa de sus padres, quienes en vano la buscaron; en vano hicieron diligencias y se valieron de todos los medios posibles para encontrarla.

Cuando ya habían renunciado al placer de abrazarla, llorándola como perdida para siempre, pasado mucho tiempo, la joven se presentó de improviso en su casa, pero no pobre como de allí saliera, no andrajosa y sucia, sino lujosamente vestida, espléndida de belleza, adornada de joyas, portadora de varias arcas llenas de objetos valiosos, y llevando en la mano una cestita de plata con muchas monedas de oro.

Lo que entonces contó la muchacha para explicar su desaparición y escapatoria, fue muy singular y dio mucho que decir a las gentes del pueblo, que se agrupaban para ver —380— la, para admirarla y oírle contar su deleitante aventura, origen de su misteriosa riqueza.

Hallábase una tarde la joven cenicienta sentada en una peña, al pie del monte en cuya cima se eleva la Torre de los encantados, y allí fue sorprendida por las primeras sombras de la noche. Iba a levantarse para regresar al pueblo y a su casa, cuando, de repente, oyó gran estrépito de batir de alas, y vio que descendía de las nubes un águila monstruosa como en ademán de arrojarse a ella. Helada de espanto, cataleptizada por el terror, la pobre muchacha se quedó inmóvil. Abalanzándose entonces el águila, la cogió suavemente entre sus garras y, remontándose, cruzó de nuevo los aires, yendo a depositar a la joven en el patio de la Torre de los encantados. Una vez dentro del murado circuito, la doncella vio con sorpresa cómo el águila monstruosa que allí la trajera se transformaba en un gallardo y apuesto mancebo, el cual le dijo con voz dulce:

— No tengas miedo. No he de hacerte ningún daño. Soy un príncipe que estoy aquí encantado por malas artes de un mago poderoso, enemigo de los míos y enemigo también de la hermosa princesa a quien adoro y de quien por este medio me alejan. Dentro de este recinto puedo recobrar mi forma y mis hábitos, puedo ser yo mismo; cada vez que —381— intento salir me veo transformado en águila; Así permaneceré encantado mientras no venga una doncella, intocada y virgen, a vivir en esta mansión. Y esta doncella debe permanecer aquí, de su propia voluntad y sin ser forzada, hasta el día en que una paloma blanca penetre por la ventana y vuele a ella y le dé con su piquito un beso en los labios. Entonces será cuando yo quede libre y recobre mi ser y existencia de mortal. ¿Quieres tú, de buen grado, ser esta mi doncella salvadora? A mí no volverás a verme en esta forma mientras no recobre mi libertad; pero cuidaré de que nada te falte, y cuando llegue el suspirado día de mi desencantamiento, volverás a tu casa colmada de riquezas.

Prendada la joven del mancebo y de la novedad,  se avino a todo.

Vivió mucho tiempo sola en la torre. Tenía un lujoso aposento, una cama de oro y maderas  olorosas con mullidos colchones de plumas y seda para descanso, arcas llenas de ricos trajes, espejos de plata, todo lo que puede hacer cómoda y feliz la vida; pero no podía salir ni ver a nadie. Estaba ella a su vez allí como encantada.

Cada noche entraban genios invisibles en el departamento, que limpiaban y arreglaban.

Y cada mañana, al levantarse, la joven encontraba una joya más, un dije[2] nuevo, algo que — 382— la entretenía y ocupaba durante todo el día.

Algunas veces oía el batir de las alas, y el águila acudía a posarse en el alféizar de su ventana, mirándola con ojos encendidos y registrando con ellos el interior de la estancia, como para asegurarse de que nada faltaba a la hermosa doncella.

Así se pasaron muchos, muchos días, hasta llegar aquel en que, hallándose al amanecer tendida en recamados cojines junto a la ventana, gozando del sueño del alba, que es el más dulce sueño, oyó un suave batir de alas y vio entrar a una paloma, blanca como la nieve virgen y no hollada del vecino cerro, la cual se acercó amorosamente a su rostro, imprimiendo un dulce beso en sus labios.

En aquel momento retembló la torre en sus cimientos, retumbó un trueno estrepitoso, una nube blanca se extendió por la estancia, y, al disiparse ésta, la joven se encontró delante del mancebo, que había recobrado su forma y que acariciaba la mano de una dama tan gentil como gallarda. Era la princesa a quien el mago había encantado también transformándola en paloma.

Agradecieron los novios a la doncella el servicio que tuvo ocasión de prestarles, y la colmaron de bienes y riquezas, con todo lo cual llevó la dicha y la abundancia a la casa de sus padres. —383—

Y colorín colorado, el cuento se ha acabado.

Pero existe otra tradición que es más bella aún y más grata.

En tiempos muy remotos moraba en la Torre de los encantados una mujer de agua.

Sabido es lo que son las mujeres de agua en nuestras comarcas catalanas del Valles y de los Pirineos. Son infinitas las tradiciones que a ellas se refieren, y algunas conté yo en determinados pasajes de mis libros.

Especie de hadas buenas y bienhechoras, las mujeres de agua acostumbraban a llevar la dicha donde quiera que aparecían.

Nadie ignoraba en la comarca que la Torre de los encantados era morada de una mujer de agua. Se la veía en noches de luna aparecer sobre la plataforma de la torre, con su luenga vestidura blanca y su estrella de plata en la cabeza, y no faltaba quien asegurase haberla visto lanzarse a los aires y, en brazos de ellos, descender a la playa para bañarse en las olas del mar a la luz de la luna.

Pero no obstante la vecindad de aquella huéspeda insigne, y contra todo lo que esperarse debía, la comarca estaba lejos de alcanzar los beneficios que acostumbraban ir aparejados con la presencia de una mujer de agua. Las cosechas iban cada vez de mal en peor, toda clase de calamidades y plagas caía —384— sobre el país, y la miseria y el hambre llamaban a la puerta de cada casa.

Un día la campana convocó al pueblo a concierto, y fueron congregados los vecinos en asamblea general para tomar acuerdo en vista de las desdichas cada vez más crudas y patentes.

Todo el mundo culpaba a la mujer de agua.

Los males habían nacido poco después de aparecer ella, y la opinión general era que debía arrojársela del país y arrasar la Torre de los encantados, por todos entonces odiada y maldecida.

Iba ya a tomarse por aclamación el acuerdo, cuando alzó su voz un anciano, de todos respetado y querido, el cual, con palabras de moderación y consejos de prudencia, les hizo ver cómo era mala consejera la pasión y cómo por el camino de los atropellos sólo se llega al pueblo de las venganzas.

—En vez de exasperar a la mujer de agua— les dijo — y despertar sus iras, pidámosle humildemente amparo y clemencia. Solicitémosla para amiga; no vayamos a rechazarla como  enemiga, y, seguramente, alcanzaremos de su bondad lo que jamás conseguiríamos de su ira.

Fueron atendidos los consejos del anciano, y se decidió que él mismo, al frente de una comisión de prohombres del pueblo, pasara a solicitar el amparo y los favores de la mujer de agua. —385—

Esta no se hizo de rogar; se dignó recibir en el acto a la comisión, como si fuera sencillamente una reina constitucional moderna en época de costumbres democráticas; accedió generosamente a su deseo otorgándoles, su protección, y pidió que fuese congregado el pueblo para el día siguiente a hora del mediodía.

Y, en efecto, a la hora anunciada se presentó en la plaza pública, ante el pueblo, como una simple mortal, y haciendo seña para que se la siguiera, bajó por un camino pedregoso que terminaba en la riera. Al llegar allí, volvióse a la multitud que tras ella se agrupaba, y dijo:

— Por las entrañas de este monte cruza un río de plata. Voy a abrirle paso, y ésta será vuestra prosperidad futura.

Y en seguida, a guisa de Moisés, hirió la peña con una varita, y brotó el golpe de agua salutífera que ha hecho la fortuna de aquellas termas y de aquel pueblo.

Tales son las tradiciones que recogí, referentes todas a la Torre de los encantados, en la pintoresca villa de Caldetas, junto al mar azul y al pie del monte del agua santa.

Fres del Val, Septiembre 1895.

 

FUENTE

Balaguer, Víctor. Historias y leyendas 1889. S.l.] [s.n.] Madrid Imp. de la Viuda de M. Minuesa de los Ríos.

Edición Pilar Vega Rodríguez.

NOTAS

 

[1] Riera: rambla o lugar de avenida del agua.

[2] Dije: joya, adorno.