DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Leyendas vascongadas, 3ª.ed. Juan José Martínez, 1856, pp.123-159.

Acontecimientos
Amor entre un hada y un mortal
Personajes
Maitagarri, Juan de Arpide, Gil de Iturroz
Enlaces

Maitagarri (maite, amor; garrí, digno de), digna de ser amada, premia a los amantes fieles y castiga a los que la traicionan (Boletín folklórico español, 1885, p. 61). Habita los lagos y florestas de Vasconia,  vive en un hermoso palacio y tiene amores con el bello pastor Luzaide dice Pío Baroja, (El país vasco, Txalaparta, 2007: 61). Mencionada en la novela de F. Navarro Villoslada, Amaia o Los Vascos (vol.12, p. 132): vive en una gruta de columnas de cristal;  y en la de Luis Coloma, Pequeñeces (1891); personaje de las Tradiciones vaco-cántabras de Juan V. Araquistáin (1866:97) y de  Arturo Campión,   Euskariana: historia a través de la leyenda (1896:195)

LOCALIZACIÓN

ARTIKUTZA

Valoración Media: / 5

Maitagarry[1]

Iturrioz[2].

El más profundo silencio reinaba en uno de los caseríos de las cercanías de Oyarzun. Pedro Iturrioz, jefe de la familia, robusto montañés de avanzada edad acababa de cenar, y su mujer, más joven que él y en cuyo rostro podían distinguirse algunos rasgos de su belleza primitiva, se mantenía en pie con un vaso lleno de vino caliente en la mano, aguardando a que su marido tuviese á bien dirigirla la palabra.

El jefe hizo una señal y la mujer puso en sus manos el vaso de plata con cierto ademan que indicaba a la vez ternura y respeto. —124—

Luego colocó sobre la rústica mesa un cestillo lleno de olorosas frutas y se sentó al otro extremo con la rueca a la cintura, hilando silenciosamente un finísimo, lino que más tarde había de convertirse en manteles, sábanas y camisas perfumadas, que tanto abundan en los caseríos vascongados.

En otro rincón de la cocina, dos muchachas jóvenes dotadas de singular belleza, hablaban en voz baja terciando en la conversación un rapaz como de quince años que se mantenía con la cabeza descubierta.

Un sillón de baqueta[3] guarnecido con gruesos clavos de bronce, se veía desocupado bajo la campana de la chimenea a la derecha del hogar. Este cuadro de familia lo iluminaba la hoguera del fogón, y la luz brillante de una hacha de resina colocada en una argolla de hierro.

El jefe partió una manzana, dio la mitad a su esposa, y apurando las dos terceras partes del contenido del vaso invitó a la omiget á que lo concluyese. Hízose así, sin hablar una palabra. El montañés entonces descubrió su venerable cabeza, a cuya acción se levantaron cuantos en la cocina estaban: santiguóse, murmuró una oración a la que hicieron coro los demás, y fue a sentarse en el sillón de baqueta. Una de las muchachas retiró la mesa, guardó el blanquísimo mantel doblándolo cuidadosamente, y toda la familia se colocó junto al fuego.

La ama de casa hilaba, las muchachas formaban madejas recogiendo el hilo en unas aspas de madera, el joven afilaba un cuchillo de monte, mientras Pedro Iturrioz, apoyados los codos en los brazos del sillón, parecía estar preocupado.—125—

Las miradas de los circunstantes se centraban en el semblante del patriarca, cuyos ojos se iban cerrando paulatinamente. La esposa hizo entonces una seña imperceptible: cesó la conversación de ras doncellas, y el mancebo entonó con voz muy baja una canturía[4] sencilla y monótona, cuya cadencia marcaban las tres mujeres moviendo las manos. Esta melodía debió obrar poderosamente en el anciano, puesto que inclinó del todo la cabeza quedándose profundamente dormido.

Por entre los resquicios de la puerta entreabierta, penetraban algunos rayos de la luna, que iluminaba a un magnifico paisaje de árboles frondosos y montañas gigantescas; el murmullo de una fuente se dejaba oír imprimiendo a este tranquilo espectáculo un encanto, desconocido.

Largo rato permanecieron de este modo, hasta que el anciano dijo repentinamente:

—Repíteme, Antonio, lo que has oído en la montaña.

El joven dejó su cuchillo, se levantó y contestó respetuosamente.

—He oído, padre mío, que la batalla ha sido sangrienta.

—¿Y no sabes quiénes son los vencidos?

—No me lo han dicho, padre mío.

El anciano se calló. La mayor de las dos doncellas tornóse sumamente pálida, y dejó caer el aspa de madera en que recogía el hilo; fijos los ojos en su hermano, interrogábale con la mirada: pero Antonio esperaba para hablar la orden de su padre.

—Mañana antes de ser de día te encaminarás a la frontera, y no vuelvas a casa hasta que sepas el éxito del combate.—126—

—Así lo haré, padre mío.

—Acércate, le dijo al mancebo.

—¿Qué me queréis? contestó Antonio inclinando la cabeza para escuchar lo que su padre tenía que decirle confidencialmente.

—Gil está con ellos, le dijo con voz conmovida: hermano tuyo es e hijo mío: pregunta, registra el campo, y cuando vuelvas, dime que lo has visto vivo, o que lo has sepultado cristianamente, si es que ha muerto.

—Cumpliré vuestras órdenes.

—Si vive, le dirás de mi parte, que le prohíbo, ¿entiendes? que le prohíbo hacer uso de las armas contra el de Arpide mientras estén enfrente del enemigo.

—Y a mí, padre, ¿me lo prohibís también?

—Sí, hijo mío: los odios, los resentimientos particulares, por profundos que sean, deben acallarse cuando se trata de la salvación de la patria. ¡Maldito sea quien así no lo hiciese!

Levantóse el anciano, besó la frente de las tres mujeres, bendijo a Antonio, y salió lentamente de la cocina. Media hora después dormía con el sueño tranquilo del justo.

Apenas Pedro Iturrioz abandonó la cocina, cuando Antonio se vio cercado por las tres mujeres.

—Tu padre te ha comunicado órdenes secretas que no me es dado saber, dijo la madre con santa resignación. Obedécelas, hijo mío, sin restricción alguna: tu padre debe ser tu Dios en la tierra.

—Así me lo habéis enseñado, madre mía; contestó el joven besándola.

—Y así es, Antonio; pero después del padre, le pertenece —127—a la madre aconsejar a sus hijos. Sentaos, pues, y escuchadme.

Los tres jóvenes se sentaron: la madre entre sus dos hijas, de las cuales la una demostraba una angustia indefinible, mientras la otra la miraba cariñosamente. Antonio, de rodillas delante de Catalina, tenía fijos sus ojos negros en ella: la esposa de Iturrioz jugaba con los ensortijados cabellos de su hijo.

—Antonio, le dijo: un hermano tuyo está peleando en la frontera; su carácter fogoso te es bien conocido: si vive, dile que cumpla con su deber como bueno; pero que no se arroje a empresas temerarias.

—Se lo haré presente, madre mía, contestó el joven.

—Que olvide nuestras querellas particulares para no acordarse de otra cosa sino de que es guipuzcoano, y que sus enemigos son los que lo sean de su patria....

—¡Oh, hermano! no te se olvide esa sabia recomendación— interrumpió la joven que parecía angustiada.

—¿Qué entiendes tú de eso, Inés? le preguntó Antonio mirándola fijamente.

—Es verdad, contestó la joven ruborizándose; poco entiendo, pero creo que la sana razón lo dicta así.

—Madre mía: lo mismo que acabáis de aconsejarme, me lo ha recomendado mi padre.

—¡Loado sea Dios! contestó Catalina. Ahora solo me resta encargarte que no te detengas en el viaje. Recibe la bendición de tu madre, y que Dios os proteja a los dos hermanos. Hijas mías, vamos a recogernos.

Levantáronse todos y salieron de la cocina. El caserío quedó bajo la salvaguardia de las leyes del país y vigilado por un mastín que se tendió junto al hogar. —128—

 

La Bruja De Zaldíñ.


Media noche era por filo[5], cuando se abrió lentamente la puerta exterior del caserío y entró en la cocina una mujer anciana. El mastín alzó la cabeza, lanzó un gruñido sordo, se acercó a la recién venida, la olfateó y volvió a tenderse indolentemente. La mujer arrojó algunas ramas secas al fogón, y una luz brillaste iluminó el hogar hospitalario. La anciana remedó el canto del búho con una perfección inimitable, y muy pronto se sintió un paso ligero que hacía temblar la escalera de madera que conducía al piso superior. Dominica, la más joven de las hijas de Pedro Iturrioz, acababa de entrar y se paró a alguna distancia de la extranjera revelando en su rostro temor y respeto.

— Acércate, Dominica, la dijo la anciana, y siéntate a mi lado.

Obedeció la joven y se colocó en el escaño de madera en que se había sentado su interlocutora. El mastín se acurrucó frente a Dominica, y apoyó la inteligente cabeza en las rodillas.

Aquel grupo iluminado por la luz del fogón, y destacándose del fondo negro de las paredes ahumadas, tenía cierto barniz de hechicería. La anciana, con el rostro arrugado y moreno, sus redondos ojillos de una movilidad extraordinaria, con sus cabellos entrecanos y despeinados, y con su nariz larga y puntiaguda —129—formaba un contraste destacado con las frescas mejillas, los hermosos ojos negros, el talle esbelto y la sonrisa de Dominica

Para completar este cuadro añadiremos que la anciana acercaba su rostro a la frente de la joven, y que el mastín seguía con vista perspicaz todos los movimientos de la bruja.

—Me has llamado, Dominica, dijo esta con voz cascada; y aquí me tienes: ¿qué deseas de mí?

—Deseaba saber, contestó la joven con voz temblona, quiénes han sido los vencidos en la batalla que se ha dado en la frontera.

— ¿Nada más? preguntó la bruja fijando con intención su mirada en Dominica.

— Nada más: volvió a contestar su interlocutora bajando los ojos.

— Bien: abre esa ventana que da al campo.

— Ya está, dijo abriéndola de par en par.

— Ya miré

— ¿Qué ves al poniente?

— Veo una nube cenicienta.

—¿Qué forma tiene?

—Parece el esqueleto de un caballo muy grande.

—¿Qué más observas?

—Observo que la nube se ha partido en dos pedazos.

—¿Cuál de ellos es el mayor?

— El del lado de la cabeza.

—Los franceses y los navarros han sido vencidos, dijo la bruja.—130—

Dominica lanzó un grito de alegría y acercándose a la anciana la dijo.

— ¿Es cierto lo que me anunciáis?

— Tan cierto como te estoy viendo. ¿Quieres saber más?

—Quisiera saber lo que ha sido de mi hermano.

—Voy a satisfacer tu curiosidad. Acerca aquella caldera.

Dominica se apresuró a obedecer.

—Colócala al fuego. Eso es: ahora vete al campo y tráeme raíz de helecho.

Dominica salió del caserío seguida del mastín.

Entonces la vieja pitonisa sacó de su faltriquera un taquito de cuero y de este un envoltorio de trapos. Púsose a desdoblarlo cuidadosamente hasta que descubrió una mano de niño perfectamente conservada; algunos rizos de cabellos rubios y sedosos envolvían aquella mano: de un frasco pequeño de plomo, derramó algunas gotas de licor rojo a la caldera, candente ya por la acción del fuego, y aguardó la llegada de Dominica. Esta no se hizo esperar: entró con un manojo de raíces de helecho en la mano, y cuando se acercó a la anciana, observó que el mastín la tiraba de la ropa.

—Quieto, Moro, quieto: le dijo. No parece sino que quieres solazarte aun a los rayos de la luna. Aquí tenéis, prosiguió Dominica, entregando el manojo de yerbas a la vieja.

—¿Estaban a la sombra cuando las has recogido? la preguntó examinándolas.

—A la sombra de un nogal.

—Bien está. Siéntate ahora en el escaño y fija toda tu atención en la caldera.

La pitonisa echó las raíces bien mondadas en el caldero, cuyo contenido comenzó a hervir. —131—

Pocos instantes después elevóse una llama azulada, cuyo resplandor, reflejando en los muebles de la cocina, les hizo cambiar de color.

—¿Qué ves? dijo la bruja.

—Veo a mi hermano cubierto de sangre y dormido tranquilamente. Veo muchos cadáveres tendidos en el campo de batalla. ¡Ah! exclamó de repente.

—¿Qué más ves?:

—Veo a Juan de Arpide dormido también a alguna distancia. Hay muchas fogatas, diviso a las centinelas.

—Mira ahora a tu hermano: ¿qué hace?
—¡Dios mío! exclamó Dominica palideciendo.
—¿Qué sucede?

—Mi hermano se levanta, desenvaina la espada y se acerca cautelosamente a Juan de Arpide.

—Tu hermano y el de Arpide se batirán entre sí y su sangre correrá, dijo la bruja con voz siniestra. ¿Qué más ves?

—Nada más, contestó Dominica, temblando.

—Vuelve, el rostro a la pared, prosiguió la bruja, observa bien las figuras que hay dibujadas en ella

Dominica obedeció, y lanzando un pequeño grito se tapó los ojos

—¿Qué ves ahora? tornó a preguntar la anciana con semblante impasible.

—¡Oh! Ese no puede ser, repuso la joven agitada en extremo.

—Quita las manos del rostro, y dime lo que ves, no tengo tiempo para oír tus sollozos.

—Veo a Juan de Arpide en brazos de una mujer.

—¿La conoces?

—Tiene vuelto el rostro.—132—

—Mira bien a Arpide; ¿qué color tiene su semblante?

—Muy pálido.

—¿Estás satisfecha? preguntó la bruja con maligna sonrisa.

—¡Pobre hermana mía! contestó Dominica llorando.

—Tu hermano ha vertido la sangre del amante de Inés. ¿Quieres saber el fin de sus amores?

El mastín dio un gruñido y colocó sus patas sobre los hombros de la joven lamiéndola el rostro.

—¡Dios mío! murmuró Dominica.

—Decídete pronto: en otra parte me aguardan hace dos horas.

La joven titubeaba y el perro no cesaba de lamerla el rostro lanzando a la vieja miradas iracundas.

—Eres muy pusilánime; dijo entonces la bruja guardando el saquito de cuero y disponiéndose a marchar.

— ¡Oh! aguardad un momento: exclamó Dominica, deteniéndola por la ropa.

—Yo no puedo permanecer por más tiempo en esta casa, repuso la vieja, mirando, al perro de través.

—Pues bien, me decido, dijo la joven.

El perro lanzó un gruñido lastimero, y separándose de su ama fue a echarse en un rincón de la cocina.

—Toma este saquito ya que estás dispuesta a todo y observa de nuevo la llama azul.

—Ya miro; dijo Dominica tomando el saco y haciendo un esfuerzo para superar su temor.

—Ábrelo ahora y arroja a la caldera uno por uno todos los objetos que contiene.

Dominica obedeció, pero cuando vio en sus manos el miembro mutilado del niño envuelto en los rizos de pelo, experimentó—133— tal sensación de horror, que soltó el saco que fue a caer en la hoguera del fogón con todo lo que contenía.

Una terrible detonación hizo temblar a todo el edificio, y cuando la joven quiso huir no pudo. Flaqueáronla las rodillas y cayó al suelo lanzando un grito. Había visto a la bruja de Zaldiñ escaparse por la ventana convertida en un monstruoso murciélago. La hoguera se fue apagando paulatinamente, quedando el aposento sumergido en la más profunda oscuridad.

 

 

La confesión

La hora del alba sería, cuando Antonio vistiéndose apresuradamente, se disponía a salir del caserío. En la puerta de él encontró a Inés sentada en un poyo de piedra, aspirando ansiosa la fresca brisa de la mañana.

—Buenos días, Inés, la dijo besándola en la frente. ¿Por qué te has levantado tan temprano?

—He querido verte antes de tu partida.

—Gracias, Inés mía: en ese rasgo conozco tu cariño hacia mí. ¿Y cómo es que Dominica no te acompaña?

—Estará dormida tal vez. Pero mira Antonio: estoy sola, porque además de verte, deseo tener una conferencia contigo. Eres joven, ya lo veo; pero no obstante, los hombres a tu edad, tenéis el juicio más sano que las mujeres a la mía.

Antonio miró con atención a su hermana y observó, a la luz de los primeros reflejos del alba, la palidez de su rostro.—134—

—¿Estás enferma, hermana? la preguntó cariñosamente.

 —Sí, Antonio: tengo enfermo el cuerpo y más enferma el alma.

—¡Pobre Inés! ¿Y qué puedo hacer por ti? Habla: ya sabes que te amo con ternura.

Inés alzó los ojos y miró a su hermano de una manera que hirió en lo vivo al joven.

—¿Dudarías acaso de mi cariño? la dijo: semejante duda de tu parte, seria injuriosa para mí.

—Tan lejos estoy de eso, hermano mío, contestó Inés con dulzura, que voy a confiarte lo que ignoran Gil y nuestro padre.

—Esa respuesta me consuela: replicó Antonio sentándose a su lado.

—Las horas vuelan, hermano, y tienes mucho que caminar: escúchame, pues, y se indulgente conmigo.

—Habla, Inés, habla: te escucho con toda la atención de que soy capaz.

Inés tomó entre las suyas la mano de Antonio y empezó así.

—Tú no ignoras la fatal enemistad que divide a nuestra familia y a la de Arpide: esta enemistad es la primera causa de mi desgracia.

—¿Cómo es eso? preguntó Antonio dando un salto.

—Sí, hermano: así es. He conocido a Juan: la primera vez que le vi, hui de él.

—Obraste bien, hermana. La injuria que hizo su padre al nuestro, es imperdonable.

—Escúchame hasta el fin. Desde aquel día no cesó de perseguirme: cuando bajaba a Oyarzum a oír misa en compañía de mi madre, estaba segura de encontrarlo en la puerta de la iglesia: —135—nos ofrecía el agua bendita respetuosamente, colocábase en la iglesia junto a nosotras, y cuando salíamos del templo, él era a quien encontrábamos próximo a la agua benditera[6]. Nos encaminábamos al caserío, y Juan nos seguía acierta distancia....

—¿Sin dirigiros la palabra?

—Nunca se atrevió a tanto. Cuando me asomaba a la ventana, veíalo siempre con su ballesta al hombro en la cumbre de la montaña, fijos los ojos en nuestra casa.

—¿Abrigará ese hombre algún siniestro proyecto contra nosotros?

—¡Oh! no, se apresuró a contestar Inés. Llegó la primavera, y al amanecer, cuando abría la ventana de mi aposento, encontraba siempre una corona de flores en el marco. Al principio las arrojaba con cólera, porque estaba segura de que oculto en algún matorral de las inmediaciones, no dejaría de espiar mis acciones Pero al otro día lo encontraba, ya en el bosque, ya próximo a la fuente, y su semblante demostraba tan honda tristeza, que me causaba lástima.

Antonio soltó la mano de su hermana y quedóse pensativo.

—Escúchame, Antonio, por piedad: su conducta respetuosa y reservada, llamó extraordinariamente mi atención: pensé en él, más a menudo de lo que debiera, y a pesar de los esfuerzos que hacía para borrarlo de mi imaginación, me era imposible conseguirlo. Llegó el invierno... Volvía yo un anochecer de velar el cuerpo de la pobre Lucía, nuestra prima, a la que tanto queríamos: nevaba mucho y el camino estaba intransitable. Cansada llegué al crucero del camino, cercano a la fuente, vi un bulto negro parado en medio del camino, y que me miraba con unos ojos que brillaban en la oscuridad —136—como dos luces: asustóme de tal modo, que me faltaron las fuerzas para huir, y la voz para pedir socorro. El bulto, negro lanzó un aullido terrible y se arrojó sobre mí....

—¿Sería Juan?, exclamó el mancebo poniéndose en pie: ¡miserable!

—No, hermano: no era Juan. Era, sí, aquel lobo rabioso que fue el terror de esta comarca.

—¿El que se encontró muerto junto a la fuente? Pobre hermana mía, exclamó tomándola de nuevo la mano.

—Mi muerte era segura: prosiguió estremeciéndose. Al verlo tan cerca de mí, crujiendo los dientes y aullando, el exceso de terror me arrancó un grito, y cuando ya iba a ser presa de la fiera, vi salir del lindero del camino una figura humana, que interponiéndose entre el lobo y yo, recibió su primara acometida. Lucharon los dos encarnizadamente, y lo más horrible era, que ni el lobo aullaba, ni el hombre que luchaba con él articulaba una palabra: era pues, no combate mudo sí, pero sangriento. Lo que yo padecía, en aquel momento, es indecible: creía de buena fe, hermano mío, que aquel hombre era Gil.

Antonio durante este relato, apretaba nerviosamente la mano de Inés.

—Como unos diez minutos duró la lucha; prosiguió la joven: el lobo cayó muerto, estrangulado por las robustas manos de mi libertador. Este se acercó entonces a mí, y juzga cual sería mi sorpresa al reconocer a Juan de Arpide....

—¡Juan de Arpide! exclamó Antonio asombrado.

—Sí, hermano; a él debo mi vida. Suplicóme que le permitiera acompañarme hasta aquí, y que le jurase no decir a nadie lo que había sucedido. Lo juré, hermano, y hasta hoy he cumplido mi juramento.—137—

—¿Y le has vuelto a ver? preguntó Antonio

—Muchas veces, hermano mío; porque desde aquel momento me fue imposible dejar de amarle.

Y al decir esto, se ruborizó y ocultó su rostro apoyando la cabeza en el pecho de su hermano. Este se sintió profundamente conmovido al escuchar aquella confesión hecha con un acento dolorido.

—¿Y sabes tú, Inés, le preguntó después de un momento de silencio, sabes tú si él te ama?

—Nunca me lo han dicho sus labios; pero muchas veces sus ojos, las coronas de flores adornaban todas las mañanas mis ventanas, y la víspera de marchar contra el enemigo de nuestra patria, en vez de la corona acostumbrada, solo encontré dos flores: una siempre viva unida a un pensamiento.

—Su proceder ha sido noble: exclamó el mancebo con acento solemne; alza, pobre Inés, esa frente, pura como el primer pensamiento de un niño: levántala, hermana mía; yo, tu hermano, te protegeré contra dos. Si nuestro padre, cediendo a los impulsos del odio, maldice tu amor, si mi hermano mayor hace lo mismo, yo que sé lo que ha sucedido, yo que he oído de tu boca cuanto has sufrido, yo te protegeré hermana; y cuando Gil y Pedro Iturrioz sepan lo que yo sé, no dudo que te bendecirán como el iris de paz[7]entre las dos familias, que nunca debieron desunirse; ellos te bendecirán Inés, como yo te bendigo.

Inés se arrojó en los brazos de su hermano, quien la estrechó en ellos cubriendo de besos su frente.

—¡Oh! exclamó vertiendo lágrimas de gozo. ¡Qué bien he hecho en confiarte mis pesares!

—Sí, hermana, si: has obrado bien: yo no puedo olvidar que me has amado con predilección, y aunque participo —138—algo del carácter de mi padre y respeto sus opiniones, el corazón me dice que por esta vez no son las más acertadas. Retírate ahora, Inés mía, y espera mi vuelta ¿quién sabe lo que podrá suceder?

—Esperemos en Dios, hermano.

—Así es, esperemos en Dios.

—Y que Él te guarde, querido Antonio.

Tornáronse a abrazar ambos jóvenes y el mancebo marchó a cumplimentar la orden de su padre.

 

El duelo

Por la falda de poniente de los montes que de Leiza siguen formando cordillera hasta la orilla del océano, dirigiese un caballero armado de todas armas y montado en poderoso trotón[8]. Por el abollamiento de su casco de batalla, por lo sucio de su armadura, como por los girones que colgaban de su sobrevesta bordada, y la ausencia completa de las plumas de su cimera, conocíase que el buen caballero volvía de algún torneo o de algún fiero combate.

Marchaba solo, sin paje ni escudero, parándose a veces como para reconocer el país, requiriendo la ancha espada a cada rumor que llegaba a sus oídos, o desenganchando el hacha de armas que colgaba del arzón[9] de la silla a cada pastor o transeúnte que cruzaba por el camino.

Dejó a su izquierda la Villa de Goizueta, siguió el curso del Urumea hasta la inmediación de la casa fuerte de Aldunciñ, y de allí tomó a la derecha por un sendero que conduce —139—al sitio llamado Articuza, herrería notable en aquel país, junto a la cual se ve un edificio suntuoso que causa agradable sorpresa a cuantos transitan por aquellas breñas.

En aquel tiempo no existía nada de esto, y el estrechísimo valle en donde están construidos palacio y herrería, era lo más salvaje y escabroso de aquella comarca.

Cuando el caballero llegó a la cima de una de las montañas, que forman el valle, el sol se ocultaba en el mar, que desde allí se divisa en lontananza, formando una línea de oro en todo el horizonte. El caballero se detuvo un momento contemplando aquel espectáculo y prosiguió su camino descendiendo al valle sombrío.

Al llegar cerca de unos peñascos que obstruyen el paso del arroyo que corre por lo profundo del valle, detúvose, bajó de su trotón, se tendió en la yerba dejando al caballo pacer tranquilamente algunas hojas de arbustos, y se dispuso a gozar de un momento de reposo.

De repente, y cuando el caballero se disponía a seguir la marcha, su corcel lanzó un sonoro relincho el cual fue contestado por otro igual.

El caballero montó a caballo y se dispuso a la defensa, temiendo el ser sorprendido: escuchó por algún tiempo, y no tardó en llegar a sus oídos el ruido que producían los pasos del caballo y el rumor de las armas del que llegaba.

Las sombras de la noche no permitían distinguir los objetos a cierta distancia, y así es que hasta que se encontraron muy cerca ambos caballeros, no pudieron verse.

—¿Quién va allá? preguntó el que primero había llegado.

—¿Y quién sois vos para demandármelo? repuso el que acababa de llegar.—140—

—Soy un caballero, contestó el primero.

—¿Guipuzcoano o navarro?

—Guipuzcoano.

—En buen hora. En ese caso somos amigos. Esto diciendo, se acercó más el recién llegado, y preguntó:

—¿Hacia dónde camináis?

—Hacia Oyarzun.

—¿Sois de allí?

—De muy cerca.

—Vuestro apellido debe serme conocido en ese caso ¿cómo os llamáis?

—Juan de Arpide.

—Y yo, Gil de Iturrioz, contestó el segundo.

Siguióse un momento de silencio a esta declaración. Hallábanse frente a frente los primogénitos de dos familias cuyo odio databa de algunos años.

—Al fin nos encontramos en un terreno neutral, dijo Gil a su antagonista. Aquí no nos atan las manos ni el respeto a las leyes del país, ni el tener que olvidar nuestras querellas particulares para combatir unidos al enemigo común.

—Decís bien, contestó el de Arpide con tristeza; pero yo no veo una razón por la cual hayamos de repartirnos tajos y mandobles, cuando entre vos y yo no existen motivos de rencor.

—¿Cómo no? replicó Gil. ¿Acaso Juan de Arpide olvida que su padre ultrajó al mío, o cree que la injuria hecha al jefe de una familia no obligue a vengarla a sus descendientes? ¡Donosa creencia seria por cierto!..

—Escuchadme, Gil, repuso el de Arpide. No niego que han existido querellas en nuestras familias, desde el día en—141— que mi padre negó al vuestro la mano de su hermana, después de habérsela prometido; pero antes que esta desgracia sucediese, tengo entendido que ambas a dos estaban muy unidas. Ahora bien: ¿el recuerdo de aquella buena armonía ha de borrarse por el recuerdo de una injuria debida quizá al carácter en demasía violento de nuestros padres? Seamos justos, Gil: la paz que nuestros mayores turbaron, hagámosla volver a nuestro hogar; acábense los odios, Gil, seamos hermanos. Sobrados son los enemigos que nos combaten por de fuera, sin que nos debilitemos por luchas intestinas.

— A fe mía que debierais soltar la armadura y sustituirla con un sayal, dijo Gil con burlona sonrisa. Os aseguro que me parecéis más bien predicador de jubileo, que caballero que calza espuelas.

—¡Gil! yo no merezco esa provocación de vuestra parte. Bien sabéis que no es el temor el que me hace hablar así, sino el deseo de que reine la buena armonía entre nosotros.

—Por mi parte no la apetezco ni la echo de menos. Cuando nací existían esos mismos odios en las familias de Arpide Iturrioz, con ellos me he criado y conservándolos he de morir.

—¡Oh! ¡Qué mal hacéis! exclamó Juan con abatimiento.

—Esa no es cuenta vuestra, replicó Gil con altanería: en todo caso, ni a vos os compete aconsejarme, ni yo me humillo a pediros consejos.

—Tampoco he pretendido erigirme en vuestro consejero. Conservad vuestros odios todo el tiempo que queráis, y Dios quiera que sea corto; pero separémonos al menos sin cruzar las armas.

—Sois muy prudente, el de Arpide, dijo riéndose Gil. Sois quizá más que prudente: sois cobarde.—142—

—No hace ocho días que vos mismo habéis visto todo lo contrario, respondió el de Arpide haciendo un esfuerzo sobrehumano por contener su ira.

—Así es; pero creo que no es lo mismo combatir contra peones y caballeros franceses que contra un hijo de Pedro Iturrioz.

—No es esa la causa de mi repugnancia a combatir con vos: ya sabéis que no os temo.

—¿Pues cuál puede ser el motivo?

—El temor que tengo a las consecuencias de este duelo. Dios os guarde Gil: os declaro que no quiero combatir con vos; y picó espuelas al caballo al concluir estas palabras.

—¡Oh! ¿No queréis? exclamó Iturrioz colérico; pues yo os obligaré a ello. Y con su guantelete[10] de acero hirió brutalmente en el rostro a Juan de Arpide.

Éste se paró, miró a Gil, bajóse del caballo y desenvainó la espada. Gil de Iturrioz hizo lo mismo y ambos combatientes se prepararon a la pelea.

El terreno en que iba a verificarse era el menos a propósito: la superficie de la peña apenas tendría doce varas de extensión; por tres partes lo cercaban jaros[11] espesos y por la otra acababa bruscamente en un precipicio. La noche era oscura y algunas gotas de agua se desprendían de las nubes.

El primero en acometer fue Gil de Iturrioz, cuya espada cayó pesadamente sobre el casco de Juan de Arpide: el combate se empezó. Las rocas y barrancos repetían en el silencio de la noche el estruendo de las armas: chispas luminosas salían de vez en —143—cuando de la cumbre del peñasco iluminando fugazmente la armadura de los combatientes. A favor de tan incierta luz subiera podido observarse que Gil tenia encendidos de cólera los ojos y que acometía con furia, mientras el semblante de Juan revelaba profundo disgusto manteniéndose a la defensiva. El combate proseguía sin que se oyese en la soledad más ruido que el de las armas: ninguna voz, ninguna palabra pronunciaban los combatientes. Cualquiera que en aquel momento hubiera pasado por aquellas inmediaciones, creería asistir a alguna lucha gigantesca trabada entre los espíritus de las tinieblas.

De repente se oyó un ruido sordo y una voz que decía.

—Levantaos, Gil; y que se acabe la batalla,
—No, vive Dios; he dado un resbalón que ha sido la causa de mi caída.

— ¿Luego no estáis herido?

—No a fe mía, aunque bien pudiérais haberme muerto mientras estaba caído en tierra.

—Sin embargo no he hecho. Quede esto pues confluido y prosigamos la marcha cada cual por su camino.

Por toda respuesta oyóse de nuevo el ruido de las armas, lo cual indicaba la prosecución del combate. Esta vez no duró tanto tiempo. Sintióse un golpe seco un alarido de dolor y después todo quedó sepultado en el más profundo silencio.

Por entre la sombra de los jarales se vio deslizarse un bullo informe y en el pedregoso sendero se oyeron las pisadas de un caballo que marchaba a galope. —144—

 

 

Maitagarry

Al anochecer del día siguiente hallábase Juan de Arpide sentado en lo más escondido del valle de Articuza y al pie de una peña cortada a pico. Cerca de él pacía su caballo de batalla. Un entumecimiento general en los miembros, le impedía moverse: empezó a querer recordar lo que le había sucedido la víspera; vínosele a la memoria el encuentro con Gil, su conversación con él, su duelo y por último su caída: dirigió la vista al peñasco a cuyo pie estaba sentado y conoció que en su cima era donde había combatido.

Entonces comprendió la causa de su entumecimiento, y las profundas abolladuras de su armadura le indicaron lo demás.

Hallábase, pues, solo, magullado, con una ligera herida en el cuello, casi exánime de inanición, pues haría más de treinta horas que no tomaba alimento alguno. Todo socorro humano parecía imposible en aquel paraje solitario.

Un dosel de verdura cubre durante el verano este sitio salvaje. Los árboles adquieren dimensiones tales, que sus ramas entrelazadas no dejan paso a los rayos del sol. El arroyuelo de agua cristalina que corre por el fondo del estrecho valle, lame los troncos de los árboles y mantiene una frescura agradable.

La vegetación es poderosa y magnifica, y nada más —145—poético que un paseo nocturno en aquella tranquila soledad. El arroyo forma algunos remansos, pequeñas lagunas cercadas de espadañas y zarzas, de azucenas y rosas silvestres. Cualquiera, al observar las aguas tranquilas de estos lagos en miniatura, creería hallarse mirando un grande espejo cercado de un marco de flores. Algún martín pescador[12] de color verde subido, hace oír su chirrido desagradable al rozar con las alas la superficie del lago: algún cervatillo apaga su sed en la corriente que alimenta la laguna y tal cual ruiseñor posado en la enramada, o alguna tórtola, cuyo triste arrullo invita a la meditación, son los únicos seres que animan tan romántico paisaje.

Juan de Arpide, viendo que la noche cerraba del todo y calculando que le sería imposible soportar hasta la mañana siguiente el hambre que sentía, llamó a su caballo, quien acudió alegre por demás a la voz de su señor. Después de mil esfuerzos inútiles, logró al fin montar en él y se disponía a emprender la marcha.

Encontrábase a la orilla de uno de los pequeños lagos ya descritos que se había formado al pie de la peña de cuya cima cayera la víspera. Del centro de las aguas elevábase un vapor diáfano: largas raíces de enredaderas colgaban de la peña hasta hundir sus extremos en el lago, y aquellas raíces se veían cubiertas de hojas, semejándose a esas cortinas o persianas de junco verde que sombrean los balcones chinos. Largas y puntiagudas espadañas crecían en la orilla, y las ramas de un sauce llorón se balanceaban al impulso de una leve brisa, como las plumas de la cimera de un casco de guerra.

El caballero creyó observar, en medio de la oscuridad, —146—una repentina ondulación en las aguas; creyó asimismo que las raíces de enredadera se separaban. Vio después que las ramas del sauce se movían de una manera más marcada, y al fin llegó a sus oídos una melodía lejana cuyos sonidos misteriosos dejaron suspenso su ánimo.

Rásgase la cristalina superficie, y envueltas en la neblina producida por los vapores que salían del agua, vio aparecer hasta una docena de doncellas de sin par hermosura, coronadas las frentes de rosas azules, cubiertos sus aéreos cuerpos con vestimentas talares de gasas blancas como la nieve: estrellas de pálido brillo adornaban el centro de sus coronas de flores.

Eleváronse pausadamente sobre la superficie de agua; y asiéndose las manos, prosiguieron cantando la música extraña que tanto había llamado la atención del caballero.

Todos aquellos rostros estaban pálidos, los ojos medio cerrados y velados por luengas pestañas, y los cabellos abundantes, sueltos sobre sus espaldas alabastrinas.

Al poco tiempo de esta singular aparición, dirigiéronse las doncellas al sitio en que las contemplaba absorto el caballero, y rodeándolo por todas partes, luna cogió las riendas del caballo que parecía encantado, según estaba de inmóvil, la otra tuvo el estribo para que desmontara el jinete, cual quitóle el arnés, cual el escudo y la poderosa lanza, y así, desarmado y confuso de verse tan bien servido por aquellas jóvenes hermosas, dejóse conducir bajo el sauce.

Cubría este árbol con sus pendientes ramas la boca de una cueva, cuyo suelo, tapizado de menuda y amarillenta arena, daba estrada a la mágica mansión de la Maitagarry del Pirineo.

Cuando la imaginación más poética de Oriente pudiera —147—inventar de maravilloso, se bailaba reunido en un vasto salón a donde fue conducido el caballero.

La bóveda resplandecía como si hubiese sido construida de un solo diamante pulimentado; altas columnas de estalactitas, que figuraban serpientes de cristal entrelazadas las unas, guirnaldas de flores las otras, sostenían aquella techumbre brillante: franjas de azucenas unidas entre sí, hojas de parra silvestre mezcladas con flores de granado, rojas como el rubí, formaban festones que encantaban la vista, y bajo un dosel de agua cristalizada, se veía un trono o reclinatorio de musgo, suave, como la piel del armiño; mullido, como los almohadones donde se reclinan las perezosas odaliscas orientales.

Muellemente recostada en aquel lecho, reposaba la reina de mansión tan maravillosa: chapines[13] rojos cubrían sus pies, y una tela bordada de oro, velaba su rostro.

Cuando el caballero entró, alzóse perezosamente, tomó una postura voluptuosa y separó el velo. Sus ojos de azabache se fijaron en Juan de Arpide, una sonrisa encantadora resbaló por sus labios de coral y con una mano modelada por las gracias, hizole seña de que se acercara y se sentase a su lado.

Verificólo asi el caballero y las doncellas desaparecieron.

—Juan de Arpide, le dijo con voz tan melodiosa, que el caballero tembló de placer: has entrado en mis dominios en hora vedada: has sorprendido mi sueño: has interrumpido mis fiestas: digno eres de castigo.

—Señora: contestó Juan, admirado al ver aquella belleza celestial, yo ignoraba hasta vuestra existencia en estos sitios, y si efectivamente he cometido los delitos de que me acusáis, culpa ha sido de mi mala estrella. —148—

—Y por eso te perdono, repuso la encantadora. Sin mi intervención, tu muerte era segura.

—¿Cómo? sabríais acaso?..

—Yo todo lo sé: oculta en la oscuridad, presencié tu combate de anoche, adiviné tu caída, y si cuando se verificó no hubieras encontrado en el aire brazos que aminorasen el golpe, tu cuerpo se hubiese hecho mil pedazos.

—¿Y cómo agradeceros, señora, tan señalado favor? exclamó Arpide casi fascinado por la mirada de Maytagarri.

—Nada me debes: yo te he salvado la vida, es cierto, pero esa vida me pertenece en lo sucesivo.

—¡Señora! dijo el caballero mirando con temor a su interlocutora.

—No lo dudes, Juan. Y aun creo debieras agradecer esta nueva muestra de mi cariño. Bien merezco que a mi amor se sacrifique el de Inés de Iturrioz.

Juan de Arpide bajó la cabeza y nada contestó,

—¿No respondes, Juan? Sin embargo así ha de ser. El hombre que como tu penetra en mi morada, no vuelve a salir de ella.

—¿Y vos deseáis que yo os ame?

—Sí, ¡lo deseo! contestó la Hada incorporándose del todo. Pero deseo ser amada exclusivamente; deseo que todos tus pensamientos se fijen en mi: que tu cuerpo y alma sean míos, absolutamente míos.

—Señora, dispensadme si os soy franco en demasía: pero desde ahora os aseguro que jamás conseguiréis los deseos que acabáis de manifestarme.

—¿Cómo no? exclamó la encantadora, cuyo rostro se revistió de una expresión tal, que el caballero se retiró algún tanto.—149—

—Vos misma habéis dicho que no ignorabais mi amor hacia Inés de Iturrioz.

—¡Bah! contestó Maitagarry: cuando conozcas el que yo te profeso, no titubearás en entregarme tu corazón.

—Imposible.

—¡Imposible! Pues así ha de ser.

Y la encantadora mostró a los ojos atónitos del caballero las mismas facciones, la misma mirada, idéntica voz que Inés de Iturrioz. Solo se notaba una diferencia: el mirar modesto de la virgen guipuzcoana, había sido reemplazado por el ardiente y atrevido de las que tan terca tenia, con el semblante puro y modesto de Inés.... Luchaba el caballero entre el deseo de poseer el amor de aquella mujer voluptuosa, y el de huir de sus impuros brazos, para gozar de una dicha más tranquila cerca de la modesta Inés de Iturrioz.

Habían desaparecido los dolores de su cuerpo y no sentía la falta de alimento, fijos los sus ojos en los ojos negros de Maytagarri, se embriagaba en el deleite que los de la encantadora le ofrecían:

—Escucha, amado mío: prosiguió acercándose a él, yo te haré el más feliz de los mortales, ¿quieres gloria? habla y la corona de vencedor ornará siempre tu frente. ¿Quieres riquezas? Pide, y verás levantarse palacios para cobijarte; armaduras brillantes para defenderte, ropas preciosas para adornarte, pajes, damas y escuderos para servirte. ¿Quieres amor? Tendrás el mío, eterno, un amor en cuya comparación todos los demás son frialdad, indiferencia.

— ¡Inés! ¡Inés! ¡Inés! exclamó el caballero fascinado, medio loco.

—Sí, te amaré más que a mí misma.

Y eso diciendo la encantadora rodeaba con sus brazos blancos el cuello de Juan de Arpide y estampaba en su boca besos voluptuosos. Pero aquellos brazos estaban fríos, aquellos besos carecían de calor.[14] —150—Juan sentía correr por sus venas un estremecimiento de placer mezclado de terror.

La encantadora había de nuevo cambiado de formas: ya no era Inés, era el tipo de la belleza ideal: era lo que debió ser Eva cuando salió de las manos del Creador.

El caballero creyó ver en lontananza la imagen de su amada, como el primer fulgor de la aurora después de una noche de tempestad, comparaba la sin igual hermosura de la mujer que tan cerca tenía, con el semblante puro y modesto de Inés…

Luchaba el caballero entre el deseo de poseer el amor de aquella mujer voluptuosa, y el de huir de sus impuros brazos, para gozar de una dicha más tranquila cerca de la modesta Inés de Iturrioz.

Esta lucha no duró mucho tiempo Conoció el caballero que la atmósfera impregnada de vapores de aquel salón, iba produciendo un efecto soporífero en todo su cuerpo: apoderóse de sus miembros cierta laxitud invencible: comenzaron a cerrarse sus párpados, por un esfuerzo supremo quiso levantarse del reclinatorio de musgo y desprenderse de los brazos de Maytagarri, cayó pesadamente en el regazo… de la encantadora y quedóse profundamente dormido.

Entonces Maitagarry llamó a sus compañeras, quienes vertiendo algunas aguas olorosas sobre el lecho de musgo, refrescaban el ambiente perfumado, meciendo grandes abanicos de gasa: Vertiéronle en los labios algunas gotas de un licor rojo.

Contempló la encantadora con indecible complacencia el rostro del dormido, y una inefable sonrisa asomó a sus labios al posarlos de nuevo en la boca de Juan de Arpide.

De repente las luces misteriosas que tan espléndidamente iluminaban la estancia, fueron perdiendo su brillo: la encantadora —151—se recostó junto al caballero: pintóse en su rostro como en el de las demás doncellas una profunda tristeza; sus cuerpos aéreos tornáronse mas diáfanos, mas impalpables, conforme la claridad disminuía; y muy luego desaparecieron convertidas en niebla, que a su vez se disipó, quedando la cueva sumida en completa oscuridad.

Los ronquidos del caballero resonaban entre las rocas, y el canto del colorín[15] animaba los bosques.

El sol acababa de asomar su faz rubicunda sobre la cumbre del monte Aya.

Cuando Juan de Arpide despertó, encontróse en el mismo mágico salón, recostada su cabeza en el regazo de Maitagarry, cuyos aterciopelados ojos estaban fijos en los suyos, como queriendo sorprender su primera mirada.

Una mesa servida con abundantes y delicados manjares, ocupaba el centro del vasto aposento.

 

El romero

 

Antonio había marchado al campamento: algunos soldados le dijeron que Juan de Arpide había desaparecido, y que su hermano Gil de Iturrioz, viendo al ejército franco-navarro derrotado, y sin temor de que pudiera volver a rehacerse, se había marchado a sus hogares. Las demás tropas empezaban a retirarse también.

Cuando el mancebo volvió a su caserío, creyó que ya habría nuevas del amante de su hermana y se hallaba decidido a proteger sus amores. Grande fue su sorpresa cuando solo encontró a Gil, quien llevó la noticia de que Juan de Arpide había perecido en la batalla.

Esta noticia, dada sin ningún miramiento, causó una herida mortal en el corazón de Inés. La profunda tristeza que se había apoderado de ella, y la —152— fiebre lenta y tenaz que nunca la abandonaba, minaban de hora en hora su existencia.

Pasaba los días sentada en el tronco del árbol en el cual vio por primera vez a su amado, y a las noches se levantaba furtivamente del lecho para pasearse solitaria por el prado vecino. Palideció su semblante, apagóse el brillo de sus ojos, demacráronse sus miembros, y de aquella joven tan hermosa, ya no quedaba más que una sombra animada por un leve soplo de vida próximo a extinguirse del todo.

Las sabias reflexiones del padre, las caricias de su madre y hermanos, ningún bálsamo derramaban en aquel corazón herido de muerte. A las reflexiones del padre, que escuchaba con paciencia, contestaba con una tristísima sonrisa; a las caricias de su madre, con lágrimas abundantes.

Así pasaron algunos meses

Había llegado el fin del otoño. Las hojas de tos árboles volaban por la atmósfera impelidas por los nordestes, como bandadas de pájaros cuando emigran a climas remotos. El azul del cielo estaba cubierto por las primeras nieblas del invierno: los días acortaban sensiblemente, y las noches alargaban su duración sobre la tierra.

La enfermedad de Inés seguía su curso, y sus paseos nocturnos habían cesado.

Encontrábase una noche la familia reunida cabe el hogar. El patriarca con su venerable cabeza descubierta, bendecía la frugal cena que se veía colocada en la rústica mesa. Gil de Iturrioz hallábase sentado en un extremo. Catalina hilaba su copo[16] de lino, dirigiendo tristes miradas a Inés, que sentada sobre almohadas, medio cerrados sus párpados, cruzadas las manos —153—casi trasparentes, murmuraba algunas palabras, sonriéndose a vetes tan melancólicamente, que su sonrisa arrancaba lágrimas. Dominica lloraba oculto el rostro en un delantal de lienzo blanco, y Antonio apretaba convulsivamente entre sus manos el cuchillo con que hacia ingeniosas labores en un palo de fresno, destinado a servir de báculo a su hermana casi moribunda.

Un silencio profundo reinaba en aquel recinto. La tempestad crujía por la parte de afuera.

De repente se oyeron algunos golpes en la puerta.

—Ved quién llama, Antonio, dijo el jefe de la familia.

—Un pobre extranjero extraviado que os pide asilo: contestaron desde la puerta.

—Dios proteja al caminante, repuso Pedro Iturrioz: entrad quien quiera que seáis: la puerta de la casa de un vascongado, está siempre abierta al caminante.

El extranjero entró: los jóvenes se levantaron. Antonio se acercó a él para prestarle aquellos servicios que la hospitalidad vascongada sabe prestar. Catalina dejó la rueca y colocó en la mesa otro cubierto, el jefe hizo seña al recién venido para que se sentara en el sillón de baqueta, puesto de honor reservado al más anciano de la familia, y que este, siempre cede al extranjero.

El que acababa de entrar era un peregrino. Su edad podía ser como de cincuenta a sesenta años: barba poblada y blanca, rostro moreno; crespo el cabello; de mirar distraído; de miembros robustos aún, mas con muestra de fatigados; roto el traje talar que lo cubría; ancho sombrero de fieltro en la cabeza, negro bordón[17] en la mano.

A la señal del jefe tomó asiento, y comió lo que aquel le presentaba en el plato.—154—

Concluida la cena pidió Pedro al extranjero rezase la oración de la noche, lo que el caminante verificó con voz temblona.

Apenas el peregrino hubo cesado su rezo, se oyó un quejido que hizo volver la cabeza a todos los circunstantes. Inés se había incorporado: sus ojos sin brillo se hallaban desmesuradamente abiertos: la boca seca y pálida articuló algunos sonidos, y sus manos y brazos extendidos hacia adelante, parecían querer atraer un objeto lejano.

En este estado permaneció algunos minutos, con asombro de cuantos la miraban. Luego movió lentamente la cabeza, y volvió a tomar la postura anterior.

—Inés, la dijo Dominica con tierno acento, ¿quieres alguna cosa?

—Nada, hermana mía, nada me apetece: he tenido un sueño feliz; pero estos jamás se realizan: y la joven tornó a su inmovilidad y su silencio.

—¡Hija mía! murmuró Catalina sollozando.

—Despedíos de ella, madre mía, repuso Inés mirándola tristemente; su vida se acaba por momentos, y muy pronto marchará a reunirse con su amado.

Catalina cogió sus manos y comenzó a besárselas apasionadamente.

—¿Vuestra hija está enferma? preguntó el peregrino a Pedro en voz baja.

La cólera de Dios ha descendido a nuestra morada, contestó este: bendigamos su nombre y sometámonos a su soberana voluntad.

La santa resignación del anciano hubo de conmover al extranjero, pues sus ojos vertieron lágrimas.

—¿Y sabéis la causa de su enfermedad? tornó a preguntar.—155—

—Dicen que muere de amor.

—¡Pobre joven! murmuró el romero.

—Decís bien; pobre joven repuso el anciano. Antes de esta desgracia era el orgullo de mis canas, la alegría de mi corazón.

—Quizá la ha abandonado su amante...

—No: su amante era uno nuestros vecinos, noble y honrado.

—¿Y qué ha sido de él? volvió a preguntar el romero.

—Murió: contestó el anciano bajando la cabeza; murió cuando estaban próximos a extinguirse los odios que dividían nuestras dos familias; cuando sabedor de su noble comportamiento para con mi hija, me hallaba dispuesto a admitirlo en mi familia. ¡Oh! El odio es una pasión maldita, y por abrigarla demasiado tiempo en mi pecho. Dios me castiga; ¡bendita sea la justicia de Dios!

 —¿Podríais decirme cómo murió? insistió el romero.

—Con la muerte que deseo para mis hijos: en el campo de batalla.

El peregrino volvió lentamente la cabeza y quedóse mirando de hito en hito a Gil, que permanecía taciturno y pensativo sin osar mirar a su hermana.

—¿Habéis dicho que murió en el campo de batalla? preguntó al cabo de algún tiempo.

—Esa es la verdad, contestó el anciano.

—¿Combatiendo a sus enemigos?

—Combatiendo a los enemigos de su país.

Otra vez miró el peregrino a Gil de Iturrioz. Antonio se había aproximado al lado de su padre, y escuchaba aquel diálogo con atención profunda: la preocupación de Gil no le permitía oír nada de lo que se hablaba a su inmediación.—156—

—¿Quién os ha dicho eso? tornó a preguntar el extranjero

—Mi hijo que lo vio morir.

—¿Cuál de los dos? ¿El rapaz que nos escucha, o Gil a quien veo tan preocupado?

—Gil, contestó el anciano, admirado de la curiosidad asaz indiscreta del extranjero, y más admirado aun de que supiese el nombre de su hijo.

—Gil de Iturrioz ha mentido en tal caso; dijo el peregrino con voz sonora.

—Gil de Iturrioz no miente nunca, exclamó el primogénito de la familia poniéndose en pie, y amenazando al extranjero con la mano levantada.

—Herid, caballero, herid mi rostro, el rostro de un anciano, y será la segunda vez que lo hacéis; dijo el romero humillándose.

El brazo del mancebo cayó inerte ante aquella humildad evangélica, y cubrióse el rostro con las manos.'

—Caballero, exclamó en seguida, yo os acusó ante vuestros parientes del crimen de asesinato.

Todos los circunstantes se estremecieron al oír tajes palabras. Inés salió de su inmovilidad y fijó la atención en aquella escena.

—¡Mentís, villano! gritó Gil furioso. Agradeced que os cobijáis bajo mi techo, agradeced a vuestras canas el que no os haya atravesado con mi espada.

—¿Desde cuándo olvidan mis hijos, exclamó Pedro Iturrioz con airado semblante, los deberes que nos imponen las leyes de la hospitalidad? Sentaos, Gil, sin replicar: se os acusa de un crimen. Vos, añadió dirigiéndose al peregrino, habéis pronunciado una acusación grave... ¿podréis probarla?

—Al momento, si gustáis, contestó el peregrino.

—Empezad pues; dijo el anciano revistiendo su semblante de la majestad de un juez que juzga sin apelación.—157—

—A vos, Gil de Iturrioz, caballero guipuzcoano, me dirijo. ¿A quién encontrasteis en el valle de Articuza hace cuatro meses? pregunto el peregrino en alta voz.

Gil se estremeció y miró al romero con terror.

—¿Cuál fue la conversación que medió entre vos y Juan de Arpide? ¿No os ofreció la paz?

—Sí, contestó en voz baja el acusado.

—No os prometió su amistad sincera?

— Es cierto.

—¿Y en vez de aceptarla no le insultasteis?

—También es verdad, respondió Gil con abatimiento.

—Y al insulto, no añadisteis la injuria de herirle en el rostro con vuestro guantelete? El mancebo nada contestó.

—Responded. Gil de Iturrioz: prosiguió el peregrino. Cuando echasteis mano a vuestras armas, ¿no erais vos el que atacabais, al paso que vuestro antagonista solo se limitaba a defenderse de vuestros golpes sin querer heriros?

Tampoco contestó Gil esta vez; su padre le dirigía iracundas miradas, Antonio temblaba de indignación y las tres mujeres parecían asombradas.

—A vos me dirijo ahora, anciano, prosiguió el extranjero. Vuestro hijo tropezó y cayó en tierra; y cuando Juan de Arpide, justamente enojado, podía matarlo en buena ley, diole la mano para levantarse; propúsole de nuevo la paz, y en lugar de admitirla, le tiró una estocada que hirió su cuello, precipitándolo después de la cúspide de una peña a un profundo barranco. ¿Cómo apellidareis en lo sucesivo a vuestro hijo?

—¡Gil! salid de mi casa; exclamó el anciano señalando con imperioso ademan la puerta del caserío. Ya no os reconozco por hijo.—158—

Inés lanzó un grito y cayó de espaldas. Catalina y Dominica quedaron aterradas.

Cuando Gil en cumplimiento de la orden de su padre iba a abandonar la casa paterna, detúvole el peregrino.

—Mirad a vuestra hermana próxima a espirar: arrepentíos de los que habéis hecho y tal vez pueda remediarse tanto mal.

Acercóse el extranjero a Inés, que empezaba a volver en sí, merced a los cuidados de su madre, y tomándole de la mano, exclamó dirigiéndose a los circunstantes.

—Si Juan de Arpide viviese, ¿consentiríais en su matrimonio con Inés?

Antonio corrió hacia el extranjero, quitóle súbitamente el sombrero, cayóse la blanca barba que adornaba su rostro y apareció a la vista de todos el noble semblante del amantes de Inés. Un grito de asombro y de alegría lanzaron cuantos se hallaban en el aposento. Inés miró a su amado, paseos la mano por los ojos, oró en silencio algún tiempo, y al fin, enlazando sus brazos en el cuello de Juan de Arpide, derramó lágrimas de placer sin pronunciar una palabra: aquel silencio era sublime.

Gil se quedó pálido de terror, pues creyó sobrenatural aquella aparición. Conocido el error, acercóse al fin a Juan, y con voz conmovida le dijo.

— Hermano: intercede por mí, ante el justo tribunal de mi padre.

A principios del mes de mayo inmediato, se celebraba con grande algazara el matrimonio de Inés de Itrruioz con el primogénito de la casa de Arpide.—159—

 

EPÍLOGO.

 

Articuza

Dos días después del matrimonio de Inés, á cosa de media noche, sentíanse quejidos dolorosos en el angosto valle de Articuza. A favor de los rayos de la luna veíase acurrucada junto a un arroyo, una mujer decrépita, desmelenado el cabello, rotas las vestiduras, lastimosamente macerado el cuerpo. A su lado se veían algunas sombras, o mejor dicho, fantasmas blancas que la golpeaban sin piedad, y presidiendo aquel flagelamiento, la Maitagarry del Pirineo. Su rostro aparecía airado, sus ojos arrojaban chispas de cólera, su boca lanzaba aullidos en vez de palabras. Ya no era aquella hermosura que embelesó los sentidos de Juan de Arpide; era si una hermosura de otro género.... la del ángel caldo, cuando por acaso deja de sufrir los tormentos del infierno.

—¡Mujer maldita! decía interpelando a la anciana. De qué me sirvieron tus filtros? Para eso me pediste la mano izquierda de un niño dormido? ¡Y yo, triste de mí, que creí más en el poder de tus pócimas, que en él de mis gracias!

—¡Perdón! gritaba la bruja de Zaldiñ, pues no era otra la azotada. Yo no podía suponer que tardara tanto tiempo en dormirse…

—Debías haberlo previsto sin embargo: los primeros meses se dormía una hora antes de aparecer la luz de la aurora; luego resistía por más tiempo a la acción del licor, hasta que al fin sucedió lo que yo temía. Azotad sin compasión a esta bruja.

—¡Perdón! tornaba a gritar la azotada.

—¡Perdón, dices!, ¡cuando desearía hacer pedazos tu cuerpo maldito! Muere, muere embaucadora, como has vivido. ¿Crees que podré perdonarte el que Juan de Arpide haya sido testigo de mi aniquilamiento apenas asoma el sol, y que haya podido fugarse de mis brazos, despreciar mi amor por el de otra mujer? Y todo ¿por qué? Porque tus filtros no tuvieron fuerza bastante para prolongar su sueño hasta el anochecer del día inmediato: entonces al despertarse, hubiérame visto cual soy de noche, bella, encantadora, rodeada de lujo, de poder y de maravillosos misterios muere, muere.

Y la bruja de  Zaldiñ no pudo soportar más tiempo aquel tormento. Murió. Maitagarry con su séquito hundióse en la cueva maravillosa de la cual no salió en mucho tiempo. Cuando volvió a aparecer, ya se había edificado la ferrería de Articuza, y el ruido del colosal martillo de hierro y el de los fuelles inmensos que soplan atizando un fuego semejante al de un volcán, hizo abandonar a Maitagarry aquellas comarcas para habitar otras más solitarias: los bosques de Irati.

El cuerpo inanimado de la bruja, tornóse negro como el carbón, y una águila gigantesca lo remontó por los aires en sus poderosas garras.

Edición: Pilar Vega Rodríguez

 

FUENTE

Goizueta, José María, “Maitagarry”, Leyendas vascongadas, 3ª.ed. Juan José Martínez, 1856, pp.123-159.

 

NOTAS

 

[1]Hada que habita los lagos y florestas. (Nota del autor)

[2] Fuente fría. (Nota del autor)

[3] Baqueta: 3. f. Arq. junquillo (? moldura redonda). 8DRAE)

[4] Canturía: 3. f. Canto monótono. (DRAE)

[5] Media noche era por filo,  expresión que imita el romance, y que en un tono paródico había utilizado Cervantes en el Quijote (II, cap. IX: Media noche era por filo , poco más á ménos, cuando Don Quijote y Sancho dejaron el monte, y entraron en el Toboso)

[6] Agua benditera: quiere decir, recipiente que solía haber en la entrada de las casas con agua bendita, ya que era costumbre hacer la señal de la cruz al salir a la calle.

[7] Iris de paz: quiere decir, “arco iris de paz”. El arco iris es el símbolo en la esperanza; tras el Diluvio, la promesa de que Dios no volvería a castigar a los hombres.

[8] Trotón: dicho de una caballería: Que tiene como paso ordinario el trote. (DRAE)

[9] Arzón 1. m. Parte delantera o trasera que une los dos brazos longitudinales del fuste de una silla de montar. (DRAE)

[10] Guantelete: 1. m. Pieza de la armadura que cubría y protegía la mano. (DRAE)

[11] Jaros: 2. m. vulg. Ál. Roble pequeño. (DRAE)

[12] Martín pescador: 1. m. Pájaro de pequeño tamaño, con cabeza gruesa, plumaje de colores vistosos y pico largo y fuerte, que vive a orillas de los ríos y lagunas, y se alimenta de peces pequeños, que coge con gran destreza. (DRAE)

[13] Chapín: 1. m. Chanclo de corcho, forrado de cordobán, muy usado en algún tiempo por las mujeres. (DRAE). El chapín rojo  simboliza una belleza provocadora.

[14] La frialdad del hada deriva, según la mitología popular, de su ausencia de alma, la cual sólo pueden conseguir si se vinculan a un humano.

[15] Colorín: 2. m. jilguero. (DRAE)

[16] Copo: 3. m. Mechón o porción de cáñamo, lana, lino, algodón u otra materia que está en disposición de hilarse. (DRAE)

[17] Bordón: 1. m. Bastón o palo más alto que la estatura de una persona adulta, con una punta de hierro y en el medio de la cabeza unos botones que lo adornan. (DRAE)