DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Album de un viaje por Asturias, Oviedo, Imprenta de D. Domingo González Solís, 1858, pp. 33-34.

Acontecimientos
Venganza
Personajes
Enrique de Trastamara, Diego Meléndez de Valdés, Rodrigo Alfonso de Escamplero, doña Juana Manuel, escuderos y caballeros
Enlaces

LOCALIZACIÓN

SAN CUCAO

Valoración Media: / 5

Enrique de Trastámara y Diego el Valiente

 

        En uno de los primeros días del reinado de Pedro el Cruel, atravesaron al rayar el alba el puente de Órbigo, sito en el reino de León, un caballero y una dama con antifaces, seguidos de tres escuderos. Sin duda los hombres de armas que guardaban el puente tenían noticias anticipadas del nombre de los encubiertos, pues que insistieron en que mostrasen los rostros; mas los desconocidos, hincando el acicate, huyeron a toda brida. Los guardas les soltaron perros de presa, y cuando iban a acometer a la dama, cuyo palafrén corría menos que los de sus compañeros, acudió a socorrerla uno de los servidores, atravesando un perro con su venablo. En tanto, llegaron los guardianes del puente; pero el valeroso escudero, peleando con todos ellos, dio muerte a uno e hirió a dos; una saeta, empero, disparada por cierto peón que de lejos observaba y no tomaba parte en el combate, puso fin a sus hazañas y a su vida, mientras que sus señores se ponían en salvo. El caballero encubierto era Enrique de Trastamara; la dama, su esposa doña Juana Manuel de Villena; los escuderos que le siguieron Pedro Carrillo y Menén Rodríguez, y el que víctima de su lealtad fuera muerto, un valeroso asturiano llamado Martín de Nora[1] .

        A la noche siguiente, acabadas las oraciones de costumbre en la casa del honrado escudero Rodrigo Alfonso de Escamplero, se aderezaba la luenga mesa donde tenía costumbre de cenar con todos los peregrinos que por devoción hospedaba, por lo que esta casa era llamada el hospital, cuando el ladrido de su lebrel y sendos golpes dados a la puerta, anunciaron un nuevo huésped. —p. 34—

        Gustoso Rodrigo de ejercer su ardiente caridad, se adelantó a recibirle, y se halló con varios caballeros a quienes la oscuridad de la noche había extraviado, y que pedían hospedaje, no tanto para ellos, cuanto para una bella joven que acompañaban, y que al parecer estaba próxima a sucumbir a la fatiga y la tristeza. “Mi casa es vuestra”, dijo Rodrigo. Uno de los recién llegados le respondió con noble franqueza: “Buen escudero: antes de franquear vuestra puerta, sabed a quién vais a dar asilo. Yo soy un proscrito; un enemigo del Rey. ¡De Pedro el Cruel! de esa fiera coronada que inunda en sangre a Castilla.” “¡Miradme desde hoy como amigo y como hermano. Mi casa es vuestra, os repito.” El viajero abrazó con lágrimas al buen Rodrigo.

        Enrique de Trastamara venía a la sazón acompañado de muchos montañeses armados y de dos valerosos caballeros, Gonzalo Peláez de Caunedo y su hermano Pelayo Flórez. Estos no tan solo le recibieran el día antes en su casa de Somiedo, con las mayores muestras de adhesión y lealtad, sino que se ofrecieran a escoltarle por si hallaba mal recibimiento en algunos nobles del país; previsión tan acertada, que aquel mismo día hubiera sido el de Trastamara apresado por Diego Fernández de Miranda[2], que vivía en el valle del mismo nombre, a no venir con tan buena guarda.

        Al día siguiente partió don Enrique de Escamplero con su escolta, acrecentada con el mismo Rodrigo Alfonso y siete deudos suyos[3], que armados de lanzas y escudos marchaban a pie delante del futuro Rey de Castilla.

        En breve tiempo llegaron al pie de la fortísima y altiva torre de San Cucado[4], que habitaba Diego Meléndez de Valdés, el Valiente. Deseaba don Enrique procurarse la amistad de este famoso adalid, y le envió a Rodrigo Alfonso de Escamplero para anunciarle su llegada y sus designios; mas Diego de Valdés, no tan solo contestó desabridamente, “no quería tratos con traidores, y que su Rey solo sería don Pedro”, sino que dispuso sus hombres de armas para hostilizar a los de don Enrique[5].  Este fortificó sus villas de Gijón y Noreña y otros varios castillos, y alzó bandera contra el Rey Cruel.

        Muchos años transcurrieran. Enrique de Trastamara llevaba dignamente la corona, que con la cabeza había quitado a su feroz hermano, y Castilla respiraba la benéfica aura de la paz. Hallábase la corte en Valladolid cuando se dejaron ver ciertos campeones franceses, que fijaron un arrogante cartel de reto a cuantos paladines españoles quisieran combatir con ellos. Acudieron varios que alcanzaran nombradía en las lides; mas todos fueron sucesivamente vencidos por los presuntuosos aventureros. El nuevo conde de Trastamara, Lemos y Sarria, primo del Rey, vino a la sazón a Valladolid desde Galicia con varios caballeros de aquel reino. Uno de ellos, que sin duda por algún voto religioso no se alzaba nunca la visera, salió al palenque, y combatió con tal denuedo que venció uno tras otro a los extranjeros, con tanto placer del Rey, como envidia de los que antes que él acometieran con desgracia aquella empresa. Conducido el esforzado vencedor ante Enrique, le invitó este a que pidiese la merced que quisiera. “Señor, dijo: la vida de un hombre que por ser leal a su príncipe está condenado a muerte.” “Yo la otorgo”, respondió el Rey. Levantóse entonces la visera el encubierto caballero, y mostró el rostro de Diego de Valdés. “Yo soy ese hombre, señor. Mis casas están arrasadas y sembradas de sal, mis tierras confiscadas y mi cabeza destinada a sayón. ¿Y cuál es mi crimen? Combatiros cuando érais rebelde y mantener mi juramento a don Pedro.”

        No se ofendió el Rey de tan ruda franqueza, y con la generosidad que le caracterizaba, abrazó a Diego de Valdés, le mandó restituir sus tierras, y le permitió edificar en Sancucado una torre a tiro de ballesta de la antigua. No pararon aquí las mercedes con que el Rey-Caballero favoreció a su antiguo enemigo, pues le nombró guarda mayor de su hijo don Juan y merino de Asturias.

 

Edición: Rosario Álvarez Rubio

 


[1] Cuando don Enrique ciñó la corona recompensó con la largueza que acostumbraba a los hijos de Martín de Nora. (Nota del autor).

[2] Este, después de la muerte de don Pedro, hubo de ausentarse de España, temeroso de que don Enrique no tomara venganza del mal recibimiento que le hiciera en los días de la desgracia. (Nota del autor)

[3] Llamábanse Sebastián Alfonso de Tamargo, Marino Pérez, Pedro Marines, Diego de Andallón, Juan Rodríguez de Balsera y Rodrigo su hermano. Estos son los llamados Escuderos de las Regueras, los que así como Alfonso de Escamplero fueron recompensados largamente por su lealtad, por los Reyes de la dinastía de Trastamara, como consta de un privilegio que hace poco se conservaba en la misma casa de los Alfonsos de Escamplero, donde se hospedó don Enrique. (Nota del autor)

[4] Contracción de San Cucufato, titular de la parroquia donde está situada, en el concejo de Llanera. (Nota del autor)

[5] Apenas muerto don Pedro, el adelantado de Asturias Pedro Suárez de Quiñones, y el de Galicia Pero Ruiz Sarmiento, persiguieron encarnizadamente a los que se mostraran contrarios a don Enrique. Diego Meléndez de Valdés, el Valiente, se refugió en el monasterio de San Vicente de Oviedo, y de allí, favorecido por un disfraz, fue al de Lemus en Galicia. Su torre fue mandada arrasar y que se sembrase de sal el suelo. Sin embargo, no se hizo más que desmantelarla; pues aún está en pie a despecho de siete siglos de antigüedad y cinco de abandono. (Nota del autor)