DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Semanario Pintoresco Español, 28/09/1856, pág. 307

Acontecimientos
Comentarios sobre una devota tradición popular
Personajes
imagen de la Virgen, muchachas casaderas
Enlaces
Calle de los Alfileritos

LOCALIZACIÓN

TOLEDO

Valoración Media: / 5

La virgen de los alfileritos

       

        Existe en la imperial Toledo una calle, bien céntrica por cierto, y que a pesar de ser estrecha y oscura como son casi todas las de la tres veces coronada ciudad, no por eso ha dejado de adquirir una gran reputación y celebridad en todos aquellos contornos, debida sin duda a la imagen de la Virgen que se venera en un ventanillo bajo y oscuro situado en la pared y como al promedio de la calle, y cuya imagen lleva por advocación “la virgen de los Alfileres”. Casi nadie conoce ya la calle por su verdadero nombre; esta ha sido sustituido por el vulgar de calle de los Alfileritos: el culto y ofrendas que se tributan a dicha efigie, pintada no sé si en lienzo o en tabla, data desde los tiempos más remotos, habiendo quien hace subir su origen a la época de la conquista, y nada tiene de extraño sea verídica la tradición de haber sido colocada allí por algunos de los valientes caudillos que acompañaron al esforzado Ruy Díaz de Vivar cuando, desde Santa Gadea, vino a la conquista de aquella envidiada población. No es mi ánimo en este momento desentrañar el cómo principió esta piadosa creencia; baste decir que en los pocos días que permanecí en Toledo, a pesar de haber procurado buscar dicho origen, no encontré ni persona ni apunte que haya podido satisfacerme. Por lo cual el objeto de este pequeño recuerdo no es otro que dar a conocer la manera especial con que se manifiesta la devoción a aquella santa imagen, no solo por los habitantes de la capital, sino también por los de los pueblos circunvecinos en las fiestas y días que por cualquier motivo pasan a ella. Ninguno, repito, deja de visitar la secular y veneranda efigie, y ninguno deja igualmente de presentarle su ofrenda de alfileres. Ya está enunciado el modo extraño y algo estrambótico de cómo se expresa la devoción a dicha imagen: no hay joven, de las casaderas principalmente, que no deposite en aquel lóbrego y reducido camarín una porción de alfileres que arrojan por entre las mallas de un espeso alambrado, y creen sin duda que su oración, si la hacen, no sería aceptable a los ojos de la inmaculada Virgen si no va acompañada de la correspondiente dosis de alfileritos: poco importa que estos sean nuevos o viejos, estén torcidos o derechos, hayan o no perdido su blancura, el caso es regalarlos a la Virgen, cada cual según sus fuerzas, siendo de admirar que con una limosna, al parecer tan insignificante, baste y sobre para alimentar la lámpara que constantemente arde ante la santa imagen.

        El santero, séame lícito llamarle así, tiene buen cuidado de recoger tan homeopáticas como aguzadas ofrendas, y con una exactitud que le honra, cuida del aseo del nicho y de que jamás falte la luz, que aunque moribunda, escondida y triste, no deja de ser en ocasiones un faro consolador para los transeúntes nocturnos de aquella antigua calle.

        Ahora bien: ¿qué habrá dado origen a la devoción de ofrecer alfileres a aquella santa imagen?  ¿Quién la colocó en aquel sitio? Estas y otras preguntas análogas se repiten a cada momento por los viajeros que llegan a conocer esta singular práctica, y nadie la contesta satisfactoriamente: la joven dice que así lo vio hacer a su madre cuando la llevaba de la mano, y que así lo aprendió de sus mayores; y solo algunos de imaginación poética cuentan que el referido cuadro fue traído de una torre inmediata, donde los árabes lo tenían como objeto de burla y de befa, por unos caballeros cristianos, que en una excursión de aquellas tan frecuentes en los campos fronterizos, se atrevieron a escalarla muriendo todos excepto e que había logrado recobrar el sagrado depósito, y que para conducirle con más seguridad le había prendido en lo interior de su capilla; pero como al sentar esta opinión no presentan dato ni fundamento que sea digno de crédito, de aquí el que no pase de ser un cuento tan inverosímil como las virtudes que por otros se atribuyen al mero acto de ofrecer tan caprichosa limosna; sabido es el valor que da el vulgo a todo lo que tiene cierto aire de misterio, y por consiguiente comprenderán nuestros lectores lo bien que se presta devoción tan fácil como es echar unos cuantos alfileres por una rejilla, a suposiciones gratuitas, y muchos más si se sostiene por los que están interesados en la misma, y se viste de vez en cuando con sucedidos y anécdotas tan a propósito para admirar a la gente sencilla. Sea de ello lo que se quiera, es lo cierto que existe esta devoción; que desde tiempo inmemorial se ofrecen a la santa efigie gran cantidad de alfileres, cuyo número cada día asciende a un guarismo prodigioso; y justo es que los aficionados e instruidos en nuestras antigüedades expongan el origen de tan piadosa cuanto extraña práctica.

 

Diego MONTAUT Y DUTRIZ