DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

El Romancero de Jaén, Sociedad de Amigos del País de Jaén, Jaén, Imp. de Francisco López Vizcaíno, 1962, Romance XVI, pp. 145-154.

Acontecimientos
Lealtad
Personajes
Rey Don Pedro, Hinostrosa (privado del Rey), D. Juan Ponce de León, D Alfonso Guzmán, Dª Urraca de Osorio (madre de Alfonso), Isabel Dávalos (criada de la madre)
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Romancero de Jaén

LOCALIZACIÓN

ÚBEDA

Valoración Media: / 5

ROMANCE XVI.
 
Tienen sus ecos las horas;
Tienen una voz las tumbas,
que se levanta flotando
del pasado entre las brumas.
En vano la segur blande
el viejo de faz adusta
y envuelve en los rudos pliegues
de sus negras vestiduras,
Ese canto misterioso
de sencilla y dulce música,
que se eleva desde el suelo
de la gloria a las alturas.
Sus honrosas tradiciones
que nuevas gentes ilustran,
como brillante tesoro
de inapreciable hermosura
Trasmite un pueblo a otro pueblo
escritas con mano ruda,
en la espalda de los siglos
del patrio amor con la pluma
Y un ángel junta los ecos
de esta deliciosa música,
y Dios los graba en el libro
de las virtudes augustas;
Que la virtud es de Dios
y la virtud sola es una.
¡Ojalá mi pobre labio
bebiera esa linfa pura,
Para cantar la nobleza
de una heroína que ilustra
este bendecido suelo
donde se meció mi cuna!
Mas no temas que mi voz
amengüe tus glorias justas,
que aunque rueden sobre el mundo
miles y miles centurias,
siempre será Isabel Dávalos
uno de tus timbres, Úbeda.
Terso, apacible, brillante,
corre una fértil llanura
como serpiente de plata
cuyas escamas relumbran
Reverberando del sol
la transparente blancura,
el Guadalquivir risueño
en cuya margen fecunda,
Se levanta mal velada
entre un sudario de brumas,
Sevilla, sultana hermosa
cuyos encantos auguran
Que ha nacido del amor
del Betis y sus espumas.
Estréchanla en fuerte abrazo
murallas recias, seguras,
Sobre las cuales se elevan
de altas torres las agujas,
que infiltrándose en el aire
allá en las nubes se ocultan.
Y enmedio de ellas luciendo
su elegante arquitectura,
majestuosa levántase
del regio alcázar la cúpula
Cuyos calados encajes
el sol ávido circunda,
como ansiando penetrar
en sus bóvedas ocultas
A beber luz en los ojos
de las hembras andaluzas.
Da el palacio digno albergue
a la majestad augusta
De Don Pedro de Castilla
que el cetro real empuña.
Tiene el semblante agitado
y su cabellera rubia.
Se desprende en broncos rizos
sobre su espalda robusta:
y en sus ojos chispeantes
que cual centellas fulguran.
Claramente se demuestra
que por sus venas circula
de sus años juveniles
la ferviente levadura.
Entrambas manos esconde
bajo de la regia púrpura
estrechando de una daga
la esmaltada empuñadura;
Mensajera de la muerte
que le sigue sí relumbra.
«Conque mis nobles vasallos
(dice el Rey con voz sañuda
Mal reprimido el coraje
que a su rostro se acumula,
á Hinestrosa su privado
que atentamente le escucha.)
«Mientras a extraños países
» me arrojan siniestras luchas
»de mi aborrecido hermano
»se declaran en ayuda.
»Conque entregan los castillos
> donde mi bandera ondula
»y a mi noble Ciudad Córdoba
»bajo su cetro subyugan.
» Harto menguada es su estrella
»pues no han de pasar dos lunas,
»sin que arranque de sus hombros
» sus cabezas una a una. »
»Pensad bien, dijo el privado
» con respetuosa mesura,
»que provocan más que a enojo,
»a desprecio sus injurias;
»Sus tercios yacen tendidos
» de Nájera en las llanuras;
» que no valen contra el fuerte
»ni la traición ni la astucia.
»Recordad también que están
»entre esa atrevida turba,
» Don Juan Ponce de León
»el que a Marchena sojuzga,
»Y Don Alfonso Guzmán
»de alta prez y noble alcurnia,
»que heredaron de sus padres
»con los timbres de su cuna,
»Esas invictas espadas
«que cuelgan de sus cinturas,
»jadeantes de arrancar
»sangre a las huestes morunas.»
Como el rayo que las peñas
hiende con potente furia,
y como el tigre furioso
acosado en su espelunca,
Así Don Pedro al oír
del privado las escusas,
tal fuego abrasa su lengua
que ni una voz articula.
«Sabed, murmuró rugiendo
con indomable locura;
»que si no los presentais
»antes que otra aurora luzca,
Sin piedad he de arrancaros
vuestra vida con las suyas»
Dijo; y en la noble estancia
que una débil luz alumbra.
Quedó atónito Hinostrosa
ante cuyos ojos cruzan,
como sangrientos fantasmas
del Rey las palabras últimas.
En el lugar que ocupaba
amplia y extensa laguna,
se levanta hoy en Sevilla
una alameda copuda,
Cuyos ángulos ostentan
cuatro macizas columnas,
dó se lee en cifras de piedra
el osado non plus ultra
Que no soñó de un Colon
la gigantesca figura.
¿A quién espera apiñada
la muchedumbre confusa
Que del inmenso lugar
la vasta extensión ocupa?
¿Y qué hace allí aquella hoguera
que agitándose convulsa
Víctimas a su furor
con ojos de fuego busca?
Silencio.... allá se perciben
ecos de lejanas turbas
Que se acercan difundiendo
desolación y pavura.
Son ellos.... son los cachorros
de la hiena que se inunda
De placer, cuando se baña
en lagos de sangre turbia:
los ballesteros del Rey
que abriéndose paso cruzan,
Aquel mar cuyo oleaje
en densas masas se agrupa;
llevan personas atadas. . .
Dos... seis... veinte... y de ninguna
Ante el suplicio inminente
tiembla la planta segura;
que cuando está limpia el alma
el valor no falta nunca.
Va allí Ponce de León
y detrás, ¡pobre criatura!
una anciana cuya frente
huellan sagradas arrugas.
Es doña Urraca de Osorio,
madre por su desventura,
de don Alfonso Guzmán
que en precipitada fuga
Salió aquella misma noche
de Sevilla dó le buscan,
para lavar con su sangre
el delito que le imputan.
¿Y morirá ella inocente
por pagar ajena culpa?
Silenciosa, triste, inerte,
presa de mortal angustia,
va al lado de doña Urraca
que la mira con dulzura,
Una doncella que admira
por su cabellera rubia
y por las copiosas lágrimas
que a sus párpados se agrupan.
No han besado veinte abriles
sus frescos labios de púrpura,
y ya cautiva los ánimos
por su gallarda apostura.
Marcha el fúnebre cortejo
entre aquella inmensa turba;
ya se divisa la hoguera...
andan . . . llegan . . . paran . . . dudan.
Alzan los ojos al cielo
dirigiéndole una súplica...
Adiós... dicen; y la anciana
se despide con ternura
De la doncella que al pie
de la hoguera yace muda.
Los implacables verdugos
hacia el fuego los empujan:
Pronto en sus copas las llamas
ceban su lengua sañuda;
¿y profanará el pudor
del pueblo la vista impura?
Mil ideas de la doncella
hacia la mente se agrupan;
no piensa, no se detiene,
arrójase al fuego súbita,
Y cubriendo con su cuerpo
el de su ama ya desnuda,
de la vergüenza la libra
y abrazadas mueren juntas.
En tanto la noche avanza;
espesas sombras se ofuscan,
el sol en el mar se esconde
que no quiere si fulgura,
ser cómplice con su luz
de un crimen que al cielo insulta.
Úbeda, ciudad dormida
sobre esa loma; segura
de moriscas algaradas
y de invasiones nocturnas;
No tienes ya adarves, fosos
ni altas murallas te escudan;
pero ostentas en el libro
de tus grandezas augustas,
El nombre de una heroína
que tus anales ilustra;
digna de que se recuerde
en las edades futuras,
Y de que liras la canten
y de que en oro se esculpa.
¡Ojalá para admirarla
me diera el genio su ayuda!
Mas no temas que mi voz
amengüe tus glorias justas;
que aunque rueden sobre el mundo
miles y miles centurias,
Siempre será Isabel Dávalos
uno de tus timbres, Ubeda.