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Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Semanario Pintoresco Español, 35 [29/08/1841], pp. 274-277.

Acontecimientos
Personajes
Don Alonso Fernández Coronel, señor de Aguilar
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LOCALIZACIÓN

MONTIEL

Valoración Media: / 5

Leyendas históricas

Don Alonso Coronel o la venganza del cielo

Siglo XVI

I

La batalla de Arcos

 

Era el otoño de 1339, grande la penuria y estrechez del erario, próxima la guerra con el moro de la frontera, y tiempo de apercibirse con dinero y vituallas. El rey de Castilla, Alonso XI, ardiendo en deseos de mayores conquistas y laureles, hizo llamamiento en los pueblos todos y señoríos de sus estados, juntando copia grande de trigo en Nebrija, orillas del Guadalquivir; guardando el estrecho con galeras de su armada, y otras de Aragón, al mando de Gilaberto y Jofre Tenorio, tomó la vuelta de Madrid,

para donde tenía convocados en Cortes los procuradores del reino. Sevilla en tanto no dormía, ni sosegados eran tampoco los ánimos de los caudillos y adelantados, a quienes se confiara el levantamiento de tropas y la guarda y defensa del país.

Lucida y numerosa escolta acompañaba al rey en su viaje, echándose allí de ver prelados y ricos-hombres[1], palaciegos y pajes, donceles y escuderos, y hasta la comitiva no escasa de doña Leonor de Guzmán, la combleza[2] de Don Alonso. Apenas pasadas dos semanas, el alcázar de Madrid llenóse de júbilo con inesperadas y agradables nuevas. Abomelique, hijo del emperador de Marruecos, guerrero poderoso recién venido de África, apenas supo la vuelta del rey, asentó sus tiendas cerca de Jerez, y, después de enviar mil y quinientos hombres a Nebrija, taló sus campos, apresurándose a volver al real con rico botín; pero no tan pronto que el maestre de Alcántara D. Gonzalo Martínez de Oviedo, no le alcanzase y venciese, cogiéndole otra vez sus rapiñas, con más sus tesoros, y dejando sobre el campo hasta diez mil infieles, entre ellos Abomelique y su primo Aliatar.

Feliz presagio de mayores triunfos consideróse esta jornada en la corte de D. Alonso, inflamando a la par un ardor guerrero, dado que a la prez de la victoria se alegaba la riqueza de los despojos, bastantes a remediar en partes de sus aprietos. Bullían ya en su mente esperanzas, deseos y recompensas, con que, alentando a unos y reprimiendo a otros, lograse por cabo la felicidad del país, objeto de sus continuos afanes.

Empero no todos acogieron con igual alegría tamaña novedad, que a la honrosa emulación sustituye a veces la envidia, recatada bajo el velo de la prudencia y del bien público. Doña Leonor de Guzmán, declarado que se hubo bajo especiosos[3] pretextos, enemiga mortal del maestre y resuelta a empañar su gloria, buscaba medios y cómplices en tales manejos, hallándolos al fin dentro del mismo palacio. Un hombre de alta esfera, si bien no tanta que alcanzase al trono por su linaje, ni por sus dignidades y méritos a los grandes y señores de vasallos, aprovechó esta coyuntura de hacerse grato en pro[4] de sí mismo, a los ojos de la amiga del rey, declarándose el alma de sus proyectos y el instrumento de sus odios. Este era D. Alonso Fernández Coronel.

—"Y bien, (decía con semblante iracundo dos días después de llegar las nuevas de Arcos), tanta loa y tantos premios, ¿débense únicamente al esfuerzo de D. Diego y de los caballeros de Alcántara, cuando Fernán Pérez Portocarrero desde Tarifa, Pedro Ponce y Alvar Pérez desde Sevilla vinieron a su ayuda con tropas, arremetiendo y desbaratando a la morisma hasta el opuesto lado del río... ¿O veremos en las jornadas del maestre, repetirse con mengua las turbaciones de las Órdenes y sus ambiciosos caudillos, a cuya sombra desparraman su pujanza en bien bastecidas fortalezas, no sin miras ni otros fines que alzarse algún día contra su natural Señor y su rey…?”

Estas y otras razones ayudadas de secretos manejos, desasosegaron el ánimo de D. Alonso XI, amargando los frutos de la victoria de Arcos. Veía el príncipe tras un velo la realidad de los hechos, y trayendo a su mente la funesta memoria de los bandos de Calatrava durante el gobierno del maestre D. García de Padilla y elección de D. Juan Núñez, a que siguiera, la desastrosa jornada de los Llanos de Baena, juró reprimir con mano fuerte cualesquier intentos hostiles, verdaderos o aparentes. Doña Leonor enarbolando sus ponzoñosos dardos en el corazón del rey, le encontraba así dispuesto a favorecerla en su premeditada venganza.

II.

Por premio, castigo.

Numerosísima hueste, cual jamás vieron los nacidos acudió al llamamiento de Albohacen para vengar en lides sangrientas la deplorada muerte de Abomelique en los campos de Jerez. Secretos conciertos con el moro granadino facilitaban esta invasión, y como quier[5] fuesen más de quinientos mil entre caballos y peones, no se alcanzaba como el de Castilla pudiese solo resistir tal golpe de gente, tantos y tamaños estragos. Trescientas naves de todo buque cubrían el Estrecho; abundaba entre los infieles el mantenimiento del soldado, y su entusiasmo crecía a par de la predicación de los alfaquíes y santones de África, empeñándole al fin a combatir y vencer en la que apellidaban santa guerra. Arriscóse[6] más y más la morisma[7] con un suceso desastroso que ocupara los ánimos de la corte de Sevilla. El rey, cediendo a los torpes halagos de la Guzmán y a la vil intriga de Coronel, emplazó al maestre de Alcántara, citándole para responder a gravísimos cargos de traición que forjaban y recrecían[8] sus émulos[9] en pro de sus intereses y mengua del estado.

Lejos D. Gonzalo Martínez de esperar tal recompensa a sus servicios, y no cabiendo en su pecho hidalgo y generoso la idea de someter el fuero y privilegios de la orden a un tribunal corrompido, protestó que se le hacía fuerza, y poniendo a buen recaudo su persona contra las asechanzas del rey de Castilla, pidió asilo al de Granada, resuelto a volver a la corte, toda vez que se le oyese y juzgase por sus propias leyes y albedríos[10].

      Comenzaba en esto la primavera de 1340 y el delicioso suelo que fecunda el Betis, desplegando sus galas y bellezas, parecía mover a todos a obrar en común provecho, disponiendo las voluntades a librar a cualquier trance la frontera de la horrible plaga de infieles, que por doquiera[11] la estrechaban y oprimían. D. Alonso, presto en el consejo, a par que atrevido en la ejecución de sus planes, dejó a Burgos, y púsose luego al frente de las tropas levantadas en Sevilla por el maestre de Santiago D. Alonso. Meléndez de Guzmán, general de este reino durante la ausencia del monarca.

Sin embargo de la presteza y tino con que todo se dispuso, parecieron estos medios sobradamente tardíos, vista la derrota y afrenta de las armas de Castilla en el puerto de Algeciras, donde disputando el paso Jofre Tenorio, su almirante, a la poderosa flota de Albohacén, superior en número y bastimentos, había sido víctima de su bizarría[12] y denuedo, puestas en dispersión sus naves y galeras[13], otras fugitivas en las aguas de Tarifa, y otras apresadas por los infieles. Suspenso el rey entre dificultades y temores, recelábase mayor desastre, y dióse prisa a precaverlo. Hizo, pues, juntar los grandes[14] y prelados[15] de sus reinos, a quienes después de exhortar en una patética arenga a la venganza de tamaño ultraje, y de poner a la vista todo el horror de la situación del país, talado y robado por la vanguardia morisca en número de mil y quinientos jinetes africanos, les mostró sus deseos en las siguientes memorables palabras.= “Solo os advierto miréis que de vuestra resolución no se siga algún grave perjuicio a esta corona real, ni a esta espada deshonra, ni afrenta alguna; la fama y gloria del nombre español no se mengue ni oscurezca.”= Y dicho, salióse del aposento, dejándoles a su antojo para deliberar. De ellos, cada cual apuntaba un dicho y un parecer; cada cual ponía su mente en un suceso, y a su sabor y manera lo concertaba. Todos, empero, conocían el ánimo de D. Alonso; y como quiera estuviese tan reciente la fuga del maestre de Alcántara, sospechaban una segunda y más estrepitosa venganza, tal y tan cruda como la de Segovia y Agoncillo, si bien no tan justa ni merecida.... Acordóse, pues, en consejo, dar auxilios al rey para la defensa común, y venir luego luego a las manos con la morisma.

No eran vanos estos presagios, ni sin razón temidos; pues a poco, sabiendo doña Leonor y el pérfido Coronel que D. Gonzalo Martínez se abrigaba, no ya en el alcázar del moro granadino, sino en la fortaleza de su villa de Valencia de Alcántara, tierra de Extremadura, instaron de nuevo por el castigo.... ¡Qué no pueden los deleites y caricias, y que no alcanza en los palacios una villana lisonja...! Partió al punto buen golpe de gente y cercó y estrechó el castillo. Confiado el maestre en su inocencia y en que se le oiría y juzgaría, dióse luego al rey sin condiciones... ¡Vana esperanza...! El crimen había escarnecido y atropellado la ley, aquél y no esta le declararon rebelde y traidor, pagando al punto en el cadalso, cual si fueran maldades, los triunfos de Arcos y de Tarifa, este caudillo insigne, digno de mejor suerte. Su cuerpo fue quemado, proscrita su memoria y sus bienes entregados al fisco[16]: borrón y mancilla que empañó el lustre de un gran monarca, y sangriento escalón de la privanza de muchos, do[17] luego resbalaron con grande y estrepitosa caída de sus fortunas y escarmiento de sus malvados cómplices....

 

III. La nueva dignidad.

El ronco clamoreo de las campanas, la pompa y funeral cortejo, las lágrimas en los ojos del concurso, el silencio del pueblo, la tristeza de los grandes, el abatimiento de los prelados, el desorden y confusión de las tropas, diezmadas ya por los horrores del contagio, en el abandonado cerco de Gibraltar a fines de marzo de 1350, todo anunciaba en Sevilla la temprana muerte del rey D. Alonso XI, y la llegada de sus augustos despojos. Treinta y nueve años contara desde que vino al mundo, y uno menos de reinado: si más larga vida alcanzase, holgaríase España de más pronta y cuasi total expulsión de la morisma, y mayores lauros y proezas esmaltaran su corona. No empero, inútilmente, la fama publica sus virtudes, ánimo generoso y ardor guerrero. ¡Lástima que tantas y tales prendas asomasen a par de algunos vicios, hijos muchos de un siglo, en que la moral cedía su imperio a la disolución de costumbres y la obediencia y templanza a las traiciones y bandos de los señores de Castilla!

Fácil es conocer los principios del nuevo reinado por las prendas y acciones del nuevo rey. Domeñado el altivo Don Pedro por la influencia y voluntad de Alburquerque, aspiró antes al dictado de Cruel, que le distingue en las crónicas vulgares, que al de Justiciero prodigado por sus encomiadores. Y en tanto que con afable rostro escuchaba en Llerena las propuestas de su hermano Don Enrique, y como a tal le agasajaba y recibía, apresuróse a dar orden a su confidente Alonso de Olmedo, para que degollase sin piedad en Talavera a Doña Leonor de Guzmán, presa tiempo había en su fortaleza; como en efecto lo ejecutó. ¡Triste ejemplo de la instable grandeza humana, que apoyada en el vicio y las pasiones, tarda poco en experimentar el castigo! De aquí salieron tantos y tales torbellinos, recias tempestades, lides y hasta una nueva alcurnia de reyes.

Preciso pues era en estas revueltas alzarse con no escaso poderío a la privanza los amigos del astuto Alburquerque. Así, y no en otra forma, puede concebirse la injusta sentencio dada contra Bernardo de Cabrera, insigne varón y caudillo aragonés, que litigaba por deudo el Señorío o Estado de Aguilar en la provincia de Córdoba, como descendiente de Doña Berenguela González, hija de los primitivos poseedores, en competencia de D. Alfonso Fernández Coronel que, sin lazos de sangre ni otros méritos que el favor, obtuvo esta merced del rey D. Pedro. Probóse aún más la constancia y fe de D. Bernardo, pues acusado de traición y pactos con el de Aragón, vióse forzado a huir a su noble y generosa patria. De esta manera labraba su fortuna el impío Coronel: faltábale empero mayor timbre para optar al opulento Señorío, dado que el de la villa y Estado de Aguilar era propio de Rico-hombre, y el nuevo dignitario, ni por su linaje, ni por sus deudos y alianzas pudiera acreditar un derecho positivo. Mas ¿qué no vence la osadía de un favorito en tiempos turbulentos y aciagos...? Apenas mostró su deseo el nuevo Señor de Aguilar, cuando el incansable Alburquerque hizo extender el privilegio rodado[18] que le constituía en la dignidad de Rica-hombría[19]. Siguióse después la ceremonia a presencia del rey y armado caballero por su propia mano, calzadas las espuelas y ceñida la banda, veló con grande aparato sus armas en la Iglesia de Santa Ana de Sevilla, al opuesto lado del río en el barrio que nombran de Triana. Por último, el noble agraciado tomó plena posesión de su vasto heredamiento. Engreíanse ayo y protegido con el venturoso azar de sus torcidos manejos; empero no tanto que el remordimiento del crimen, dando aldabadas[20] en el corazón del segundo, no le atribulase a veces, ofreciéndole de una parte el injusto suplicio del Maestre de Alcántara, y de la otra el horrible castigo de la Guzmán, recuerdos ambos que penetrando en su espíritu, poníanle de manifiesto el origen de tan inicua elevación de fortuna, y amargaban frecuentemente su trabajada existencia.

IV

La plática peligrosa.

Aun no van cumplidos tres meses desde su aclamación, cuando el rey de Castilla, enfermo de grave dolencia, se encuentra al borde del sepulcro. El pálido y demudado semblante de Alburquerque, sus preguntas vagas e inconexas, su frecuente y animada conversación con los doctores hebreos que apuraban su ciencia y sus recursos en el moribundo príncipe, todo respiraba temores y agonía en la opulenta corte de Sevilla. Los grandes, vista la incertidumbre y aprieto a que llegaba un reino, comenzado apenas, concebían entre sí serios temores, sin dejar a su vez de alimentar proyectos y esperanzas.

Paseábanse a lo largo de las extensas galerías del Alcázar, señores y palaciegos, hidalgos y ricos-hombres, entre ellos D. Alonso Coronel; y platicando a su sabor acerca de la sucesión del reino, cuidábase poco del bastardo Trastámara y los suyos, fijando sus miras, cual en D. Fernando Manuel, biznieto de S. Fernando, e hijo del infante D. Juan Manuel, cual en el de Lara, nieto de D. Alonso el desheredado, cual en el Marqués de Tortosa, Infante de Aragón.

— "¿A qué tanto departir, Señores, decía con altivo continente el de Aguilar, sobre herederos de la corona de Castilla, si, a decir verdad, la espada cortaría este nudo, no por ley, sino por albedríos[21] y voluntades de hombres...? En Algeciras y otras villas fronteras a nosotros aplazan nueva guerra los mal contentos: nada pues importa mostrar linajes y abolengo, cuando las armas deciden la contienda. Vivas están en nosotros las tutorías de D. Alonso XI, cuando la pujanza de su brazo y el filo de su espada mantenían a raya las ambiciones y demasías. Pero hoy, como va el reino sin timón ni gobernalle[22], sospecho naufragará muy pronto en las cansadas manos de Alburquerque..... Y entonces...

— “Entonces, contestó indignado Garci-Manrique, veremos repetidas las jornadas de Cabra y Castro-leal pero seguirse han en breve las de Íscar y de Córdoba. ¿Tan presto os olvidáis de Juan Ponce, el Adelantado...?”

—" Nada se parecen tiempos a tiempos, repuso Coronel. Todo ha cambiado ya...”

— "Nunca tanto, dijo un prelado con mesura, que pudiese la bastardía llevar el premio de la lealtad. El cielo propicio vela por la salud de Castilla y de su rey, al paso que castiga la traición más luego, o más tarde....”

— ¿Y si en vez de esos castigos y anatemas vieseis 10.000 lanzas en manos de otros tantos vasallos, y diez castillos almenados y abastecidos hacer alarde ante un rey niño y un viejo trémulo y ambicioso....? insistió el de Aguilar.

— Poco importan vanos aparatos, volvió a decir Don Manrique, cuando el amotinado caudillo no tiene pechos leales que obedezcan sus órdenes, ni más apoyo que un pergamino y una espada virgen..... Íbale a responder Coronel, a tiempo que se dejó oír la voz de Alburquerque, anunciando el alivio del Monarca. Sorprendió a todos tan extraña nueva, desmayando y cortando los vuelos de sus desbocadas esperanzas.

-A pocos días recobró D. Pedro la salud; el anciano favorito aseguró su poder. La lisonja que halla cabida en tales ocasiones, derramó su veneno en el corazón de Alburquerque. La amenaza de Coronel, corriendo de boca en boca llegó a oídos del rey. Trocóse en odio el favor y la privanza; y receloso el Señor de Aguilar del castigo, partió secretamente a sus estados, apercibióse para la guerra, hizo liga con los revoltosos y treguas con el moro. Así creía el ingrato vasallo poderse sustraer de los golpes de la cólera divina, próxima a descargar sobre su cabeza delincuente.

 

V.

La resistencia y la venganza.

      Asentado el castillo de Poley o Aguilar en lugar eminente y defendible por naturaleza y por arte[23], ofreció largo tiempo grave y tenaz resistencia a las armas del rey, obligando a su general el Maestre de Calatrava Don Juan Núñez de Prado a mantener un cerco de cuatro meses, en cuyo tiempo dio cabo Don Pedro a la pacificación de Asturias, conquistó a Gijón, recobró a Monteagudo y sosegó los bandos alzados en Castilla por su hermano Don Tello. Ajustada la paz y alianza ofensiva y defensiva con el de Aragón, volvió D. Pedro toda su furia contra la villa de Aguilar, trayendo a este fin de Córdoba máquinas e ingenios[24] con que batir sus muros y vencer la desesperada resolucón de los sitiados. Amaneció el jueves, primero de febrero de 1353, y el tañido de una campana en lo más elevado de la fortaleza, próxima ya a desplomarse a impulso de redoblados esfuerzos de los sitiadores durante cuatro días, anunció al pueblo la hora de celebrarse la misa en la capilla de Don Alonso Coronel. Agrupados en torno suyo los trémulos y confusos vasallos, pintados en sus semblantes el hambre y la sed, la aflicción y horribles sufrimientos probados en el discurso de tan largo sitio, cada cual parecía pedir misericordia al Dios de las venganzas, de haber malogrado sus esfuerzos y su sangre en pro de causa tan injusta. Déjase percibir distintamente el estampido de los truenos[25] y explosión de los trabucos, tan hábil y felizmente empleados en el cerco de Algeciras; y el sacerdote celebrante lleno de un santo fervor, pronuncia en voz baja las palaras tremendas y eleva sobre sus manos la víctima expiatoria de los pecados del mundo. Todo era recogimiento, preces y lágrimas en el gótico santuario del castillo; todo rabia, carnicería y combates en lo exterior de su recinto.... El débil muro que guarnece la villa se derrumba entre vaporosos escombros; arranca su caída mil gritos de desesperacion; mézclase la voz de guerra y de triunfo con los postreros ecos del moribundo......

No hay remedio en lo humano; por doquiera se multiplican los ataques: bambonean las escalas, oprimidas con increíble número de guerreros: Don Pedro se adelanta seguido de Alburquerque a la brecha más próxima al castillo; una nube de dardos se despunta en su acerada cota, sembrando en derredor suyo la muerte: caen traspasados varios caballeros de Calatrava; enciéndese la saña del Maestre y lánzase con lo más escogido de su tropa en el mayor peligro, deseoso de vengar este ultraje. Una horrible detonación se prolonga bajo sus plantas; vacilan los sitiadores..... El gran baluarte, que aún mostraba erguida a intacta su frente al iracundo Príncipe, pierde el equilibrio, y parecen conmovidas sus entrañas; hiéndese al fin, desgaja sus moles y cae desplomado ante el mismo vencedor..... Aun se muestra hoy en Aguilar parte de la mina que produjo tan estrepitosa catástrofe, cerca del sitio que llaman la Puerta de hierro, en el cual es tradición haberse entregado al rey Don Alonso Coronel con sus cuatro compañeros, jefes y principales cómplices en el alzamiento, a saber: Don Pedro Coronel, su sobrino; Don Juan González Daza, su cuñado; Don Ponce Díaz de Quesada y Don Rodrigo Fáñez de Viezma. Dueño de sí mismo el Señor de Aguilar en aquel trance terrible, lejos de turbarse a presencia del monarca y de su bienhechor, dióles en rostro con semejantes palabras =" Esta es Castilla, que hace a los hombres y los gasta.” =Y como todos guardasen silencio, continuó así:= "¡Oh tú, víctima generosa, cuanto inocente de mi desapoderada ambición, Gonzalo Martínez, Maestre de Alcántara, recibe en hecatombe[26] expiatoria la vida de este infeliz, cuyos postreros acentos serán el demandarte perdón!” =Y dicho, rindió sus armas y entregóse al rey....

En seguida su lanza se hizo públicamente astillas por mano del verdugo, arrancáronsele las espuelas, rompióse con la maza su casco y su armadura, cortóse la cola a su caballo de batalla, y hendiendo con el hacha el blasón de su linaje, se colgó ranversado de un palo en la más pública y principal entrada del castillo, cerca de donde se había levantado el cadalso; borróse de las crónicas su nombre, y dejando abierta la villa, impúsosele el de Monte-real: tan crudo y espantoso fue el castigo de esta alevosía.

No había el sol terminado su carrera diurna, cuando se vieron bajar por el arco de la Puerta de Hierro varios frailes con hachas encendidas, entonando preces, seguidos de otros, que recogían limosnas para el entierro y sufragios de los ajusticiados. Cinco ataúdes cubiertos de negras bayetas cerraban la marcha. El postrero contenía el cadáver de D. Alonso Fernández Coronel, Rico-hombre de Castilla, Señor del Estado de Aguilar y Caballero de la Banda, muerto en el suplicio como traidor a su rey.

Así concluyó tanta grandeza, y ¡ojalá esta caída sirviese de barrera a las demasías de los turbulentos nobles de la corte de D. Pedro, a las pasiones del monarca y avaricia de su privado...! Pero no fue así, que en tan lóbregos e infelices tiempos, toda carne se había corrompido, borrándose del corazón de los hombres aquella divina sentencia: ="El que derrama la sangre de su hermano, verá también derramada la suya."

MANUEL DE LA CORTE Y RUANO.

 

Editado por María José Alonso Seoane

NOTAS

[1] RAE: Ricohombre 1. m. Hombre que pertenecía a la primera nobleza de España.

[2] RAE: Comblezo, za. 1. m. y f. p. us. Persona amancebada con hombre o mujer casados.

[3] RAE: especiosos, as. 2. adj. Aparente, engañoso.

[4] RAE: Pro. 2. m. o f. desus. Provecho o utilidad.

[5] RAE: Quier. 1. conj. distrib. desus. ya.

[6] RAE: Arriscar. 4. prnl. Encresparse, enfurecerse, alborotarse.

[7] RAE: Morisma. 1. f. Especialmente en la España de los siglos VIII al XV, conjunto de los moros. La morisma.

[8] RAE: Recrecer. 1. tr. Aumentar, acrecentar algo. U. t. c. intr.

[9] RAE: Émulo, la. 1. adj. Competidor o imitador de alguien o de algo, procurando excederlo o aventajarlo. U. m. c. s. U. m. en sent. favorable.

[10] RAE: Albedrío. 3. m. Costumbre jurídica no escrita.

[11] RAE: Por doquiera. 1. loc. adv. cult. por doquier. Por doquier. 1. loc. adv. cult. Por cualquier lugar o por todas partes.

[12] RAE. Bizarría. 1. f. Gallardía, valor.

[13] RE: Galera. 1. f. Embarcación de vela y remo, la más larga de quilla y que calaba menos agua entre las de vela latina.

[14] RAE. Grande. 5. m. Prócer, magnate, persona de muy elevada jerarquía o nobleza.

[15] RAE: Prelado. 2. m. Superior eclesiástico constituido en una de las dignidades de la Iglesia, como el abad, el obispo, el arzobispo, etc.

[16] RAE: Fisco. 1. m. Erario, tesoro público.

[17] RAE: Do. Do2 1. adv. relat. desus. donde. U. en leng. poét.

[18] RAE: Privilegio rodado. 1. m. privilegio que se expedía con el signo rodado. Signo rodado. 1. m. Figura circular dibujada o pintada al pie del privilegio rodado y que solía llevar en el centro una cruz y las armas reales, alrededor el nombre del rey y a veces también los de los confirmantes.

[19] RAE: Ricahombría. 1. f. Título que se daba antiguamente a la primera nobleza de España.

[20] RAE: Aldabada. 1. f. Golpe que se da en la puerta con la aldaba. Aldaba. 1. f. Pieza de hierro o bronce que se pone a las puertas para llamar golpeando con ella.

[21] RAE: Albedrío. 2. m. 1. loc. adv. Según el gusto o voluntad de la persona de que se trata, sin sujeción o condición alguna.

[22] RAE: Gobernalle. 1. m. Mar. Timón de la nave.

[23] (1) Véanse el artículo y dibujo insertos en el núm. 43, segunda serie, tomo segundo del Semanario [Nota del autor].

[24] RAE: Ingenio. 7. m. Máquina o artificio de guerra para atacar y defenderse.

[25] RAE: Trueno. 5. m. desus. Pieza de artillería.

[26] RAE. Hecatombe. 4. f. Sacrificio solemne en que es grande el número de víctimas.