DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

La Ilustración española y americana, n.º XXXVIII, 15/10/1882, pp. 223, 226 y 227; n.º XXXIX, 22/10/1882, pp.  242-243;  n.º XLI, 8/11/1882, pp. 275, 277-278.

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Personajes
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LOCALIZACIÓN

MADRID

Valoración Media: / 5

La casa de las siete chimeneas

 

I.

Acababa de morir en Madrid el Marqués de Villena, Maestre de Calatrava, cuyos escritos sobre astrología judiciaria[1] fueron quemados por Fr. Lope Barrientos, de orden del Rey; en el alcázar Real se habían celebrado Cortes, con gran concurrencia de príncipes y magnates, y en el monasterio de monjas de Santo Domingo el Real se inhumaban, para in aeternum los restos mortales de D. Pedro el Cruel, con una solemnidad digna del famoso Monarca y de su nieta doña Constanza de Castilla, priora del monasterio, quien dispuso la traslación del cadáver y costeó un suntuoso sepulcro con la estatua yacente del Rey, de que hoy, por fortuna, se conservan algunos restos en el Museo arqueológico.

Por aquellos tiempos de costumbres patriarcales, fue Madrid la villa más estimada. Tenía bosques de encinas y campos de trigo; el Manzanares era río navegable, y por sus orillas crecía la hierba en prados naturales, sin artificio, donde pastaban ganados de la Arcadia feudal de nobles y mitrados; habla osos, cazadores y ovejas cazables, mucho leñador furtivo, muchas aves de reclamo y allá, por los horizontes inexplorados de los caños de Alcalá y del barranco de Recoletos, una serie de huertas y jardines, que hubieran causado envidia a los que dicen reserva el Paraíso de Mahoma para sus elegidos. Y es que en Madrid la tierra es próvida, aunque no lo parezca; el aire puro, aunque dé pulmonías, y el cielo azul, como la esperanza holgazana de los que toman el sol comiendo piñones o castañas asadas, mientras llega la Jauja[2] de la trasformación social, que ha de hacer ricos a los cursis o curtíos[3] de las veredas cortesanas.

Y debía haberlos ya por aquellas calendas[4], porque es fama que en una huerta labrada a espaldas del convento del Carmen, en el mismo solar que hoy es plazuela del Rey, y se han escuchado los rugidos de los leones de Cardono, y se bambolean y van desapareciendo las siete chimeneas, que tanto dieron que hacer a los chisperos[5] de la calle de San Antón (hoy de Pelayo), se triscaba[6] de lo lindo[7] los días de precepto, comiendo ensalada de lechuga flamenca y cebolla dulce, aderezada con sabroso aceite del atochar y vinagre blanco de la cosecha de los Padres de San Martín; se merendaba en estío gazpacho, en que el cohombro[8] moruno y el pepino indígena entraban por partes iguales, y alrededor de la noria magistral, servida por jumentos, se formaba el corro de los jóvenes de la nobleza, que bailaban pantomimas al son de la dulzaina[9].

Los estómagos delicados de las personas de edad sustituían el gazpacho con molletes[10] y pastelillos de las monjas de Constantinopla y vino blanco de Pinto, y como por aquel entonces el agua abundaba en Madrid, hasta el punto de que algunos creyeron fundada la villa sobre lagunas, y las lomas, hoy escuetas, eran montes frondosos, poblados de árboles y pastos, y las fuentes brotaban al remover la tierra, no era peligroso, como hoy, tomar el relente[11], pues, si hemos de dar crédito a algunos cronistas, la socarrada[12] metrópoli del siglo de las luces era, por los tiempos de Don Juan II, D. Enrique IV y los Reyes Católicos, una región de las más templadas y sanas, de buenos aires, y de tantas y tan feraces huertas, que, atraída la salvajina[13] de los montes al imán de frutas y verduras, había que estar en perpetua montería de ciervos, gamos, liebres y toros, para que no se comieran las hortalizas y legumbres destinadas a las vigilias de los capuchinos de la Paciencia, ni las exquisitas frutas, criadas para las mesas de los Vargas, Luzones, Lasos de Castilla (hoy Infantado), Luxanes, Sandovales, Guzmanes, Pimenteles, Silvas, Mendozas, Velascos, Pachecos, Bazanes, Ossoríos, Aguileras, Toledos, Alarcones, Zapatas, Bozmediano, Barrionuevo, Ayala, Cisneros, Cerdas, Osuna, Frías, Alba, Lerma, Medinaceli, Pastrana, y tantos otros como figuran en el apéndice de la nobleza madrileña e hijos ilustres de Madrid, quienes, a la sazón de ser huerta y jardín de recreo lo que más tarde fue casa de campo con el nombre de las Siete Chimeneas, empezaban a talar los montes para edificar los palacios aristocráticos que han llegado hasta nosotros, conservándose alguno todavía en el primitivo estado.

 

II.

 

Pero si el relente[14] no era obstáculo para volver a la villa después de merendar, lo era, y grande, el tránsito por las sendas y encrucijadas del camino. Hallábanse estas acotadas, a modo de vía-crucis[15], por siete bodegones de puntapié[16], donde los rezagados de Flandes, y otros ex-caballeros perdonavidas de larga tizona[17], se regalaban con hipocras[18] y comulgaban con queso de los pastos de Pinto, que, según Fernández de Oviedo, es mejor que el parmesano de Italia y el cascaballos de Sicilia.

No había entonces caminos de extramuros, ni paseos, ni serenos, ni vigilantes, ni empedrado; pero, en cambio, había gran número de piaras de cerdos privilegiados de los Padres de San Antón Abad, que recorrían la villa sin límite marcado, buscando en la hediondez de las calles lo que se vertía por las ventanas. Estos malandares[19] de San Antón iban siempre acosados por perros hambrientos, e incitados a la fuga por los monteros de bodegones mal afamados, solían caer bastantes en el perol[20] de los cochifritos[21] pascuales de contrabando, sin que la letra del privilegio de los Padres, ni su autoridad omnímoda, pudiera impedir tales merodeos[22].

En cuanto a alumbrado, Madrid no tenía entonces más luz que la del día. Por eso, los siete farolillos de papel que solían poner los dueños de los siete bodegones de puntapié en los días festivos, daban a la huerta de mi cuento cierto carácter soberano, que la distinguía de las demás, porque la gente permanecía en ella hasta después de oraciones, y nunca se dijo que regresando a casa a la hora de la queda[23], hubiera tenido nadie un mal encuentro. ¿Por qué esos siete farolillos de papel no habían de ser los precursores de padres putativos de las siete chimeneas?  No tengo ningún dato que alegar, pero me choca la coincidencia de los siete bodegones con las siete perchas sustentando siete farolillos. De mucho menos han formado mundos de conjeturas los arqueólogos y orientalistas, y si no, ahí están los sabios que deletrean o leen de corrido los garrapatos[24] de los obeliscos[25] y monumentos de la antigüedad. Conque, admitamos (y alguna vez ha de ser la primera en que yo funde una dinastía o establezca una afirmación) que el origen de las siete chimeneas, o de que sean siete, y no cinco, las repartidas por los tejados de la antigua casa de este nombre, viene de los siete… pecados capitales, domiciliados en los siete bodegones de la huerta, convertidos más tarde, por virtud de capricho señorial, o antojo femenino acaso, en las Siete Chimeneas, ad perpetuam rei memoriam[26].

De este modo pasó un siglo, y hubieran pasado diez sin variar los límites de la heredad del Barquillo, porque en aquellos tiempos las cosas se hacían despacio; no había urgencias para nada, en términos de que cuando alguien, por exceso de nervios o por violencia de carácter, sacaba a relucir aires de impaciente, era tenido por loco o poseído. Y esto era muy natural. Las gentes vivían en familia, cada cual en su hogar, parapetado a piedra y lodo; no había casinos aristocráticos, ni de medio pelo, ni tertulias, ni sociedades danzantes, ni cafés con tostada, ni periódicos políticos, ni restaurants secretos, ni colectividades eminentes, ni capitales fundidos en el símbolo de una tira de papel, ni manifestaciones patrióticas, ni huelgas de cigarreras, ni pronunciamientos democráticos, ni barricadas, ni petardos, ni cajas y libros explosivos, ni coches de alquiler, ni tranvías, ni ferro-carriles, ni telégrafos, ni carteros del interior, ni más discursos que el sermón, ni otras fiestas que la novena, ni vendedores de fósforos, ni voces aguardentosas preguntando a los vecinos si hay ropa vieja que vender. Entonces no había más ruidos externos que el producido por la campanilla del Viático[27], o por las campanas de la parroquia tocando a misa. De manera que la vida era un continuo dormir, de día en el estrado[28], de noche en la cama. No había deuda nacional, ni lotería, ni Bolsa que cotizase ambiciones, ni negocios con fiebre de ganar, ni corredores de número ni sin número, ni lecturas instructivas por entregas ilustradas, ni naturalismos desnudos de pudor, ni esos ejemplos cándidos de familias a la moda, que enseñan a los hijos la liviandad de los padres. Nadie alteraba el compás ni el diapasón; nadie se metía en reformas de ningún género, ni variaba las lindes de la heredad de sus mayores, aunque la casa se viniera abajo y las tierras se convirtieran en barbechos.

No ocurría lo mismo, ciertamente, con la huerta y accesorios de que vengo hablando (y hora es ya de que entre de lleno en el asunto), porque, adquirido todo el coto por un montero (otros suponen que era médico) de D. Felipe II, para mejor dotar a cierta pupila o hija única suya, que era un portento de belleza y tenía gran prisa en enmaridar con un capitán de la Guardia amarilla, no tardaron los alarifes[29] en echar cuerdas y clavar estacas, rodeando los mojones[30], bajo la dirección del arquitecto Juan Bautista de Toledo (maestro de Juan de Herrera), quien, habiendo fallecido hace poco (en 1567), dejó al discípulo predilecto en posesión del  título de Arquitecto mayor de Felipe II[31], con el compromiso de  continuar y terminar la maravillosa fábrica del Escorial, la capilla de Aranjuez, la fachada del alcázar de Toledo, casa-lonja de  Sevilla, traza de la catedral de Valladolid, puente de Badajoz, casa-oficios del Pardo, atrio del castillo de Villaviciosa, retablo mayor del Monasterio de Yuste, fachada de la chancillería de Granada, el puente de Segovia, la iglesia de Valdemorillo, el coro de las monjas de Santo Domingo el Real, y la casa de las Siete Chimeneas (en cuyo trabajo le ayudó Antonio Sillero) y que tenía su parte secreta, como vamos a ver.

 

III.

 

El porqué de esta parte secreta, averiguado a fuerza de pesadas investigaciones, sería largo de decir y acaso parezca novelesco, por lo cual limitaremos su narración a pocas palabras.

La Venus de veinticuatro años, próxima a casarse con el de las amarillas, había vivido desde niña en Palacio. Era un ejemplar en rústica de esos que sueñan los árabes, encarnación de tonos cálidos, formas redondas y macizas, carnes palpitantes irradiando

fuego. No era aquella mujer un sueño de poeta; era, sí, el ideal de Mahoma, el pecado mortal vehemente, irresistible, la tentación que pierde las almas.

Vestida con cota[32] de damasco[33] bis[34], color de neta[35], de fina seda y ricas labores, ostentando gruesa cinta de caderas con doce morlanes[36] obrados de oro, con piedras de muchas maneras y en el cuello fermosa[37] guirlanda de perlas con siete firmalles[38] de gesto amoroso, la ninfa del cuento se parecía más que a una castellana descendiente de rica-hembra[39], a una verdadera princesa oriental.

Alguien de elevada estirpe había visto a la Circe[40] y la amaba como se ama a las mujeres de su especie; y el tiempo iba pasando en ese amor infausto[41], hasta que un día la mimada favorita vio a un capitán de Guardias y dijo a su protector: «Con él me caso», y el protector, que conocía bien al elegido, de quien dice la crónica que era juvelino, bello en milicia, de apuesta cabelledura, amado de Febo y de carácter placiente al uso de Cupido, muy osado en el decir y lapso[42] en el corrompimiento de castidad, contestó: «Pláceme, a fe, añadiendo: —Para que tu boda sea sonada y celebrada como de persona de calidad, yo haré la carta de arras[43] con siete Ítems[44] para que recuerdes los siete pecados capitales y no caigas en ellos, y agregaré los baldíos[45] del Barquillo, para que en uno de ellos levantes la casa solariega, que heredarán tus hijos.»

Y dicho y hecho, a los pocos días registraba uno de los archivos de la aristocracia de Madrid el siguiente documento, que por lo curioso reproducimos:

Después de señalar 20.000 florines a la desposada y expresar que lleva en dote muchos campos de pan y vino, tierras de labor, que llenan trojes[46] y bodegas cuando Dios las fecunda con benéfica lluvia, y además un ajuar de casa, y solares para fabricarla, y un equipo, como decimos ahora, que no lo tuvieron igual reinas ni princesas, sigue diciendo el papel:

«Ítem: un par de paños de tapete colorado, con oro de Grecia labrado, enforrado[47] con pennas veras[48] y perfiles de armiño;

»Ítem: un marco de aljófar[49] mediano para una brochadura[50] para el dicho par de paños de oro de Damasco, sobre verde con pennas grises y un tapete prieto de París, llano[51] para manto y capirote[52] de camino, con pennas grises para los enforros; »Ítem : veinte varas[53] de escarlata[54] para otro par de paños y otro manto de camino, y para saya[55], una pieza de cendal[56] bastado[57] con oro, una brochadura de ámbar para los paños y el manto, que son gruesos y recios, como los que se hacen en Sevilla. Ochenta lazos y diez varas de cintas de oro anchas de las de Sevilla para esquirpas[58] de los susodichos paños; » Ítem : un paño de seda morisco para un brial[59], y una pieza de jafe llano, y una silla de paño broslada[60], y un freno y un cayado[61]; »Item : cuarenta varas de cintas de oro de Sevilla, tan anchas como medio dedo, para estos paños, y otras cuarenta muy angostas[62] para las sayas; » Ítem: cuatro onzas[63] de brochaduras de Sevilla, torrecinas menudas para estos paños, que sean de treinta en onza, y a más unos chapines[64] de once dedos de tacón; »Ítem: una maraña de cadenas, relicarios, cintillos, collares, ajorcas[65] y arracadas[66]

En el archivo del Infantado existe un documento análogo a este, que tiene para la historia de la indumentaria un mérito positivo, y para nuestra casa de las Siete Chimeneas un verdadero interés, porque sin él no hubiéramos podido enumerar las prendas del equipo de su primera propietaria.

La boda se celebró en la iglesia de los Padres de San Martin. Al año siguiente, en 1570, la casa estaba terminada, luciendo, por capricho, superstición o mandato, siete gallardas chimeneas.

Eran demasiados sietes los que venían jugando fantásticamente en la monografía de esta casa, para que no quedaran en símbolo mural como recuerdo o blasón[67] perpetuo. Un año después murió en Flandes el capitán Zapata, dejando consignada su última voluntad en una carta y memorial al Rey, que tuvo encargo de entregarle D. Juan Vargas Mexía.

Poco tiempo más tarde, antes de que las tocas de la viudez ajaran los encantos de la pupila o favorita palatina, amaneció esta sin vida en su lecho nupcial, no se sabe si de pena o de hastío, o a mano airada[68].

El susodicho D. Juan Vargas Mexía, dice el Padre Sigüenza, fundó entonces por autoridad propia, o cumpliendo voluntades soberanas, que es lo más probable, un censo de 6.000 maravedís[69] al año a favor del Prior de los Jerónimos (vulgo Santa María del Paso), otros 6.000 al abad de San Martín, y 100.000 para las huérfanas que se casasen en cada año, constituyendo dichos censos sobre las huertas del Barquillo y casa que en las eras del mismo existe con el nombre de las Siete Chimeneas.

Y como del matrimonio del capitán Zapata con la favorita no resultaron hijos, fue la hacienda revertida al verdadero donador, quien por sí mismo dispuso se sacara a la venta, habiéndose quedado con la casa de las chimeneas, huerta, baldíos y demás anexos, D. Juan de Ledesma, secretario de Antonio Pérez.

 

IV.

 

Así llegamos al año de 1577.

Por este tiempo dicen que vino a Madrid un don Juan Arias Maldonado, que servía en el Perú destino bastante lucrativo, del que se vio privado de golpe. Le acompañaba su esposa, D.ª Ana, y juntos se presentaron en la corte a pedir la reposición.

Doña Ana era joven y bella, un tipo sevillano correcto, mitad alegre, mitad melancólico, tan a propósito para lucir encantos en los estrados como para ocultarlos en el sayal de la monja profesa.

Las esperanzas del pretendiente para volver al Perú se fundaban en D. Juan de Ledesma, secretario de Antonio Pérez, hombre listo, pero de manga corrida, como lo era su señor. Ambos a dos, los secretarios, es fama que otorgaban su protección a peso de oro.

Don Juan Arias Maldonado debió conocerlo por experiencia propia, y sentirlo muy hondo, porque al cabo de algunos meses las esperanzas compradas habían mermado su caudal y reducido al pobre perulero[70] a situación bien estrecha.

Vivía por entonces en Madrid Baltasar Cataño, rico comerciante, tipo del genovés de la época, remedo[71] de los flamencos que con el Sr. de Jevres a la cabeza vinieron acompañando al emperador Carlos V, y que, con sus arrendamientos de rentas reales, sus préstamos al treinta por ciento garantizado, sus negociaciones sobre juros[72], y sus agios[73] sobre cambios, había hecho un gran caudal. Estaba este hombre en la fuerza de la edad y era de imaginación vehementísima, no pudiendo darla alimento suficiente ni las cábalas del comercio, ni las intrigas de la corte, ni el cariño que profesaba a su mujer, Catalina Doria, emparentada con los Trattas, Espinólas y Centuriones.

Por este Sr. Cataño tuvo la desgracia de ser vista la esposa de Arias Maldonado, y desde el instante mismo no hubo para ella punto de sosiego. El mercader la requirió de amores, pero tropezó con una mujer honrada y altiva. Trató de vencerla con oro, y fue rechazado. Esta contrariedad le irritó mucho y le hizo poner formal empeño en reducir a la miseria al marido y a la mujer, con lo cual esperaba que esta se entregaría fácilmente.

Para realizar sus planes, se puso en perfecto acuerdo con el secretario de S. M. en Indias, y este empezó por aconsejar a Maldonado que pretendiera en coche, y no a pie, y que se presentara en la corte con lujo y ostentación; le vendió al fiado, y en precio muy crecido, la casa de las Siete Chimeneas, que da frente a la calle de las Infantas; le obligó a contraer compromisos y deudas importantes, y cuando le vio sin dinero y sin crédito, alborotó a sus acreedores, que cayeron sobre él como manada de lobos, y le vendieron hasta la camisa.

En tanto, Cataño se mantenía a la capa[74], y pensando dar golpe seguro, compró la casa de las Chimeneas por la mitad de su valor, sirviéndose para ello de Baltasar de Rivera, alguacil de casa y corte de S. M., muy abonado para estas empresas. Cataño se proponía regalar la casa a D.ª Ana, si esta escuchaba sus palabras.

Al mes de tan cobarde añagaza[75] murió Arias Maldonado, dejando a su esposa sin marido, sin parientes, sin dinero y sin amigos. Su posición no podía ser más delicada; así lo entendió Cataño, y repitió sus avances, pero D.ª Ana, llena de dignidad, arrojó al malvado y fue a buscar sosiego al convento de monjas Teresas.

Es digna de recuerdo inmortal esta noble perulera, que no queriendo vivir en la deshonra ni el vicio, purgó las máculas[76] de la violencia y foreada pudicicia y castidat, con eterna clausura.

Para no perderlo todo, Cataño hizo que el alguacil Rivera le cediera la casa, y entonces, Juan de Ledesma, con lo que tenía y los provechos de la batida[77] contra el perulero, fundó un mayorazgo[78], que ha dado origen a una de nuestras principales casas.

Solo el alguacil Baltasar de Rivera concluyó mal, pues como el bribón andaba siempre entre maleantes, partiendo con ellos el fruto de las rapiñas, a condición de no prenderlos nunca, sucedió, por mal de sus pecados, que habiendo tenido que encarcelar a uno por demasiado escandaloso, este, para escapar del peligro, le metió traidoramente una daga, que cortó su nobilísima vida.

Juan de Ledesma vendió la casa de las Siete Chimeneas a Arias Maldonado, el 25 de enero de 1578: Baltasar de Rivera la compró el 26 de febrero del mismo año, y la cedió a Cataño el 4 de octubre de 1581.

Así resulta de los protocolos y legajos raídos, que ha sido necesario examinar para poner al corriente la titulación de la casa, y cuyos hechos solo la inteligencia y sagacidad del respetable letrado D. Eduardo García Goyena, a quien debo estas efemérides, han podido adivinar y poner en claro.

 

V.

 

Pero también hubo un tiempo en que la casa tuvo duende.

¿Cómo no, si era grande, lóbrega y solitaria, y las gentes soñaban entonces con aparecidos y endriagos[79]. Contaban las viejecitas devotas de los contornos, que todas las noches, al toque de ánimas, se veía cruzar por las oscuras galerías, y detrás de las chimeneas, para convertirse de súbito en humo blanco y ' desaparecer como el vapor del agua que se levanta en copos y se condensa en las nubes, una esbelta y gallarda figura de mujer, amortajada en sudario de cendales, con el pelo tendido y una antorcha en la mano. La aparición caminaba con lentitud y acompasadamente, cual si tuviera resortes o propulsores secretos; pisaba recio y firme, como las estatuas de mármol que hace andar por los templos católicos el extravío de imaginaciones supersticiosas; se arrodillaba mirando a Oriente, y añaden los cronicones apergaminados de las viejecitas, que al volverse hacia el alcázar Real se santiguaba, dándose además sendos golpes de pecho.

La conseja[80] hizo camino fácil entre los creyentes de ambos sexos. Se aceptó sin discusión a la aparecida como una penitenciada (flente et mendicante), y se exhortó a la Iglesia para que echase santos conjuros sobre aquella visión, que turbaba los éxtasis de los corazones místicos, en la hora solemne de la noche callada en que aúlla el lobo a la luna y la campana de la agonía da la queda con golpes pausados, que parecen lamentos de las almas en pena.

Vino otra edad menos espiritualista, y para la conseja del duende hubo ya incrédulos, porque era cosa rara que sólo las ancianas devotas sin candilejo y con honores de brujas tuviesen el privilegio de ver el fantasma blanco; y por cierto que se mesaban las barbillas, y se arrancaban los lunares, y zarandeaban las tocas, cuando el sacristán de la parroquia guiñaba el ojo al escuchar la narración, como si les quisiera decir: «Cuénteselo V. a su abuela.»

Así se fue perdiendo en las noches serenas la memoria de la aparecida, así cayó borrada por los fulgores nuevos la conseja de los tiempos feudales. Pero es un hecho extraño, fatídico, medroso y evidente, comprobado por mí, que al remover ahora el azadón la tierra compacta de los sótanos, ha descubierto, entre varias monedas de aquella época, la osamenta de una persona, acaso los restos de una mujer.

¿Quién fue la víctima? ¿Cuándo y cómo se perpetró el misterioso sepelio, habiendo tan inmediatos panteones católicos? Sin poderlo remediar, la imaginación se lanza a hacer disquisiciones atrevidas, recuerda la dama que amaneció muerta en el solitario lecho conyugal (y que por cierto fue enterrada, según las crónicas, a toda prisa, antes de que se supiera el suceso en Madrid) y exclama casi convencida:

«¡Eureka!, ya encontré la visión, ya conozco al fantasma.»

Si vivieran hoy las dueñas del callejón de las Torres, las viejecitas devotas de los aparecidos, ¡con cuánta alegría verían esos huesos humanos, testigos de un misterio tenebroso, tal vez de un crimen. Con cuánto orgullo místico dirían a los incrédulos del materialismo moderno:

«¿Lo ven VV., herejes?»

 

VI.

 

Después de la época del perulero nada concreto se sabe de la casa de las Siete Chimeneas, hasta que la adquirió el doctor D. Francisco Sandí y Mesa, de quien habla Mesonero Romanos como del más antiguo propietario conocido, para fundar con ella un vínculo o mayorazgo, el 30 de junio de 1590, que vino a ser de la familia de los Colmenares, actuales poseedores hasta fines de septiembre del año 1881. Los últimos dueños de esta casa, señalada con el núm. 31 de la calle de las Infantas, han sido D. Segundo Colmenares Caracciolo del Sol, conde de Polentinos, y su hijo D. Emilio Colmenares y Torralva —el primero de los cuales la reedificó en parte en 1840 al construirse el entonces llamado Circo Olímpico, de la misma pertenencia, según resulta en el archivo del Ayuntamiento de Madrid—.

No hemos de dejar, sin embargo, sin mención especial otra efeméride importante, antes de tratar del célebre motín contra Esquilache, que tanta notoriedad dio a la casa de que nos  ocupamos.

El 26 de marzo de 1623 se hospedó en esta casa (que habitaba el Conde de Bristol, embajador de S. M. B.) el Príncipe de Gales, más tarde Carlos I de Inglaterra, que murió en el cadalso, ajusticiado o asesinado por los partidarios de Cromwell. Sabido es que el Príncipe de Gales vino de incógnito a ofrecer su Real mano a la infanta D.ª María, hermana de Felipe IV, acompañándole su amigo el fastuoso Duque de Buckingham, que tanto dio que hacer al cardenal Richelieu, y tanto que hablar en la corte de Francia con sus galanteos y amores platónicos a la reina Ana de Austria. También se sabe que el 9 de septiembre del mismo año regresó el Príncipe de Gales a Londres, tan novio como vino a Madrid, pero sin mujer[81]. ¿Por qué causa? Se ignora. La razón ha quedado sepultada en los abismos de la diplomacia suspicaz de aquellos tiempos.

En 11 de febrero del mismo año, 1623, se publicó en Madrid una pragmática reformando las leyes suntuarias[82], a cuya reforma se

dio en la corte excepcional importancia. Referíase dicha pragmática, principalmente, a suprimir los grandes cuellos puntas

de mantos y azul, y variar los trajes de entonces, obligando a los galanes a vestir las valonas[83].

El día del Ángel de la Guarda (1 de marzo) era el señalado para poner en ejecución la pragmática, y con este motivo ocurrió un lance serio a la misma puerta de la casa de las Siete chimeneas.

He aquí cómo lo describe un manuscrito perteneciente al señor

D. Augusto Burgos:

El 28 de febrero, martes de carnestolendas, pasando D. Fernando de Contreras por la puerta del embajador de Inglaterra, dijo:

Mañana es miércoles de Ceniza y se cumple el término de los cuellos, y hemos de salir todos gabachos[84], con valonas. Oyéronlo

los criados del Embajador, y parecíéndoles que lo decía por ellos y que hacía burla de sus trajes, sacaron las espadas, y aunque D. Fernando no llevaba más que dos criados, se defendieron de siete e hirió a tres, y bajando otros criados del Embajador, le dieron por las espaldas una estocada, de que murió luego. Se hicieron

grandes demostraciones sobre un caso tan lastimoso, y el Embajador dio grande satisfacción, así al Rey nuestro Señor como a la parte, y despidió todos sus criados.

Tal vez por este desgraciado suceso, o principalmente por la venida del Príncipe de Gales a Madrid, donde entró el 17 del propio mes de marzo, permaneciendo de incógnito hasta el 26, en que hizo su pública entrada, es lo cierto que el día 22 del mismo

se dejaron en suspenso los efectos de la pragmática, como se consigna en un códice de la Biblioteca Nacional, que dice: Miércoles 22 de marzo se dio un pregón en la Puerta de Guadalajara, en que mandaba el Sr. Presidente de Castilla que por haber venido el Príncipe de Gales a estos reinos se alzaba y suspendía la premática que quitaba azul y puntas, por el tiempo que su alteza el Príncipe estuviese en España, y se entendiera respecto de la corte, y no de los demás lugares; y así se permitían cuellos con puntas, azul y otras cosas prohibidas por la dicha premática. Todo lo cual, como contenía ensanche, se puso bien presto en ejecución.

Desde la visita del Príncipe inglés trascurrieron muchos años sin que se hiciera mención especial de la casa de las Siete Chimeneas. Más de un siglo pasó en aparente olvido, aunque se dejaran ver todos los días sus siete escuetos minaretes desde las torres conventuales de los Padres del Carmen, Recoletos, San Martín y Jerónimos, y fueran visitados diariamente sus salones por lo más escogido de la corte en armas, letras y pergaminos.

Privaban entonces los gustos literarios más refinados, las discusiones místicas más ortodoxas, los sentimientos paganos casi realistas, el culto a la rima libre, los amores al uso pastoril de las Arcadias, y los problemas del honor discutidos a estocadas con hojas toledanas y flamencas. La sociedad móvil, que formaba iglesia en esas excursiones semi-devotas por el país de los ideales gongorinos, por el Prado y el Retiro, siempre llenos de tapadas[85] sensibles y de caballeros anónimos, acudía por las tardes a la casa de las Siete Chimeneas a celebrar academia de discreteos metafísicos y a tomar, en salvilla[86] de plata, con marcerinas[87], el rico soconusco[88] recién traído de las Américas, con molletes calientes de la confitería del Valenciano, bolas de mojigón[89], tacilla de dulce, confites del Sacramento y agua de aloja[90], de la que se expendía en el bodegón titulado también de las Siete Chimeneas, único que ha existido hasta nuestros días de los siete que formaron la ruta de merenderos señalada al empezar esta historia.

Reverendos padres de los conventos de Atocha, Jerónimos y otras Órdenes religiosas, teólogos eminentes y poetas laureados, damas de sangre azul y caballeros particulares acudían, con pretexto de las academias y justas poéticas, a regalarse con el chocolate, ya famoso, que allí se servía, porque era costumbre agregar de suplemento algunas garrafas de vino de Rueda, que conservaban en sus bodegas, con etiquetas genealógicas de antigüedad prehistórica, los frailes de San Jerónimo del Prado.

A estas academias o colaciones (lunchs, que ahora diríamos) acudieron, o pudieron acudir, en orden cronológico, el conde-, Duque de Olivares, Villamediana, Conde de Oñate, Cervantes, Calderón, Lope, Tirso, Quevedo, Góngora, Rojas, Moreto, Alarcón, Valenzuela, Marqués de Mondéjar, el corregidor Ronquillo, Conde de Monterey, Duques de Alba, de Osuna y de Béjar, Princesa de los Ursinos, el abate Alberoni, Riperdá, Carvajal, Ensenada y otros muchos que sería prolijo enumerar.

Esta es la historia íntima de todos los palacios y casas grandes, mientras sucesos capitales de gran interés no vienen a ponerlos en acción, como sucedió a la casa de las Siete Chimeneas en el año de 1760.

Por aquellos años era esta casa propiedad de doña María Fernández de Córdoba, como poseedora del mayorazgo fundado por el doctor Sandí y Mesa. A la galantería del ilustrado bibliófilo y jefe de la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional, don Octavio de Toledo, debemos el haber podido recoger estos datos en la curiosísima obra titulada Planimetría general de Madrid, que se hizo en tiempo de Fernando VI, aunque no se terminó en su reinado. De ella resulta que la manzana núm. 307(casa de las Siete Chimeneas) tenía 296 pies[91] a la calle de este nombre y 349 a la de la Libertad (antes de los Carmelitas), midiendo en junto la finca 100.172 ¼ pies.

 

VII.

 

Se hospedaba entonces en esta casa, desde su llegada a España, D. Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, y ministro, con Grimaldi, del gran rey Carlos III. El odio instintivo que en este país se tiene a todo mando o poder extranjero, hizo que los vecinos de Madrid, excitados por las medidas de Esquilache, y entre ellas, sobre todo, por el célebre bando de capas y sombreros, se alborotaran, preparándose, con invectivas, dichos y epigramas, para el terrible motín que debía estallar en la corte, y que tanta resonancia tuvo en Europa.

Se cita como la más célebre de las oportunidades, porque resumía todos los agravios y todos los despechos, la siguiente décima, de autor desconocido:

Yo el gran Leopoldo el Primero,

Marqués de Esquilache augusto,

Rijo la España a mi gusto

Y mando en Carlos Tercero.

Hago en los dos lo que quiero;

Nada consulto ni informo;

Al que es bueno lo reformo,

Y a los pueblos aniquilo;

Y el buen Carlos, mi pupilo,

Dice a todo: Me conformo.

 

Pero es también notable, por las audacias que encierra, y por su valentía y concisión merece figurar en estos apuntes, la demanda que el pueblo amotinado hizo llegar a manos del Rey, por conducto del obispo D. Diego de Roxas, gobernador del Consejo, a quien obligaron a firmar el mensaje.

«No ignora, señor (comenzaba), el Cuerpo de Alborotados matritenses (como pudiera haber dicho de los Reales Guardias walonas) que han influido bastardos corazones al piadoso de V. M. —Entregó V. M. las riendas del Gobierno con tanto despotismo al Marqués de Esquilache que en seis años que las manejó dejó a V. M. sin dinero, sin tropas y sin armada, pues no cuenta V. M. en su Real Erario 600.000 reales, en toda su tropa 25.000 hombres, y en toda su armada 14 navíos; ha puesto a V. M. en el humilde estado de obedecer, no de mandar. —Los honores se hallan vendidos en tan pública almoneda, que solo ha faltado la voz del pregonero. Solo miró este ministro, señor, su conveniencia, enriqueciéndose con insaciable hidropesía[92] por los muchos millones que ha sacado de España. Supone, señor, de cierto el Cuerpo de los Alborotados, que los defectos del Marqués los ignora V. M. En este concepto, señor, los humildes vasallos del alboroto hacemos a V. M. esta reverente representación, suplicándole se digne regresar a su obligada corte y mantener su Real palabra de que salga el Marqués de estos reinos», etc., etc.

Esto de los humildes vasallos del alboroto nos recuerda el facitote caritatem de los mendigos de Nuestra Señora de Paris, a quienes pintó Víctor Hugo con luenga barba enmarañada, puñal en cinto y amplio garrote de nudos a guisa de báculo.

Ello es que los palaciegos que concurrían a casa de Esquilache para quemar incienso, los cortesanos de la Marquesa, adoradores fervientes del sol que nace… hasta que muere, habían anunciado el próximo motín, y casi indicado el día en que este tendría lugar, a fin de que el ministro lo supiera y tomara sus precauciones. Pero Esquiladle era terco y estaba endiosado; no quiso oír el ruido de las guitarras y bandurrias que bajaban por la calle de las Infantas, precediendo las falanges de chisperos y manolos[93], armados de las

navajas y escopetas, que también iban llegando por el callejón de Torres, rompiendo y derribando faroles, y fue preciso que el día del memorable motín (Domingo de Ramos, 23 de marzo de 1766) el portero de estrados[94] se presentara de súbito, con los pelos de punta, a dar la voz de alarma, para que el Marqués, que acababa de llegar de San Fernando, y la Marquesa, que venía del paseo de las Delicias, con los pocos fieles que les hadan la tertulia y toda la servidumbre italiana, echaran cada cual por su lado, refugiándose Esquilache en Palacio, y su esposa en el Colegio de Niñas de Leganés, donde se educaban dos de sus hijas.

El motín penetró en la casa sin ceremonia, pero con mucha cortesía, porque al derribar puertas y ventanas y herir o matar criados, iba diciendo por boca del jefe de los chisperos: «Zeñó Erquilache, con premisio de vucencia»[95] Y como si este brindis fuera la señal de ataque, los conjurados se extendieron por los salones y bodegas, navaja en mano, saqueándolo todo y echando por los balcones muebles y vituallas[96] (que por cierto las había de calidad escogida y en gran cantidad), para que los adictos de la calle, que no podían entrar por exceder de mil su número, pescaran algo y se regalaran.

No ardió la casa, porque no se había descubierto el petróleo, y las pajuelas de azufre eran muy poca cosa para tal empeño, y porque hubo alguien que recordó (creemos que inventándolo para evitar más desastres) que el edificio era propiedad del Marqués de Murillo, gran patriota, más conocido por Astrearena, y dueño de la casa de la Red de San Luis, de la que aún se repite el dicho de «la casa de Astrearena, mucha fachada y poca vivienda.» Pero si no ardió, fue, en parte, destruida, porque el estrago que produce a su paso el monstruo que se llama motín es mil veces mayor que el de la langosta. No quedó un mueble útil para muestra, ni un jamón de los muchos que había en la despensa, ni una botella de lachrima, ni una copa de licor.

El Ministro casi universal, que pretendía establecer el monopolio de ciertos artículos de primera necesidad en favor de una compañía de abastecedores, huyó con su esposa y todos los suyos, salvando así la vida. El rey Carlos III, de quien el ministro fue privado[97], por el mucho cariño que le tenía, se vio precisado, para calmar el furor de la muchedumbre, a desterrarlo a Cartagena con escolta que le resguardase; de allí marchó a Nápoles (13 de abril), estableciéndose después en Sicilia[98]

 

VIII.

 

Tras el favorito italiano vino el privado extremeño.

Después de Esquilache, Godoy, ambos, por fatal instinto o magnética atracción, cayeron en los mismos excesos, y, quizá por la similitud, eligieron esta parte de la villa donde se encuentra

reedificándose la casa de las Siete Chimeneas; y en la cima o en el valle, en el cerro de Buena Vista, que fue lugar de francachelas[99], o en la Plaza del Almirante, que a su vez lo fue de citas, establecieron las dos eminencias sus reales penates[100], y aceptaron el humo del incienso de la adoración de los vasallos adictos, que fueron en aquellas edades casi todos los españoles de casaca, espadín y chorrera[101].

Pocos años después del motín contra Esquilache vino el de Godoy. Todavía quedaban palpitantes en el callejón de las Siete Chimeneas restos arqueológicos del saqueo, cuando la hoguera ante la casa de Godoy iluminó con siniestros resplandores todo ese campo histórico, teatro de aventuras galantes, que, empezando en las escalerillas del convento del Carmen, y siguiendo por las veredas de la huerta de Juan Fernández, de regalada memoria, iba a dar la vuelta en redondo por los jardines del Almirante de Castilla a los solares, baldíos y anejos a la casa de esta historia.

Pero vengamos a los hechos.

Público, dentro y fuera de Madrid, el valimiento[102] que disfrutaba, cerca de Carlos IV y su esposa María Luisa, su oficial de Guardias D. Manuel Godoy, no causó a nadie extrañeza saber que había sido nombrado Protector del Comercio y Gran Almirante de España e Indias. Con este motivo, al venir a la corte, hizo en ella una entrada triunfal, el día 13 de enero de 1807. ¿Quién no había de echar flores y coronas al Príncipe de la Paz, Duque de Alcudia y de Sueca, galán afortunado, de presencia simpática, Ministro favorito, casi rey del Algarbe, y el hombre, después de todo, más rico de las Españas?

Así es que aquella noche le obsequiaron los madrileños con una magnífica serenata, dada al pie de sus balcones, en la misma casa que hoy ocupa el Banco de Castilla, propiedad de la señora Condesa de Chinchón.

Un año más tarde, en el de marzo de 1808, al recibirse en Madrid la noticia del motín de Aranjuez, que trajo como consecuencia la abdicación de Carlos IV y la prisión de Godoy, el pueblo del Dos de Mayo, intérprete del odio nacional que había excitado el favorito, asaltó su casa con desenfreno loco, arrojó a la calle cuantos muebles, ropas y alhajas había en ella, e hizo de todo una hoguera, que parecía un volcán, y que se elevó a los cielos, convirtiendo en espirales de humo la grandeza del Almirante, Príncipe y Duque, que además acababa de ser nombrado regidor perpetuo de Madrid.[103]

Desde 1808 hasta 1820 ningún suceso hubo en Madrid más o menos directamente relacionado con la casa de las Siete Chimeneas o sus alrededores, pero habiendo ocurrido en marzo de dicho año 1820 el alzamiento de Riego en las Cabezas de San Juan, que fue secundado en toda España, y en particular en Madrid, hubo con tal motivo fiestas y regocijos, que solemnizó el rey D. Fernando VII, ofreciendo restablecer la constitución de 1812, cuya proclamación y jura tuvo lugar el 19 de marzo.

En medio de la expansión popular, hubo alguien que recordó que en la casa de las Siete Chimeneas habitaba, solitaria y triste, la viuda del teniente general D. Luis Lacy, arcabuceado[104] en Palma de Mallorca, en 5 de julio de 1817, por haber pretendido llevar adelante una sublevación militar en Cataluña a favor de la libertad. Y como era consiguiente, la casa vino a ser pretexto para una romería patriótica, a la que todos quisieron asistir, paseando en hombros por las calles al hijo de la víctima, niño de cinco años, a quien elevaron en la plazuela del Almirante sobre el pavés[105] de muchos brazos para entregarlo a la viuda, que había salido al balcón a saludar al pueblo, entre los vivas atronadores a Lacy, Riego y Fernando VII… a este último, por aquello de «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional…»

 

IX.

 

Luchando con el rigor de los tiempos, con una senectud provecta y con las grietas profundas iniciadas en el edificio, que exigían urgente reparación o el total derribo, el dueño de la casa optó por lo segundo, y puesta en venta, fue adquirida por el senador del Reino D. Jaime Girona, conocido en el mundo de la banca por su valiosa fortuna, y en los círculos mercantiles por su autoridad y especialísima competencia en las cuestiones financieras y en los grandes negocios.

 

El Sr. Girona encargó al distinguido arquitecto don M. Antonio Capo [106]la reconstrucción y restauración de la célebre casa de las Siete

Chimeneas, que para él tiene importancia monumental, y a punto ya de terminarse la obra, bajo tan buenos auspicios y con arreglo a los deseos e instrucciones del nuevo propietario, nos ha parecido oportuno publicar su historia, siquiera sea incompleta, para que el renacimiento del edificio moderno coincida con la casi desaparición del antiguo.

El grabado que acompaña a estas líneas[107]  reproduce con rigurosa exactitud, formando pendant, lo que fue y lo que será el histórico edificio: a un lado, el que dirigió Juan de Herrera, que se destaca al fondo con todo su carácter de época, rodeado de la tapia, que con la del convento de los PP. Carmelitas Descalzos (fundado en 1586) formaba la calle de las Siete Chimeneas, que desapareció al hacerse la plaza del Rey y casas de Gargollo y de Murga; y a otro lado, la vista de la fachada principal del importante establecimiento en que va a convertirse, dentro de poco, el antiguo palacio de las Siete Chimeneas, fielmente copiada del dibujo que nos ha proporcionado el actual arquitecto, así como la primitiva ha sido calcada del Plano topográfico de Madrid del siglo XVII, que nos ha facilitado galantemente el conocido arquitecto D. Agustín Ortiz de Villajos, y que reproduce en perspectiva caballera todo el caserío de la villa y corte.

Es el milagro de la fábula mitológica; la casa de las Siete Chimeneas renaciendo, como el ave Fénix, de sus propias cenizas, al amor del hogar, que no se extingue, porque le protege un  hombre rico e inteligente.

Resumamos ahora la serie de coincidencias que resultan en nuestro trabajo de investigación histórica.

Primero, en el terreno de la acción, siete bodegones, siete pértigas, siete farolillos de papel, siete solares y siete chimeneas.

 

En la carta de arras, que constituye el boceto dramático, siete ítems, siete notariales recuerdos de los siete pecados capitales.

En el curso de los siglos, varios períodos memorables y dos Carlos, el III y IV; dos privados de estos monarcas, dos casas históricas unidas en lazo fraternal: una, la de la Condesa de Chinchón, ocupada en la actualidad por el Banco de Castilla en la planta baja, y en la principal por el respetable banquero señor

Marqués de Vinent, y otra, la que, conocida por la de las Siete Chimeneas, fue hasta hace poco propiedad de los Condes de Polentinos, y se está reconstruyendo y ensanchando, conservando las paredes maestras y la forma y carácter antiguos, para dar albergue en breve plazo a las oficinas del referido Banco de Castilla y a las del Crédito General de Ferrocarriles; dos motines célebres, dos saqueos a mano armada, dos incendios, dos serenatas patrióticas, dos destituciones y destierros, dos teatros, que ya no existen, el de Paul y el del Circo; en una palabra, dos gotas de agua de igual tamaño, dos cronicones gemelos, representando los sucesos capitales, las efemérides poéticas y turbulentas de que ha sido teatro la plazuela del Rey en el trascurso de tres centurias. Coincidencias muy singulares son éstas en dos edificios próximos de ilustre abolengo[108], para que las dejemos pasar desapercibidas, hoy, que la actividad moderna, vestida de gala, acude a hacer patente la transformación social con la vida, y el movimiento, y la agitación de los negocios, y los proyectos de utilidad general que lleva en cartera e implanta en los desiertos salones, sobre la atmósfera casi feudal y la vestimenta recamada, la grandeza ingénita[109] y el gusto anticuado de la casa vieja.

Por una condescendencia galante del actual propietario, la histórica casa de las Siete Chimeneas, al pasar a ser Banco de Castilla, conservará su mismo género arquitectónico y el emblema que la distinguió de las demás; tendrá siete chimeneas, con o sin servicio, porque el propósito ilustrado del Sr. Girona es que las conserve; tendrá el símbolo de la tradición y el aire de familia antigua, para que sobreviva a sus adláteres, los conventos que fueron de Capuchinos de la Paciencia, de Carmelitas Descalzos y de Monjas baronesas.

Pero, en cambio, ¡qué contraste tan señalado en todo lo demás! Por aquellos artesonados[110] salones, donde resonaron los ecos de la lisonja[111], los inspirados cantos' de los más ilustres poetas, las citas a media voz, los suspiros y las carcajadas, se escucharán en adelante, las voces y pasos precipitados de agentes, corredores, empleados y público financiero; donde se celebraron las academias y juntas poéticas tendrán lugar las juntas generales de accionistas; a las primitivas campanillas sucederán los timbres neumáticos y tubos acústicos; a la dudosa luz de las velas de sebo, de humoso pábilo[112], que brillaban en elegantes cornucopias[113] y a la del velón de bronce de siete mecheros, sustituirá , con poderosos resplandores la luz eléctrica, que ha suprimido las sombras y los cuchicheos. Ya no habrá vestiglos[114] en los desvanes, ni vampiros en los sótanos, en su lugar ha venido la cava moderna a dar albergue al crédito público, representado por billetes de Banco y valores al portador… Y cuando el movimiento de la caja diaria despierte con su ruido metálico y sus legajos de acciones y obligaciones a los genios invisibles que se esconden en las ruinas de las antiguas grandezas, una voz misteriosa, triste, pero resignada, o acaso satisfecha, dirá a las generaciones que se van y a los pueblos que se levantan: «¡Paso al espíritu moderno, que viene con nueva savia y poder más grande a rejuvenecer la vida inmortal de los tiempos! ¡Paso a la ilustración! ¡Paso al trabajo!...»

 

RICARDO SEPÚLVEDA.

4 de setiembre de 1882.

 

 

FUENTE

La Ilustración española y americana, n.º XXXVIII, 15/10/1882, pp. 223, 226 y 227; n.º XXXIX, 22/10/1882, pp.  242-243;  n.º XLI, 8/11/1882, pp. 275, 277-278.

 

Edición: Ana María Gómez-Elegido Centeno

 

[1] La astrología, en su acepción más amplia, es un conjunto de tradiciones y creencias que sostienen que es posible reconocer o construir un significado de los eventos celestes y de las constelaciones, basándose en la interpretación de su correlación con los sucesos terrenales; este paralelismo es usado como método de adivinación

[2] Denota todo lo que quiere presentarse como tipo de prosperidad y abundancia.

[3] Curtidos: Acostumbrados a ello o diestro en hacerlo.

[4] Época o tiempo pasado.

[5] Herrero (persona que labra el hierro).

[6] Retozar, travesear.

[7] Mucho o con exceso.

[8] Planta hortense, variedad del pepino.

[9] Instrumento musical de viento, parecido a la chirimía, pero más corto y de tonos más altos.

[10] Panecillo de forma ovalada, esponjado y de poca cochura, ordinariamente blanco.

[11] Humedad que en noches serenas se nota en la atmósfera.

[12] Ligeramente quemada o tostada, caliente.

[13] Animal montaraz.

 

[14] Relente: vientecillo frío.

[15] Camino señalado con cruces o altares.

[16] En el siglo XVII en Madrid surgió un tipo de bodega que se llamó "torreznillos" o bodegones de puntapié. Y se les llamó así, debido a que podían desmontarse de un puntapié en el caso de que los alcaldes, en su labor de inspección, observaran algo ilegal y por lo tanto prohibido.

[17] Espada.

[18] Bebida hecha con vino, azúcar, canela y otros ingredientes.

[19] Cerdo que no se destina para entrar en vara.

[20] Vasija de metal, de forma semejante a media esfera, que sirve para cocer diferentes cosas.

[21] Guisado, muy usado entre ganaderos y pastores, que ordinariamente se hace de tajadas de cabrito o cordero, y después de medio cocido se fríe, sazonándolo con especias, vinagre y pimentón.

[22] Acción de vagar por las inmediaciones de algún lugar, en general con malos fines.

[23] Hora de la noche, señalada en algunos pueblos para que todos se recojan, lo cual se avisa con la campana.

[24] Rasgo caprichoso e irregular hecho con la pluma.

[25] Pilar muy alto, de cuatro caras iguales un poco convergentes y terminado por una punta piramidal muy achatada, que sirve de adorno en lugares públicos.

[26] Para el recuerdo perpetuo de la cosa (asunto).

[27] Sacramento de la eucaristía, que se administra a los enfermos que están en peligro de muerte.

[28] Lugar o sala de estar alfombrada donde se sentaban las mujeres y recibían las visitas.

[29] Albañil.

[30] Señal permanente que se pone para fijar los linderos de heredades, términos y fronteras.

[31] Como demostración curiosa de lo poco atendido que fue por Felipe II el ilustre arquitecto, aun después de habérsele nombrado

aposentador mayor de Palacio, creemos oportuno reproducir aquí el siguiente trozo del memorial que Juan de Herrera envió a Mateo Vázquez, exponiendo a S. M. sus méritos y servicios para que se sirviera premiarlos:

«Más de diez años, dice, estuve con solos 250 ducados, y los cortos gajes de criado de la Real Casa. Habráseme hecho de merced en veces como 1.500 ducados. Hízoseme más una merced de un solar, del cual S. M. gustó de se tornar a servir; hízoseme, otros, merced por treinta años de todas las minas de cobre y plomo del principado de Asturias, de la cual merced ningún aprovechamiento puedo tener, porque los del Consejo de Hacienda y contadores no dan lugar a que se asegure el gasto que en ellas se podría hacer, ni el beneficio que se podría sacar, ansí para su Majestad como para mí, a cuya causa las he dejado para que su Majestad disponga de ellas como más sea de su Real servicio, Y esto es, en suma, lo que he recibido de mercedes y gajes de S. M. de treinta y un años de servicio, fuera de la principal que he recibido en haberse querido S. M. servirse de mí y de mi poco talento.»(nota de autor)

 

[32] Vestidura que cubría desde los hombros hasta la cintura, ceñida y ajustada al cuerpo.

[33] Tela fuerte de seda o lana y con dibujos formados por el tejido.

[34] Doble.

[35] Limpio, puro, claro y bien definido.

[36] Tela o tejido elaborado a base de lino no muy fino y muy económico, elaborada en la población de Morlés situado en la región de Bretaña en Francia. Era muy popular desde la antigüedad en este punto geográfico, de gran aceptación en el mercado

[37] Hermosa.

[38] Joya en forma de broche.

[39] Ricahembra: Hija o mujer de grande o de ricohombre.

[40] De Circe, hechicera que en la Odisea convierte a los compañeros de Ulises en bestias. Mujer astuta y engañosa.

[41] Desgraciado, infeliz.

[42] Que ha caído en un delito o error.

[43] Carta de dote: Escritura pública que expresaba la aportación de bienes que hacía la esposa.

[44] Cada uno de los artículos o capítulos de que consta una escritura u otro instrumento.

[45]Dicho de un terreno de particulares: Que huelga, que no se labra.

[46] Espacio limitado por tabiques, para guardar frutos y especialmente cereales.

[47] Aforrado, con forro.

[48] Plumas verdaderas.

[49] Perla de forma irregular y, comúnmente, pequeña.

[50] Juego de broches que se solía llevar en las capas y casacas.

[51] Sencillo, sin ornamento alguno.

[52] Capucha antigua con falda que caía sobre los hombros y a veces llegaba a la cintura.

[53] Trozo de tela u otra cosa que tiene la medida o longitud de la vara (medida de longitud usada en España con valores diferentes, que oscilaban entre 768 y 912 mm.).

[54] Tejido de lana o lino adornado con marcas en forma de anillos o círculos.

[55] Falda.

[56] Tela de seda o lino muy delgada y transparente.

[57] Abundante.

[58] Remates.

[59] Vestido de seda o tela rica que usaban las mujeres.

[60] Bordada.

[61] Palo o bastón corvo por la parte superior.

[62] Estrecho o reducido.

[63] Duodécima parte del as o libra romana y de otras medidas antiguas.

[64] Chanclo de corcho, forrado de cordobán, muy usado en algún tiempo por las mujeres.

[65] Especie de argolla de oro, plata u otro metal, usada para adornar las muñecas, brazos o tobillos.

[66] Arete con adorno colgante.

[67] Escudo de armas.

[68] Violentamente.

[69] Moneda antigua española, efectiva unas veces, y otras imaginaria, que tuvo diferentes valores y calificativos.

[70] Indiano que regresa del Perú.

[71] Imitación de algo, especialmente cuando no es perfecta la semejanza.

[72] Derecho perpetuo de propiedad.

[73] Especulación sobre el alza y la baja de los fondos públicos.

[74] Guardar reserva, observando y esperando una ocasión favorable para algún fin.

[75] Artificio para atraer con engaño.

[76] Cosa que deslustra y desdora.

[77] Acción de explorar varias personas una zona buscando a alguien o algo.

[78] Institución del derecho civil que, por las leyes desvinculadoras del siglo XIX, quedó circunscrita en España a los títulos nobiliarios, y que tiene por objeto perpetuar en la familia la propiedad de ciertos bienes o derechos con arreglo a las condiciones que se dicten al establecerla o, a falta de ellas, a las prescritas por la ley.

[79] Monstruo fabuloso, con facciones humanas y miembros de varias fieras.

[80] Cuento, fábula o patraña de sabor antiguo.

[81] La infanta D.ª María, prometida del Príncipe de Gales, contrajo matrimonio, en octubre de 1629, con el Rey de Hungría.(nota del autor).

[82] Ley que tiene por objeto poner moderación y tasa en los gastos.

[83] Cuello grande y vuelto sobre la espalda, hombros y pecho, que se usó especialmente en los siglos XVI y XVII.

[84] Despectivamente, franceses.

[85] Dicho de una mujer: Que se tapa con el manto o el pañuelo para no ser conocida

[86] Bandeja para diversos usos, a veces con una o varias encajaduras donde se colocan copas, tazas u otros recipientes.

[87] Jícara de chocolate, cuyo platillo tiene a cierta distancia del borde un parapeto para que no se desplace la jícara.

[88] Chocolate hecho.

[89] Mojicón: Especie de bollo fino que se toma principalmente con chocolate.

[90] Bebida compuesta de agua, miel y especias.

[91] Medida de longitud usada en muchos países, aunque con varia dimensión.

[92] Acumulación.

[93] Conjunto numeroso de vecinos del barrio de Maravillas de Madrid (chisperos) y personas de las clases populares de Madrid que se distinguía por su traje y desenfado (manolos) unidos en cierto orden y para un mismo fin.

[94] Portero que servía en un tribunal o consejo para que el público y los asistentes a las juntas o actos guardasen respeto y compostura.

[95] Señor Esquilache, con permiso de vuecencia.

[96] Conjunto de cosas necesarias para la comida.

[97] Persona que goza de la confianza y trato de favor del rey.

[98] Después del motín contra Esquilache, dice el ilustre Mesonero Romanos, que la casa de las Siete Chimeneas fue también morada de los embajadores de Nápoles, de Francia y de Austria (nota del autor).

[99] Reunión de varias personas para regalarse y divertirse comiendo y bebiendo, en general sin tasa y descomedidamente.

[100] Dioses domésticos a los que rendían culto los antiguos romanos.

[101] Se refiere a las prendas de vestir propias de los madrileños de la época.

[102] Amparo, favor, protección o defensa que alguien tiene con otra persona, especialmente si es príncipe o superior.

[103] ) En comprobación de la casa que ocupaba Godoy, dice Mesonero Romanos: «El Príncipe de la Paz, que durante largo tiempo había habitado el palacio contiguo al convento de doña María de Aragón, había sido obsequiado en 1807 por la villa de Madrid con el de Buenavista, que adquirió al efecto de los herederos de la Duquesa de Alba, y entre tanto que se realizaban las obras convenientes en esta regia morada, habíase trasladado a las casas contiguas, propias de su esposa la infanta D.ª Teresa, condesa de Chinchón, en la calle del Barquillo, esquina hoy a la plaza del Rey, y entonces a una mezquina callejuela en escuadra, que se formaba entre la huerta del Carmen y la casa de las Siete Chimeneas. La omnímoda voluntad del privado hizo desaparecer esta callejuela, cercenando la dicha huerta y dejando espacio bastante para formar lo que entonces se tituló Plazuela del Almirante y hoy se llama Plaza del Rey. Quedaron, pues, al descubierto, y en ambos términos de la escuadra, la casa de las Siete Chimeneas y la nueva de Chinchón, que enlazaba por medio de un pasadizo (derribado en 1846) a la altura de los balcones principales, con la frontera, hoy núm. 8 de la calle del Barquillo, que también era y es de la Condesa de Chinchón.» (nota del autor).

[104] Antiguamente, ejecutar a una persona con una descarga de arcabuz (arma de fuego portátil, antigua, semejante al fusil, que se disparaba prendiendo la pólvora del tiro mediante una mecha móvil incorporada a ella).

[105] Alzar, o levantar, a alguien sobre el pavés: Erigirlo en caudillo, encumbrarlo, ensalzarlo.

[106] Al Sr. Capo se deben ya algunas obras notables, entre otras el Hipódromo de Madrid en su segunda época, la restauración y consolidación del antiguo Casón (Sala de Próceres) del Retiro, la gran escalinata que da acceso al Parterre por la calle de Granada, y el Hipódromo y Teatro de verano de Sevilla, donde, lo mismo que en Córdoba, ha sido arquitecto municipal (nota del autor)

[107] Véase el núm. XXXVIII. (nota del autor).

 

[108] Ascendencia ilustre, linaje.

[109] Connatural y como nacido con alguien.

[110] Techo, armadura o bóveda con artesones (elemento constructivo poligonal, cóncavo, moldurado y con adornos) en serie de madera, piedra u otros materiales y con forma de artesa invertida.

[111] Alabanza afectada para ganar la voluntad de alguien.

[112] Mecha que está en el centro de la vela.

[113] Espejo de marco tallado y dorado, que suele tener en la parte inferior uno o más brazos para poner velas cuya luz reverbere en el mismo espejo.

[114] Monstruo fantástico horrible.