DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

 Leyendas vascongadas.  Madrid, F. García Pavón.1851. pp.83-103.

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Metamorfosis
Personajes
Bassa Jaun
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Foto de Fernando Domínguez Cerejido

LOCALIZACIÓN

VALLE DE AZCOA

Valoración Media: / 5

Bassa Jaun

El ciervo había apagado ya su ardiente sed en los manantiales del río Irati, en cuyas límpidas aguas rielaban los blancos rayos de la luna. Disponíase el noble animal a descansar sus miembros ágiles entre la verde hojarasca del barranco por donde corre el riachuelo, y emboscado en aquel fresco albergue, burlar los ardores de un sol de estío. Pero apenas el astro del día asomó su faz rubicunda por cima del Belaya, prolongados aullidos se oyeron en el espacio: los gritos de los cazadores y el sonido de las trompas de caza llegaron al solitario barranco, repitiéndolos el eco basta el infinito.

Así como el jefe vascongado abandonaba su cama de helecho y empuñaba el corto y ancho puñal, tan temible a los romanos al grito de guerra del centinela apostado en la cumbre, así el rey de los bosques de Irati -84- saltó de su fresco lecho de hojas de avellano silvestre: pero antes de emprender una rápida huida, sacudió el rocío que humedecía su piel abigarrada y permaneció inmóvil, pegado el hocico al suelo.

De repente alzó su hermosa cabeza adornada con una cornamenta de diez puntas, registró con la vista el valle sombrío, interrogó al feble céfiro matinal escuchando atento el ruido de la cacería que se acercaba por momentos, y cuando vio aparecer en la ladera vecina los primeros perros de la jauría, salvó el riachuelo con un salto prodigioso, y prolongando su cuerpo como una pantera, partió con la rapidez, del rayo en busca de otro asilo más inaccesible.

Aumentáronse a su vista los ladridos de los perros que en montón bajaban, no corriendo, sino rodando como una avalancha, por la pendiente de la montaña. Ningún obstáculo podía detener su furiosa carrera: unos saltaban el riachuelo, otros caían en él, tropezando en los que iban delante y sin detenerse para sacudir el agua, corrían lanzando sonoros aullidos.

Las rocas, los valles, todas las montañas repitieron una y mil veces los gritos de los cazadores, mezclados confusamente con los ladridos y los penetrantes sonidos de las trompas de caza.

La tímida corza huyó con su cervatillo lejos de aquel tumulto, y la astuta zorra se agazapó más y más en su madriguera. El águila del Pirineo miró atónita desde la región de las nubes aquella escena de bullicio y desorden, hasta  que su penetrante vista perdió las hue-85-llas del torbellino que desapareció en las sinuosidades de los barrancos más sombríos.

Pocos fueron los cazadores que pudieron llegar a tiempo para no perder de vista al ágil ciervo: entre ellos descollaba Elizgaray, el gallardo joven que con su toca de terciopelo en que flotaba una pluma de cisne, y montado en un caballo pequeño, negro y velludo, trepaba por los riscos y descendía a los precipicios con sin igual ligereza y desembarazo.

El ciervo se hallaba en aquel momento en la falda occidental de la montaña, a cuyo pie se extienden los pintorescos valles aezcoanos con sus caserías de techos puntiagudos de madera, y más allá podían divisarse entre la bruma blanquecina del horizonte, las cimas del Orhi y las veletas del famoso monasterio de Roncesvalles. Recorría el animal con inquietas miradas los montes y praderas, los argomales[1] y pantanos, buscando un abrigo seguro.

Divisó al fin el verde jaral que cubre el desfiladero de Cahella y los altos robles que coronan la montaña de Abody.

A la vista de aquellos montes sin fin, de aquellas espesuras impenetrables, renacieron sus fuerzas, y hollando argomas y helechos, dirigió su marcha hacia levante dejando tras sí y a una grande distancia la jauría jadeante y cansada.

Dos veces atravesó el río Irati, y en la orilla solo encontró un cazador.

Solo estaba, es cierto; pero en su ardor infatigable, -86-hundía las espuelas en el vientre de su cabalgadura que lanzaba bufidos de rabia y de dolor, emprendiendo de nuevo su impetuosa carrera oscilada por el látigo y los espolazos[2].

Agotadas del todo las fuerzas, el lomo cubierto de espuma, pendiente la legua roja como el fuego, ennegrecido el vientre de polvo y lodo, el pobre ciervo huía, no ya en carrera seguida, sino dando saltos desiguales y cada vez más cortos, lanzando un lastimero gemido y cubiertos de lágrimas sus redondos ojos a cada esfuerzo que hacía para huir.

Dos sabuesos negros, famosos por su corpulencia, valor y ligereza, eran  los únicos que estaban a sus alcances, y su caliente hálito llegaba hasta las dilatadas narices del ciervo. De esta manera seguían corriendo el pedregoso sendero que se extendía por la falda del monte y el profundo cauce del río, cuyas aguas saltaban por entre fragmentos de rocas y troncos de árboles.

Elizgaray observó una peña cortada a pico  que inclinaba su calva cima sobre el Irati, formando un arco natural: aquel obstáculo le pareció insuperable; lisonjeóse de que la res detenida por aquella barrera retrocedería, y orgulloso con la perspectiva del triunfo, contenía su aliento para sonar la tocata de muerte. En alto la poderosa diestra, blandía ya la jabalina para lanzarla al animal que no distaba más que dos pasos, cuando el sagaz ciervo evitó el golpe y dando un salto de través, se  hundió, por decirlo así, en la espesa hojarasca del desfiladero de Cahella, haciendo perder la pista -87- a los perros y al cazador. Oculto allí en el paraje más agreste, cubierto de campánulas y rosas silvestres que esparcían sobre su abrasada cabeza una frescura refrigerante y un perfume delicioso, oía los ladridos de los sabuesos, repetidos por los peñascos y las laderas de los montes.

El cazador llamó a los perros para buscar las huellas del ciervo;  pero tropezando su caballo, cayó lanzando un relincho parecido al suspiro. Menudeó Elizgaray  los latigazos, gritó, se desesperó, mas, en vano, el caballo estiró sus patas convulsivamente, arrojó sangre negra por boca y narices, y dirigiendo una sublime mirada de reproche a su amo que seguía golpeándola, murió.

Entonces Elizgaray conmovido, cesó de golpear y se lamentó de  la muerte de su corcel.

-¡Pobre caballo mío! exclamó, ¡cuán lejos estabas de pensar que habías de morir de esta manera! Me salvaste la vida en la batalla de Nájera, y yo en pago te mato a golpes! ... Maldita  sea la caza, y maldito el instante en que has muerto...

Los perros se reunieron al cazador con la cola caída y la cabeza baja,  dirigiéndole miradas temerosas.

La noche se acercaba entretanto y sus sombras empezaban a extenderse en los valles. Elizgaray sonó la bocina: el búho se estremeció en su agujero, y el halcón respondió con un grito penetrante. Nadie más contestó a la señal del cazador que por primera vez dirigió la vista en su derredor y se apercibió de que -88- estaba solo en medio de una naturaleza salvaje y pintoresca. El sitio en que se encontraba le era completamente desconocido.

El sol en su ocaso tendía su cabellera de oro y púrpura por las cimas de los montes solitarios, y sus mil colores se reflejaban en las aguas de las cascadas. Un mar  de fuego bañaba la altiva cumbre de la montaña y el pico descarnado de los peñascos; pero sus rayos no descendían ya a los silenciosos y sombríos barrancos por do se extendía el pedregoso sendero, ya serpenteando entre tenebrosos jarales, ya subiendo por las faldas escarpadas de aisladas rocas, fortalezas naturales, gigantescas y soberbias como las orgullosas torres de la antigua Troya.

Elizgaray contempló largo rato este espectáculo sublime, y cuando ya el sol se hubo ocultado del todo, emprendió la marcha siguiendo el sendero a la ventura.

Tres horas después descansaba sus miembros fatigados bajo el techo hospitalario de un caserío cercano a Garralda[3].

 

II.

 

El más profundo silencio reinaba en el caserío de Urberea, y sus ventanas todas se hallaban cerradas por gruesas tablas de haya. Ya no salía de su puntiagudo techo ninguna columna de humo que indicase la preparación -89- de la cena del jefe de la familia: solo de vez en cuando oíase el ladrido del lebrel favorito, que contestaba al aullido del lobo de la montaña.

En la cercana fuente susurraba el agua cayendo del caño rústico de una hoja de castaño, al recipiente más rústico aun, del roble hueco que servía de abrevadero.

Sobre la roca a cuyo pie murmuraba la solitaria fuente, hallábase sentada la más hermosa de las hijas de la montaña.

Graciosa, suelto el cabello castaño que cubría sus espaldas, apoyado el codo en la rodilla y su ovalado rostro en la palma de la mano, escuchaba atenta el ruido más pequeño. Sus bellos ojos fijos en el sendero que se internaba en el bosque, rebelaban una inquietud desusada: palpitante el seno, ruborizado el rostro, inclinó al fin la cabeza al oír el chasquido imperceptible de una rama seca al romperse.

En el lindero del bosque dibujóse una sombra: oyóse el arrullo triste de una tórtola y Graciosa se puso de pie.

—Es él; exclamó pasándose la mano por la frente. Elizgaray.

—Yo soy, amada mía, yo soy, respondió el cazador acercándose.

— ¡Oh! Al fin te estrecho en mis brazos: dijo Graciosa abrazándolo. Temí no verte esta noche, y bien sabe Dios que casi deseaba el que no vinieras.

—¿Y por qué ese deseo, amada mía? -90-

— Hoy es viernes: contestó la joven.

—Verdad es pero ¿qué diferencia puede haber entre este día o cualquiera otro de la semana?

—En este día murió nuestro redentor, murmuró Graciosa estremeciéndose.

Elizgaray bajó los ojos  y calló.

—Y sin embargo, prosiguió Graciosa, hoy cometemos un pecado horrendo. ¡Oh Dios mío! ¿Por qué te conocí? Antes, tranquila sino gozosa, pasaba mis días como pasan las aguas de esta fuente; antes alzaba erguida la frente cubierta de blanco cendal;[4] ahora temo levantar los ojos del suelo y mi tocado aparece lleno de manchas. ¡Oh! Elizgaray ¿Por qué te conocí?

Elizgaray miró tristemente a la joven: desasiéndose después de sus brazos, dijo:

—Adiós, Graciosa, adiós, para siempre. Y comenzó a caminar hacia el bosque.

Una lucha terrible se suscitó en el ánimo de aquella mujer. Por una parte el deber la inducía a separarse de su amante; por otra el amor la impulsaba al crimen. Levantóse de la peña en que estaba sentada, y cubierto el rostro con las manos, echó a correr hacia el caserío,  la virtud triunfaba... pero en el momento de abrir la puerta, volvióse para, mirar, por última vez a su amante, y este momento decidió de su suerte. Vio a Elizgaray parado, y mirándola fijamente. La luz de la luna iluminaba de lleno su varonil y hermoso semblante. Revelaba este un dolor  tan profundo, tan honda desesperación, que Graciosa se paró también. Entonces el cazador -91-tendió hacia ella sus  brazos, y la joven sin poderse contener voló a su encuentro.

—-¡Ah! exclamó Graciosa; detente, amado mío, detente y no me abandones.

—¿Abandonarte yo? ¿Puedes acaso creerlo? No, Graciosa, no: el abandono vendrá de tu parte porque no me amas.

—¿Que no te amo dices? dijo Graciosa mirándolo asombrada y con los ojos llenos de lágrimas: ¿que no te amo has dicho?

Elizgaray nada respondió.

—¡Ingrato! murmuró la joven: ¿no estaba yo solitaria y triste esperando tu llegada, expuesta a los peligros de la noche? ¿Por quién sino por ti abandono el lecho nupcial y vengo en pos de caricias que solo de mi esposo me es dado recibir? ¿Por quién he perdido el reposo y la pureza sino por ti? ¿Por quién yo, la más alegre de las jóvenes de Garralda, lloro noche y día? ¡Ingrato, ingrato! ...

—¡Perdón, perdón! Exclamó  el cazador postrándose a sus pies. Te amo tanto...

¿Y qué sería de mí si así no fuese? ¡Repíteme una y mil veces esas palabras: si supieras cómo alivian mis pesares!...

—¿Pesares tú?

—¿Y cómo no? Unida por fuerza a un hombre a quien veneraba sí,  pero no amaba, podía al menos sobrellevar mi existencia apoyada en la rectitud de mi conducta, en la pureza de mi corazón; pero te vi,-92- te vi cobijado en nuestro lecho hospitalario, medio muerto de cansancio: escuché la melodiosa voz con que relatabas tus hechos de armas en batallas y escaramuzas, y te amé: ¡oh! te amé con idolatría: desde entonces, amor mío, huyó el sueño de mis párpados y la paz del corazón....

—Serénate, amada mía, replicó Elizgaray.

—Desde entonces, prosiguió Graciosa, hondos pesares laceran mi alma; crueles remordimientos me asedian, y quién sabe si los siniestros presentimientos que hace algún tiempo prohija mi imaginación, se realizarán....

—¡Graciosa, Graciosa!

—Sí, sí, dime que me amas: tus dulces palabras derraman algún bálsamo en mi alma dolorida.

—¡Oh! Te amo, te amo: murmuraba Elizgaray estrechándola contra su pecho.

—Al menos mientras escucho tu voz, proseguía la joven, mientras tus caricias me abrasan, huyen lejos de mí los presentimientos funestos, las tristes ideas....

—¿Luego me amas cual yo deseo que me ames?

—¿Y me lo preguntas? Ignoro lo que por mí pasa; pero te aseguro que te amaría a pesar del cielo y del infierno. Y Graciosa cubría de besos el rostro del cazador.

De repente se oyó en el bosque un quejido profundo, triste como el último estertor del moribundo. Ambos amantes se levantaron aterrados.

—¡Dios mío! exclamó Graciosa: ¿has oído?- 93-

—Sí: pero ese quejido puede ser causado por algún lobo que anda rondando por el bosque.

—¡Oh! No, no: es un aviso del cielo. Separémonos, amado mío.

—¿Tan pronto? Te aseguro que ese ruido nada tiene de extraño; en mis cacerías lo he oído salir muchas veces del seno de los bosques.

—Esa es una voz del otro mundo: créeme: insistía la joven.

—Ilusiones de tu fantasía, Graciosa. Olvidemos esa pequeñez y gocemos de estos momentos de soledad, Graciosa inclinó su cabeza sobre el hombro del joven, quien la besó en la frente.

El quejido se dejó oír más claro, más perceptible que antes.

—¡Somos perdidos! exclamó Graciosa apretando, convulsivamente el brazo de su amante: es Urberea.

—¿Tu marido?

—Sí, sí: no me cabe duda.

—¿Pues no me dijiste que estaba en Baztán?

—Así es: y no debía volver hasta pasado mañana. ¡Oh! vete, huye.

—¿Huir? ¿y dejarte sola, abandonada a su furor? Eso no, voto al infierno; voy a registrar el bosque, quiero ver por mí mismo la causa de esos ruidos extraños.

El cazador se lanzó al espeso jaral, y por entre los arbustos y a través de la oscuridad, vio deslizarse un bulto informe que desapareció en la espesura, gritando:-94-

—¡Adúlteros, adúlteros!

Los rayos del crepúsculo doraban ya las copas de los árboles; empezaba a elevarse al cielo ese murmullo misterioso de las soledades; el gamo huía a esconderse de la claridad del día, cuando Graciosa, abriendo cautelosamente la puerta de su morada, y enviando un beso a Elizgaray que la miraba sonriéndose desde la orilla del bosque, desapareció en el caserío.

 

III

 

El invierno ha sucedido a las pompas del verano: un blanco manto cubre la tierra, envolviendo en sus pliegues, pueblos, bosques, montañas y valles. La golondrina abandonó su nido de barro y emigró en busca de un clima más benigno: la paloma torcaz de tornasolado cuello, emigró también a cobijarse en enramadas nuevas, y solo el águila del Pirineo permaneció en su albergue elevado y solitario.

Al canto alegre de los pájaros ha sucedido el tétrico silencio de la soledad: al susurro de los arroyuelos y de la brisa, el horrísono ruido de los torrentes y de los huracanes.

Pardas nubes cubren el firmamento: el Orhi tiene velada su faz por nieblas densas y de color plomizo: la noche es oscura y amenaza ser terrible, porque ya los árboles, desprovistos de hojas, se balancean al soplo -95- helado y furioso de un vendaval naciente: sordos gemidos salen del seno de los bosques; algunas lucecillas de pálido reflejo sobrenadan en la superficie de los pantanos, y el mugido de los torrentes, llevado en alas del viento, semejase al bramido del trueno lejano, o al ruido que forman las manadas de búfalos en huida en las grandes sábanas de la América del norte.

La lluvia cayendo a raudales, golpea los puntiagudos techos de Urberea; mientras en el interior de la casa se oyen alegres cantares y el sonido argentino de platos y vasos.

Pedro Urberea, sentado en el puesto de honor y rodeado de una turba de cazadores, parientes suyos, apura vasos inmensos de vino y cidra[5] mientras sirven la cena. Un sitial hay vacante a su lado.

En la parte baja de la mesa, Graciosa, colocada en medio de jóvenes montañesas, procura sonreírse al escuchar los báquicos cantares de un bardo vascongado.

El festín debe ser espléndido. El jefe de la familia celebra el aniversario de su casamiento con Graciosa, el éxito feliz de una cacería monstruo y de una invasión en Francia.

La cocina está llena de corzos, jabatos, ánades, chochas y ansares, productos de la cacería de aquel día. Los asadores rechinan bajo el peso de enormes cuartos de buey, y las cacerolas apenas pueden contener tanta ave,  tanta liebre como el jefe de la familia había cazado con sus compañeros.

—Gaita, Johanes, mi buen menestral, gritó Urberea.- 96-Nuestra esposa se ruboriza al oír tus desenvueltas trovas.

—¡Que prosiga, voto al diablo! gritaban los comensales.

—No, por Dios, replicó el jefe.

—Y cómo hemos de pasar el tiempo mientras llega el que esperáis.

—Lo emplearemos en beber. Por cierto, Johanes, que has escogido un asunto nada a propósito para tus canciones.

—Al contrario, exclamó el bardo, preparándose de nuevo a tañer una especie de chirimía [6]de asta y paja de centeno.

—¿Al contrario dices? ¿Conque según eso, crees adecuado para celebrar el aniversario de mi matrimonio con Graciosa, sacar a colación los impuros y adúlteros amores de Blanca de Francia con don Fadrique de Castilla? Por Dios, señora: prosiguió dirigiéndose a su esposa, que vengáis en mi ayuda. ¿Eh? mirad, señores, a Graciosa pálida como la cera.

—Es que el bramido de la tempestad me aterroriza, contestó Graciosa agitada en estreno.

—Esa es una cobardía imperdonable, amada mía. Vos hija de las montañas y las nubes; vos, ninfa de nuestras florestas; vos, esposa de un cazador ¿temblar, vos, al ruido de una tempestad de invierno? No lo concibo, a fe mía. Ea, Johanes, sírvenos vino y canta lo que te se antoje, procurando que el sonido de tu voz sobrepuje al del huracán para que nuestra tímida esposa no se asuste. -97-

—No es por mí, por quien temo, esposo mío, contestó Graciosa con timidez.

—Pues ¿por quién? No será ciertamente por nosotros.

—Tampoco. Nosotros todos a Dios gracias, no hallamos al abrigo de la tempestad.

—¡Hola! exclamó Urberea. Veamos, pues, por quién os interesáis tanto.

—Por la persona a quien habéis tenido a bien convidar y que todavía no aparece.

—¡Diablo! ¿Sabéis quién es? Preguntó clavando en su esposa una mirada de águila. Lo ignoro completamente, puesto que no habéis creído conveniente participármelo; pero sea quien fuese, digno es de interés el que a semejante hora de la noche arrostra los furores de tan deshecho huracán.

—¡Bah! ¡bah! contestó Urberea bebiendo un vaso de vino. El que yo aguardo se burla de los huracanes como yo de los rugidos del oso, y sin embargo, prosiguió marcando las palabras, no niego que mi convidado es acreedor al interés y aún el amor de las mujeres.

— ¿Tan galán es? preguntaron los comensales.

—Vaya si lo es. Os aseguro, Graciosa, que es un joven gallardo.

Miró la joven a su marido y palideció al observar el rayo siniestro que despidieron sus ojos.

En este momento se oyeron fuertes golpes en la puerta de la casa.

—Ya está aquí el que yo aguardaba, señores, espero  -98- que me acompañareis a honrar a mi huésped; es el cazador más aventajado de nuestras montañas. ¡Hola!, Johanes, añadió Urberea; deja tu instrumento, acompaña al extranjero hasta la puerta de nuestra sala de honor y manda que sirvan la cena.

El menestral desapareció: pusiéronse en pie todos los circunstantes. Graciosa, inquieta sin saber por qué, apoyó su linda cabeza en el hombro de Alida, su hermana de leche, y todos, esperaban con ansia  la aparición del huésped.

Abriéronse a poco de par en par las puertas: dos criados con hachones de pinabete[7] precedían a un hombre que envuelto en una luenga capa empapada en agua y cubierta la cabeza con una toca de terciopelo, se paró en el dintel.

—Dios guarde al huésped que viene a honrar mi casa, dijo Urberea adelantándose y tendiendo la mano al recién llegado.

Desembozóse este y dejó ver la gallarda figura de un joven en la flor de la edad.

Graciosa púsose pálida al reconocer a su amante.

Urberea observó su palidez; pero sin mostrar extrañeza alguna, apretó cordialmente y con la sonrisa en los labios la mano del joven.

—Os esperábamos con ansia, amigo mío, le dijo: y aún hay damas en esta sala que han temido por vuestra vida.

—No merezco tanto, señores, contestó Elizgaray saludando afectuosamente a todos: y por Dios que agradezco en el alma estas pruebas de afecto. -99-

—Acercaos, Graciosa, dijo Urberea a su mujer en el tono más afectuoso: ya os dije que el huésped que esperaba era digno del interés que mostrabais por él, y aún creo haber añadido que era acreedor al amor de las damas. Ya veis que no os he engañado.

Graciosa se acercó al joven haciendo un esfuerzo sobrehumano por parecer tranquila.

—Es antiguo conocido vuestro, prosiguió Urberea sonriéndose con  la mayor naturalidad; os permito que le deis a besar vuestra mano.

—¡Dios mío! ¿Qué va a suceder aquí? murmuró Graciosa obedeciendo a su marido.

El doncel estampó sus labios en la mano de la dueña de la casa apretándosela con disimulo.

—¡Alerta por Dios! dijo rápidamente Graciosa.

—¿Qué es eso? preguntó Urberea. ¿Qué diablos habláis, esposa mía? No os andéis en rodeos y decidle a voz en grito que lo veis con placer en nuestra compañía.

—¿Puedo esperarlo? preguntó Elizgaray.

—¡Oh! Podéis estar seguro de ello: no he querido decirla que os aguardaba por causarla una sorpresa agradable.

—Gracias, esposo mío, contestó Graciosa.

—No las recibo aún, señora, dijo Urberea, porque os guardo otra sorpresa mucho más agradable. Con que a la mesa, señores vos, Elizgaray a mi lado. —

Sirvióse la cena: Urberea se mostraba alegre y decidor en estreno. Graciosa no osaba alzar la vista del -100-  plato que tenía delante  y la era imposible atravesar un bocado: Elizgaray, más dueño de sí mismo, aparentaba una tranquilidad que no sentía por cierto: las palabras, misteriosas de su amante preocupaban su ánimo: los demás comensales nada notaban y comían y bebían alegremente.

La tempestad arreciaba fuera de la casa y sus mil ruidos discordantes y siniestros penetraban en la sala del festín.

De repente se oyó la campana de Garralda que daba las doce y levantándose Urberea, dijo:

—En pie, señores: llegó la hora de la sorpresa.

Todos obedecieron aquel mandato y aguardaron con impaciencia la sorpresa anunciada.

—Brindemos primero por mi felicidad conyugal y por la buena suerte de mi huésped.

Bebió Urberea la mitad de un vaso de vino, mientras los demás comensales hacían lo mismo. Luego entregó a Elizgaray el vaso para que concluyese de apurar su contenido.

-Gracias a Dios, murmuró Graciosa; ha bebido en el mismo vaso que Urberea: ya no temo por la vida de mi amado.

-Ahora, señores, prosiguió el jefe de la familia, necesito que me prometáis una cosa.

-¿Y qué es ello? preguntaron los asistentes.

-Mirad todos a mi esposa y no separéis de ella la vista.

Los comensales soltaron  una ruidosa carcajada a tan -101- intempestiva proposición, y miraron a Graciosa que se puso colorada de vergüenza. De repente observaron que sus ojos se dilataban, que palidecía, horriblemente y que lanzando un grito agudísimo caía desmayada. En el mismo instante se oyó un golpe sordo en la mesa y  cuando los convidados volvieron la vista para averiguar  la causa, vieron horrorizados la cabeza, de Elizgaray sobre una fuente y su tronco, mutilado sentado en el sitial que ocupaba durante el convite.

Esta era la sorpresa que les preparaba el señor de Urberea.

La rapidez con  que se sucedieron estas escenas fue tal, que ninguno de los asistentes pudo evitarlas.

Pedro, Urberea soltó una carcajada  histérica y abriendo de par en par la ventana se lanzó por ella gritando:

-¡Adúlteros, adúlteros!

La tempestad bramaba con más furia que nunca: el ímpetu furioso del viento, desquició puertas y ventanas: una bocanada de aire helado penetró en el salón apagando las luces: las sombras de la noche cubrieron aquel espectáculo sangriento y los convidados, mudos de espanto, oían a través del bramido, de los vientos desencadenados la voz de su paciente que seguía, gritando en lontananza.

-¡Adúlteros, adúlteros! Nadie volvió a habitar aquella casa maldita, en cuyo recinto se habían profanado las santas leyes  de la hospitalidad. -102-

Algunos meses después de este suceso, empezó susurrarse en el país, que a las altas horas de la noche frecuentaba los boques comarcanos un hombre de talla tan gigantesca, que su cabeza sobresalía por cima de los árboles más elevados: cubierto el cuerpo de un vello largo y lacio, con un nudoso bastón en la mano, perseguía al caminante extraviado y sus aullidos feroces, esparcían el terror en toda aquella comarca.

Si en nuestros días algún viajero recorre aquellas montañas, oirá hablar del Bassajaun, nombre significativo con que ha sido bautizado por los montañeses vascongados el fantasma singular de que nos ocupamos. '

En todas partes se le encuentra (dicen los naturales del país); cuando el pastor conduciendo su rebaño al redil, oye de noche pronunciar a sus espaldas un nombre de colina en colina... es el Bassa Jaun… y desgraciado de él si vuelve la vista atrás.... Si a deshora, caminando por aquellas soledades oís el ruido de un paso grave y mesurado... es el Bassajaun que os sigue... guardaos de volver el rostro. Y siempre lo encontrareis de noche. Tropezad en el tronco de un árbol caído y cubierto de nieve... bien pronto lo veréis moverse, alzarse luego y lanzando un feroz rugido, perseguiros tenazmente... Es el Bassa jaun que dormía y a quien habéis  despertado imprudentemente.

Algunos creen que el Bassa jaun es nada menos que el señor de Urberea, que en castigo del asesinato cometido bajo sus techos, después de haber partido su -103- pan y vino con la víctima, está condenado a vivir errante en aquellos bosques hasta la consumación de los siglos.

Otros menos crédulos opinan que el Bassa jaun existió hace muchísimos años en el Pirineo; pero que ha desaparecido siglos ha, y que este fantasma o vestigio de las leyendas vascongadas no era otra cosa que un orangután. 

FUENTE: Goizueta, J.M. Leyendas vascongadas.  Madrid, F. García Pavón.1851. pp.83-103.

 

Edición: Pilar Vega Rodríguez

 

 

[1] Argomal: terreno poblado de plantas de aulaga o brezo.  (Diccionario de la lengua española, RAE).

[2] Espolazos. Espolada 1. f. Golpe o aguijonazo dado con la espuela a la caballería para que ande. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[3] Localidad de la merindad de Sangüesa, en Pamplona (Navarra).

[4] Cendal: 1. m. Tela de seda o lino muy delgada y transparente. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[5] Cidra: 1. f. Fruto del cidro, semejante al limón, y comúnmente mayor, de sabor agrio, cuya corteza gorda y carnosa está sembrada de vejiguillas muy espesas, llenas de aceite volátil, que se usa en medicina. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[6] Chirimía: 1. f. Instrumento musical de viento, hecho de madera, a modo de clarinete, de unos 70 cm de largo, con diez agujeros y boquilla con lengüeta de caña. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[7] Pinabete: abeto.