DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

 La Ilustración española y americana. 8/6/1882, año XVI, núm. 21,  página 22.

Acontecimientos
Doble
Personajes
Juan Henríquez
Enlaces

Muñoz de Morales Galiana, Juan, “Las reelaboraciones en el siglo XX de las novelas de Manuel Fernández y González: un autor a través de distintos modelos de negocio editorial” OGIGIA-REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS HISPÁNICOS, 28 (2020): 273-29

LOCALIZACIÓN

MADRID

Valoración Media: / 5

El clérigo fantasma

 

Había  en la villa y corte de Madrid, allá por los años de 1570, entre las manzanas 413 y 415 del antiguo plano, una calle tortuosa, estrecha y lóbrega aun de día, que empezaba en la puerta de Guadalajara y perdía su nombre, tomando el de la de Los Tintes, en el lugar donde separaba estas dos calles la Costanilla de Santiago.

Perdióse el primitivo nombre de esta calle en  el olvido, y hoy se la conoce por la del Bonetillo.

Malas compañeras tenía, porque la Costanilla de Santiago y su corral, la calle de Los Tintes y la inmediata del Mesón de Paños, a pesar de estar situadas cerca del Alcázar y en una parroquia tan rica y tan noble como  la de Santiago, eran de aspecto pobre ygubre, que no parecía sino que cada una de sus casas disimulaba mal las torpezas de sus moradores, gente toda baja y ruin, pervertida por la pobreza, y leprosa de delitos, cuando no de crímenes; y de tal manera daban estas callejuelas espanto durante la noche, que ni aun los alcaldes más bigotudos, a pesar de sus rondas, se atrevían a andar por ellas sino bien apercibidos contra cualquiera desdicha que pudiera sobrevenirles.

 Ningún hombre, y mucho menos ninguna mujer, que hubiesen mirado a su decencia o a  su honestidad, se hubieran atrevido a vivir en unos tales lugares, que, sin ofensa ni ponderación, podían llamarse inmundos; no embargante lo cual, una persona eclesiástica, olvidada de lo sagrado de sus órdenes, vivía sin vergüenza alguna en un mal casuco[1] negro y desvencijado, que parecía como una corcova[2], haciendo esquina a la Costanilla de Santiago.

 Llamábase este tal, que de todo punto estaba dejado de la mano de Dios, el Licenciado Juan Henríquez, a quien los que le conocían llamaban el Clérigo, para diferenciarle de otro Juan Henríquez, hermano suyo.

La vida de este Clérigo era de tal manera escandalosa y mala, que, cansado el Ordinario[3] de infligirle las penas y penitencias que prescribe la disciplina eclesiástica, sin que nada aprovechase para corregirle, acabó por quitarle las licencias, dejando que se lo llevase el diablo. Alegróse de esto el Clérigo; dióse por libre, y se entregó sin freno a torpezas y a liviandades, que a la cara de un rufián hubieran sacado los colores de la vergüenza.

 El otro Juan Henríquez, el hermano seglar, era tan rematadamente malo como el Clérigo, que no parecía sino que, habiendo estado ambos en unas mismas entrañas, de ellas habían sacado una misma ponzoña.

 Pero Juan Henríquez era hipócrita, y parecía por su vida ostensible el mejor hombre del mundo; ni le era permitido hacer al descubierto sus picardías, ni exponerse a ser despedido de Palacio, a cuya baja servidumbre pertenecía, como garzón de la cámara del señor Príncipe de Asturias D. Carlos de Austria; y sabido es que el rey D. Felipe II, de pavorosa recordación, llevaba la austeridad de las apariencias hasta un término tal, que se hacía necesario que un demonio que, estando a su servicio, no pareciese un santo saliese de su casa, y no así corno quiera, sino durísimamente castigado, para saludable ejemplo y escarmiento de los otros.

 Esto no quiere decir que en la servidumbre de Palacio no hubiese pícaros, sino que estos pícaros eran más temibles que otros, porque ejecutaban sus picardías, y aun sus delitos, a mansalva[4], so capa de santidad.

 Así era que Juan el seglar, hermano del otro Juan el Clérigo, siendo infinitamente peor que el ordenado, parecía el mejor hombre del mundo.

 Por lo tanto, los dos hermanos estaban aparentemente apartados, y aun había quien se arriesgaba a decir que reñidos a muerte, y que ni se veían ni se entendían; pero la verdad era que, con harta frecuencia, y ya en horas avanzadas de la noche, se salía de Palacio, por el postigo de las Meninas, un bulto cuidadosamente rebozado, que, atravesando la dormida parroquia de San Juan y parte de la no más despierta de Santiago, iba a dar en la Costanilla y zahúrda[5], que no casa, donde habitaba el otro Juan Henríquez el Clérigo. Algunas veces, no pocas, no era el bulto de Juan Henríquez sólo el que de Palacio salía como a hurtadillas, después de bien sonadas las ánimas, sino que le acompañaba otro bulto que no podía disimular su altivo erguimiento y su soberbia, dejando tras un olor a cosa grande, que trascendía; y acontecía siempre que este soberbio bulto acompañaba, o era acompañado, del garzón[6] Juan Henríquez, que, al cruzar la desierta plazuela de San Juan, se les uniese otro embozado de aire resuelto, como de hombre arrojado a todo, sin respetos a nada, empezando por la majestad de Dios; y cuando estos tres bultos se unían, salían de la sombra de los oscuros soportales otros cuatro o seis bultos de apariencia grosera, que, aun a oscuras, ofendía por desvergonzada, y que olían a rufianes y a gente del trepe[7] desde diez leguas.

Toda esta gente, de tan distintas partes compuesta, haciendo junta un solo y grande escándalo y desvergüenza, que nadie veía a causa de la hora, iba a dar en la casa del Clérigo; los seis de la guarda se quedaban en el piso bajo, donde, para entretenerse, encontraban gentes de los dos sexos, semejantes a ellos, bajo capas de lacayos y rodrigones[8], y mantos de dueñas[9] y doncellas, y sabrosas viandas y largo vino del añejo, y carta blanca[10]; y los otros tres bultos subían y entraban en una gran cámara convenientemente alhajada y servida, donde los recibían alegremente damas de aventura, de las de manto y litera[11], señoras de la gentecilla que abajo se quedaba refocilando[12] con los rufianes.

 Armábase generalmente, tanto en el piso bajo como en el alto, zambra[13] y estruendo, tanto de vihuelas[14] y cantares y zarabanda[15], como de retintín de jarros y de vasos, con acompañamiento de broqueles[16] y castañuelas gentilmente sacudidas y repicadas; y si por acaso algún alcalde de ronda, movido por aquel escándalo, llamaba y forzaba a que le abriesen en nombre de la justicia del Rey, salía a él el capitán de los rufianes, y con no mucho comedimiento decíale algunas breves palabras, después de las cuales, y faltándole sólo santiguarse, el alcalde derribaba el sombrero, se excusaba con la voz temblona, y se apresuraba a irse, proponiéndose olvidarse de lo que había sentido y de lo que le habían dicho, con más miedo que vergüenza, y olvidada de todo punto la justicia. Y no era para menos, que todo aquel escándalo servía para divertir en sus pervertidos y livianos ocios a su alteza el señor príncipe de Asturias don Carlos, que tenía ya un partido, y que por muchos era estimado en más rey que su padre; en fin, que lo mejor de los dados era no jugarlos[17], por lo que los alcaldes preferían volverse, haciéndose los sordos y los ciegos, y con las orejas gachas, aun los más bravucones, no osando meterse en aventuras que podían tener malas vueltas, de aquellas que desenredaba el garrote[18] en una mazmorra del alcázar de Segovia o del castillo de Pinto.

Así era que el Príncipe de Asturias gozaba de grandes solaces, acompañado de su grande amigo el comediante Cisneros[19], y servido por su garzón Juan Henríquez, en la casa del Clérigo, a trasmano e ignorancia del señor rey don Felipe el II. Sabíalo todo esto, y aún más, y a clavo pasado, el cardenal Espinosa[20], entonces secretario de Estado y del despacho universal; pero eran de tal linaje los desmanes, y de tal manera graves los empeños en que su insensatez y su soberbia habían metido al Príncipe, que el cardenal Espinosa, mesurándose a vigilar y a estar al tanto de todo, y disimular mientras humanamente se pudiese, callaba por no poner al Rey en la negra desventura de hacer justicia en su propia sangre, y dar escándalo a la historia con el castigo digno de las torpezas y de las sacrílegas traiciones de su hijo.

 Ciertamente que más que el Príncipe debía el Rey grandes servicios a la prudencia y a la lealtad del cardenal Espinosa. Todas esas cosas eran como una inflamación nociva e incurable, que aún no se había resuelto en gangrena mortal y al descubierto; el Príncipe, como los hidrópicos[21], cuantos más placeres y ambiciosas esperanzas bebía, de sed más rabiosa se sentía aquejado; y no pudiendo resistir su cuerpo a la fuerza de la ponzoña de su alma, cada día se mostraba más ruin de salud, siendo frecuente que la calentura le desesperase, reteniéndole en el lecho e impidiéndole encenagarse en sus vicios.

Un día de Viernes Santo, en que la corte corría las estaciones[22] con gran pompa, al llegar a la iglesia de Santiago salió de entre la multitud, rompiendo por los de la guardia española, por los mayordomos y los camareros, una joven pobremente vestida, que cuando acordaron estaba ya a los pies del Rey, que, asombrado y demudado por el atrevimiento, se sentía asidas las manos por las temblorosas de la infortunada, que decía con entrecortados sollozos:

—¡Misericordia, señor, por la sacratísima sangre de 367- Jesucristo, para los que han quedado de los que por vuestra majestad han muerto!

Milagrosa era la hermosura de aquella triste, porque el Rey, perdonándola el arrebato de su desdicha, que, sin disculpa, a desacato hubiera podido echarse, mandó la dejasen a los que a apartarla violentamente de él acudieron, y dijo:

Óigasela y socórrasela según que lo mereciere.

Es que mi madre, viuda de un capitán muerto en Flandes, agoniza de necesidad y no hay espera, señor exclamó, con la tenacidad y la priesa de la miseria, la doncella.

El príncipe D. Carlos, que ricamente engalanado a la derecha de su padre iba, y que había encarnizado sus calenturientos ojos en los encantos pálidos, y así más tentadores, de la desventurada, arrancó de su sombrero el riquísimo joyel de pedrería que sujetaba la toca, y lo dio a la joven.

  Remediaos dijo y acudid con más espacio a Su Majestad en justicia.

Desmayóse de sorpresa, viéndose dueña de lo que para ella era un tesoro, la triste; de allí la apartaron, y el Rey dijo a D. Carlos, mirándole profundamente:

Bien habéis hecho, si lo habéis hecho con alma limpia y corazón misericordioso.

Y tras esto se metió con la corte en la iglesia.

Aquella noche el Príncipe mandó a su garzón Juan Henríquez averiguase, sin perdonar priesa, trabajo ni gasto, el paradero de la deidad de aquella aventura; acudió el garzón a su hermano el Clérigo; púsose éste, con las señas que el Príncipe a Juan Henríquez había dado, en campaña, y a media vuelta que dio por dos o tres zahúrdas, resultó que más de un caballero y de una dama de las de la hampa[23] conocieron por las señas a la buscada, a la que desde hacía algunos días habían visto pidiendo limosna en el atrio de San Sebastián; y siguiendo estos indicios, no tardó en saber que en un zaquizamí[24], al fondo de un negro patio de una casa de vecindad de la Cava Baja, vivía, enferma de miseria,Ana Téllez de Arévalo, viuda del capitán de infantería Juan de Velorado, muerto en batalla en Flandes, padres ambos deAurora, que era la deidad, según decía el Príncipe, de la aventura de aquella tarde.

Al día siguiente el clérigo se fue a verificar las noticias que le habían dado.

Era el mozo, que aún no pasaba de los treinta, de hermoso semblante, aunque desvergonzado, pero sabiendo componerlo y hacerlo honesto, y aun atractivo y confiable cuando era menester: de buen talle y gallardo parecía a lo bravo, y desde que le quitaron las licencias vestía a lo galán, de todo punto olvidado de lo clérigo, y con gran lujo, que para todo daban las liberalidades del Príncipe.

Armóse de la más honrada apariencia y más noble que supo, y yéndose a la Cava Baja, entróse en el zaquizamí donde la madre y la hija habitaban, hallándolas en términos de mudarse a más decente vivienda.

Certificóse, en viéndolas, que él era hombre de mucho mundo, de que en ellas tenía la virtud su asiento, y que nada se recabaría de ellas sino por el engaño; y diciendo que él iba con la corte, por ser allegado de la casa del Rey, cuando la aventura, añadió con cortés rendimiento que iba a ofrecerse a su servicio para que saliesen con bien en sus pretensiones, porque él, por sus deudos, tenía mucha mano en palacio.

Creyéronle las dos, que tal supo engañarlas él, y sirviólas desde aquel día, sin dejar la ida por la venida su nueva casa, que fue en las Vistillas de San Francisco,  lugar alegre, desde donde la vista se solazaba,  hartándose de luz, en la extendida vega.

Con el buen trato y con el cuidado, Dª Ana  escapó de la muerte, aunque conservando todavía las resultas de su  grande miseria, y D.ª Aurora, que apenas frisaba en los diez y ocho, llegó a un tal esplendor de hermosura que quitaba al sol sus rayos.

Audiencia del Rey habían tenido, y sacado una corta pensión que, aunque sólo bastaba para ir tirando, ayudaba con los intereses de los dos mil ducados que habían sido el precio del joyel del Príncipe, puestos a ganancias en un genovés.

Sólo del joyel se había reservado Dª Aurora un grueso diamante, tasado en mil ducados; pero doña Aurora había  querido mejor conservarle en memoria de la  caridad del Príncipe, y con él le habían hecho una sortija, que siempre llevaba puesta en la mano izquierda, en el dedo del corazón.

En aquel diamante había  un amor tan fino y tan limpio como él; pero un amor imposible,  dado que  Aurora le quería mejor mártir que deshonroso.

Pasaban los días,  las semanas y los meses sin que el Clérigo, que continuaba fingiéndose buen amigo y generoso  protector de  las dos señoras, se atreviese a servir al Príncipe de otra manera que hablando continuamente y con  grandes encarecimientos de él a la madre y a la hija; y sabía el Clérigo que Dª Aurora estaba mortalmente enamorada de D. Carlos  porque cuando de él la hablaba, que era a cada hora, el alma se la salía en fuego por los ojos aAurora, y se la encendía el semblante como si aquel mismo fuego le hubiese abrasado, y se ponía tan hermosa, que al Clérigo le daban rabiosas bascas[25] de envidia, y se desesperaba, porque tenía la seguridad de que, con todo su amor,Aurora no sería jamás la amiga del Príncipe, ni, abandonada por éste, llegaría él a la ocasión de consolarla, de lo que resultó que, enamorado hasta la rabia, dio en la locura, y se arrojó a precipitar la tragedia que había empezado en el punto y hora en que la infeliz desesperada, arrojándose a los pies del Rey, había visto al Príncipe. Este, por su parte, cada día más perdido el seso, sufría ya mal las dilaciones, se irritaba, exigía y amenazaba, por todo lo que el Clérigo  que tenía bien pagada, y a su devoción, una mala vieja que servía a las dos señoras, la dio un brebaje, que, puesto por ella en la cena, causó en la madre y en la hija un profundo letargo, para despertarlas del cual no hubiera bastado el tremendo sonido de la trompeta del arcángel del juicio final; abrió, en viéndolas dormidas la vieja, una ventana, asomó a ella una luz, y a esta señal el Clérigo que con algunos bravoneles[26] esperaba en lo oscuro, llegó a la puerta de la casa, que le franqueó la vieja, entraron, cogieron a Dª Aurora aletargada, y dando con ella en una silla de manos, que llevaban a gran paso, tomaron la vuelta de la casa del Clérigo donde ya, con su inseparable amigo el comediante Cisneros, esperaba impaciente el príncipe D. Carlos. Llevóla en brazos, y siempre aletargada, el Clérigo al aposento donde esperaba su Alteza, y tal celoso dolor sintió, que no pudiendo permanecer en la casa, de ella salió como disparado, o más bien como vomitado; y sin más compañía que su despecho, a correr se dio sin tino por las oscuras y desiertas callejas, y teniendo horror de mismo, porque parecíale a él que no era ya cuerpo viviente, sino difunto en pena, que su vida había dejado, con su amor, en los brazos del Príncipe.

 Y de una parte su casa le atraía, y le repelía de otra, y en círculo vagaba por el cuartel, más y más dolorido, y más y más celoso, y más y más desesperado; y estando en esto, y siendo ya media noche por filo, y encontrándose él junto al jardín de la Priora, en el lugar llamado Los Caños del Peral, vio avanzar por la lóbrega calle de Los Tintes[27] resplandor de luces, y le espantaron el oído cantos funerales; que no era aquella hora de entierro, ni acertaba el por qué un entierro pasaba tan cerca de su casa, que más bien parecía que de su casa salía; y como si aquel entierro le hubiera llamado, y él desobedecer no hubiera podido, hacia él se fue, y vio que torcía hacia la calle Mayor, en demanda sin duda de la parroquia de Santa Cruz. Vio pasar con sus estandartes las cofradías del Cristo de las Peñas y de San Lorenzo, los Clérigos de la parroquia con su preste[28] y su cruz alzada, y detrás un ataúd, sobre el cual veíase un bonete[29] y un cáliz, llevado por los hermanos de la venerable Orden Tercera[30], todo esto pausado, y solemne, y temeroso, que no parecía sino que las gentes de aquel entierro eran fantasmas.

Acercóse con todo sobresalto y temor el Clérigo al que la cruz parroquial llevaba, y preguntóle cuyo era el difunto que a tal hora a enterrar llevaban, a lo que le respondió el crucero:

  ¿Pues no sabéis que acaba de morir de repente Juan Henríquez el Clérigo?

  Mientes tú, ladrón exclamó, entre irritado y espantado, el Clérigo—que Juan Henríquez soy yo, y pese al diablo, aún vivo.

Preguntó a seguida al preste, que, como si no le hubiera conocido, le dio la misma respuesta, y como los hermanos de la venerable Orden Tercera, a quienes también preguntó, le diesen por respuesta el levantar la tapa del ataúd, dejándole ver el cadáver, al reconocerse en él el Clérigo dio a correr espantado, y sin saber cómo, se halló en la puerta de su misma casa, que de par en par estaba abierta, y en cuyo zaguán había un túmulo cubierto por un paño negro rodeado de blandones[31] amarillos, cuyas luces rojas se asemejaban  a llamas de infierno, que, al chisporrotear, parecía arrojaban de pequeños demonios, que venían a revolotear en torno de la cabeza del Clérigo y se le reían y le hacían monerías, y le enseñaban sus agudas lenguas, que a dar iban, como culebrinas, en su semblante, y le picaban atormentándole, y oía carcajadas agudas, como de caña rajada, y baladros[32] y aullidos, e imprecaciones y maldiciones, y hasta tal punto, que hubo de exclamar :

  A locura han debido de traerme los celos, pues que sufro tales visiones.

 Y dio la casa adentro, sin encontrar a nadie en ella; que no parecía sino que la casa estaba maldita y no consentía dentro de ser viviente.

 Llegó al fin a la cámara, en cuya puerta, en los brazos del Príncipe, había dejado a la desmayada doña Aurora, y entrando, en medio de su oscuridad vio un pavoroso espectro hecho de luz pálida e indecisa, que las mismas formas tenía que D.ª Aurora, y clavado en el hermoso seno un puñal, y de la herida brotando roja sangre, que se extendía y flameaba, y volviendo sobre misma, formaba la apariencia de lo que D.* Aurora había sido. Cayó de boca al suelo, ante aquella visión espantosa, el Clérigo, y como si hubiera estado en el otro mundo, oyó una voz en que, aunque temerosa, sonaba la dulzura de la de aquella triste en vida:

has vendido tu alma a Satanás, vendiendo mi cuerpo aletargado a la impureza, y Dios me ha despertado a punto de poder elegir entre la muerte y la deshonra, poniendo en mis manos el puñal del insensato licencioso: mi madre ha muerto conmigo, y yo te perdono y ruego a Dios que te perdone: los que aquí entraron, porque Dios quiso que mi cadáver tomase tu apariencia, muerto te han creído, y a enterrar me han llevado bajo tu figura: eres desde hoy un fantasma, que darás espanto y del que huirá todo el mundo. Esa es tu penitencia, que sufrirás hasta que Dios te llame a juicio: yo te espero delante de Dios, ¡para perdonarte allí, como aquí te he perdonado!

 Entonces, todo convertido el Clérigo dijo con todas las veras de sus entrañas, más abiertas que nunca al amor de D. Aurora:

  ¡Mi alma por tu vida!

 Nadie le contestó; pero en aquel punto sintió como una llamarada que de él se apoderaba y en él se metía y quedaba; y como si aquella llamarada hubiese sido el alma de Dª Aurora, en mismo la sentía y en mismo se abrasaba en un amor sin fin, y en mismo se revolvía en ansia rabiosa, en busca de una muerte que no acababa, en tormentos de una vida que sin acabar moría; y dio a correr como si de mismo hubiese querido huir, y a la calle se salió, dando aullidos de bestia brava malherida, turbillonando[33] en torno de la manzana, y despertando a los vecinos despavoridos, que, viéndole como si fuera de día, exclamaban:

  ¡Y cómo puede ser él, si le han encontrado asesinado en su casa y le han llevado a enterrarle! ¡Su fantasma es, que anda en pena!

Y huyeron espantados a sus lechos, y se cubrieron las cabezas con las mantas, para no ver la visión.

Al día siguiente apareció cerrada por la justicia, y sellada sobre la cerradura, la puerta de la casa de Juan Henríquez el Clérigo y pendiente de una escarpia se veía, sobre el dintel, un bonete colorado, como si le hubieran mojado en sangre viva.

Nadie sabía quién había puesto allí el bonete, pero nadie, de miedo, se atrevía a tocarlo, y allí se estaba.

Y el Clérigo que vivía demasiado ciertamente por su desdicha, y que en vano, desesperado, pedía a Dios la muerte, fuese de Madrid, y por lo más cerrado y solitario de montes y dehesas se andaba, alimentándose de hierbas, y por las noches, sin ser poderoso a otra cosa, a vagar iba en torno de la manzana donde la que había sido su casa permanecía cerrada y sellada, y con la divisa temerosa de aquel bonetillo, que siempre destilaba sangre fresca, y todos los vecinos huyeron de aquella calle maldita, a la que llamaron la del Clérigo Fantasma.

Al fin, repitiéndose las que se creían apariciones, cundiendo el terror a las calles circunvecinas, la Inquisición tomó cartas en el negocio y envió exorcizadores y lanzadores de diablos, que, armados de cruz, sobrepelliz[34] e hisopo[35], fuesen a desendemoniar la calle, los propietarios de cuyas casas ponían el grito en el cielo porque nadie se atrevía a habitarlas.

 Aparecido que fue, o más bien llegado que hubo Juan Henríquez, dijo a los del Consejo de la Suprema, que allí asistían aquella noche para los exorcismos:

  Gracias doy a Dios, reverendos Padres, de encontraros aquí, que yo buscaros no osaba; y oyéndome en confesión y castigándome como merecen mis enormes culpas, esta miserable tragedia habrá venido a su fin y remate, y habré yo dejado de parecer alma en pena para espanto de las gentes.

 Oyéronle en confesión; lleváronle luego a las cárceles del Santo Oficio de Toledo, y allí le tuvieron durante cuatro años penitenciado[36], durante cuyo tiempo la calle donde estaba su casa, y donde permanecía el bonetillo, se llamó la del Clérigo Fantasma.

Absuelto al fin, y purificado Juan Henríquez por el Santo Oficio, se le sacó de la prisión, se le volvieron sus licencias y su beneficio en la parroquia de Santa Cruz, y él se fue a vivir, como en penitencia, a su antigua casa.

 En el punto en que entró en ella, sin que se supiese quién lo había quitado, desapareció el bonetillo sangriento, lo cual hizo que se creyese que el Clérigo Juan Henríquez había sido, como en la tierra, perdonado en el cielo.

 Vivió muchos años ejercitando la virtud, y murió anciano, en olor de santidad. Esta es la leyenda maravillosa del Clérigo Fantasma y del bonetillo colorado, que dio a la calle el nombre de la del Bonetillo, que aún hoy conserva.

 

FUENTE:  Fernández y González, Manuel, “El clérigo fantasma”, La Ilustración española y americana. 8/6/1882, año XVI, núm. 21,  página 22.

Edición: Pilar Vega Rodríguez

 

[1] Casuca: Despectivo

[2] Corcova: joroba

[3] El Obispo

[4] En gran cantidad

[5] Zahúrda: pocilga

[6] Garzón: 5. m. desus. Joven que lleva vida disoluta. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[7] Gente que trepa. Trepar : 3. intr. coloq. Elevarse en la escala social ambiciosamente y sin escrúpulos. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[8] Con apariencia de cierta modestia. Rodrigón: 2. m. coloq. Criado anciano que servía para acompañar señoras. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[9] Dueñas y doncellas

[10] Carta Blanca: 1. f. carta que se da a una autoridad para que obre discrecionalmente. 3. f. coloq. manos libres (? facultad amplia que se da o se tiene). (Diccionario de la lengua española, RAE).

[11] Damas del manto: con el rostro cubierto, que se hacen llevar en silla de mano (litera), sin embargo, se entiende aquí irónicamente, como mujeres de reputación dudosa.

[12] Refocilando: 2. prnl. Regodearse, recrearse en algo grosero(Diccionario de la lengua española, RAE).

[13]Zambra: por cierto tipo de fiesta que celebraban los musulmanes se entiende algazara, jolgorio.

[14] Vihuela: 1. f. Instrumento musical de cuerda, pulsado con arco o con plectro. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[15] Zarabanda: 5. f. Danza popular española de los siglos XVI y XVII, que fue frecuentemente censurada por los moralistas. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[16] Broqueles: el ruido al chocar los escudos

[17] Lo mejor de los dados, no jugarlos: refrán. No conviene tentar a la suerte que puede ser perjudicial.

[18] Garrote: el garrote vil, es decir, la ejecución.

[19] Comediante Cisneros, según Manuel Fernández y González en otras de sus obras, Andrés Cisneros. El alcázar de Madrid; leyendas históricas, 1857, p. 173.

[20] Diego de Espinosa Arévalo (Martín Muñoz de las Posadas, septiembre de 1513 - Madrid, 5 de septiembre de 1572)

[21] Hidrópico: que padece derrames de líquido seroso

[22] Corría las estaciones: iban siguiendo las estaciones del vía crucis, probablemente siguiendo los pasos procesionales.

[23] Hampa: 1. f. Conjunto de los maleantes, especialmente de los organizados en bandas y con normas de conducta particulares. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[24] Zaquizamí: 1. m. Desván, sobrado o último cuarto de la casa, comúnmente a teja vana. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[25] Bascas: náuseas

[26]Bravonel: 1. m. desus. fanfarrón (? hombre preciado de valiente) (Diccionario de la lengua española, RAE).

[27] Hoy Calle de Los Tintoreros.

[28] Preste: 1. m. Sacerdote que preside la celebración de la misa o de otros actos litúrgicos. (Diccionario de la lengua española, RAE).

 

[29] Bonete: 1. m. Especie de gorra, comúnmente de cuatro picos, usada por los eclesiásticos y seminaristas, y antiguamente por los colegiales y graduados. (Diccionario de la lengua española, RAE).

Es decir, lo que podría identificar la condición de Juan Henríquez.

[30] Tercera Orden de San Francisco, una orden seglar.

[31] Blandones: 1. m. Vela gruesa de cera con una mecha. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[32] Baladro: 1. m. p. us. Grito, alarido o voz espantosa. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[33] Turbillonando: de “turbillón”, remolino (TERREROS Y PANDO, ESTEBAN DE.

Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana [...]. Tomo tercero (1767). Madrid, Viuda de Ibarra, 1788, p. 727).

[34] Sobrepelliz: 1. f. Vestidura blanca de lienzo fino, con mangas perdidas o muy anchas, que llevan sobre la sotana los eclesiásticos, y aun los legos que sirven en las funciones de iglesia, y que llega desde el hombro hasta la cintura poco más o menos. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[35] Hisopo: 2. m. Utensilio que se emplea en las iglesias para dar o esparcir agua bendita, consistente en un mango de madera o metal, con frecuencia de plata, que lleva en su extremo un manojo de cerdas o una bola metálica hueca y agujereada. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[36] Retirado para cumplir la penitencia impuesta en la confesión.