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Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

La vuelta por España. Viaje histórico, geográfico, científico, recreativo  y  pintoresco. Tomo I. Barcelona, Imprenta y librería religiosa y científica del Heredero de D. p. Riera. 1872.

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LOCALIZACIÓN

VICÁLVARO

Valoración Media: / 5

 

Vicalvarada

La vuelta por España.

Viaje histórico, geográfico, científico,

 recreativo  y  pintoresco, 1872, p. 16.

 

 

[Vicálvaro]

 

—¿Qué estación es esta?

—Vicálvaro—repuso Azara, que conocía perfectamente el camino que iban recorriendo.

—¡Hola! He aquí un pueblo que hizo célebre el famoso levantamiento del general O'Donnell el 28 de junio de 1854—dijo el andaluz. -16-

—Es verdad—añadió Pravia,—y la batalla librada en esos campos el día 30 de mismo mes.

—Poco me agradan esas celebridades que se forman por medio de una batalla hija de las discordias civiles—repuso Sacanell! —Desgraciadamente a ellas debe nuestra patria el estado de postración en que se encuentra. Los campos pisoteados por los caballos durante ese combate, la tierra empapada en sangre, y los cadáveres y los inutilizados por el hierro homicida son otras tantas desventuras para el país. Ahí quedó toda una cosecha destruida, y centenares de brazos arrebatados a la industria y a las artes.

—Es verdad.

— ¿Y dónde tuvo lugar la acción? preguntó el andaluz.

—Precisamente puedo daros algunos detalles respecto a ella, porque hace algunos meses, pasando por este mismo sitio en compañía de un comandante de caballería que se encontró en esa función guerrera, me la describió con una minuciosidad extraordinaria; pero antes, si os parece, nos ocuparemos del pueblo que ya tenemos a la vista, tanto en su parte geográfica, cuanto en sus producciones y elementos de vida, y después

trataremos de su historia.

—Perfectamente. Como quieras. ¿Qué es lo que tiene Vicálvaro de particular?

—En primer lugar—repuso Azara,—como observaréis, está algo más elevado que Madrid, lo que le da mejores condiciones higiénicas, pues los aires circulan con mas libertad» Legua y media le separa de la metrópoli, y posee buenas aguas que fertilizan sus campos.

—¿Qué población tiene?

—Unos mil seiscientos habitantes. El caserío en general es bueno, y allí, sobre aquella eminencia que distinguiréis sobre la misma carretera, está el cuartel, obra del pasado siglo, — 17 — y que en el actual sirve para albergar algunas de las fuerzas que el Gobierno sostiene en las cercanías de Madrid, para poder echar mano de ellas en un momento dado. El terreno es sumamente fértil, y es de los que en mayor cantidad contribuyen al abasto de la corte. En otro tiempo tenía mucho viñedo, pero hoy ha decaído bastante el cultivo de la vid para ocuparse más de las legumbres, que tienen mejor y más pronto despacho.

—Vamos, es un pueblo puramente de labriegos zafios, rudos y desconfiados, ¿no es así?

—De todo esto participan sus naturales, aun cuando esto no nos debe extrañar, pues generalmente los labradores de las cercanías de los grandes centros suelen ser más zafios y más desconfiados que los de otros lugares más lejanos

—Sí que es una observación que tengo hecha, y para la que no he encontrado explicación todavía.

—La única que yo le doy es que, como en esas grandes poblaciones hay mayor cultura y más refinamiento en todo, la burla y la sátira recae generalmente sobre aquellos que carecen de las condiciones de que disfrutan los otros; por lo tanto el lugareño es objeto constantemente de toda clase de burlas, y de aquí su encono, por decirlo así, respecto a los señores de las ciudades; de aquí esa brusquedad de que nos quejamos, y finalmente su afán de burlarse y divertirse a su vez de los señores cuando los encuentran en sus localidades.

—¡Magnífico! Sacanell, hablas como persona que lo entiende. Y tú Azara—prosiguió Pravia dirigiéndose al aragonés,—¿no tienes que decirnos nada más respecto á Vicálvaro.

—Sí. ¿Veis aquella montaña allí sobre nuestra derecha? pues en aquel sitio, que se denomina el cerro de Almodóvar, en otro tiempo se beneficiaron bastantes minas de plomo, abundando varias especies de cuarzo. En el mismo punto hay una veta de una clase de arcilla que a poco de estar expuesta al aire adquiere una consistencia marmórea, en términos que se usa mucho para hornillos de laboratorios químicos, pues resiste perfectamente la acción del fuego. También se extrae de las canteras que hay cerca del pueblo mucho pedernal que sirve, bien para el empedrado de Madrid, bien para engravar la carretera.

—¿Y se sabe si alguno de sus hijos se ha distinguido en el mundo del arte o de la ciencia?

—Únicamente se guarda memoria de los dos hermanos, D. Vicente y D. Miguel Vizcaíno de Pérez, fiscal que fue de la Real Audiencia de Galicia el primero, y presbítero el segundo. Ambos eran personas de gran erudición y saber, especialmente D. Miguel, a quien el cardenal Quevedo ordenó que tradujese la obra que el P. Pitidier, abad de los Benedictinos de Sens, había escrito por mandato de Su Santidad Benedicto XII, titulada: De Auctoritate et Infaliibilitate Summorum Ponlifcum, lo que hizo con una multitud

de notas llenas de erudición y conocimientos.

—¿Y no tiene más de particular?

—Nada, a excepción del episodio que voy a referiros. - 18 -

—Habla, habla.

—¿Veis aquella casa de la entrada del pueblo un poco sobre nuestra izquierda? Pues allí estaba el general O'Donnell en compañía de Dulce, Mesina y Ros de Olano, cuando recibió el aviso que las tropas del Gobierno a las órdenes del ministro de la Guerra, el general Blaser, tomaban posiciones para atacarle.

—Ya que de este incidente hablamos—dijo Castro,—¿no podríais alguno de vosotros decirme qué promovió todo eso? Francamente, cuando ese acontecimiento tuvo lugar estaba yo en el colegio estudiando, y después, como he sido tan poco aficionado a la política, por más que muchas veces he oído hablar de Vicálvaro, maldito si he sabido nunca por qué motivo se verificó ese combate.

—Dejando para Azára la descripción de la batalla, puesto que en tan buena fuente ha bebido sus detalles, yo te diré las causas que la produjeron.

El partido moderado se hallaba, por decirlo así, en sus postrimerías. Rueda sobre la que por espacio de once años había girado la política española, tenía gastados ya sus dientes, y el Ministerio presidido por el conde de San Luis no podía contrarrestar la tempestad que encima se le venía. La famosa ley de Ferrocarriles respecto a las concesiones que se habían de hacer a las empresas fue el verdadero caballo de batalla. Ya esta ley había derribado al Ministerio presidido por el general Lersundi, y el del conde de San Luis presentó un proyecto que, aun cuando difería bastante del anterior, no satisfizo a nadie, y el Senado, declarándose resueltamente contrario al Gobierno, le derrotó en las primeras votaciones. Parecía lógico que este dimitiera ante semejante fracaso, pero, adoptando una resolución extrema, suspende las Cortes al mes justo de haberse abierto.

—Atrevido fue el paso.

—¡Oh! pues no se detuvo en él. Inmediatamente empieza a destituir senadores que siendo funcionarios públicos habían votado contra él, e inaugura un sistema de represión, respecto a la prensa que le atacaba, más duro, más temible que cuantas persecuciones

sufriera hasta entonces.

—No se le puede negar al menos que era valiente.

—Sí; pero su valentía pudo muy bien haber costado el trono a la señora que entonces le ocupaba, y que, a no haber tenido un general San Miguel y un Espartero, sabe Dios lo que habría pasado. .—Prosigue, prosigue.

—La lucha entre la prensa y el poder dan principio. Redacta aquella un manifiesto atacando terriblemente al Gobierno, prohíbe este su circulación; redúcense a prisión a varios periodistas, e inmediatamente cuantas personas en España se habían dedicado al

periodismo ofrecen su cooperación a los periódicos perseguidos, figurando a la cabeza de todos el ilustre y venerable D. Manuel José Quintana.

—¡Magnífico, hombre, magnífico! exclamó Castro entusiasmado.

—El Ministerio, sin cejar en su encono contra los senadores, destierra a los generales O'Donnell, Infante y los dos hermanos Concha a las Canarias, y al ver que el primero no cumplimenta la orden e  ignora su paradero, le da de baja en el ejército, y pone en movimiento a toda la gran policía de que podía disponer para encontrarle. — 19 —

—¿Y lo consiguió?

—Providencialmente escapó durante cinco meses a las más activas pesquisas, y digo providencialmente, porque en este espacio ocurrieron incidentes extraordinarios.

—¿Qué incidentes fueron estos?—preguntaron los amigos de Sacanell cada vez más interesados con aquel relato.

—Escondido como estaba el general O'Donnell, a consecuencia de su inacción y de la falta de aire y movimiento cayó enfermo de suma gravedad, y más de una vez, cuando pudo dejar el lecho y salir a la calle, tropezó con los mismos agentes encargados de buscarle. Estando oculto en la redacción de Las Novedades, una noche declaróse un incendio en la casa, y O'Donnell se encontró en medio de las autoridades que acudieron al siniestro, escapando milagrosamente. Otro día, habiéndose ya concertado en verificar

el alzamiento, en virtud del aviso recibido salió de Madrid al amanecer con el uniforme de general, dirigiéndose al punto convenido, y pasó todo el día esperando las tropas que se habían de reunir, regresando por la noche otra vez a Madrid disgustado por la defraudación de su esperanza, y arrostrando el peligro de que alguien le conociera.

— Imposible parece que pudiera escapar. Y el Ministerio ¿qué hacía entre tanto?

— Impopularizarse más a cada momento. Los recursos le faltaban, las oposiciones conspiraban, y en Zaragoza el brigadier Hore se sublevó al frente de algunas fuerzas de su mando, y en Barcelona los obreros hicieron también algunas manifestaciones, síntomas elocuentísimos del general descontento. Para acabarlo de completar, el 19 de mayo de 1854 aparece un Real decreto ordenando el anticipo forzoso de un semestre de las contribuciones, y con esto el país en general se puso en ebullición.

—Pero y la Reina ¿qué hacía?

—¡Oh! la Reina, amigos míos, era mujer, y como tal sujeta a debilidades que nosotros debemos respetar en gracia siquiera de la señora. Sus ministros eran los responsables, y por lo tanto ocupémonos de ellos solamente.

—Sí; pero es que las debilidades de los reyes producen los errores que sufren los pueblos.

—Convenido; mas no penetremos en ese terreno, máxime cuando la que tal hizo se encuentra hoy lejos del país que regía y cuyo afecto no supo apreciar.

—Tienes razón, respetemos la desgracia, y prosigue.

—El día 28 de junio, después de mucho tiempo de anunciarse la proximidad de una revolución, el general Dulce, director de caballería, á pretexto de presenciar algunas maniobras, ordenó la salida de todos los regimientos de aquel arma, y reuniéndolos en el campo de Guardias, donde también hacían ejercicios varios cuerpos de infantería, se dirigió al frente de aquellos, y de algunas compañías de el del Príncipe, hacia Vicálvaro, donde ya le esperaba O'Donnell, Mesina, Ros de Olano, y donde también se les reunieron varios paisanos como Fernández de los Ríos, director de Las Novedades, y otros.

—¿Qué hizo el Gobierno al saber esto?

—Mandó a llamar inmediatamente a la Reina, que estaba en el Escorial a la sazón, reunió toda la infantería y artillería que tenía disponible, y formó con estas dos armas con  una columna, que al mando del general Blaser se dispuso al día siguiente para combatir

a los sublevados.

— Y precisamente desde este momento da principio ya mi papel de narrador – dijo Azara.

—Es verdad—añadió Sacanell,-—yo solo me he ocupado de las causas, ahora dinos los efectos.

—La lucha que se iba a entablar forzosamente había de ser sangrienta. Los soldados del Gobierno carecían de caballería, y los sublevados de la infantería y artillería, tan necesarias para un combate. O'Donnell ordenó sus escuadrones en aquella llanura, observando atentamente las baterías enemigas y la disposición general de todas sus fuerzas. A falta de infantería para lanzarla sobre las piezas contrarias, lanzó masas de caballería, y sus brillantes cargas llamaron la atención de amigos y enemigos. Allí cayó cubierto de heridas el valiente Garrigó, coronel del regimiento de caballería de Farnesio, regimiento que quedó literalmente en cuero.

—¿Y quién obtuvo la victoria?

—Las tropas del Gobierno se la apropiaron, pero la verdad es que mientras ellas penetraron en Madrid en el mayor desorden, los soldados de O'Donnell durmieron aquella noche en sus mismas posiciones, no emprendiendo su marcha hacia Andalucía hasta

el día siguiente.

—¿Y el pueblo padeció algo en esa lucha?

— Muy poco, porque la acción se libró fuera de él, y únicamente sufrió la molestia y el disgusto consiguiente a los heridos que hubo de albergar y a las raciones con que hubo de contribuir.

—Muy bien; os aseguro—dijo Pravia—que viajando de este modo no creo que nos cansemos en mucho tiempo, pues la geografía y la historia nos facilitan muy buenos recuerdos para entretenernos.

—¡Calla! ¿Qué población nos anuncia la locomotora? — preguntó Castro escuchando el silbido de la pesada máquina.

—¡Oh! San Fernando, una residencia real, una posesión del Real Patrimonio que producía buenas frutas, ricas legumbres, y que, como sucedía en la mayor parte de aquellas, solo servía para músicos y danzantes, siendo así que podía rendir muchos beneficios.

—¿Y de historia?

—Nula, es una posesión puramente agrícola, moderna y que carece de importancia.

 

FUENTE

(Por una sociedad de literatos)

La vuelta por España. Viaje histórico, geográfico, científico, recreativo  y  pintoresco. Tomo I. Barcelona, Imprenta y librería religiosa y científica del Heredero de D. p. Riera. 1872.