DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Bellezas de la Historia de Cataluña: Lecciones pronunciadas en la Sociedad Filarmónica y Literaria de Barcelona, Imprenta Narciso López, 1853 pp. 185-186

Acontecimientos
Milagro
Personajes
Ramón de Moncada, San Jorge y Berenguer el Grande
Enlaces

Canellas López, Ángel. “Leyenda, culto y patronazgo en Aragón del señor San Jorge, mártir y caballero”.Cuadernos de historia Jerónimo Zurita, ISSN 0044-5517, Nº. 19-20, 1966-1967, pp. 7-22.

LOCALIZACIÓN

S/N

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Creu de Sant Jordi al Retaule de Sant Jordi de l'Església Sant Salvador de la Mercé, Teru

Ramón Berenguer el Grande

Es una época hermosa y peregrina la de Ramón Berenguer III el grande. Las hazañas, las conquistas, la poesía, las tradiciones, las leyendas, todo se reúne para embellecer su reinado; la caballería sobre todo es la que le presta sus vivas y simpáticas tintas.  

Cuando Berenguer III subió al trono de su padre, las cruzadas, esa gran epopeya cantada por el pobre amante de la duquesa de Ferrara, las cruzadas, digo, habían puesto en conmoción el mundo.

Permitidme, señores, decir algo sobre esta gran expedición a la Tierra Santa. Nuestra historia está enlazada con ella como todas las historias do los demás pueblos.

Cuando más en su fuerza y vigor estaba el sistema feudal, empezó a correr como rumor válido entre el pueblo que llegados eran los mil años mencionados en el capítulo veinte de las revelaciones, y que de un momento a otro deberla aparecer Cristo en Palestina para juzgar al mundo. Esto hizo que se emprendieran innumerables peregrinaciones a los lugares santos, donde había ido hasta entonces solo de cuando en cuando algún pobre romero lleno de fe,  o algún poderoso noble a quien, por cualquier grave pecado,  -186-  le ordenara una peregrinación a la tierra santa el representante de Cristo en  la tierra.

A la vuelta de su largo viaje, quejábanse amargamente los peregrinos de los malos tratamientos de los infieles, y de la profanación de los lugares en que cumplido se hablan los santos misterios del cristianismo.

Sucedió entonces que un pobre monje que vivía solitario, lejos del mundo y de su vana pompa, vistió el sayal de penitente, empuñó el bordón de peregrino, y quiso ir a orar ante el sepulcro de Cristo. Mucho tiempo permaneció ausente, y cuando volvió, el espíritu de Dios señores le había iluminado.

Fue de pueblo en pueblo, de casa en casa, de castillo en castillo, de reino en reino, y todos escuchaban con transporte sus palabras, y todos empezaron a mirarle como enviado de la Providencia. Predicaba una cruzada a la tierra santa, y el Papa, los soberanos, los señores, los pueblos, se sentían arrastrados por sus entusiastas palabras.

Díjoles que se levantaran y se levantaron, que se armaran y se armaron, que partieran y partieron.

Fijo su pensamiento en la redención de los lugares santos, huestes enteras marcharon, guiadas por el eremita, en pos del triunfo  o del martirio, en busca del sepulcro donde yaciera el Salvador del mundo.

Este hombre, señores, que así ponía cara a cara una civilización con otra, que arrojaba al occidente sobre el oriente, este hombre era Pedro el ermitaño. [1]

Lo mismo que había conmovido los demás pueblos, esta gloriosa expedición conmovió también a Cataluña. Muchos catalanes se hicieron soldados de la cruz. A libertar el sepulcro de Cristo, impelidos por el entusiasmo y fervor que se apoderó de los corazones, a ser héroes y a ser mártires partieron entonces Gerardo, conde de Rosellón, uno de los primeros que entraron en la ciudad santa; Guillermo Raimundo conde de Cerdaña; Ramón de Moneada; Guillermo de Canet que ilustró su nombre con sus victorias; el caballero Vilamala, consejero del mismo Godofredo al decir de las crónicas; el barcelonés Azalidis; Ramón Pedro Albará, señor del pueblo de la Marca; y otros muchos cuyos nombres mencionan detalladamente ciertas historias, no faltando tampoco para coronar el cuadro una dama llamada Azalaida[2] que entró intrépidamente en las galeras que cargadas de cruzados zarparon del puerto de Barcelona.

Feliz aurora fue esta para el condado de Ramón Berenguer III, feliz por  —187 — que todo ese fervor guerrero, todo ese espíritu cristiano, todo ese entusiasmo caballeresco eran bellos y venturosos pronósticos que auguraban una era de dicha para su pueblo. A todos estos favorables augurios vino aun a unirse otro cuando apenas acababa el conde de sentarse en el trono de Barcelona.

Este augurio es aún una leyenda, y una leyenda que tiene todo el corte de una balada alemana. Creo que será oída con gusto. Por esto voy a contarla.

Podrá ser una fábula, no digo que no, señores, pero el mismo respeto a la  tradición y el mismo piadoso acatamiento a las creencias que obligaron a los antiguos cronistas a consignarla, me obliga a mí también a hacer mención de ella en este lugar.

Un día, el 18 de noviembre de 1096, al brillar el sol alumbró a dos ejércitos enemigos que iban a llegar a las manos en la llanura de Alcoraz. Eran el ejército moro de Huesca y el ejército aragonés que mandaba D. Pedro I. 

Los moros eran muchos y los cristianos pocos. No por esto empezó con menos encarnizamiento la batalla, y batalla fue que legó por sí sola una larga herencia de gloria a la casa real de Aragón.

Cuatro reyes peleaban en las filas del ejército sarraceno que era innumerable. La llanura de Alcoraz se convirtió en un revuelto mar de blancos turbantes, y dispersos por aquel mar se veían grupos de cristianos como puntos negros, como si fueran rocas resistiendo al combate de las olas, pero a pique de ser a cada instante sepultadas por las aguas.

Sangrienta fue la jornada y disputada la victoria, disputada tanto más cuanto que los aragoneses tenían que hacer prodigios, pues que eran uno contra veinte, dos contra ciento. Don Pedro vio que sus tropas iban a cejar arrolladas por los moros. No había ya remedio humano, y la derrota era segura.

De pronto, apareció entre los cristianos un caballero de brillantes armas con cruz roja en el pecho y en el escudo, montado en un caballo blanco como la nieve; otro caballero le seguía con cruz roja también en el pecho y en el escudo, pero a pie. Nadie en el ejército cristiano conocía a aquellos dos hombres que parecían haber brotado de la tierra  o caído del cielo. Sin embargo, les veían llevar a cabo portentos. El jinete sobre todo penetraba y se deslizaba por entre los más apiñados escuadrones como si fuera una sombra: todos los que tocaba tan solo con la espada a diestra y siniestra quedaban muertos a sus pies; su armadura repelía todas las saetas, y los alfanjes[3] que caían sobre su casco  o escudo se quebraban como cañas. Hubiérase dicho que un — 188 — poder misterioso le protegía. Marcaba su paso una larga hilera de cadáveres.

A este jinete y al infante que le seguía debióse indudablemente la victoria. Ellos dos por si solos hicieron lo que un ejército. Los aragoneses triunfantes en Alcoraz, entraron en Huesca dejando tendidos en el campo de batalla a treinta mil moros con sus cuatro reyes.

Alcanzado el triunfo, llegó la hora de la distribución de las mercedes y todos los ricoshombres se presentaron, lodos menos el caballero de la cruz roja, el que había hecho prodigios en la lucha, el verdadero vencedor. Hizo el rey D. Pedro que todos los servidores saliesen en su busca, pero no hallaron más que a su compañero, el infante que seguia su caballo, quien atónito, admirado, suspenso, volvía a todas partes sus ojos y preguntaba por Antioquía, preguntaba por los cruzados, preguntaba por un campeón misterioso que aquella misma mañana al ir a empezar en la tierra santa el asalto contra Antioquía, le había invitado a montar en la grupa de su caballo blanco para entrar en la batalla.

El infante fue llevado ante el rey y repitió su extraña relación diciéndole que por su parte era catalán y se llamaba Ramón de Moncada.

Todo quedó comprendido. El caballero de la cruz roja era San Jorge, el mismo San Jorge que en un momento había trasladado por los aires al cruzado catalán de los campos de la tierra santa a la llanura de Alcoraz, del cerco de Antioquía al de Huesca. El rey cayó de rodillas con su ejército y dio gracias al campeón San Jorge cuyo nombre fue de entonces más el grito de guerra de los cristianos aragoneses, y cuya cruz colorada con las cuatro cabezas de jeques moros recogidas en el campo de batalla, sirvieron de blasón a la monarquía aragonesa hasta que, como veremos más adelante, señores, las trocó por las sangrientas barras catalanas.

Tal es, señores, la leyenda. Esta protección acordada en cierto modo por el cielo a Cataluña pues que era Moncada el representante de una de las más ilustres casas catalanas, esta protección acabó de coronar los prósperos nuncios de ventura que auguraban un feliz condado al tercero de los Ramons Berenguers. Su enlace con María Ruderic  o Rodríguez hija del Cid Campeador, acabó de tranquilizar los ánimos, y lodo el pueblo catalán dio muestras de alegría y de entusiasmo, cuando llegó la edad en que pudo sentarse en el solio de sus padres y ceñir a sus sienes el xipellot  o garlandela  de la que era la insignia condal usada por los Berenguers.

 

FUENTE

Balaguer, Víctor. Bellezas de la Historia de Cataluña: Lecciones pronunciadas en la Sociedad Filarmónica y Literaria de Barcelona, Imprenta Narciso López, 1853 pp. 185-186.

Edición: Pilar Vega Rodríguez

 


[1] Natural de Amiens c. 1050 - Neufmoustier, 1115), e impulsor de la llamada “cruzada de los pobres” porque nació de forma espontánea y reclutó todo tipo de combatientes. Tras este movimiento se organizó la primera cruzada.

[2] “Esta Azalaida, de que nos hablan las historias catalanas, era la viuda del hijo de En Galcerán, muerto en la desgraciada rota de Corbins, la madre de la niña Dulce. Cumpliendo con un voto religioso, del cual no se creyó autorizado a relevarla el prelado barcelonés, partió para aquella aventurada expedición, dejando confiada su hija a los cuidados de su abuelo y de una dueña, servidora antigua y fiel de la familia. Jamás se había vuelto a saber de Azalaida” (Víctor Balaguer, La damisela del castillo, en Novelas, tomo ii, El Progreso Editorial, 1892, p. 112) En Galderán, señor del castillo de la Roca.

[3] Alfanje: 1. m. Especie de sable, corto y corvo, con filo solamente por un lado, y por los dos en la punta. (Diccionario de la lengua española, RAE).