DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Boletín-revista del Ateneo de Valencia, vol.1-2. José Rius, 1870, pp. 282-286. 

Acontecimientos
Milagro
Personajes
Luisa y Ricardo
Enlaces

LOCALIZACIÓN

NIEBLA

Valoración Media: / 5

La cruz de los arrepentidos.

Leyenda

 

En la ciudad de O... existe una hermosa biblioteca que perteneció a los padres dominicos, y cuyas obras, a consecuencia de las vicisitudes de la época y de otras causas que no son del caso, se encuentran en el día la mayor parte incompletas, y todas en el más espantoso desorden.

En los abrasadores meses del estío del año de 1852 me hallaba en aquella ciudad, y no sabiendo en qué pasar el tiempo, e instigado además por mi genio curioso y escudriñador, me dirigía todos los días a la susodicha biblioteca, donde pasaba las horas muertas revolviendo empolvados infolios y apolillados volúmenes.

Hizo la fortuna, que se topa donde menos se piensa, que diese un día de manos a boca con un libro en octavo que excitó desde un principio mi curiosidad, por sus tapas de pergamino raído con manchas de color de rapé, y su lomo adornado de rojizas letras góticas; le sacudí cuatro puñetazos con el objeto de quitarle, si era posible, el polvo, y terminada que fue esta difícil operación, me determiné a examinar su contenido.

Abríle, pues, con sumo cuidado, y en la primera página encontré escrito lo siguiente: «Notables acaecimientos, relaciones verídicas, que van en boca del pueblo, recogidas por fray Antonio Tragaldabas, de la orden de Santo Domingo.».

No pudo menos de admirarme el título, y lleno de curiosidad no dilaté un punto su lectura: al cabo de cuatro horas mis ojos habían recorrido desde la primera a la última página, causándome no poco contento; porque el libro en cuestión era un manuscrito donde había recopiladas una porción de tradiciones populares. La Cruz de los arrepentidos, curioso lector, es una de ellas; buena o mala ahí la tienes; si la aplaudes o la vituperas no me importa, porque la gloria o el escarnio corresponden en justicia al respetable Tragaldabas.

 

I

 

Vivian en la villa de Niebla, situada en la provincia de Huelva, un conde rico como el que más, valiente y de edad bastante avanzada; pero cuyo nombre no ha trasmitido la tradición.

Rodeado de criados y de perros, entre los que dividía sus puntapiés y sus juramentos, su único placer y su única distracción era la caza, a la que se entregaba con avidez: pasaban días y días sin volver a su morada, y esta era buena señal, porque indicaba que el noble se divertía; otras veces por el contrario, el señor conde no quería poner un pie en la calle; pero en cambio los ponía sobre las espaldas y posaderas de sus criados que sufrían sin chistar tan paternales caricias.

 Pero sin embargo de todo esto, el caballero se aburría, y el pobre hombre se devanaba los sesos pensando de qué modo alejaría de sí el fastidio; la caza no le distraía completamente, porque en toda su vida había hecho otra cosa, y lo mucho cansa; la guerra.... sin duda él se marcharía a la guerra; pero como no la había, no podía ser: el estudio no se le ocurrió jamás, porque no sabía leer, cuanto menos escribir, y ni siquiera pudo comprender nunca de qué podían servir ambas cosas a los hombres; hubo días en que salió a la puerta de su casa y dio de palos a todos los que tenían el atrevimiento de pasar por allí para ir a sus quehaceres; en otros despachurró media docena de perros, y hasta llegó a pensar en hacerse bandolero, y salir, con el único objeto de distraerse, a pedir a los caminantes la bolsa o la vida.

Por último, un día se levantó muy contento, ya había dado con el quid de la dificultad, de aquí en adelante no volverá a aburrirse.

 Aquella noche había pensado (cosa rara en él) que lo único que debía hacer era casarse; casarse con una mujer joven, bonita, esclava de sus caprichos. Y como lo pensó lo hizo: al poco tiempo el viejo conde casó con Luisa, hermosa niña de 16 años, hija de un noble de las cercanías.

Luisa era una pobre joven que aborrecía al conde de todo corazón, y que hizo cuanto pudo para deshacer tan funesta boda; se arrojó a los pies de su padre, lloró, suplicó le dijo que no amaba al conde, que no podía amarle jamás; pero el padre, que no podía comprender cómo su hija se oponía a sus órdenes, le contestó siempre con imperioso acento: obedece; es mi voluntad.

 Y su voluntad, en efecto, se vio satisfecha: su inocente hija casó con el duro conde a quien aborrecía; pero en cambio su padre vio con orgullo enlazarse su familia con la más noble de todo el contorno.

Ya había pasado algún tiempo desde el casamiento de Luisa con el conde: éste no había abandonado sus hábitos brutales, y trataba a su pobre esposa con el mayor desprecio; Luisa sufría resignada sus continuos insultos, y devoraba en el silencio y en la soledad sus pesares y sus lágrimas.

 ¡Pobre niña! ¡Nacida apenas al mundo, con un corazón virgen lleno de amor y de ilusiones, y enterrada viva en un silencioso castillo a merced de un hombre como el conde! ¡Y allí, entre cuatro denegridos muros había de consumirse su existencia; sin ver más luz que la que entraba por las ojivales ventanas, ni más rostro que el del aborrecido esposo, sin más sirvientes que estúpidos vasallos, ni más amor que el del cielo, ni más esperanza que la de la tumba!

¡Pobre niña! ¡Oh! ¡La tradición no ha conservado el nombre del padre ni del esposo, y ha hecho bien; porque el pueblo que no guarda rencores, el pueblo generoso quiere, mejor que maldecir, olvidar hasta el nombre de los seres execrables.

 Pero estaba escrito en el inmenso libro del porvenir que las cosas no habían de continuar en tal estado: a los pocos meses del casamiento vino a alojarse en el castillo un sobrino del conde; este sobrino se llamaba Ricardo.

 Ricardo era el reverso de la medalla de su tío; de elegante figura, de finos modales, joven, dotados, en fin, de todas las prendas que pueden embellecer a un hombre.

Ricardo vio a Luisa y la amó; Luisa vio a Ricardo y le amó también. Pero estos dos seres que habían nacido el uno para el otro, no se atrevían a manifestar lo que sentían en el corazón; porque Ricardo miraba en Luisa a la mujer de su tío, y Luisa recordaba que al fin y al cabo era la esposa del conde.

Y pasaban en el silencio días y días; pero con el silencio se iba aumentando su amor, hasta que se convirtió en una pasión devoradora.

 Ricardo no sabía estar sino al lado de Luisa; no veía sino con la luz de sus hermosos ojos; no escuchaba más palabras que las que salían de sus labios; Luisa.... Luisa miraba a Ricardo, y bajaba luego su miraba con rubor; porque el rubor es el atributo de la primera pasión.

Al fin, un día Ricardo se atrevió a manifestar su amor, y supo con alegría, que era correspondido: ¿qué más podía desear? Luisa le amaba, de aquí en adelante no pensarán más que en ser felices.

El conde, a pesar de su corto talento, llegó a sospechar algo de lo que pasaba, y desde entonces, los insultos a su esposa se aumentaron; no salía de casa, y no dejaba a Luisa un momento sola; por último, significó a su sobrino su voluntad de que se marchara a cuidar de sus dominios, añadiendo que agradecería en extremo el que no volviese a pisar el umbral de su casa.

 Un hombre menos valiente, o menos enamorado que Ricardo, hubiera podido ahogar su pasión, y se hubiera alejado de la casa de su tío; pero Ricardo no pensó así; procuró hablar a Luisa; le dijo lo que ocurría; le manifestó que no podía vivir sin ella, que ella no podía vivir con su marido, y que por consiguiente, el único remedio de tantos males era el huir de Niebla y dejar abandonado al viejo conde.

 Una mujer menos enamorada que Luisa, hubiera temblado al oír semejante proposición; pero Luisa aceptó, y la fuga quedó aplazada para la noche siguiente.

Era la noche del siguiente día, y era también el primero del año; densas nubes cubrían por todas partes el cielo amenazando furiosa tempestad; soplaba con furor el viento, modulando tristes gemidos al pasar por entre las descarnadas ramas de los árboles, y de cuando en cuando un relámpago alumbraba tan lúgubre escena; la naturaleza parecía llena de terror, al contemplar el inmenso poder del mismo que la sacó de la nada.

Luisa y Ricardo salían sobre dos briosos corceles de la villa de Niebla, y parecían a la luz de los relámpagos dos sombras evocadas del averno, que venían a desafiar el poder de Dios. Para ellos no había oscuridad, ni viento; para ellos la noche era plácida y serena, porque al fin iban a vivir libres y dichosos lejos del conde.

Hacía poco tiempo que caminaban, cuando sintieron a su espalda el ruido de las pisadas de un caballo, y una voz que les gritó: ¡deteneos!

Ambos dieron un grito.

—¡Maldición! exclamó Ricardo.

—¡El conde! articuló Luisa.

Era en efecto el conde, que los había sorprendido en su fuga, y que gracias a la agilidad de su corcel, había logrado alcanzarlos.

—¿Pensabais, les dijo cuando estuvo más cerca, que ibais a escapar de mis manos? No; hasta ahora nadie se ha burlado de mí, y os juro que no habéis de ser los primeros.

—Lo veremos, señor conde, dijo Ricardo.

—Muchos bríos muestras, replicó aquel desnudando la espada y preparándose al combate; y vos, señora, añadió, podéis entretanto admirar por última vez a la luz del relámpago el paisaje que nos rodea, podéis contemplar la cercana granja de la Ruiz, porque quizá, y sin quizá, sea esta noche la postrera de vuestra vida.

 Luisa no contestó: una lucha encarnizada se había trabado entre cl tío y el sobrino; la oscuridad hacía más terrible el combate; los adversarios procuraban herirse, guiados por las chispas que despedían los aceros; ni una palabra salía de sus labios; aquella lucha a muerte entre dos parientes cercanos, a la vista de una mujer esposa del uno y amante del otro, en medio de la oscuridad, era terrible; era una lucha en que el uno peleaba por su honor, y el otro por su pasión, mientras que Luisa veía en ella su muerte o su vida.

Por último, un relámpago alumbró el espacio; Luisa dio un ¡ay! y se cubrió el rostro con las manos; el conde acababa de ser herido, resonó una diabólica carcajada, y un cuerpo cayó al suelo sin vida. En el mismo instante daban las doce en el reloj de la villa de Niebla. Pocos momentos después se alejaban de aquel sitio Ricardo y Luisa.

 

II

 

Habían trascurrido muchos años desde los anteriores sucesos; la gente de Niebla siempre que pasaba cerca de la Ruiza, por el sitio donde se encontró el cadáver del conde, hacía devotamente la señal de la cruz, y rezaba un padre nuestro por su alma: en cuanto a Ricardo y a Luisa, nadie había vuelto a saber de ellos.

 

Dos viejos mendigos vinieron entonces a vivir cerca de la granja, eran un hombre y una mujer; nadie los conocía, ni ellos habían dicho su nombre a persona alguna; retirados todo el día en una humilde choza que se habían construido frente al sitio donde fue muerto el conde, apenas salían más que para colocarse en medio del camino a implorar la caridad de los transeúntes, con lágrimas en los ojos: al parecer un gran dolor les aquejaba, según la tristeza de que continuamente estaban revestidos sus semblantes; pero nada se sabía ciertamente; porque su boca solo se abría para pronunciar plegarias o para demandar una limosna.

Eran Ricardo y Luisa; Ricardo y Luisa, que arrepentidos de su vida pasada, venían a llorar en el lugar que contempló su delito; todas los noches, cuando sonaban las doce en el reloj de villa de Niebla, se les veía postrados orando en el mismo sitio donde murió el conde; eran Ricardo y Luisa, que perseguidos por la cólera divina, habían llegado hasta el extremo de la más espantosa miseria; Ricardo y Luisa, que llevaban dentro del corazón el roedor remordimiento, el remordimiento que no termina sino al llegar a la huesa.

Su expiación era grande, como lo había sido su crimen; todos los días, a todas horas, a cada momento fijaban los ojos en el sitio donde cayó el conde muerto por la espada de Ricardo, y se estremecían; su vida era un continuo martirio; no deseaban la muerte, porque creían que todavía no estaban perdonados, y que sus sufrimientos seguirían más allá de la tumba.

Faltaban pocos días para acabarse el año; el aniversario de la muerte del conde se acercaba; en aquel día pensaban redoblar sus oraciones, y aumentar sus penitencias: aquel día era para ellos el gran día.

Al sonar las doce de la noche, los dos mendigos con las cabezas inclinadas sobre el camino, las manos cruzadas y las rodillas sobre el duro suelo, estaban colocados en medio del camino rogando a Dios por el que allí murió.

La noche era espantosa, era la misma noche del crimen, con su oscuridad y su desencadenado viento; la miserable choza amenazaba caer a impulsos del vendaval; los mendigos estaban aterrorizados, ambos pensaban en otra noche muy semejante a aquella; ambos creían escuchar todavía la risa del conde moribundo.

 Brilló un relámpago,  y un frio glacial se apoderó de su cuerpo; delante de ellos había un charco de rojiza sangre; sus corazones dejaron de latir, apretaron contra su pecho las convulsas manos, y sus labios contraídos dejaron de pronunciar oraciones.

De repente una sombra se elevó de la sangre, como el humo de un pebetero, y poco a poco tomó formas regulares, y al brillar otro relámpago vieron delante de si la imagen del conde, pero su rostro estaba apacible y sereno, aquel no era el rostro que tenía durante su vida; aquella era la imagen del conde; pero no del conde verdugo que había visto el mundo, sino de un amigo que les tendía la mano con benevolencia.

Los mendigos llenos de temor cayeron con el rostro hacia tierra como muertos, al mismo tiempo que escuchaban las siguientes palabras: «vuestras oraciones me han salvado, vosotros me acompañareis pronto a la mansión de los justos; pero antes habéis de levantar en este mismo sitio una cruz para enseñanza de los hombres. ¡Cuando os vuelva a visitar será para no dejaros jamás!»

Levantaron el rostro los humillados y la sombra había desaparecido, las nubes empezaban a disiparse, y la luna se dejaba mostrar vertiendo sobre el mundo su argentina luz.

Los vecinos de la villa de Niebla, y los habitantes de la granja de la Ruiza, veían los días siguientes con asombro a los dos mendigos con el rostro alegre, llevando piedras al sitio donde fue muerto el conde: el último día del año una tosca cruz de madera se elevaba sobre un sencillo pedestal.

Eran cerca de las doce de la noche del primer día del año; la luna brillaba con todo su esplendor; el viento no agitaba sus alas y nubes plateadas pasaban con lentitud, dejando trasparentar el puro azul del cielo; era la primera noche del aniversario de aquel terrible suceso en que la naturaleza estaba tranquila, Ricardo y Luisa hacía tiempo que estaban arrodillados al pie de la cruz; sus rostros se mostraban alegres, y elevaban en alta voz sus preces al cielo; en aquel momento se sentían dichosos; ya no advertían en el corazón el peso de los remordimientos.

Dieron las doce, una inefable armonía resonó en el espacio, una luz más brillante y más pura lo alumbró todo; el alma del conde atravesó las nubes con rápido vuelo, y se colocó junto a la cruz: «venid a mí» se escuchó en el cielo, y las almas de los mendigos, abandonando los cuerpos, se unieron al alma del conde, y juntos se elevaron a la mansión de la dicha eterna. Los que tanto mal se hicieron en la tierra, estaban juntos en el cielo.

Al otro día. una inmensa multitud rodeaba la cruz; al pie de ella se habían encontrado los cadáveres de los dos mendigos.

 Desde entonces esta cruz se conoce con el nombre de la Cruz de los arrepentidos, y cuentan que todas las noches de 1.o de año, se ven dos sombras arrodilladas delante de ella, y en actitud de orar; que al dar las doce en el reloj de la villa de Niebla, baja otra sombra de las nubes, y que las tres se elevan juntas al cielo. Son las almas del conde, de Luisa y Ricardo.

Hasta aquí el respetable Tragaldabas: nosotros añadimos, que durante la desastrosa guerra de la Independencia, desapareció esta cruz, que contaba remota antigüedad. Sin embargo, todavía cuentan en Niebla esta historia al viajero curioso, y al pasar sus habitantes cerca de la granja de la Ruiza, no dejan de decir señalando con el dedo: aquí estuvo la Cruz de los arrepentidos.

 

Rafael Blasco, 1854.

 

FUENTE:  Boletín-revista del Ateneo de Valencia, vol.1-2.José Rius, 1870, pp. 282-286.