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Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

La Época (Madrid) 30 de agosto de 1880, nº 10117, p.-1.

Acontecimientos
Personajes
Juana la Beltraneja, Isabel la Católica
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LOCALIZACIÓN

SEGOVIA

Valoración Media: / 5

Las medias azules. Tradición castellana

 

“Algunos de estos cuadros, como Las medias azules, La velada en Castilla, La hija del titiritero, son preciosos cuentos en el género de Trueba; rebosan candor y animación y parecen más bien como esbozos, como episodios de una leyenda de mayores proporciones; y otros, como A orillas del Manzanares, Las hogueras de San Antón en Palencia, Los juegos de la infancia, etcétera, son halagüeñas narraciones, pinturas de agris naturae, hechas de mano maestra, y que naturalmente halagan y entretienen el ánimo del lector por su estilo sencillo y la oportunidad de las observaciones morales que los realzan”

I

 

Así se expresa eternamente joven Mesonero Romanos en una carta que dirige a la autora del libro recientemente publicado con el título de Costumbres populares.

No necesitaría más para justificar, por qué prestamos a esta obra la publicidad de nuestra hoja literaria.

En pocas provincias de España se conservan tan puras las tradicionales costumbres de nuestros antepasados como en las cuatro más antiguas de Castilla la Vieja, a saber: Soria, Segovia, Palencia y Salamanca; a casi todos los demás pueblos, por apartados que se hallen de las grandes capitales, y sobre todo de la corte, la moda ha llevado sus exigencias a los trajes, a los muebles, e insensiblemente a las costumbres que con los muebles y los trajes se hallan encarnadas.

Existe en el carácter castellano algo que es refractario a las innovaciones, si éstas han de desatacar a sus hábitos; y, por más que sea triste decirlo, las conquistas del progreso son harto lentas en esa rica porción de España, porque el amor a las costumbres se sobrepone en sus honrados habitantes a toda otra clase de amores.

Hijo asimismo de ese carácter poco aventurero es el estacionamiento de las familias en un mismo punto durante muchas generaciones, así como las uniones entre sí, sin cruzamiento de ninguna especie, pues los mozos de un lugar apenas si se aventuran a buscar esposa en otro que diste del suyo más de una jornada.

La pureza de los tipos es la consecuencia, natural de esas uniones, y puede verse que mientras en otras provincias apenas se encuentran vestigios de la raza primitiva que las pobló, en Castilla la Vieja basta salir de las capitales algo numerosas para hallar en los pueblos el tipo característico de las huestes que seguían la bandera de Isabel la Católica en los primeros días de su reinado…

De las cuatro provincias que hemos citado antes, la de Segovia es quizá la que con más pureza conserva las antiguas costumbres, y en la que menos se ha bastardeado el tipo castellano, sobre todo en las mujeres. El que no haya podido admirar, bajo su rústico traje de lana burda, la belleza especial de las segovianas, su rica encarnación, la firmeza y redondez de sus formas esculturales, su talle estrecho, sus anchos hombros, su seno prominente, sus ojos grandes y melancólicos, sus labios rojos, sus menudos y blancos dientes, sus pies arqueados, sus manos finas, nerviosas y perfectas, y su negra y abundante cabellera, no puede tener idea de lo que es una mujer verdaderamente hermosa, pero con esa hermosura severa que infunde respeto al más osado. La belleza de la joven castellana no incita, no provoca; carece, si se quiere, de esa seducción que poseen las de otros países, su hermosura es exclusivamente suya.

Niña durante mucho tiempo, conserva en el semblante el sello del candor hasta más allá de la pubertad, y apenas si se adivina la mujer en la joven que cuenta sus 18 primaveras. Sólo sabe una cosa, y eso desde que juega con las muñecas, y es que llegará un día en el que cambiará sus medias blancas por medias encarnadas.

II.

 

Modesta se llamaba la niña más gentil del pueblo de... de la provincia de Segovia. Su padre, labrador, medianamente acomodado, estaba más orgulloso de tenerla por hija que de poseer los mejores pares de mulas y las más fértiles tierras de labor del contorno; y eso que el tío Santiago, el Rojo, era interesado, y amaba mucho sus tierras y sus yuntas. En cuanto a la señora Marta, madre de Modesta, no hay para qué decir si estaba ufana con su hija; con añadir que la reñía durante doce horas diarias está dicho todo, porque a las buenas madres castellanas se las figura que no quieren a sus hijas si no las ripien[1] mucho, y lo uno está en proporción con lo otro.

—Eres una perezosa, decía la señora Marta a Modesta, cuando a las cinco de la mañana en verano, y a las siete en el invierno, no se había ya lavado y peinado.

Eres una perezosa, y no hallarás quien te panga las medias encarnadas.

Si la joven tardaba un poco en volver de la fuente, a la que iba para charlar y reír con sus compañeras; si pasaba algún minuto más peinando su hermosa cabellera negra, pasada y lustrosa como el azabache, o si  en el huerto cantaba alguna copla nueva, ya estaba la señora Marta con su sermón y eterno estribillo:

—Te digo que no has de hallar quien te ponga las medias encarnadas. No se puede contigo: eres una holgazana.

Mas cuando esta madre se juntaba con otras madres y hablaban todas de sus hijas, la escena cambiaba por completo: empezaba el rosario de las alabanzas, y Modesta era proclamada como el modelo de las jóvenes juiciosas; bellas, hacendosas, humildes y buenas como el pan de Dios.

La señora Marta repetía en vano su estribillo. Modesta sabía muy bien, pues se lo había dicho muchas veces el espejo, que sus medias blancas se cambiarían por otras encarnadas tan pronto como ella quisiera.

 

III.

 

Lo que vamos a referir, hace muchos, muchísimos años que pasó, y por su antigüedad tiene ya en el pueblo de... carácter de legendario.

La hermosa Modesta continuaba escuchando con humildad los sermones de su buena madre, que cada día la adoraba más, y más la regañaba. El tío Santiago, el Rojo, se miraba en los grandes ojos de su hija, y cada vez que hacía una buena venta de granos, o el esquileo de las ovejas había producido blancos y rizados vellones, que él cambiaba por hermosos escudos de oro, decía muy satisfecho:

—Esto es para cuando la chica cambie las medias blancas por las encarnadas.

Así pasaba el tiempo. Algunos jóvenes de la comarca se habían presentado como pretendientes de Modesta; pero ni la joven tenía prisa por dejar la casa de sus padres, ni éstos se habían aún acostumbrado a la idea de que su hija les abandonara.

 

IV.

Existen aún cerca del pueblo de... las ennegrecidas ruinas de un castillo señorial que, por su masa imponente, revelan lo que un día debió ser aquel medio palacio, medio fortaleza. El foso cegado, ofrece sinuosidades que ha cubierto la maleza. En algunos puntos de pendiente más suave y tierra menos ingrata, menuda yerba y florida mielga[2] brindan a las ovejas sabroso pasto, y ellas, aprovechando el convite, diseminándose por la ladera, la esmaltan de blanco y negro.

Los pastores, entre tanto, resguardados del sol o del frío en las ruinas, divierten sus ocios labrando flautas rústicas y no menos rústicas cucharas de boj; y cuando, bajo los paredones derruidos, o en las estrechas arcadas, que aún se conservan en pie, repite el eco las melancólicas canciones pastoriles, parece que las almas de los antiguos habitantes del castillo se quejan de los estragos que la inexorable mano del tiempo hizo en su suntuosa morada.

V.

 

Hemos dicho que han pasado muchos, muchísimos años desde que Modesta, la hija de Santiago, el Rojo, era una niña hermosa y gentil, encanto de cuantos la conocían, y codiciada prenda de todos los jóvenes del contorno. Por aquel entonces, el castillo, del cual sólo quedan informes ruinas, estaba en pie, ostentando toda su magnificencia; y una nube de pajes, criados y dueñas poblaba sus cámaras. Su inmensa cocina daba constante albergue a huéspedes, alegres y bravos que venían de las tierras vecinas a cazar y conspirar en compañía del señor de la casa; y la vida y el movimiento se esparcían alrededor del hogar.

 

VI

Era una hermosa tarde otoño. Los últimos rayos del sol poniente doraban las copas de los árboles, que comenzaban a teñirse del amarillento color de la tristeza.

 Las flores inodoras, propias de la estación, balanceaban sus corolas melancólicamente sobre sus tallos, prontas a marchitarse a las primeras escarchas; pero aún era bello el aspecto del campo, que ofrecía fuertes contrastes de luz y sombra, a medias que la primera bañaba los puntos salientes mientras las segundas le disputaban a su dominio.

La campana del castillo lanzó al espacio el toque de Ángelus, repitiéndolo todas las que coronaban los templos de los pueblos vecinos. Los pastores, que marchaban conduciendo sus ganados al aprisco, y los labradores que volvían de sus faenas, descubriendo sus cabezas, repitieron el saludo del ángel a la doncella de Nazareth, rezando el Ave-María; mientras que el sol, que parecía esperar este momento para ocultarse tras las empinadas crestas de la montaña, lanzaba su postrer rayo sobre el valle.

En la fuente estaba Modesta en aquel momento llenando su pintado cantarillo, riendo y charlando con sus compañeras, como gorjea una banda de alondras que ha encontrado un surco lleno de grano mal cubierto que les ofrece un opíparo banquete. Al escuchar el toque del Ángelus, todas las jóvenes hincaron la rodilla en tierra, y doblando sus hermosas cabezas murmuraron las plegarias de la tarde[3].

Terminada la oración, levantáronse las muchachas, echando de ver que habían tenido un compañero de rezo.

—¡Dios os guarde, hermosas! y a ti, la más hermosa de todas, exclamó dirigiéndose a Modesta, aquel extraño que se había mezclado con ellas en la oración.

—¡Calla! dijeron todas: es el señor Mendo.

—Sí, hijas mías, y me encamino a la casa del buen Santiago, el Rojo, por orden de mi amo, iré además para asuntos propios, añadió, mirando intencionadamente a Modesta, que se puso encendida como una rosa recién abierta.

—Sed bien venido, señor Mendo, respondió la joven.

Mi padre se alegrará de verle en nuestra casa.

—Tú te alegrarías más de ver a otra persona, ¿no es verdad? Pero ya arreglaremos eso, hija mía.

Marcharon todos al pueblo. El buen Mendo fue bien recibido del tío Santiago. La señora Marta riñó, como de costumbre, a todo el mundo. La comisión de comprar de granos, que el señor del castillo había encargado a Mendo, se hizo a satisfacción de todos, y pocos días después se dio como cosa terminada que Modesta se casara, con Andrés, gallardo mancebo, hijo de Mendo, uno de los arrendatarios del castillo, que además gozaba ciertos fueros de mayordomo, y por ende ofrecía un ventajoso partido, aun cuando Santiago, el Rojo, diera una dote crecido a su hija única. Hubo envidias y falsos parabienes, y por último, la boda se aplazó para la primavera próxima.

La señora Marta, que cada día amaba más a su hermosa hija, y por lo tanto se creía obligada a reñirla con más frecuencia, había cesado en su estribillo. Ya no le decía:

—¡Calla! que no has de hallar quien te ponga las medias encarnadas.

Pero pasaba el día dándola consejos, preparando el ajuar de novia, encontrando todo pobre, todo mal hecho: y cuando Modesta no se hallaba delante, llorando a hurtadillas de pena y alegría al propio tiempo, creía que la joven sería feliz, y sentía, sin embargo, un dolor cruel al separarla de su lado.

 

VII

 

Llegó por fin el día de la boda. Era una bella mañana del mes de mayo. El valle y la montaña amanecieron vestidos de gala, y desde el humilde tomillo, hasta el altivo rosal silvestre, todas las flores parecían empeñadas en perfumar el ambiente con sus más ricos y, delicados aromas.

La comitiva que debía acompañar al templo a la feliz pareja era lucida y numerosa. Del pueblo y del castillo habían acudido mancebos y doncellas ataviadas con sus más vistosos y ricos trajes. Las medias blancas estaban en mayoría, y las jóvenes parecían un ascua de oro con sus lindas monterillas[4] bordadas de brillantes lentejuelas; sus camisas de blanco lino, primorosamente plegadas al derredor del cuello; sus jubones de velludo[5] con botonadura de plata en forma de cascabeles, y sus faldas de anascote[6], orilladas de preciosos galones de seda y oro.

Pero donde lucían todos sus primores era en las ricas medias blancas o encarnadas: distintivo de casadas y solteras. Eran las de las primeras de rica grana, con piñitas bordadas de oro y seda de brillantes colores, y el pie, breve y arqueado, se encerraba en un pequeño zapato de velludo negro con hebillas de plata; mientras que las segundas llevaban medias lisas de una blancura deslumbradora y zapatos negros con hebillas de oro. Las viudas no se presentaban jamás en el templo durante los desposorios, por lo que no podían verse medias negras en aquel lucido y alegre cortejo.

El ruidoso tamboril y la flauta rústica acompañaban a los novios, y todo el pueblo se había reunido con la plaza de la iglesia para ver la boda, y en verdad que lo merecía, pues Modesta y Andrés eran la pareja más bizarra[7] que podía encontrarse en treinta leguas a la redonda.

—¡Vivan los novios! gritaban mozos y viejos, cuando estos salieron del templo cogidos de las manos. ¡Vivan los novios!

—¡Que vivan! repetían sin cesar, siguiendo a la comitiva hasta la casa de Santiago.

—Gracias, muchachos, contestó el Rojo, parándose en el umbral. Gracias: ahora a beber y a bailar a la salud de mis hijos.

Y dos criados empezaron a repartir grandes jarros de vino azucarado, mientras el tamborilero y el flautero lanzaban al viento sus ruidosos acordes.

No describiremos hora por hora aquel alegre día, triste sólo para la buena señora Marta, que ya no se atrevía a reñir a su hermosa hija, comprendiendo que su autoridad acababa donde daba principio la del marido.

Como aquel a quien han robado una rica joya y la ve en manos del ladrón, sin atreverse a reclamarla, así miraba la buena madre a Modesta al lado de Andrés, y con su rugosa mano se limpiaba, a hurtadillas, las lágrimas que le arrancaba el pesar.

 

VIII

 

Alegre amaneció también el día de tornaboda, como si hubiese de ser un día feliz. La señora Marta penetró la primera en la alcoba nupcial de su hija para darla un tierno beso y saludar antes que nadie a los esposos; pero sólo halló en el lecho a Modesta, trémula y agitada.

Sobre el labrado escaño de nogal yacían en desorden las blondas todas del rico traje de novia, y colocadas en la cabecera del lecho las medias de grana que, según la usanza, el mismo esposo debía poner a la recién casada, en la mañana siguiente a su noche de bodas.

Modesta, a pesar de la inquietud que sintió al despertar, viendo que Andrés no estaba a su lado, permaneció en la cama, sin atreverse a infringir la tradicional costumbre.

Corrían las horas y Andrés no volvía. Una honda inquietud se apoderó de todos. ¿Qué podía haber sucedido? ¿Por qué el joven no se hallaba en su lecho?

La alarma se propagó muy pronto en el pueblo los afligidos padres de Modesta no sabían qué partido que tomar, y la infeliz desposada tuvo que añadir a todas las angustias el tormento de verse relegada en el lecho nupcial, porque la costumbre, convertida en ley, no permitía volver a tomar sus medias blancas, ni ponerse por sí misma las encarnadas, sin que antes lo hubiese hecho su esposo, proclamándola con este acto pura y digna compañera suya.

Pasó el día y la noche con todas sus angustias y dudas, y otro día y otra noche más, y Modesta continuó en el lecho nupcial, que para ella se había convertido en un lecho de espinas. Tantos dolores quebrantaron su salud, y después de una grave y penosa enfermedad, cuando, extenuada y pálida, salió de aquella alcoba, en donde había entrado más fresca y lozana que las rosas de mayo, su buena madre había labrado para ella unas medias azules. Modesta no era, pues, mi casada, ni doncella, ni viuda, y por lo tanto, no tenía derecho para llevar en las medias ninguno de los tres colores consagrados por el uso.

 

IX

 

Mucho tiempo vivió la infeliz Modesta en aquel estado. Su espléndida hermosura se marchitaba, como se marchita la de esas flores arrogantes, las cuales una tempestuosa tarde de estío roba su lozanía, y acaban por morir, agostadas, después de haber perdido sus galas. Su madre, aquella buena Marta, que tanto la adoraba y tanto la reñía, cegaba llorando día y noche y repitiendo sin cesar:

 -Yo, yo tengo la culpa. Dios me ha castigado, porque tantas veces la dije a mi pobre hija, que no había de encontrar quien la pusiera las medias encarnadas.

 

X.

 

Corrían entonces aquellos turbulentos días en que los castellanos, divididos en bandos, luchaban unos a favor y otros en contra de la hija de Enrique IV el Doliente.[8]

Los partidarios de la Beltraneja y los de Doña Isabel, conspiraban unas veces en la sombra y otras a la luz del día, esperando cada cual el triunfo de la causa que defendía y la derrota de sus contrarios. La juventud impetuosa se comprometía sin reflexión, y llegado el momento de obrar era necesario cumplir los compromisos.

Andrés, el esposo de la pobre Modesta, pertenecía a uno de esos bandos. Conspirador oscuro, se creyó olvidado, porque nadie le recordaba su deuda, y precisamente el día de sus bodas sus compañeros le buscaron. Era preciso acudir o, de lo contrario, exponerse a la deshonra y a la venganza. Andrés acudió, y Modesta se encontró casada y sin esposo.

Cuando las luchas civiles terminaron y triunfante el partido de doña Isabel ésta fue proclamada reina de Castilla y de León, los huesos de muchos infelices de los que habían abandonado sus hogares, blanqueaban los campos.

Algunos, muy pocos, volvieron a ver el modesto campanario de su pueblo; y sentados en torno del hogar, en las frías y largas veladas del invierno, referían a sus amigos y parientes los azares da aquella prolongada y sangrienta lucha. Andrés tuvo la suerte de ser uno de estos pocos; y después de haber celebrado con inmenso júbilo su regreso, y el día de su tornaboda de haber, por sí mismo, puesto a su esposa las medias encarnadas, que yacían en un rincón del arca, con todas las demás prendas del traje de novia, la señora Marta dijo a los concurrentes:

—¿Y ahora qué hacemos con las medias azules que ha llevado mi hija?

—Servirán, respondió un anciano, para la viuda que, olvidando a su primer marido, vuelva a casarse.

— Dice bien, exclamaron todos; así serán conocidas en adelante las que profanaren con un nuevo esposo el lecho en que entraron doncellas.

Aprobada la proposición por todos los ancianos la costumbre se hizo ley, y desde entontes, en toda la provincia de Segovia, las medias azules son una especie de sambenito que muy pocas mujeres se atreven a echarse encima.

Esto sucede aún en los momentos en que narramos esta antigua tradición; pues según decimos al comenzar, en Castilla la Vieja se rinde un culto tal a las costumbres de nuestros antepasados, que en vano será buscar nada parecido en cualquier otro punto de España.

El uso, sin embargo, se ha modificado algún tanto con referencia a las medias encarnadas. En la actualidad el cambio se verifica en la sacristía de la parroquia, en donde penetran los novios, acompañados de la madrina, luego que ha terminado la misa. Para evitar molestias, la recién casada lleva debajo de las medias blancas las encarnadas, que constituyen el distintivo de su nuevo estado. De esta manera, con sólo quitarse las primeras se realiza el objeto.

 

FUENTE

Tartilán, Sofía. “Las medias azules”, La Época (Madrid) 30 de agosto de 1880, nº 10117, pág-1.

 

Edición: Pilar Vega Rodríguez

NOTAS

 Las medias azules eran un tópico a mediados del siglo XIX para referirse a una mujer que no entra en los “cánones” de lo establecido. Posiblemente se trata de una invención de la escritora Sofía Tartilán para poder exponer la costumbre del cambio de medias blancas a rojas después de la boda. De hecho el escritor francés Paul de Kock sugiere que las “medias azules” podrían designar a la escritora “por medias-azules, se entiende generalmente una literata... que escribe, que hace comedias, versos, novelas” Las Muchachas de trastienda: novela de costumbres, Barcelona, Editorial de Salvador Manero, 1866, pág. 126.

 

[1] Ripien: que les digan muchos ripios, versos, piropos, etc.

[2] Mielga: tipo de planta herbácea silvestre y anual.

[3] El Ángelus era una de esas oraciones, ya que se recitaba para concluir los grandes intervalos de trabajo en el día, al salir el sol, a mediodía, y con la caída de la tarde.

[4] Monterilla: montera. Prenda para abrigo de la cabeza, que generalmente se hace de paño y tiene varias hechuras, según el uso de cada provincia. (Diccionario de la lengua española, RAE)

[5] Velludo: terciopelo o tela afelpada (Diccionario de la lengua española, RAE)

[6] Anascote: tela de lana fina o de seda (Diccionario de la lengua española,RAE)

[7] Bizarra: en este contexto quiere decir, espléndida, lucida.

[8] La autora, Sofía Tartilán comete un error histórico. Es Enrique III el conocido como “El Doliente”.