DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

La última señora de Ínsua. Novelas y leyendas. Recuerdos de Galicia. Madrid, Librería de Leocadio López, Imp. de M. Rivadeneyra, 1867, pp. 159-188.

Acontecimientos
Hechizo. Magia.
Personajes
Alonso de Moar, Catalina, meiga
Enlaces

También publicado en El Museo Universal, n.19 mayo (1864), pp.151-152.

LOCALIZACIÓN

SADA

Valoración Media: / 5

Alonso de Moar

 

Nessun maggior dolore
Che ricordarsi del tempo felice
Nella miseria.—
(Dante 
Divina Comedía, c. v, Inferno.)


La mayor cuyta que aver
Puede ningún amador,
Es membrarse del placer
En el tiempo del dolor.
(Macías, El Marqués de Santillana.)

 

Acorta el paso, lector, detén la vista, clava en estos renglones tus ojos distraídos, y no atiendas al nombre modesto y oscuro en la república literaria, de su desconocido autor, el cual, movido de constante y pacientísima resolución, sin que la frialdad de los amigos le retraiga, ni la indiferencia le acobarde, trata de conversar contigo breves instantes, haciéndote concurrir, mero espectador, por supuesto, a un suceso de escasa importancia, si se atiende a la modestísima representación de las personas que en él hacen viso[1]; pero que tal vez te interese y haga tomar parte con aficionada voluntad en las penas y dolores de hombres como tú, de carne y hueso, cual tú dotados de alma inmortal y corazón sensible.

Y pues ya te tengo sujeto y atado al carro de mi cuento, habrás de perdonarme el que dé aquí por terminado el exordio, evitando el tropezar y caer en la afectada hinchazón de oradores y escritores noveles, cuando se dirigen al público.

 

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­I.

Érase una mañana de julio, y poco después de amanecer.—

Desgraciadamente, no tengo a mano puertas ni ventanas para hacer que a ellas se asome la aurora; cosa que siento por ti, lector del alma, y por mí también. Por ti primero, pues acostumbrado a la estereotipada descripción del amanecer, contabas con la consabida sonrisa del alba, el imprescindible gorjeo de los pintados pajarillos, y media docena de repeticiones por el estilo, que de mano en mano han venido desde nuestros vigésimos o cuadragésimos abuelos hasta nuestros días. Igualmente lo siento por mí, pues temo, no sin fundamento, que has de mirar por lo menos con extrañeza el que no te presente la aurora en deslumbrante carro, lloviendo flores y aljófar[2] sobre la tierra, con todas las demás gracias y habilidades que tantos poetas y escritores, perezosos, como verdaderos escritores y poetas, la han colgado, sin más razón que la de no querer levantarse ellos temprano, y pintar lo que ante sus ojos tenían en vez de repetir la eterna y monótona cantinela de griegos y latinos.

Diré, pues, sencillamente lo que ocurría al comenzar el suceso, origen de mi cuento.

Cenicienta y uniforme nube entoldaba el cielo; al través de su cóncava extensión penetraba igual y dulcísima luz, que desde las cumbres de los montes circunvecinos bajaba por los suaves declives, cual madre que acaricia tierna y cariñosamente a sus hijos, iluminando pinares, prados, viñas, castañares y robledales, hasta llegar a lo más hondo y remoto de un hermosísimo valle. Exceptuando el color amarillento claro de una carretera, que culebreaba por aquellos campos, hasta desaparecer más allá de extenso pinar, el color verde, con diferentes visos más o menos subidos, era general en el paisaje, pues hasta las casas estaban medio ocultas entre bosquecillos de castaños, y tenían a menudo las mismas paredes revestidas de hiedra.

Blando y amoroso como la luz era el ambiente, impregnado de suave fragancia de madreselva y flor del tojo. Parecía el extenso valle más bien anchísimo vaso de labios bajos y abiertos, que no lo que a menudo suele llamarse valle, esto es, alguna estrecha cañada o tal cual profundo abismo, sin luz ni fácil salida; con lo que tenía todas las ventajas de las tierras montañosas, sin sus inconvenientes. Resguardaban las laderas de los cerros del norte las esparcidas casas de una parroquia, cuya iglesia levantaba su blanca fachada, resaltando entre el oscuro verdor de los castaños, que en parte la rodeaban, y bajaban luego las casas por ribazos y costaneras[3], casi ocultas entre los arboles hasta lo más hondo del valle. Más allá de los maizales y pinares se veía la blanca fachada de otra parroquia, semejante a la primera, y aún más lejos se divisaba otra, si bien a duras penas, pues la vagabunda y juguetona niebla la envolvía y casi ocultaba a la vista; el horizonte por todas partes se presentaba como borroso, por decirlo así, y las cumbres de los montes desaparecían entre las nubes.

No vayas a creer, lector, que estamos en Flandes o Suiza, en virtud de lo cual, ya tienes las palmas en alto y dispuestas a aplaudir y alabar lo que no es tuyo; modera tu ímpetu, sábete que para ver el hermoso valle de que te acabo de hablar, no tienes necesidad de salir de España. Basta únicamente con que te dignes dar una vuelta por Galicia, en donde hallarás infinitos por el estilo.

Caminaba yo por la carretera, humedecida con el fresco rocío de la mañana, cuyas gotas brillaban como diamantes entre la yerba de ambas cunetas o zanjillas a la derecha e izquierda, en las hojas de las zarza-moras que cerraban las heredades, y en las de los castaños y frutales que por encima de los setos descollaban. No era mi prisa muy grande, pero, aunque lo fuese, nunca habría dejado de detenerme a contemplar el ameno y hermoso campo que cada revuelta del camino me presentaba con distinto y siempre agradabilísimo aspecto.

Proponíame visitar y presentarme, por la primera vez de mi vida, ante un pariente mío bastante próximo, que vivía en el campo; pero no me atrevía a salir fuera del camino real, hasta preguntar a alguno por el de Sada, en el cual estaba la casa de mi pariente. Solo se veía por allí cerca un niño, como de seis años, rubio y colorado, el cual, a pesar de tener por todo vestido una camisita abierta por el pecho y anchísimos pantalones, que casi desde los sobacos le llegaban a los descalzos pies, se hallaba sentado en el verde ribazo de la cuneta, y de espaldas al seto de una heredad, comiendo una patata cocida con tan sosegado reposo, y saboreándola más a gusto que si fuera un suculento beefsteak. No pude menos de detenerme a contemplar con envidia tanta tranquilidad y buen apetito; y creyendo que el niño podría indicarme el camino, iba ya a preguntársele, cuando se presentó un guardia civil, el cual, después de saludarme cortésmente, preguntó por sus padres al niño.

«Están buenos», dijo éste. El guardia se detuvo un momento, miró por encima del seto, dando un suspiro, alzó del suelo el fusil, en el que se había apoyado al hablar cariñosamente al niño, y echando el arma al hombro, se dispuso a seguir adelante.

«¿Me podría usted decir cuál es el camino de Sada?», pregunté yo al guardia.

«Por varias partes puede usted ir», me contestó, «pero si no tiene reparo en decirme fijamente si va a Sada o a sus inmediaciones, le podré enseñar entonces el mejor camino.»

« No tengo ningún inconveniente; voy a casa de D. Pedro N…»

«¡Ah! pues entonces, véngase usted conmigo.»

«¿Va usted también hacia allá?»

«No; pero desde el camino real se ve la casa del Sr. D. Pedro.»

« Pues vamos andando.»

«Adiós, rapasiño, dijo el guardia al niño, el cual, hasta que nos separamos de él, no bajó la mano, que desde el principio- había tenido a la altura de las cejas, como quitándose el sol.

II.

El guardia caminaba a mi lado con marcial continente, y yo miraba con respeto los galones de su brazo, que indicaban ya infinitos años de servicio, y el rostro curtido por la inclemencia de las estaciones y de aspecto verdaderamente varonil y militar; llevaba el sombrero ligeramente echado adelante y ladeado, con el porte propio de soldado viejo; eran sus mejillas encendidas y prominentes, azules los ojos, entrecano el ancho bigote, y la barba, huesosa y bien dibujada, servía de digno remate a la mandíbula inferior, un tanto prolongada y saliente, señal de firmeza e inquebrantable constancia.

 «¿Lleva usted alguna comisión?», pregunté a mi compañero, deseando entablar conversación con él, y ver de averiguar el porqué del suspiro que había dado, al preguntar al niño por sus padres.

«No, señor,» me contestó, «como sargento tengo obligación de ir hoy a este puesto, mañana al otro, según, vigilando para que nadie falte a su deber.»

« Perdone usted, pues solo había puesto la vista en los galones que lleva en señal de veterano, más no en los de sargento. Y viene usted de la Coruña?»

« No, señor; vengo de Iñas, en donde hay una pareja de guardias, y voy a Betanzos, que es donde resido por mi destino. Pero, sea dicho con perdón, se me figura que es usted nuevo en esta tierra.»

«No soy muy antiguo», repliqué sonriéndome.

« Quiere decir que hace poco que vive en Galicia.»

Siguió andando el guardia a mi lado unos cuantos pasos, y por último me dijo:

«Va usted a casa del hombre más bueno que come pan.»

«En efecto, D. Pedro es muy hombre de bien. Aquí donde usted me ve, todavía no le conozco, y eso que soy sobrino suyo.»

El guardia se cuadró y me dijo:

«D. Pedro y todos sus parientes son para mí cosa santa»; y siguió andando.

«¿Y se podrá saber, por qué tiene usted tanto cariño a mi tío?»

« ¡Ya lo creo que sí! ¿Sabe usted lo que hizo conmigo en la guerra civil? Pues ha de saber que fui herido en la acción de Ramales. Como los facciosos me habían dejado el cuerpo hecho una criba, pasaban meses y meses sin cerrárseme las heridas, hasta que los físicos del hospital mandaron que me viniese a la tierra, en donde la variación de aguas y alimentos haría más que todas las medicinas y cirujanos del mundo. Diéronme licencia, y me vine hacia Galicia un pie tras otro; las dos primeras jornadas, las anduve como Dios me dio a entender, más la tercera iba a ser tal vez la última de mi vida, pues estaba empeñado en seguir adelante, a pesar de no tener fuerzas para ello. Venía yo por el valle de Valdivielso, cuando al llegar al pie de la altísima y empinada cuesta de la Mazorra, caí desfallecido, quedándome sin ver ni apenas oír, cuando llegaron a emparejar conmigo un jinete y un peón; detuviéronse, y el jinete, que era oficial de artillería, se apeó, diciendo: «Ese infeliz se muere, si le dejamos ahí solo.» «No está muy bueno», contestó el soldado, que era asistente.

Por último, viéndome sin fuerzas hasta para hablar, me levantaron como pudieron, montándome en el caballo; hiciéronme tomar un corto refrigerio, y entonces pude dar las gracias a mi bienhechor, que era D. Pedro N…», dijo el guardia, casi cuadrándose delante de mí como la vez primera.

«Vaya, veo que mi tío fue caritativo, pero también usted es agradecido.»

«Yo, señor, no hago más que cumplir con mi deber. »

«¿Y dígame usted, está usted casado o soltero?

«Soltero», repuso el guardia con tristísimo semblante, «soltero, y para siempre.»

«Vamos, puesto que ya nos conocemos, me va usted a explicar, por qué me dice esas palabras con tanta tristeza.»

« Su tío, D. Pedro, se lo puede contar mejor que yo.»

«En nombre de mi tío, le ruego a usted que me lo cuente.»

«No siga; en siendo en nombre de su tío, haré cuanto usted quiera.»

Casi me daba pena el obligar al pobre guardia a contarme sus cuitas, pues en su rostro se conocía lo que éstas le atormentaban; más la curiosidad no tiene entrañas, y sin condolerme de las penas de mi compañero, le rogué que empezase. Detúvose este, y dando con la culata del fusil en tierra, me dijo:

«Todavía me quedan cerca de dos horas, y en mucho menos tiempo le puedo a usted contar la causa de mi tristeza. Me llamo Alonso de Moar, soy sargento de la guardia civil, y no teniendo ni la sombra de una mala nota, podía muy bien haberme casado, haciendo feliz a la única mujer, a quien en mi vida he querido.

»En fin, vaya todo por Dios, y en su nombre y en el de su tío de usted, empiezo.

 

III.

 

En la casa que está detrás del seto, a cuyo pie ha visto usted al niño sentado, vivía un honrado matrimonio, rico, para lo que son los labradores de la tierra, y sin más familia que una hija, llamada Catalina.

»Era esta entonces la más garrida moza del contorno; blanca y encendida como una rosa, fresca como la brisa del mar que en este momento nos acaricia la cara, con un pelo castaño hermosísimo, y tan largo, que sus dos trenzas casi llegaban al suelo; añada usted a esto que la muchacha era hija única, con lo que excuso decirle el infinito número de enamorados que Catalina tendría. Más ésta no amaba a nadie, sino a mí; nos queríamos desde niños, y nuestras familias, unidas también de toda la vida, tenían concertado nuestro casamiento. Pasaron días, y caí yo quinto[4]—no se me olvidara nunca la mañana en que me despedí de Catalina. Usted acaba de ver al niño; pues en el mismo sitio estaba ella llorando como una Magdalena, tapándose la cara con las manos, mientras la llegaban hasta el suelo aquellas hermosas trenzas, envidia de las demás paisanas y encanto de los hombres.— »

Aquí el guardia se detuvo, miró atrás, y dirigiéndose hacia un pequeño recuesto, se encaramó en él, diciéndome:

«Siéntese usted aquí, que pronto acabo. No le quiero a usted cansar con nuestros lloriqueos de chiquillos, pues yo tenía diez y ocho años y ella diez y seis; solo diré que tuve que ir a presentarme en la Coruña, y cuando volví; al pasar, en compañía de los demás, y entre soldados, delante de la casa de Catalina, estaba ésta cantando con tristísima y plañidera voz la siguiente copla:

Tocan o tambor n'a guerra,
Tocan'o destemperado;
Coitadiña d'a minina
Que teñe o amor soldado.—

«Catalina,» grité con toda mi voz, «Catalina, adiós.» Detrás del seto oí otro grito que me despedazo el corazón, y sin poderme contener, me salí de la fila. «Atrás, maruxo, me dijo un sargento castellano que venía a mi lado; mas como no le hacía caso, me derribó con la culata al suelo: caí llorando de ira y de desesperación. Le aseguro a usted, señor, que siempre que veo llorar a algún quinto, me acuerdo de Catalina, y lejos de maltratarle, hago por él cuanto esta en mi mano; ¿quién sabe? ¡tal vez llora por la misma razón que yo aquel día!—»

Detúvose mi buen Alonso de Moar, a quien ya iba yo tomando cariño, y por último, prosiguió:

«Fuimos a la guerra, y como sabía leer y escribir, me hicieron en seguida cabo, con lo que, a no ser herido en Ramales, en Aragón habría ganado los galones de sargento, y tal vez la charretera de alférez. Volví, pues, a la tierra de la manera que usted ya sabe, pues su tío de usted, D. Pedro, vino más de la mitad del tiempo a pie, por tal de que yo pudiese llegar a Galicia. No, lo que es eso no lo olvidaré jamás. Vine a mi casa, y hallé que había muerto la madre de mi futura[5], quedando solo su anciano padre, Antón de Valdomir, que así se llamaba. Después de abrazar a mis padres, acudí a ver a Catalina. Usted habrá amado alguna vez; pues entonces, excuso decirle lo que sentí al verme de nuevo al lado de mi hermosísima novia.

«Pasaron algunos días, y el demonio, que todo lo enreda, y las viejas, peores que el demonio, empezaron a darme qué pensar con ciertas palabrillas sueltas acerca de Catalina. Una vieja, sobre todo, a quien llamaban la Meiga o la Bruja; sin que ella se incomodase; me tomo un día por su cuenta, diciéndome:

«Hijo mío, ¿crees que te vas a casar con Catalina? Pues te llevas solemne chasco, porque tienes un rival, a quien favorezco, y por lo tanto, ha de poder más que tú.»

«¡Ya! no dudo que me venza, pues tiene el diablo a su favor.»

«No te burles, no te burles,» respondió rabiosa la Meiga, «porque te aseguro que Juan de Lema se ha de casar con Catalina, o yo dejo de llamarme Meiga, como me habéis puesto por mal nombre.»

Dijo esto la pícara bruja, y en seguida se fue, no sin dejarme pensativo y cabizbajo. Ya habrá usted visto que por aquí la gente del campo cree todavía en brujos o meigos y cosas por el estilo; no era yo en esto mejor que mis paisanos, con lo cual me entristecía sobremanera la predicción de la Meiga.

Por lo demás, Juan de Lema me parecía rival poco temible; en primer lugar, era tan pobre, que no tenía más remedio para vivir que hacer de criado en las casas de los demás labradores, pues no poseía una sola pulgada de terreno, aquí donde todos tenemos siempre algo, por poco que sea; era pequeñuelo, y aunque fornido y rehecho, nunca se habría atrevido conmigo, que era el mozo de más fuerzas de todos estos alrededores. Demás de esto, Catalina se reía siempre de su pequeña estatura, y hasta de su modo de andar; con lo cual, me fui poco a poco olvidando de la funesta predicción. Sucedió que un día, al ir a casa de Catalina, vi a esta que se hallaba unciendo los bueyes, ayudada por el referido Juan de Lema: quedéme como la mujer de aquel santo padre de quien cuenta la Biblia se quedó de repente convertida en estatua de sal[6]; y le aseguro a usted que lo primero que se me vino a la cabeza fue la profecía de la Meiga. Ya uncidos los bueyes, partió Juan a la leira o campo que iba a labrar, y me quedé a solas con Catalina, mirándola de hito en hito y sin decirla palabra.

«Echóse a reír mi novia al verme tan serio, y a mis quejas y razones contestó diciendo que Juan de Lema había venido llorando y pidiendo a su padre, por Dios y por la Virgen, le tomase de criado, pues se estaba muriendo de hambre.

—Cuando vine de la fuente, añadió Catalina, mi padre ya le había recibido, adelantándole el jornal de una semana; de manera que por más que le llamé aparte y le hice saber el pronóstico de la meiga, y lo que las buenas lenguas se entretenían en decir por la parroquia, así como las muchas veces que Juan me había hablado de amor; mi padre, dijo sonriéndose Catalina, que, como ya sabes, es algo codicioso, me ha prometido despedirle, pero solo cuando pague con su trabajo el jornal adelantado.

De ese modo, me iba a ver en continuo tormento durante toda una semana, gracias a la avaricia de mi futuro suegro, a quien no pude convencer, por más razones que le di, de que lo primero era echar cuanto antes al recién venido. Me volví a mi casa, no poco pesaroso, y si antes iba dos o tres veces a la de Valdomir, puede decirse que desde entonces estaba en ella todo el día. Juan era robusto y experto en la labranza, y contentó de tal modo al padre de Catalina, que estaba yo seguro de que, a no formalizarme, mi rival del pronóstico de la meiga seguiría en la casa, Dios sabe hasta cuándo.

 

IV.

 

«Llego el sábado, y más contento que unas pascuas[7], me fui derecho a casa de Catalina para presenciar a la tarde la despedida de Juan de Lema; no sé lo que me paso cuando vi a éste abrirme con el mayor descaro el portillo de madera que cierra la heredad, con ademán propio de amo de casa.

«¿Todavía estas aquí?», le pregunté.

«Y por mucho tiempo,» me contesto, metiéndose las manos en los bolsillos y poniéndose a silbar.

Yo, entre tanto, mudo de rabia y sorpresa, le miraba de hito en hito , sin que él me hiciese más caso, ni se acordase más de mí, al parecer, que de las nubes de antaño. Por primera vez me encaré con él atentamente y despacio, notando que su rostro era expresivo y de buenas facciones, pero sus ojos verdes tenían el mirar traidor y solapado. Sin ser ya dueño de mí, le agarré del brazo y le dije si se estaba burlando; contestóme con un fuerte tirón, para lo cual tuvo que usar de grandes fuerzas, y libre ya, me dijo:

«No me toques, porque aunque soy pequeño, tengo otro tanto debajo del suelo.»

«¿Y Catalina y su padre?» dije yo, temblando de rabia.

«No están en casa.»

«¿Que no están en casa? ¿Pues adonde han ido?»

«No lo sé.»

»Entré, y vi que en efecto no me engañaba: el alma se me cayó a los pies. Sin saber ni comprender la causa de la ausencia de Catalina y su padre, no sé qué voz secreta me anunciaba alguna desgracia; y como a nadie podía atribuírsela más que a Juan de Lema, fuíme a él encolerizado, y después de decirle cuanto se me vino a la boca, le mandé se marchase al momento.

«No puedo,» me dijo, «Antón de Valdomir me ha dejado encargado de todo, y ni tú ni nadie me hará faltar a mi obligación.»

»De las palabras pasamos a las obras, y aunque mi enemigo mostró ser hombre de muchas fuerzas, al cabo le derribé al suelo con la cara ensangrentada, y le puse la rodilla en el pecho, diciéndole no le dejaba hasta que me prometiese irse en seguida.

«No, aunque me mates,» respondió Juan rechinando los dientes y vomitando terribles maldiciones por aquella boca.

«Mira que si no, te ahogo entre mis brazos, Juan; mira lo que haces. »

«Aunque supiera que me habías de matar cien veces.»

«Pues qué, ¿te figuras que Catalina se ha de casar contigo?»

«Tan seguro estoy de ello, como de verme ahora en el suelo derribado por ti, a quien permita Dios—»

»No le dejé proseguir; ciego de rabia, rodeé su cuerpo con mis brazos, y levantándole en alto, le apreté tanto, que le hice gritar como un condenado; en seguida le boté, quiero decir, le arrojé al suelo con tal fuerza, que sonó como un pellejo de vino de Toro, de los que traen los carros castellanos. Después de esto, y al verle sin movimiento, me fui a casa, creyendo que le había muerto.

«Pasé la noche en vela, y al amanecer del día siguiente ya estaba a la puerta de Antón de Valdomir, el cual me dijo que la noche anterior; al volver él y su hija; se habían encontrado a Juan de Lema en el suelo sin sentido y lleno de golpes, todo lo cual, acaso le había acontecido por evitar que los ladrones robasen la casa.

« ¿Pero le han robado a usted algo?» le dije yo.

«No; nada.»

»Pues entonces, no diga usted disparates. ¿Está ahí Catalina?»

«Ahí la tienes», me dijo el viejo, dejándonos solos.

»En efecto, en aquel momento salió Catalina. ¿Pero cuán mudada estaba!

»De alma y de cuerpo, señor; ¡mujer al cabo! Catalina había perdido para siempre su sonrosado color; tenía los ojos hundidos y rodeados de ojeras azules, casi negras; en una palabra, parecía difunta, y lo era para mí.»

Aquí el guardia bajo la cabeza, y no me atreví a hablarle.

«En fin, señor», añadió Alonso de Moar, «después de un rato de estarnos mirando sin decir una palabra, sin respirar apenas, exclamé:

«¿Y Juan de Lema?»

«Ahí dentro está echado», me contestó Catalina, después de detenerse un poco.

«¿Y piensa estarse ahí toda la vida?»

«Catalina se quedó buen rato sin contestarme y con la cabeza baja; por último dijo:

« Sí, Alonso. »

«¿Qué estás diciendo, mujer?» la dije, cogiéndola de un brazo.

Catalina levantó la cabeza; tenía la cara más pálida que antes, más hundidos los ojos; si al principio me había parecido difunta, entonces la tuve por cosa del otro mundo. Me aparté de ella dos o tres pasos, y la dije, lleno a un tiempo de enojo y de lastima:

« A ti te ha pasado algún mal suceso; cuéntamele; Catalina; ¿no me quieres ya? ¿no te fías de mí? Qué te ha pasado?

« ¡Nada!» me contesto con voz que parecía salir de la sepultura.

« ¿Estás enferma? Tu padre esta medio lelo y no piensa más que en sus dineros. Catalina, por el cariño que siempre nos hemos tenido, por el alma de tu madre, no me dirás lo que tienes?»

«No tengo nada, Alonso.»

«Bien esta; ya veo que a la par de la confianza, se ha acabado todo entre nosotros. ¿Y cuándo te casas con el Sr. D. Juan?»

« Antes de un mes.»

»Mi pregunta había sido en tono de zumba[8]; más no esperaba yo ciertamente tal repuesta; así es que me quedé sin saber qué decir, y como muerto. Señor, he andado no pocas tierras y he visto a los hombres quejarse, desesperarse, volverse locos, al recibir respuestas por el estilo de la que me acababa de dar Catalina; más, nosotros los gallegos no tenemos, por lo general, tan violentos arranques; por eso somos infinitamente más desgraciados, pues como nuestra pena no sale a lo exterior, jamás nos desahogamos; con lo que, el dolor nos consume y a veces mata. Así dicen que somos fríos, ¡como si el fuego no durase mucho más debajo de la ceniza que al aire libre!

»En fin, no quiero cansar a usted más con mi cuento; tampoco recuerdo lo que después pasó, ni nadie me lo ha querido decir. Al día siguiente me hallé en la cama, pero vestido; mis labios sin cesar repetían: ¡Antes de un mes! ¡antes de un mes!»

»Me asomé a una ventana, y había densísima niebla de la que llamamos brétema[9]; tan espesa era, que al cabo caía al suelo en menudas gotas, como cernida. Amargas lágrimas, las últimas que he vertido en mi vida, se mezclaban en mi cara con la fresca humedad de la niebla, cuyas gotitas, al caer de hoja en hoja en la parra que debajo de mi ventana se extendía sobre la puerta, jurara yo me decían: « ¡Antes de un mes! ¡antes de un mes!

»Salí de casa, y como desde el huerto se veía la de Catalina, se me figuró que los árboles, que por encima del tejado levantaban las ramas, movidas de cuando en cuando por el escaso viento que a la sazón soplaba, repetían, como si sus hojas fueran lenguas: « ¡Antes de un mes! ¡antes de un mes!»

» Salí al camino, y hallé al alcalde, que venía con un pliego en la mano, el cual me dijo:

« Alonso, a fines de éste tienes que presentarte en Barcelona; aquí tienes el oficio que nos pasan a todos los alcaldes para que tengamos cuenta con los que están con licencia.»

«Bien esta, respondí siguiendo adelante y diciendo entre dientes: » ¡Antes de un mes! ¡antes de un mes!»

»Iba andando, sin saber lo que hacía; pero al llegar a una corredoira o vereda que daba al camino, oí la voz chillona de la infame meiga; miré hacia allá y vi que estaba hablando con Juan de Lema.

«¡Antes de un mes! dijo la vieja dando a mi enemigo una cosa, que solo después supe lo que era; y al verme la bruja, me dijo entonces como aullando: «¡Antes de un mes, Alonso!» y desapareció por las revueltas de los setos.

»La ira y la venganza, que durante algunas horas habían estado en mí como muertas, despertaron más violentas; y ciego para todo, menos para ver a Juan de Lema, me dirigí hacia él, decidido a ahogarle entre mis brazos.

« ¡Aparta! me grito éste; ¿No ves cómo me has puesto? ¿Cómo quieres que me defienda?»

«Había en su voz temblona y en su pálido semblante tal expresión de miedo, que no me sentí con fuerzas para reñir con él, pero le dije: “En cuanto estés bueno volveremos a reñir, y veremos entonces quién puede más”.

«Ya se sabe que tú,» me dijo Juan, mirándome con rencor; «pero no creas que te ha de servir el tener más fuerzas, pues te las he de quitar de una vez.»

«Conforme decía esto, nos íbamos acercando; y de repente abre mi enemigo una navaja, que entonces comprendí era lo que le había dado la meiga cuando les vi de lejos. Por pronto que quise huir el cuerpo, ya había recibido una puñalada en el costado.

»No he visto, señor, nada más infame que el uso de la navaja, la cual, a manera de la lengua de la víbora, no se muestra a menudo, sino a traición y para matar. ¿Se consentirá el que se generalice por Galicia? ¿Las autoridades, las personas de distinción, permitirán semejante mancha en nuestro honrado carácter? El mal todavía tiene remedio, si se vigila y registra escrupulosamente a los muchos que vuelven, después de residir algún tiempo en otras partes. Sea perseguido y castigado severamente todo el que use la infame navaja, hablen contra ella y su alevoso modo de matar los curas y los maestros. ¿Cuándo se ha visto al buen gallego necesitar para reñir con sus semejantes más que de sus puños? ¿Cuándo no ha tenido lo suficiente para defenderse de las fieras con un buen garrote?

¡En fin, señor!, me sentí herido, y sin más esperanza de salvación, al ver que Juan de Lema intentaba seguir hasta matarme, que tratar de sujetarle los brazos, echándome encima. Lo logré, pero no sin recibir otras dos o tres puñaladas del traidor, a quien de seguro habría muerto, si la pérdida de la sangre no me hubiera empezado a debilitar; levantéme, y cogiendo la navaja, que en la brega[10] había caído al suelo, la hice pedazos contra una peña, diciendo: ¡Maldito sea quien la ha usado y quien la ha hecho! Juan huyó, no creyéndome tan herido, y yo traté de volverme a casa; más, al llegar al camino real caí sin sentido.

Aquí se detuvo de nuevo el guardia, y lleno de tristeza el varonil semblante, me dijo: «La verdad, siempre que recuerdo ciertas cosas, se me pone un nudo en la garganta, que me ahoga; ¡dichosas las mujeres, que pueden llorar por cualquier cosa! ¡dichoso yo cuando lloraba!»

 Dio un suspiro, y prosiguió:

« ¿Qué más quiere usted que le diga? A pesar de la mucha sangre que había derramado, mis heridas no eran mortales y sané antes de lo que esperaba. En cuanto a Catalina, se casó con Juan de Lema. Yo les vi pasar por delante de mi ventana; él, alegre, decidor[11], y vestido de nuevo con el dinero de su mujer; ésta, pálida y muda como una muerta... Cuando volvieron de la iglesia, el marido y el padre traían a Catalina cogida del brazo, pues se había caído desmayada a los pies del cura.»

 

VI.

«Y dígame usted, Alonso, ¿a qué atribuye la mudanza de Catalina?»

«Se va usted a burlar de mí si se lo digo.» «No lo crea usted; le aseguro que no.» « Pues bien, señor; no puedo menos de atribuirlo a un hechizo de la infame meiga.»

Había prometido no reírme, más al oír hablar de hechizos, tuve que contenerme para no hacerlo.

El guardia hizo como que no advertía mi sorpresa, y prosiguió diciendo: «Al cabo me fui al regimiento; más antes de yo cumplir, murieron mis padres; entonces me reenganché, y como mi conducta había sido siempre ejemplar, fui elegido para la guardia civil, cuando se creó; serví en diferentes provincias, y sin pedirlo, he sido, por último, destinado a ésta; sin duda por la voluntad de Dios, pues Catalina está enferma, y su marido va haciendo tantas, que al cabo parará en presidio. ¡Ya ve usted entonces lo que sería de esos pobres niños, si no fuera por mí! Aquel a quien usted me vio hablar es el hijo mayor de Catalina.»

«¿Y no tuvieron otros antes?», pregunté.

« No, señor; estuvieron bastante tiempo sin tener hijos.»

« ¿Usted les trata ahora ?»

«No, señor; no he vuelto a hablar a Catalina desde el día en que me dijo aquellas palabras que nunca olvidaré: «¡Antes de un mes!»

«¿Y Antón de Valdomir?»

«Ha muerto.»

En esto oí voces, como de un labrador arreando a sus bueyes; volví la cabeza, y por la carretera adelante venía una mujer, casi anciana, al parecer, cuyo rostro, a pesar de las profundas arrugas que le desfiguraban, y de lo hundido de los ojos, todavía presentaba admirable regularidad de facciones, si bien lo que más resaltaba en su ademan y aspecto general era profundísima tristeza. Traía la labradora en sus manos un cordel, con el que guiaba a dos bueyes pelirrubios, que en pos de ella, mansa y lentamente venían; detrás, sosteniendo el arado para que no diese en el suelo, seguía un hombre pequeño, de anchos hombros, rostro enjuto y falsa mirada.

«¡Ahí los tiene usted», me dijo el guardia, mirando a otra parte y aparentando en su rostro la mayor indiferencia.

« ¿A quiénes?»

«A Catalina y su marido. Esa que le parece a usted una vieja, ha sido una de las mujeres más hermosas de Galicia.»

Pasaron el hombre y la mujer sin mirarnos, y el guardia se levantó, diciendo:

«¿Ve usted una casita blanca, más allá de aquel pinar, al lado de la ría?»

Miré hacia la hermosísima ría de Betanzos, que desde nuestro recuesto se veía, y dije:

«¿Es esa la casa de mi tío?»

«Sí, señor», repuso mi compañero.

Le miré, y su rostro seguía sereno e impasible; solamente advertí que el fusil, si bien descansaba la culata en tierra, se movía como una caña; efecto, tal vez, de que la mano del buen Alonso de Moar se estremecía y temblaba más de lo que su dueño quisiera. Entonces le dije:

«Francamente, Alonso, creo que ese infame Juan de Lema se habrá valido de algún engaño.»

«En cuanto a eso, es usted sobrino de D. Pedro; pídame usted cuanto quiera, inclusa la vida; pero le ruego, por la mujer a quien más haya amado en el mundo, que me crea. Juan de Lema no ha tenido a su favor sino los hechizos de la meiga—»

«Bien, pero—»

«Catalina ha sido siempre una santa, como lo es en el día.»

 

FUENTE

 

Fulgosio, Fernando (1831-1873). “Alonso de Moar” en La última señora de Ínsua. Novelas y leyendas. Recuerdos de Galicia. Madrid, Librería de Leocadio López, Imp. de M. Rivadeneyra, 1867, pp. 159-188.

 

Edición: Pilar Vega Rodríguez

NOTAS

 

[1] Hacen viso: hacen aparición.

[2] Aljófar: Perla de forma irregular y, comúnmente, pequeña. (Diccionario de la lengua española, DRAE).

[3] Costanera: cuesta.

[4] Quinto: fue llamado a incorporarse al ejército. “Mozo desde que sortea hasta que se incorpora al servicio militar” (Diccionario de la lengua española, RAE).

[5] Mi futura: la futura esposa.

[6] Es decir, Sara, la esposa de Lot. Génesis,  13:5-13; 18:20-33; 19:1-29

[7] Más contento que unas pascuas: frase proverbial que quiere decir estar muy contento, como se está alegre al celebrar, al final de la Semana Santa,  el día de la Pascua la Resurrección de Jesucristo.

[8] Zumba:  chanza, broma.  Alude al ruido de los cencerros y latas (que llevaban colgados los bueyes que encabezaban el rebaño ) y con los que solía molestar cuando se quería hacer una broma pasada, “dar cencerrada”.

[9] En gallego.

[10] Brega: pelea.

[11] Decidor:  que habla con facilidad y gracia (Diccionario de la lengua española, DRAE); signo de su alegría.