DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

El libro de Laguardia, Burgos, Imprenta Católica,1887.

Acontecimientos
Fantasma fingido
Personajes
Pedro I, Juan Vidauvio, Judío. Fantasma
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LOCALIZACIÓN

23

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La peña de la atalaya

 

... pero nos ha de faltar el tiempo y deseo saber cómo se llama el sitio que ocupamos, si tiene V. la bondad de indicármelo.

 

—Con mucho gusto, contestó Don Sandalio, pues tengo una afición grande a las relaciones históricas, que V. hace tan bien: estas rocas bajas del saliente se llaman «La peña de la atalaya» debajo de donde estamos sentados se descubren aún cimientos sólidos de piedra sillar, que han debido sustentar un edificio de bastante grandor.

El bosque llano que se extiende y entra desde aquí hasta el pie de esas otras rocas altísimas –pág.360- que dicen «la peña de la sombra» se designa con el nombre de “plano toro” o “La peña de la atalaya”… ¡¡¡la peña de la sombra... plano-toro..!!! todos estos lugares están consignados en una leyenda o más bien tradición curiosa que guardo entre mis papeles de San Millán y contaré a V. a ser posible antes de marchar; pero por la situación...

— Y ¿aquel pico elevadísimo cómo se llama?

—«El pico de la Población» respondió Don Sandalio; y a nuestra derecha, al poniente, el otro extremo de la cordillera, se dice «el puerto de Herrera».

—Justo: los tres castillos que la defendían en los tiempos antiguos... el castillo de Herrera, este de Castro-toro (no plano-toro) y el de la población: sí, amigo mío, y casi con los mismos nombres...

»Establecidos los Romanos en Juliobriga (Logroño), continuó el ilustrado monje, en Assa (despoblado) y Geminislegio (Gimileo), a pesar de los espesos bosques que rodeaban las caserías y pequeñas agrupaciones dispersas que tenían los pastores en la parte baja, en las cuales penetraban muy pocas veces, ambiciosos y emprendedores intentaban en ocasiones subir la montaña y dominar su parte del norte.

Por eso los naturales cortaron e hicieron casi inaccesibles los tres puntos únicos por donde podían cruzar la altura, formando unas fortificaciones imperfectas que después sirvieron contra los Godos, y que últimamente perfeccionó contra los moros el Rey de Navarra D. Iñigo Arista, como D. Sancho mandó edificar más tarde el Castillo y Plaza fuerte de Laguardia sobre las ruinas de otro más antiguo –pág. 361-que había en la altura o pueblo antiquísimo llamado Biaisteri.

Todos estos castillos defendían las regiones altas y bajas de la Sosierra; y en tiempo de los Reyes de Navarra, en 1293, me parece haber leído que era Alcaide de Castro-toro Juan de Vidauvio.

Por entonces fue cuando el Rey D. Teobaldo restauró estos tres Castillos. D. Juan Martínez de Medrano tenía el Castillo de Assa por el mismo Rey, pero no recuerdo nada del de Población, hasta que los tres antedichos entraron a formar parte de las fortalezas del Principado de Viana, al que fue incorporada la Villa de Laguardia con toda la Sosierra.»

«Cuando se hicieron las paces en 1437, entre Navarra y Castilla y se devolvió Laguardia, que estaba en poder de los Castellanos, fueron restituidos a Navarra los Castillos de Toro, Herrera, Población y Tolonio[1].

Después ya no se habla más de ellos hasta el año 1499, en que los Navarros los reclamaban de los Reyes Católicos; pero ya pertenecía Laguardia, a la provincia de Álava y nada pudieron conseguir de los Señores de esta tierra exenta.

Por eso no se dice haber sido demolidos en 1516 cuando se destruyeron muchos de los de Navarra; más lo que no hizo por entonces la piqueta, se encomendó al tiempo y al abandono que convirtieron en ruinas estas antiguas fortaleza, baluarte importantísimo de aquellas regiones y de la Sosierra contra todas las invasiones extranjeras”.

Y D. Sandalio, con el P. Nazario, el Sr. Abad y algunos otros más inclinados a la grata conversación, eligieron un roble frondosísimo, bajo de cuyas ramas se fueron reuniendo todas las personas ilustradas de la romería, esperando oír la tradición o leyenda que el Monje habla prometido contar a D. Sandalio y de la cual había este corrido la voz entre los que tenían estas aficiones.

Poco se hizo de rogar el Bibliotecario de San Millán de la Cogulla; y a las primeras indicaciones, procuró corresponder a la amistosa acogida que había recibido de los cofrades todos de San –pág. 363-Cristóbal, dando principio a la relación que sigue:

 —«Antiguamente, dijo, hubo entre Nájera y Briones, en el llano que hoy se llama «Valpierre» una gran batalla, ganada por D. Pedro el Cruel contra su hermano D. Enrique de Trastamara, que se disputaban la corona de Castilla.

Un general del Rey vencido huyó a la parte de acá del Ebro; y pasando con parte de los suyos el puente, que hoy llaman las gentes «de Mantible» lo cortó para que no le persiguiesen. En cuanto los fugitivos se vieron en la Sosierra volvieron a ordenarse; y puesto a su frente el jefe que los mandaba, tomaron el camino que conduce por Laguardia a San Vicente.

Pero uno de los dispersos se hizo el rezagado y, ocultándose entre los árboles de la orilla del Ebro, se disfrazó con un traje completo de peregrino que sacó de la mochila, tirando al Ebro envuelto en una piedra todo su traje de soldado y tomando la dirección opuesta hacia Viana, en cuya ciudad entró al anochecer.

Pasó la noche en uno de sus mesones, y a la mañana siguiente se metió muy de madrugada y cautelosamente en el barrio de Torreviento[2], o sea en la Judería, en donde tenía parientes y amigos que le recibieron gozosos, porque era... nada... menos... que... el Rabí de los Judíos de Tudela que, perseguido por el Gobernador de la ciudad, por haber muerto, con otros de su raza, a un niño que azotaron hasta hacerle expirar, huyó a Francia; y para poder venir otra vez se enganchó en las compañías blancas de D. Enrique previniéndose con el traje de peregrino de que se sirvió para meterse entre los suyos.- pág. 364-

 Desfigurado el joven Israelita con una barba blanca y fingiendo encorbado los años que no tenía, vivió algunos meses comerciando y confundido con los demás Judíos; pero llego un día en que el diablo quiso tirar de la manta, y cuando el Rabí sacó a la plaza sus mercancías que colocaba sobre unos tableros, se pusieron dos mujeres a reñir tan cerca, que se vio obligado a interponerse para defender sus cachivaches: en tal estado, una de las contendientes, con el calor de sus interjecciones, dichos y manoteos, llegó a enganchar en uno de sus dedos la postiza barba del desdichado Judío, que cediendo al brusco tirón, sirvió de aparatoso trofeo a la navarra, de risa y palmoteo a la concurrencia y de... terror inexplicable al Rabí, que se escurrió como pudo, saliendo de Viana en la oscuridad de la noche más que de prisa, y sin atreverse a mirar atrás, por creer en su persecución a todos los Alguaciles, Merinos y Sayones de Navarra.

Provisto el desbarbado Judío de otros mostachos más blancos y poblados y envuelto en su traje de peregrino, cruzó por entre breñas y maleza las dos leguas y media que hay desde Viana hasta el despoblado de Assa[3], en donde hubiera descansando de buena gana; pero el recuerdo de los peligros de la derrota aumentó sus terrores, y se internó por la senda misma que habían seguido los blancos en las cañadas de la Sosierra hasta llegar a una Granja de labor que los Monjes (no se sabe si de Santa María de Laguardia o de Nájera) tenían en aquellos tiempos en el valle de las viñas en la jurisdicción riverana de Laguardia. –pág. 365-

Ya en las puertas de la casería, llamó el disfrazado Rabí con fuertes aldabazos[4] que despertaron a los criados; y habiéndose extraviado caminante, fue conducido a la habitación destinada a dar hospitalidad a los muchos peregrinos y viajeros que transitaban por aquel camino desde la cortadura del puente acostándose tras de una ligera cena.

A la mañana siguiente se presentó al Monje Mayordomo, suplicándole entre lágrimas le permitiese descansar algunos días, pues venía muy estropeado del largo y penoso viaje que traía desde las montañas de Jaca, para poderlo continuar hasta Santiago de Galicia, adonde se dirigía »en peregrinación». Bastaron estas indicaciones para que el Monje accediese a su ruego, con gran satisfacción y oculto gozo del Judío hipócrita, que solo quería alejarse todo el tiempo posible de los lugares y pueblos de mucho vecindario.

Muy pocos días hablan trascurrido después de su llegada, cuando ya supo el astuto Rabí captarse la amistad de las gentes y criados de la Granja, aparentando un carácter humilde, modales afables y sobre todo muchos conocimientos de ganadería, árboles y plantas de todas clases. Y para acabar de adquirir la confianza más grande en la comarca, tuvo el acierto de curar radicalmente al Mayordomo una llaga inveterada que le molestaba en un brazo. Así es que, al manifestar el fingido Peregrino algún deseo de continuar su viaje, el Monje le instó a que descansara una temporada más en su compañía. Al principio – pág. 366- opuso algunas dificultades, más al fin accedió a los deseos del Mayordomo que eran idénticos a los suyos, aunque bien disimulados.

La curación de la llaga hizo mucho ruido en aquella rivera llena de caserías; y el Peregrino de los Monjes era el Curandero de la comarca, llegando a tener en la Sosierra fama grande por sus grandes conocimientos de las virtudes medicinales de las flores, yerbas y arbustos, de que estaba plagado entonces el país…

Y sucedió que, en una pequeña altura de la parte del oriente, cerca de la Granja de los Monjes, se alzaba un vasto edificio con todas las dependencias necesarias para elaborar y conservar el aceite y vino que producían las muchas viñas y extensos olivares que la rodeaban. Una larga senda bordeada de frondosos y lozanos guindos, cerezos, higueras, ciruelos, almendros y melocotones daba entrada desde el límite de la rica posesión hasta la puerta del edificio cubierto con su capuchón cruzaba el disfrazado Rabí esta senda para resguardarse del roció de la mañana; y al llegar al dintel de la casa, fue recibido por un criado, que cruzó con él algunas significativas miradas y le condujo directamente a una alcoba, en la cual se hallaba postrada en ama una hermosa joven, pero más pálida que la misma cera.

El fingido Peregrino le hizo varias preguntas y muchas visitas; le dio diferentes infusiones y cocimientos de las yerbas y arbustos de aquellas laderas y coteros[5], qué él mismo cogía acompañado del sirviente que le recibió, que estaba siempre presente a las visitas del curandero –pág. 367- y con quien este tenía largas conferencias. Y al cabo de algunas semanas volvieron a aparecer en las mejillas de la joven los carmíneos colores de la rosa de Mayo.

Informado minuciosamente el Rabí-curandero por el criado, judío como él, de que su joven enferma era hija única de un rico converso de Laguardia, y fascinado a la vez por la belleza de su encantadora asistida, concibió el criminal proyecto de seducirla o, si no era posible, de robarla. Para lo cual contaba con la traidora ayuda del infiel criado. La hermosa joven solía dar algunos paseos acompañada de su curandero, de cuya blanca barba nadie tenía motivo de desconfiar; hasta que una tarde, aprovechando la soledad, se descubrió a la joven declarándole con vehemencia su pasión.

Sorprendida de pronto al ver gallardo mancebo al que había creído encorbado anciano no supo que contestar; más un tanto repuesta, rechazó con firmeza y dignidad sus proposiciones. Había tenido una madre que, aunque hija también de conversos, fue muy piadosa y le dio una educación sólidamente cristiana. El mal éxito de este primer paso no hubiera desalentado al joven Rabí, sin la temprana visita del criado (su cómplice), a quien su Señor mandaba para despedir al Curandero y pagarle con generosidad la asistencia de su hija: pero furioso y desesperado con este incidente, se entregó arrebatado a la pronta ejecución de su segundo plan. Con este fin repitió grandes ofrecimiento sal criado judío; y de acuerdo con él pág. 368-

Después que oscureció y que toda la casa se había entregado al descanso, entró silencioso en la habitación del infame sirviente del rico converso.

Dirigiéndose los dos Israelitas al conocido dormitorio de la joven pensaban arrebatarla y llevársela a la Judería de Estella, para lo cual tenía preparadas dos magníficas mulas de la Granja del converso. Una vez puesta en seguridad, se le anunciaría a su Padre (ocultándole el paradero), que no pudiendo soportar la pérdida de su hija única, condescendería a las exigencias del Rabí de Tudela, que se verla dueño de la joven y de sus grandes riquezas.

Todo se hubiera verificado conforme al criminal proyecto; pero quiso la Divina Providencia velar por la joven, cuyo padre, atacado de una ligera indisposición, tuvo necesidad de los cuidados de su hija precisamente en los mismos instantes en que los Judíos entraban sin luz en su vacío dormitorio. Desconcertados con la inesperada desaparición de su víctima, andaban de un lado para otro buscándola, cuando el Rabí, menos práctico, tropezó con uno de esos escritorios altos y pesados que tiró al suelo con estrépito grande y que hizo subir a todos los criados de casa, asustados y medio desnudos, y entrar en las habitaciones de su Señor... Entonces vieron cruzarlos pasadizos a dos hombres cubiertos con anchos capuchones y armados de largos y afilados puñales. Y los observaron, aterrados, salir al campo y... montar precipitadamente sobre las mulas, ¡desapareciendo entre las sombras de la noche!... Cuentan que, al verificarlo, distinguieron – pág. 369- la voz del Rabí y del criado Judío que gritaban con acento terrible. «¡Siempre dispersos!...¡siempre malditos!...»Y en su marcha veloz hacia la montaña del Norte iban trazando en la oscuridad como dos líneas fosfóricas los criminales Israelitas... y cruzaban valles, collados y bosques hasta metérsete unos picos altísimos debajo de la peña de San Tirso[6], internándose entre la fragosidad y espesura de aquellos montes en que se perdieron y separaron, sin poderse volver a reunir... porque se llamaban uno a otro con horrendos gritos y misteriosas voces que el eco repetía... una y…otra y... siete veces entre aquellos peñascos y sinuosidades, con tal ruido y confusión, que los soldados del castillo de Toro se asomaron alarmados a las almenas, pareciéndoles que oían a su lado clara y distintamente la palabra «a-ta-la-ya.»

Los Pastores que velaban su ganado en la falda de la montaña añadían: que, después de oír terribles gritos, habían visto, a las doce de la noche, que por las crestas del monte cruzaba una llama grande, como torbellino de fuego... entre cuya claridad amarillenta se distinguía un Fantasma, con un gran capuchón y montado en una mula: que, parándose en lo más alto del castillo de Toro, habla gritado desaforadamente ¡a-ta-laya!... desapareciendo al poco rato.

Y por último, decían también «que a las doce en punto del día siguiente habían observado, en el pico más alto de todos los riscos de la montaña, la sombra del Fantasma del capuchón sobre la mula».

Desde entonces es cuando debe llamarse pág. 370- “la peña de la atalaya» al sitio en que hemos estado esta mañana.

Y los labradores, añadió D. Sandalio, de todos los pueblos de la Sosierra y aún de la parte de allá del Ebro dejan el trabajo para ir a comer, en cuanto advierten que se ha formado la figura de lo que ellos llaman «un Fraile con capucha sobre una mula» en la que también debe llamarse desde ese suceso «la peña de la sombra.»

— ¿Y no dicen algo más los apuntes sobre los israelitas de Laguardia?

—En otros papeles, que tratan de las dos veces en que fueron casi destruidos en la mayor parte de las poblaciones de Navarra, he visto, contestó el P. Nazario «que los Judíos de Laguardia se hablan convertido a la religión cristiana,» y por eso sin duda no se hace mención en la historia de los de esta Villa en aquellas dos terribles ocasiones.

Entre las gentes de Laguardia se conserva tradición «de que eran muy ricos, y que tenían su enterramiento al pie de la colina en que está situada la Villa y en cuya parte oriental hay un término que llaman «los Siserios» adulterado»de «los Osarios.» Al principio de este siglo se encontraron varios sepulcros de piedra en aquella parte y hacia la mitad de la cuesta: lo mismo sucedió cuando se subió o trajo al pueblo, la primera vez, la fuente de San Bartolomé al tiempo de colocar la cañería; con la circunstancia de que todos los sepulcros miraban al oriente, y algunos estaban colocados derechos en la cortadura o pendiente del terreno.

Tan curiosa y agradable conversación tuvo – pág. 371- entretenidos la tarde entera a todos aquellos Señores, y de tal modo, que fue necesario suspenderla para irse preparando al regreso a la Villa, que hicieron en la misma forma de la salida, dirigiéndose después cada uno desde la plaza a su casa.

FUENTE

Martínez Ballesteros, Miguel. El Libro de la Guardia, 1874, (Burgos, Imprenta Católica, 1887)

 

NOTAS

[1] Tolonio: Toloño.

[2]   Ana María López Álvarez, Ricardo Izquierdo Benito,  Juderías y sinagogas de la Sefarad Medieval, Universidad de Castilla La Mancha,  2003

[3] ASSA. [ASA, AUSA, ACXA, DAUSSA]. Lugar del municipio de Lanciego, p. jud. de Laguardia (Alav). Está situado en la orilla ... A comienzos del s. xix Assa era un despoblado perteneciente al municipio de Lapuebla de la Barca (Enciclopedia general ilustrada del Pai´s Vasco, San Sebastián, Auñamendi, Estornes Lasa Hnos, 1971, pág.151)

[4] Golpes de la aldaba de la puerta.

[5] Cotero, otero.

[6] Situada al lado de Calahorra según Pascual Madoz, Diccionario Geográfico, Literario-Tipográfico de P. Madoz y L. Sagasti, 1847, pág. 159-