DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Tradiciones y recuerdos de Toledo /  Edición: 3ª ed. corr. y aum. Toledo : Imprenta, Librería y Encuadernación de Menor Hermanos, 1888. 

Acontecimientos
Invasión francesa
Personajes
Napoleón
Enlaces

LOCALIZACIÓN

TOLEDO

Valoración Media: / 5

LA PIEDRA BLANCA DEL CRISTO DE LA LUZ

I

La ermita que con el título de esta imagen existe en la ciudad imperial se encuentra próxima a una de las puertas de la antigua muralla; puerta que se nomina Agilana de Valmardón y de la Cruz. Su aspecto exterior es sencillo. Rodéanla empinadas cuestas empedradas con pequeños cantos rodados y angostas aceras, como el resto de la capital. A dos pasos de la puerta de la ermita, y al frente de ella, hay en el empedrado una losa que destaca entre los demás cantos por su tamaño y su color. Es la piedra que, según la tradición, cubrió la venerada imagen del Cristo de la Luz cuando, herida por los judíos Sacao y Ahisaín, la ocultaron en la plaza de Valdecaleros, donde los cristianos fueron a recuperarla mediante imponente motín; es la piedra sobre que arrodilló el caballo que montaba D. Alfonso VI al llegar en frente en la ermita del Santo Cristo, el día de su entrada triunfal en la ciudad el año 1085.

Esta piedra blanca, cuidadosamente conservada por los de Toledo, ha sufrido repetidas veces las iras de los enemigos de la religión y de las tradiciones. Más de una ocasión trataron los árabes de arrancarla con todo sigilo del pavimento donde se encuentra engastada, y a principios de nuestro siglo dio motivo a un episodio curioso que narramos a continuación

II

Cuando las destructoras falanges de Napoleón — 39 —invadieron nuestra península y sentaron sus reales en Toledo, posesionándose del Alcázar, del Castillo de San Servando y de cuantos monasterios había capaces de prestar alojamiento, ocurrióles a dos oficiales del intruso rey salir a reconocer la ciudad una noche oscura como de invierno y fría cual las que se sienten aún en nuestros días. Acertaron a cruzar por cerca de la ermita de la histórica imagen y sintieron conatos de saber lo que en aquel templo había y lo que significaba aquella piedra que rompiendo la armonía de los cantos rodados rojos y plomizos, entre ellos descollaba. Un pequeñuelo que a la sazón por allí discurría con el fin de llevar a su mansión algún que otro comestible, se vio sorprendido por los oficiales franceses que con modales bruscos le exigieron satisficiera su curiosidad.

—Esta iglesia— dijo el niño— es la del Cristo de la Luz, el que hirieron los judíos, y el que luego encontró el rey Alfonso alumbrado por una luz, y esta piedra blanca es donde el caballo del rey se arrodilló al pasar por delante de la ermita.

Dicho lo que antecede, continuó el pequeño su marcha sin ser nuevamente molestado. Los dos oficiales del rey José entablaron entonces animado diálogo que a su parecer nadie escuchaba.

—¿Has oído al niño?— dijo el uno— en España todo es superstición.

—Si no lo viera no lo creía— repuso el otro.

—Aquí hay que concluir con todo— dijo el primero— hay que imponer leyes, costumbres, creencias todo.

—Tal creo, y juzgo que esta tarea no es para un día replicó el colega.

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—Dánme ideas de arrancar esta piedra blanca con la espada— murmuró el primero.

—Arranquémosla para que no sea más motivo de creencias falsas— indicó el otro.

Interrumpió su diálogo un hombre del pueblo, que apareciendo de súbito, navaja en mano, les contestó con voz aguardentosa y grave.

—Si son quien, veámoslo— les dijo, y puesto en la arrollada de la calle les enseñaba su arma punzante. Desenvainaron los oficiales sus espadas, y cuando el toledano se acercaba a ellos decidido a morir matando, los militares a una, pusieron pies en polvorosa, dejando dueño de la calle al paleto, que les gritaba:

— Aquí está y estará la piedra blanca del Cristo de la Luz.