DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

De Llanes a Covadonga. Excursión geográfico-pintoresca. Ilustraciones de Carcedo, Madrid, El Progreso Editorial, 1893. Reeditado por El Oriente de Asturias, Llanes, 1993, Temas Llanes nº63, págs. 104-106.

Acontecimientos
Fundación del monasterio de San Antolín de Bedón gracias a la aparición milagrosa de un jabalí que conduce al conde Muñazán hasta una cueva iluminada por intervención divina
Personajes
Conde Muñazán, su séquito, jabalí milagroso
Enlaces

LOCALIZACIÓN

LLANES

Valoración Media: / 5

        Cuéntase, señores —y va de leyenda—, que por los años de  mil y tantos habitaba en uno de los pueblos comarcanos (1) un distinguido personaje a quien como a todos los de su tiempo podía aplicársele aquello de “mis arreos (2) son las armas, mi descanso el pelear”, porque los cortos intervalos que les dejaba libres la constante ocupación de la guerra los empleaban en el no menos rudo y penoso trabajo de la montería (3).

        Gran señor era el conde Muñazán, nombre que, según unos, es contracción del de D. Munio Zan, y según otros, entre ellos Argaíz[1], del de D. Munio Rodríguez Can, tío materno del Cid. Su poderío era respetado en toda la comarca, su morada era de las más ostentosas de la región, sus peones (4) y jinetes de los más temidos, su cortejo de los más brillantes, sus jaurías de las más cuidadas y numerosas y sus empresas, tanto en la guerra como en la paz, de las más celebradas.

        Cuando se preparaba para el combate sus ejércitos cubiertos de lucientes armas, causaban envidia con sus reflejos y cambiantes (5), a la luz del sol.

        Cuando dejaba sus estados para la montería, los apuestos jinetes, las hermosas damas y todo el conjunto de halconeros, piqueros (6), guardas de jauría, ojeadores (7), escuderos y pajes semejaban el cortejo de un conde soberano.

        Hermoso fue el que le acompañaba el día a que nos referimos, en que a los primeros albores de la mañana todo hacía presumir un brillante resultado para la expedición venatoria (8).

        Grande era el estruendo que por aquellas montañas producían los cazadores; innumerables las reses (9) cobradas; sin cuento las pintadas aves que depositaban a los pies de las apuestas cazadoras, los amaestrados azores (10) y diestros halcones.

        Ya iba a oscurecer y cuando los cazadores se replegaban en el sitio convenido de antemano, acudiendo a las llamadas de los cuernos de caza los que más extraviados se encontraban, el conde Muñazán, que fatigado de la faena del día se retiraba hacia lo que podríamos llamar su cuartel condal (11), ve de cerca un corpulento jabalí que, como si nada temiese, se encara con el apuesto conde.

        Verlo este y, como el rayo, partir sobre la pieza, fue obra de un instante; pero el jabalí, como si obedeciera a una voluntad superior, apresurando unas veces el paso, retrasándolo otras para incitar, de este modo, más y más a su perseguidor tomó su acelerada fuga por las riberas del Bedón sin que, a pesar de la multitud de venablos y ballestas que le eran arrojados, ninguno hubiese logrado alcanzarle.

        Ya era la hora del crepúsculo cuando la fiera perseguida por el conde, a quien ya había perdido de vista su gente, llegó al paraje en que nos encontramos.

        La fiera buscaba en vano una salida para sustraerse de su perseguidor, y cuando el valeroso Muñazán parecía ya que iba a cobrar su presa codiciada, el jabalí, a quien un poder sobrenatural había hecho brotar súbitamente en su boca una candela encendida, cuyos vivos resplandores deslumbraron al conde, desapareció por una gruta, hasta entonces ignorada, dejando en ella una luz misteriosa como señal de su extraordinaria desaparición.

        El conde, como buen cristiano que era, conoció al punto que aquellos brillantes resplandores no podían ser otros que los de la fe cristiana, y que aquel prodigio era obra de la omnipotencia divina que designaba aquel sitio para asiento de una casa de oración y de retiro, resolviendo la inmediata fundación de este monasterio dedicándolo a San Antolín como abogado del fuego.

        Tan pronto como se vio rodeado de sus escuderos, volvió a reunirse con su cortejo que cambió el sobresalto que la inesperada y súbita desaparición del conde le causara, en las mayores muestras de regocijo y contento por haber permitido Dios que tan alegre día tuviera fin tan sobrenatural como venturoso.

        Análoga tradición tienen las iglesias de San Juan de la Peña, Santa María de Aguilar de Campoo y la de San Antolín de Palencia.

        El que en ella no crea, bástele saber que esta última iglesia le dedicó el rey D. Sancho el Mayor a San Antolín como abogado del fuego, que esta devoción se difundió por Asturias, como lo prueba la dedicación a dicho Santo de las de Bedón, Sotiello, Llera y Obona y que respecto de la que nos ocupa no existen documentos por haberse quemado las antiguas escrituras en el incendio que, según Argaíz, consumió el archivo del monasterio, que en las latinas que más modernas se conservan se llama Antoninus.

 

(1) comarcanos: próximos, en las inmediaciones

(2) arreos: accesorios, guarniciones

(3) montería: caza mayor

(4) peones: soldados de a pie

(5) cambiantes: visos, reflejos, tornasoles

(6) piqueros: soldados armados con picas

(7) ojeadores: los que ahuyentan la caza para que se encamine a donde están los cazadores

(8) venatoria: de caza

(9) reses: animales salvaje cuadrúpedos

(10) azores: aves rapaces de cetrería

(11) cuartel condal: lugar de acampada y alojamiento de sus tropas

 

 

[1] Soledad laureada de San Benito y sus hijos en las iglesias de España, Madrid, 1675 (bibliografía del autor)