DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Semanario Pintoresco Español, 1850, pp. 394-395.

Acontecimientos
Explicación del apelativo con que se conoce el cuadro de la Trinidad de Alonso Cano
Personajes
Alonso Cano, artista y racionero; padre Jerónimo; fraile guardián de San Diego
Enlaces

LOCALIZACIÓN

GRANADA

Valoración Media: / 5

El cuadro de la chanfaina

(Tradición)

 

        El 3 de marzo de 1660 caminaban de mañana, por el tristísimo carril que conduce al monasterio de la Cartuja granadina, un clérigo y un rapazuelo que jadeaba abrumado con el peso de un lienzo de dimensiones colosales.

        Allá, enjuto, aguileño de rostro y fiero en la mirada, era el clérigo: sus manteos derrotados tenían un color medio entre la aceituna de agua y el ala de la moscarda; su porte parecía de soldado, su andar elegante y su compostura de hombre de elevadas acciones. Tan extraño conjunto se comprende revelando el nombre del clérigo, que no era otro sino Alonso Cano, insigne pintor y escultor, famoso entre naturales y extranjeros.

        —Vamos, Juan, que preciso es hablar con el P. Gerónimo antes de que pruebe un bocado, pues se pone intratable a los postres. Poco resta, hijo mío, con que ánimo, valiente.

        Esto decía para alentar al jovenzuelo, con tan paternal acento, que, a pesar de su arrugado entrecejo y excéntrica catadura, bien demostraba, a su pesar, un hermoso y caritativo corazón al través de sus rudas maneras.

        Apretó el paso el aprendiz, y llegaron amo y mozo a la portería, que les fue franqueada por un barbudo donado.

        Atravesaron el compás melancólico, poblado de cipreses y madreselvas, y dejando a un lado la iglesia, que por aquellos tiempos no se había concluido, penetraron en el claustrillo gótico labrado por los primitivos fundadores. Con silenciosa cortesanía los recibió un monje, en cuyo rostro demacrado revelábase la abstinencia y el ascetismo más severos, y Cano mientras, díjole con acento extasiado y estrechándole la enjuta mano:

      —¡Bien purgáis, capitán, vuestras locuras!

     —¡Morir tenemos! contestó con tono reposado, pero terrible, el monje, despertando como herido por aquel mundano recuerdo, de sus pasadas aventuras.

     —Sí, encomendadme a Dios, que gratas le serán las oraciones de su arrepentido y valiente corazón.

        Abrióse a este punto delante de los tres la puerta de la celda del P. Jerónimo: el convertido capitán se inclinó sin mirar al pintor, y retiróse.

        Alonso Cano penetró en la habitación que le franqueaban, y colocó su cuadro a buena luz con la coquetería de los artistas, descorrió el lienzo blanco que cubría la pintura y, sin más preámbulos, dijo al reverendísimo:

        —Veamos qué le parece a vuestra merced.

        Era el P. Jerónimo un monje con puntos y collar de mundano.

        Administraba los bienes de la comunidad, tenía el derecho de salir a la ciudad, y de hablar con todos, y sin duda, por el trato o por otras razones que el cronista ignora, había engordado tan desmesuradamente, y tan colorados eran sus mofletes, tan anchos y curtidos, que más parecía flamenco bebedor que ascético eremita; sus hábitos blanquísimos y su cabeza rapada, daban a lo chiquito de su figura cierta semejanza con un bote de pomada.

        —Bien, señor racionero, aunque dejadme poner las anteojeras. Dijo el padre, y sacó una caja enorme de plata, y de ella unos anteojos con aro dorado, que más parecían dos cedazos de tahona. Colocóselos sobre las abultadas y romas narices, acompañando la operación con un sordo gruñido, y se puso a contemplar la obra del artista.

        Representaba la pintura el sagrado misterio de la Trinidad. Entre fúlgidos celajes de oro, púrpura y topacios, entre resplandores vivísimos y agradables como la claridad del alba, estaba el padre con el grave y sublime continente del Creador del mundo, del Uno eterno, indivisible, sin principio ni fin su rostro y su mirar, más sublime que los del Júpiter de Fidias, revelaban la purísima y ardiente inspiración cristiana, del hombre del espíritu y no de la forma. Entre sus brazos estaba el Hijo de Dios, Cristo, desnudo y manifestando en los llagados miembros humanos las huellas que en su santísimo cuerpo habían dejado las impías manos de aquellos a quienes había venido a redimir a este valle de lágrimas. El Espíritu Santo con la vívida lumbre de su amor iluminaba la figura del Padre y del Hijo, y como que los rodeaba con una aureola de fuego, que partía de su corazón de paloma blanquísima.

Era una obra acabada como las del Creador por esencia, y al verla por mano de hombre trazada, era preciso exclamar: “Cierto que el espíritu del hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios.”

        Mas nuestro reverendísimo cartujo, después de mirar y remirar, refunfuñó no muy conforme con nuestras opiniones.

        —¡Bien! ¡phs! Bien; pero yo hubiera puesto más almagre en las nubes, y hubiera pintado mayor al Espíritu Santo.

        —Sí, a vuestra merced le gustan grandes las palomas, y sobre todo para la mesa; dijo Cano con aire sarcástico y lastimado, al ver tan mal comprendido su grandioso pensamiento.

        —¡Oh! Sí, las aves todas deben ser cebadas; pero a nosotros nos las prohíbe la regla, y dio un suspiro al proferir la última palabra el monje.

        —Ello, en fin, como está ¿os acomoda? porque jamás retoco mis obras, repuso el pintor.

        —No se irrite vuestra merced, que más ven cuatro ojos que no dos. ¿Y cuánto vale su cuadro?

        —Dos mil pesos, y diez ducados que daréis de propina a este mi aprendiz.

        —¡Dos mil pesos! ¡Voto va! … y se mordió el padre los labios por no echarlo redondo; y con diez ducados de coleta, o post scriptum;  pues no cuesta tanto el mantener un mes a la comunidad, aunque el señor Arzobispo venga a comer los cuatro jueves.

        —Dígoos, P. Jerónimo, contestó colérico y desencajado el bilioso pintor, que soy el mayor de los mentecatos cuando sufro que taséis mis obras como si fuesen jamones alpujarreños, o serón de peras guadiseñas. Juro por lo más sagrado que si no estuviérais ordenado, y yo con estas hopalandas, habíais de pagarme cara tal demasía. —Encubre, Juan, la pintura, y vamos con ella a casa, que no es digno de la gran imagen de Dios, quien tan mal comprende.

        —Sosiéguese el señor racionero, que le daré hasta mil y quinientos pesos, y un ducado para el portador con tal que no se vaya descontento; pues algo ha de quedar para el pintor del convento, que más que os pese, le dará un toquecito de rojo a esas nubes, para su perfección.

        Oír tal sacrilegio artístico, y revolverse como un león Alonso Cano hacia el obeso clérigo, obra fue de un punto; mas contúvose, y —395— contentóse con arrojar tan tremenda mirada sobre aquella mole de carne, que el buen P. Jerónimo se embebió en el anchuroso sillón de baqueta, con la misma timidez que si hubiese sentido venir sobre su pecho dos furiosas puñaladas.

        —Razón en vuestra cólera tenéis, porque el cuadro es hermosísimo, pero aplacaos un tanto, que el padre vendrá a la razón. Esto dijo un fraile remendado, guardián de San Diego, que al caso allí se encontraba, y con tal dulzura que el racionero se sintió desarmado y repúsole con cariño:

        —Perdonad, reverendísimo; pero cosas se han razonado aquí, que más debieran ser asunto de espadas que de lengua.

Y comenzó sin reparo a envolver su cuadro dando la espalda al prosaico monje.

        —Dejadme que acabe de contemplarle; no todos pensamos como el P. Jerónimo: cada figura, cada nubecilla, cada pincelada es un tesoro de bellezas, dijo el fraile modesto de San Diego.

        Alonso Cano apartó la cubierta y observó, no sin complacencia, que el guardián se había colocado en el mejor punto de vista.

        —¡Oh sí! exclamó con entusiasmo el fraile, después de una larga contemplación; habéis comprendido la divina elevación del profundo misterio de la Trinidad; así le comprendieron los padres; así tal vez creyó adivinarla la filosofía pagana de Platón. Esa es la luz, el fuego del Amor, la Omnipotencia, la Sabiduría. Obras tan grandes no tienen precio. ¡Quisiera poder ser rico como un emperador romano, para vaciar mis tesoros en vuestras arcas! Colocaría después ese cuadro en el modesto altar de mi convento, y allí las almas de los fieles se elevarían ante esa imagen altísima de la Celestial Trinidad. Extasiado y enaltecido de noble orgullo oyó el pintor estas palabras, que partieron de un varón en aquellos tiempos célebre por su ardor en la fe, por su meditada sabiduría y su religioso fervor, y reflexionando un rato, dijo con jocosa solemnidad:         

    —También podéis darme, padre reverendísimo, algo que yo aprecio en más que el dinero, y seréis dueño de colocar ese cuadro en el altar de San Diego.

     —Decid.

     —La economía del pobre es más a mis ojos, que la hacienda espléndida del rico.

     —Economías no tenemos, señor, los que vivimos de la pública caridad, y partimos con los mendigos nuestro pan; contestó humildemente el guardián de San Diego.

    —¿Pero al menos, no podríais darme hoy un plato de chanfaina para comer?

     —Sí, señor racionero, que no es viernes, y para todo el convento se guisa.

    —Pues tomad ese cuadro, que ya es vuestro, y acompañadme al convento, que allí cobraré el precio sentado en la mesa del refectorio.

      Dudó al principio el guardián de la sinceridad de tan extraño contrato; pero en los ojos del racionero Cano vio pintada la franca generosidad de un artista, y se apresuró a mostrarle su agradecimiento.

     —Fuera bernardinas, señor Alonso, os daré los dos mil pesos, dijo algo turbado el P. Jerónimo, cuya codicia se había despertado con los elogios del fraile.

    —Guardadlos enhorabuena para engordar a la comunidad, si es tan poco ascética como vuestra paternidad, y callo … por no traspasar el antemural del decoro que mi cólera combate desesperada. —Vamos, padre guardián.

   —Hijo, añadió dirigiéndose a Juan, ve a casa y que vendan ese dibujo para el gasto de hoy, que yo haré mi comida con los frailes de San Diego.

   Dicho esto, se asentó a una mesa, trazó con la pluma la más picante caricatura que verse puede, donde se retrataba al buen P. Jerónimo con el parecido de dos cosas iguales entre sí, y salió sin despedirse del monasterio de la Cartuja.

  Quince días después, se celebraba una fiesta en San Diego para inaugurar un famosísimo cuadro de la Trinidad, que acababa de colocarse en el altar mayor. Asistieron todas las personas de valía que por entonces ennoblecían a Granada; predicó el Padre Guardián un elocuentísimo sermón, y de boca en boca corría la historia que acabamos de referir, ensalzando todos la generosidad del racionero Alonso Cano.

  Desde entonces, aquella pintura que se había vendido por un plato de asadura condimentada, se llamó el cuadro de la chanfaina, y hasta nuestros días ha conservado su nombre.

  El P. Jerónimo sufrió tal sofocón de envidia al ver en otro convento tan riquísima alhaja, que murió de una apoplejía fulminante, aunque otros atribuyen su horrible fin a una cazuela de arroz con atún: sea de ello lo que quiera, a nuestra honra cumple manifestar entrambas opiniones (1).

 

José GIMÉNEZ SERRANO

 

El cuadro, origen de esta tradición, se trasladó al Museo provincial cuando la extinción de los conventos, y de allí fue robado durante un baile de máscaras. Ahora, esta beldad de España adornará alguna galería extranjera.

 

1. Compás. 3. m. Atrio o lonja de una iglesia o convento. (Diccionario de la lengua española, RAE).

2. Bernardinas. Fanfarronadas.