DESCUBRE LEYENDAS

Legendario Literario Hispánico del siglo XIX

Proyecto I+D Ministerio de Economía y Competitividad FFI 2013-43241R

Publicación

Recuerdos de un viaje por España, Madrid, Mellado, 1849.pp. 68-72.

Acontecimientos
Todo lo puede el amor
Personajes
Don Juan, Doña Ana y Fernando
Enlaces
Olmedo
Lope de Vega, El caballero de Olmedo (1620)
Rada y Delgado, Juan de Dios. “El caballero de Olmedo”, El Museo universal, núm. 33, 15 agosto de 1869, p. 203.
“El caballero de Olmedo”, Revista contemporánea, vol. 107, 1897 p. 87
Gómez de la Serna, Ramón« El Caballero de Olmedo » « Revista Cubana » 1940 tomo XIV, 38 y 39

LOCALIZACIÓN

OLMEDO

Valoración Media: / 5

El caballero de Olmedo

Al parar nuestra silla de posta en la fonda de Valladolid, había varias personas a la puerta, como acontece siempre en tales casos. Mauricio se apeó primero, y cuando yo lo iba a hacer, quedé sorprendido viendo que uno de aquellos curiosos se había colgado del cuello de mi amigo, y lo abrazaba con toda la vehemencia y toda la fusión de un castellano viejo.

 –¡Qué alto y qué buen chico estás! Mauricio, le decía.... hecho un hombre enteramente! ...

 —Ya ves, como que tengo veinte y seis años, replicaba mi amigo. Tú también estás bueno. ¿Y la Antonia? ¿Y los niños?

—Famosos todos; ahora los verás...

 —¿Cómo ahora? ¿Están aquí?

 —No, por cierto; están en Medina, pero supongo que te vendrás en seguida.

—No puede ser, viajo en compañía de este amigo… Mauricio me señalaba a mí que ya me había bajado del carruaje.

 —Se vendrá con nosotros; tus amigos son nuestros...

—Pero traemos una jornada en el cuerpo, y es preciso descansar.

—En hora buena; no nos iremos ahora, pero nos iremos mañana.

—Eso es más razonable, replicó Mauricio, y entramos en el parador.

Los mozos habían apeado el equipaje, y lo conducen a la habitación que nos destinaron en la fonda, a la cual nos siguió impertérrito el desconocido. Este, según pude averiguar pasados los primeros momentos de fusión, era nada menos que un cuñado de Mauricio, que vivía con su familia en Medina del Campo. Mi amigo le había escrito dándole noticia de nuestro viaje a Valladolid y el hombre se había ido a esperamos resuelto a llevarnos a su casa a todo trance, pues hacía ya doce años, desde que se vino a Madrid a estudiar, que Mauricio no había visto a su hermana. La pretensión me pareció justa, y convinimos en trasladamos a Medina al siguiente día por la mañana, como en efecto lo hicimos. Dejo a la consideración de los lectores las muestras de regocijo de ambos hermanos y el acompañamiento de caricias de tres sobrinos, hermosos como ángeles, así como las atenciones de que seríamos objeto en una casa de más que medianas comodidades, y entre una familia modelo de virtudes y digna del mayor aprecio, aun sin la recomendable circunstancia de ser la familia de mi amigo. Si alguno quiere hallar todavía restos de nuestras antiguas costumbres patriarcales, si quiere gozar de aquella tranquilidad de espíritu y de conciencia, que formaba la dicha de nuestros antepasados, y que por desgracia ha huido de nuestra sociedad egoísta y positiva, que vaya a Medina a casa de la hermana de Mauricio, donde encontrará reunidas todas las felicidades y todos los encantos de la vida; no de esa vida de goces mundanos y efímeros, sino de la que eleva el alma a su origen divino, de la que abre el corazón a todas las sensaciones dulces, y lo predispone a la práctica de las acciones loables. Ocho días que pasamos con la familia de mi amigo han dejado en mi memoria un eteno recuerdo.

La villa de Medina del Campo ofrece muy poco alimento a la curiosidad del viajero; el hospital general, el magnífico edificio de las carnicerías, las lagunas de agua salada, el castillo de la Mota, y los restos del antiguo canal o acequia, son cosas que se ven al instante; sin embargo, hay unida a esta acequia una tradición, que voy a contar en seguida, porque presumo no desagradará del todo a mis lectores, y mucho menos a mis lectoras.

Por los años de 1193, después de la conquista de Granada, los Reyes Católicos se retiraron a Medina del Campo a disfrutar de la tranquilidad y descanso, que necesitaban tras tanto tiempo de guerras, en que sus armas vencedoras acabaron por plantar el estandarte de la cruz en los arabescos torreones de la Alhambra. Entre los apuestos guerreros que brillaban entonces en la corte, había uno a quien se designaba tan solamente con el nombre del Caballero de Olmedo, sin duda por ser natural de este pueblo. Era galán, valiente y de hermosa figura, de modo que así los hombres como las mujeres tenían a don Juan de Maldonado por el tipo más completo de los bizarros caballeros de Castilla, en la época a que nos referimos.

Inútil es hablar de sus conquistas de amor, pues no había dama que no se creyese feliz con merecer sus obsequios; pero como el amor es caprichoso y el corazón no se manda, don Juan hizo lo que hacemos todos en iguales casos; se prendó apasionadamente de una viuda, que aunque joven, bella y rica, era acaso la única mujer que no se hallaba dispuesta a corresponderle, y se enamoró de ella quizás por esto mismo. En vano quiso ablandar su corazón con ruegos y finezas, la viuda cada vez se mostraba más insensible, y su inesperada repulsa y constante desdén solo servía para avivar la llama del despreciado galán. -65-

—Sois la mujer más ingrata del mundo, la dijo un día después de inútiles ruegos.

 —Tal vez tengáis razón, le contestó ella con frialdad.

—Pero ¿no sabéis que os amo como un loco, que no quiero apartarme de vuestro lado, que a nadie he amado como a vos, que mi libertad y mi vida os pertenecen?

 —Todo eso lo sé porque me lo habéis dicho; replicó la dama, pero ¿qué queréis que yo le haga? ¿Está en mi mano acaso el corresponderos?

—¿Pues en manos de quién está, señora? ¿No sois dueña de vuestras acciones?... ¿Hay algún rival oculto?.... ¡Oh! decídmelo, decídmelo al punto, y su vida o la mía decidirá la contienda.

—¿Estáis loco, don Juan? eso es un frenesí que el tiempo borrará. Seguid el consejo que os di el otro día; viajad, veréis otros países, veréis otras mujeres... ¡¡hay tantas en el mundo que valen más que yo!!...

—¿Queréis alejarme de vuestro lado?... Os estorbo.... Soy odioso a vuestros ojos...

—Yo no he dicho semejante cosa... os aconsejo lo que os conviene, y nada más.

—Permitidme, señora, que no siga el consejo.

—Haced lo que gustéis.

—¿Pero no puedo esperar que me améis nunca?

—¡Jamás! dijo ella con energía.

—¿Y por qué? ¡Decidme por qué al menos!

—Yo no lo sé, don Juan... porque es imposible que sea vuestra... tan imposible como el que las aguas del río Adaja pasen por Medina.

El caballero, que se había arrodillado a los pies de la viuda, se levantó de repente al oír estas palabras, y sus ojos brillaban de alegría, como si un pensamiento feliz lo iluminara.

—¿Y si las aguas del Adaja pasaran por Medina dentro de un año, seríais mía entonces, señora? dijo con voz pausada y tranquila.

Ella se sonrió como si aquella pregunta del caballero acabase de cerciorarla de que realmente estaba loco.

—¿Qué haríais, señora, prosiguió con vehemencia, seríais mía si las aguas del Adaja pasasen por Medina?

—Eso no es posible, replicó la viuda.

—Aunque no lo sea, contestad, señora, ¿me daríais vuestra mano?

—Bien, sí, os la daría, dijo la dama con visible deseo de poner fin por este medio una conferencia, que ya se la iba haciendo insoportable.

—Mirad lo que prometéis, señora: cuento con vuestra palabra...

—Jamás he faltado a ella.

—Pues en ese caso, adiós. Y en seguida desapareció presurosamente. La viuda quedó convencida de que realmente don Juan había perdido el juicio, y casi le tuvo lástima.

Once meses habían trascurrido ya sin que se hubiese vuelto a ver en Medina al -67-caballero de Olmedo, cuando de repente se presentó una tarde en casa de doña Ana, que así se llamaba la viuda.

—Señora, la dijo, va a cumplir un año que me ofrecisteis ser mi esposa el día que las aguas del Adaja pasasen por aquí...

—Pero don Juan, interrumpió la dama sonriendo, ¿no os habéis curado aun de vuestra locura?

 —Es muy cierto, señora, que estoy loco; pero es de amor por vos.

—Yo os lo agradezco mucho, pero...

 —No vayáis a pronunciar el anatema[1], exclamó con viveza don Juan. Me habéis dicho que el día que las aguas del Adaja pasasen por Medina seríais mía ¿No es verdad?

—Cierto que así lo dije.

 —Pues bien; ese día ha llegado ya.

—No os comprendo, don Juan, repuso la dama algo confusa.

 —Venid, señora, a esta ventana y me comprenderéis perfectamente. La viuda se dirigió maquinalmente a la ventana y abriéndola el caballero le rogó que fijase la vista en una hondonada entre el castillo y el pueblo.

—Pero yo no veo las aguas del Adaja pasar por Medina, dijo la dama.

—Tened un poco de paciencia, replicó don Juan. Y sacando un pito de plata tocó tres veces, y doña Ana oyó sonar a lo lejos la misma señal repetida de distancia en distancia hasta perderse en el espacio. Después esperaron como una media hora sin que interrumpiese el silencio que ambos guardaban más que la respiración un tanto agitada del caballero. Pasado este tiempo:

—¡Mirad! gritó don Juan señalando a la hondonada.

 —Yo no veo, mi querido mago, dijo la viuda con singular coquetería, mas que gente que se agolpa en tropel.

 —¿Y ahora? preguntó él fijando sus ojos radiantes de alegría en el bello rostro de la dama. Doña Ana le tendió la mano y mirándolo fijamente,

—Habéis vencido, don Juan, le dijo por toda respuesta.

En efecto, las aguas del río Adaja corrían al pie de la colina, en cuya cumbre se eleva el castillo construido en 1440, según se cree por Fernando Carreño, a quien las crónicas llaman el Obrero Mayor[2]. Cuando don Juan había oído decir a la viuda que era tan imposible que correspondiese a su amor como el que pasasen las aguas del río por el pueblo, y que si esto llegaba a suceder sería suya, concibió uno de esos proyectos gigantescos que solo un amante es capaz de llevará cabo. El río Adaja nace en la sierra de Ávila cerca de Villatoro, pasa por Ávila, Arévalo y Valdestillas y entra en el Duero por Aniago, después de 27 leguas de curso.

El caballero dispuso que se abriese una zanja en la parte occidental del río junto al puente de Palacios, que dista dos leguas  -67-de Medina, continuándola por un valle hasta venir a confluir con el río Zapardiel que riega otro extenso valle y baña los muros de la población.

 Conforme a este plan reunió mucha gente de Olmedo y lugares comarcanos, y les hizo trabajar siempre de noche y con tal tesón, que once meses bastaron para que dejase de existir el inconveniente que doña Ana creía insuperable. Tarde conoció esta su ligereza; pero comprometida de tal modo a dar su mano al caballero, le dijo aquel mismo día que estaba pronta a casarse cuando dispusiese.

Don Juan ansioso de recoger el fruto de sus afanes fijó la próxima fiesta de San Pedro, y aceptado el plazo por la dama, partió él para Olmedo a arreglar sus asuntos y disponer los preparativos de las bodas, que debían ser tan espléndidas y brillantes como las cualidades de ambos contrayentes requerían.

 Cuando doña Ana se vio sola mandó llamar a Fernando. Fernando era un hermoso paje de diez y ocho años que sabía tocar el laúd como el más hábil trovador de la corte, y que tenía, como todos los pajes de aquel tiempo, cabellos rubios, ojos azules y mejillas de color de rosa.

 —Fernando, le dijo la viuda, después que el paje se hubo sentado a su lado cariñosamente: ¿sabes que me voy a casar? El pajecillo dio un salto como si le mordiera una víbora.

—¿Con quién? preguntó el paje.

—Con don Juan de Maldonado.

 —¡Con el caballero de Olmedo, señora!....

— Con el caballero de Olmedo, paje.

—Eso es imposible.... queréis engañarme... Hace un año que lo despedisteis por impertinente, y aún recuerdo que al noticiármelo os regocijabais de haberos librado de su persecución. ¿Cómo queréis que crea yo hoy que le vais a dar la mano de esposa?

—Me ha comprometido a ello de una manera singular.

—No os comprendo, señora.

—Le dije que no sería suya mientras las aguas del Adaja no pasasen por Medina y...

 —¡Y el imbécil, replicó el paje de mal humor, se habrá gastado sus doblas en abrir un cauce al río!...

 —Así es en efecto; hace poco que las he visto correr por el valle desde esa ventana, y don Juan me ha recordado mi promesa.

—Me parece, bella señora, que sois un poco crédula, porque hace tiempo que se habla en la villa de esos trabajos hechos como por magia, y se aseguraba que era una sorpresa preparada por la reina Isabel para dotar a Medina de un canal de riego y aumentar su defensa en caso necesario.

—No, paje, es obra del caballero de Olmedo, solo para obtener mi mano, y yo se la voy a dar.

—¿Con que, es decir, que tenemos que separarnos para siempre? dijo el paje fijando sus ojos casi humedecidos de lágrimas en los de la viuda. -68-

—No hay remedio; si faltase a mi palabra se sabría en la corte, y...

—Pero cuando se quiere, señora, se encuentran recursos.

—Veamos uno, Fernando, replicó ella.

—Huir.... ¿es preciso que vivamos en Medina del Campo?

—¿Y no fuera mejor deshacernos de una vez del importuno, como nos deshicimos de....

El paje hizo un gesto de espanto, como si se le apareciese una sombra ensangrentada, y con acento humilde.

—Callad, señora, por Dios, dijo sin dejar a la viuda acabar la frase.

—Mira, Fernando, prosiguió doña Ana con horrible calma; yo daré a don Juan una cita para la víspera de su santo en la noche; tú le esperas emboscado en la callejuela a donde cae la puerta falsa del jardín, con media docena de hombres bien armados....

—Entiendo, señora, pero eso puede comprometernos. Además, yo no sé si tendré valor...

—En hora buena, dijo la dama casi con indiferencia. Me casaré con don Juan, y asunto concluido.

—¡Oh! eso nunca, exclamó con vehemencia el paje. Citad a ese hombre, y yo me encargo del resto.

Doña Ana escribió una carta al caballero, llamándolo la noche de San Juan a su jardín, y excusado es decir con cuánta ansia nuestro amante esperaría la deseada noche.

Llegó esta en efecto, y don Juan se dirigió a la hora convenida al sitio designado, seguido de su escudero, y con el corazón palpitando de gozo, como quien va a disfrutar de una dicha apetecida. Pero he aquí que un fuerte golpe que le dieron en el hombro izquierdo, le hizo descender de la elevada esfera de las ilusiones, al prosaico mundo de las cuchilladas a traición. Con la velocidad del rayo tiró de la espada, y rollado el ferreruelo[3] en el brazo, se puso de espaldas a la tapia; su escudero hizo lo mismo, y se trabó una lucha sangrienta y terrible. Al cabo de media hora de combate, dos de los agresores y el escudero de don Juan yacían muertos en el suelo, los demás habían huido, y solo uno persistía en pelear contra el caballero,  que acribillado de heridas se defendía bravamente, guarecido en el quicio de la puerta falsa del jardín de doña Ana, al extremo que logró desarmar a su contrario. A la luz de la luna, que aprecia por intervalos entre nubarrones, había podido observar que era muy joven, y le había interesado su fisonomía y su valor. Cuando la espada cayó al suelo,

—Os perdono la vida, le dijo, pero decidme ¿quién sois? ¿dónde habéis nacido? ¿por qué atentáis contra mí?

—Me llamo Fernando, replicó el otro, no tengo apellido, porque jamás conocía mi padre; nací en Olmedo, y después vine aquí con mi madre, que se llama Marta, y es el ama de llaves de doña Ana; yo soy su paje....

Antes que el joven hubiera acabado la frase, el caballero, cuya sangre corría -69- en abundancia por las heridas, cayó al suelo, y solo se le oyó pronunciar estas palabras.

—¡Marta! …¡que venga Marta!

El paje obedeciendo a un secreto impulso, abrió la puerta del jardín y dio un silbido, señal convenida para que acudiesen criados con luces; vinieron estos en efecto, y Marta con ellos; pero ya era tarde. Don Juan había dejado de existir. Al reconocerlo Marta dio un grito de espanto.

—¡Infeliz! exclamó dirigiendo una mirada terrible a su hijo... ¡¡Ese hombre era tu padre!!...

El paje huyó, sin que desde entonces se haya vuelto a saber su paradero; doña Ana entró en un convento, y al caballero lo sepultaron en el mismo jardín de la viuda, poniendo sobre la losa de su tumba estos malos versos:

Aquí murió quien de cortesía usó:

Quien pudiendo matar no mató.

 

Como desde entonces la población, que era muy grande, pues algunos historiadores suponen que llegó a tener 14,000 vecinos, ha decrecido al extremo de no contar hoy ni aun mil, la casa de doña Ana ha desaparecido del todo, y ni aún se conservan restos del sepulcro de don Juan, cuya losa con la inscripción que he citado. Me dijeron que ha existido hasta hace muy poco tiempo.

El río Adaja no corrió más que tres días por Medina del Campo; suponen que el diablo obstruyó la zanja con unos pellejos llenos de viento, no se sabe por qué causa. El hecho es, que la acequia  o canal, llamado actualmente la Cava, está completamente cegado.

La trágica muerte de don Juan, se hizo tan popular en Castilla, que dio asunto para infinidad de cantares y de romances. Uno de ellos, que inserta el romancero español, concluye de este modo:

Desde entonces le cantaron
Los zagalas al pandero,
Los mancebos por las calles
Las damas al instrumento
Por la noche le mataron al caballero
La gala de Medina, la flor de Castilla.

Tal es la tradición del caballero de Olmedo, según se refiere en Medina del Campo, y en algunos otros pueblos de Castilla.

 

[1] Anatema: 2. m. Maldición, imprecación. (Diccionario de la lengua española, DRAE).

[2] Maestro cantero en tiempo del rey don Juan el Segundo.  Así llamado por Eugenio Llaguno y Amíro (1780-1781) según dice Vicente Lampérez y Romea en su tratado Arquitectura civil española de los siglos I al XVIII,1908.

[3] Ferreruelo:  herreruelo, 1. m. Capa corta con cuello y sin capilla. (Diccionario de la lengua española, DRAE).

 

FUENTE

Mellado, Francisco de Paula. “El caballero de Olmedo”.  Recuerdos de un viaje por España, Madrid, Mellado, 1849.pp. 68-72.

Edición: Pilar Vega Rodríguez

 

[1] Anatema: 2. m. Maldición, imprecación. (Diccionario de la lengua española, DRAE).

[2] Maestro cantero en tiempo del rey don Juan el Segundo.  Así llamado por Eugenio Llaguno y Amíro (1780-1781) según dice Vicente Lampérez y Romea en su tratdo Arquitectura civil española de los siglos I al XVIII,1908.

[3] Ferreruelo:  herreruelo, 1. m. Capa corta con cuello y sin capilla. (Diccionario de la lengua española, DRAE).